Carlos Fresneda, el viento y el carbón

14/05/2009

Carlos Fresneda escribe para El Mundo desde Pensilvania sobre el viento y el carbón. Quizás le cuesta ser objetivo al respecto:

En pocos lugares como en Asturias pueden palparse las brutales heridas negras del carbón, mermadas con la humareda que brota día y noche de las monstruosas centrales térmicas. En pocas regiones como en Navarra podemos otear un horizonte muy diferente, moteado de turbinas eólicas y placas fotovoltaicas. Asturias y Navarra libran un pulso silencioso en Ebensburg (Pensilvania).

El carbón merece epítetos descalificativos: “brutales”, “monstruosas”; y la referencia a humaredas que asustan a muchos pero que son básicamente vapor de agua. El viento y el sol no merecen adjetivos: quizás se notaría demasiado su parcialidad por ellos.

Respecto al “mar muerto de montañas descerrajadas” que son algunas minas a cielo abierto de carbón, este no es un rasgo indispensable de las mismas, ya que es posible recuperar esos terrenos y reducir el impacto ambiental (como se hace en Alemania, por ejemplo).

Fresneda habla de un parque eólico “gentileza de Gamesa”. No explica si esta empresa fue tan generosa que lo regaló. Quizás olvida que a quien habría que agradecer dicho parque es a los contribuyentes y consumidores de energía cuyos impuestos y sobreprecios subvencionan la poco económica energía eólica.

Los locales de la zona celebran la “llegada del futuro” y los “trescientos puestos de trabajo” de la fábrica de molinos de viento: a ellos tal vez no les afecten tan directamente los más del doble de puestos de trabajo que no se habrán creado en otras áreas económicas debido a la utilización inadecuada del capital escaso dirigido coactivamente a ese sector. Y respecto al futuro, el tiempo lo dirá.

Algunas centrales de carbón son contaminantes, no por el dióxido de carbono, que no es tóxico aunque sea un gas de efecto invernadero, sino por las emisiones de diversas sustancias nocivas para la salud: esta contaminación es una agresión contra la propiedad privada que puede solucionarse mediante filtros adecuados; pero algunos legisladores parecen consentir estas agresiones por algún motivo. Igual que ninguna forma de producción de energía merece una subvención, tampoco es aceptable que se les perdone a ninguna sus externalidades negativas claras y directas.

El pulso entre el pasado y el futuro que se libra en Ebensgburg es el espejo al que se mira la América profunda, donde están cayendo las resistencias ancestrales a las renovables, precisamente ahora que las fuerzas del ‘inmovilismo’ -que quieren perpetuarnos en la era negra del carbón- disparan contra la energía eólica y solar en España.

¿Resistencia ancestral a las renovables? ¿Existen desde hace tanto tiempo como para merecer una oposición tan longeva? Esas fuerzas del inmovilismo ¿quiénes son? ¿Por qué este periodista, que debería estar informado y compartir sus datos, ataca a sombras cuando podría dar nombres? Fíjense como de nuevo la era del carbón es “negra”: muy ocurrente.

Es una lástima que no mencione este informe del Instituto Juan de Mariana para que sus lectores puedan empezar a considerar todo lo que silencia en su artículo: no sólo se trata de la destrucción neta de puestos de trabajo, también faltan todos los problemas técnicos que la volatilidad de el sol y el viento causan sobre la red eléctrica.

Vean, comparen y decidan ustedes mismos a qué paisaje quieren contribuir cada vez que enciendan el interruptor de la luz.

No se hagan ilusiones sobre decidir ustedes mismos: ya se lo están cobrando, quieran o no.

Me queda la duda: ¿estará el Instituto Juan de Mariana entre los “inmovilistas”?