Consume hasta morir (para vivir)

27/04/2006

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Los activistas de la organización Consume hasta morir (un subgrupo de Ecologistas en acción) han producido un documental donde compendian todas sus machaconas críticas contra la sociedad moderna. Según ellos todas son de sentido común, lo cual revela su hipersensibilidad (léase histeria) ante temas banales, su debilidad argumentativa y su profunda ignorancia sobre casi todos los asuntos que tratan, ya que más bien constituye un compendio educativo sobre tópicos y falacias (hay muchos memes nocivos difíciles de erradicar), un lloriqueo intolerante muy propio de colectivistas metomentodo sin nada mejor que hacer (sobre todo nada realmente productivo y valioso para los demás); eso sí, con buen rollito y excelentes intenciones ya que se trata de salvar al mundo del mal destructivo que es la libertad humana encarnada en el capitalismo y el progreso tecnológico. Y para eso hay que sensibilizar y educar.

Dicen que todo falla respecto al consumo, que no es la solución sino un gran problema: es un sustitutivo del ocio (es que hay que pagar por todo, lo cual está mal, mejor que sea todo gratis, o divertirse sin comprar, qué horror que comprar sea entretenido); se usa para curar la depresión (de sentido común que esto no puede estar bien).

Los teléfonos móviles, al facilitar la comunicación, parece que hacen que la gente exija el contacto inmediato y que se enfade cuando alguna persona no tiene el móvil encendido; algo gravísimo que hay que denunciar y solucionar de inmediato.

Afirman que el nivel de vida de los países desarrollados es inviable, necesitaríamos varios planetas de materias primas (están allí, aunque un poco lejos y muy altos en el potencial gravitatorio y es caro llegar a ellos). Este rollo de las limitaciones físicas ya lo hemos oído antes (¿recuerdan los límites del crecimiento, de cuando el movimiento ecologista estaba en pañales?), parece que no aprenden: no entender la importancia de los derechos de propiedad, los precios y la empresarialidad tiene estas cosas. Nos estamos cargando el planeta y encima todo es muy injusto porque dejamos morir gente (ni una palabra contra los tiranos que oprimen y matan a esa gente) y hay grandes y crecientes diferencias entre el Norte y el Sur (lo de las crecientes diferencias es mentira, pero es que el rigor metodológico no es su fuerte).

Nos damos cuenta de que el consumo no nos hace felices. ¿Quién será ese nosotros al que se refieren? ¿Han preguntado a todo el mundo? ¿Por qué la gente sigue entonces consumiendo y cada vez más y mejor? ¿Cuál es la alternativa para ser feliz? ¿Entiende mucha gente el sentido biológico evolutivo de la felicidad? Te compras un coche y a los dos meses quieres otro mejor: no sé si algo tan patético le pasará a mucha gente, pero al menos ilustra la infinitud de los deseos humanos (o sea, que siempre habrá trabajo ilimitado para todos).

Les parece excesiva la presión publicitaria, que con cierta incoherencia consideran inútil y manipuladora, generadora de necesidades superfluas y caprichosas ¿En qué inmutable tabla de la ley está escrito lo que es necesario y lo que no? ¿Por qué no viven ellos a base de pan y agua? ¿No será que intentan imponer a los demás sus austeras preferencias particulares disfrazadas de normas morales absolutas y universales? Dicen que sólo se publicita lo innecesario (yo recuerdo bastante publicidad de cosas esenciales, como el papel higiénico) metiéndolo por los ojos: su sistema cognitivo debe de estar sobrecargadísimo, lo cual les disculparía; podrían aprender a ignorar algunos mensajes (que además seguramente no van dirigidos a ellos) con aquello de que me entra por un oído y me sale por el otro.

Parece que los medios de comunicación privados dependen de la publicidad y fomentan la ideología del consumismo para mantener contentos a sus anunciantes (y se atreven a colocar publicidad encubierta en las series de televisión, qué horror). Tal vez sea mejor promover los medios públicos, que con el dinero confiscado a los contribuyentes mantienen cómodamente ociosos a hordas de sindicalistas encargados de transmitir consignas políticas y adoctrinar a la sociedad acumulando ingentes pérdidas año tras año. ¿Y por qué será que las televisiones públicas tienen la misma publicidad que las privadas?

La televisión es muy fácil de ver (lo cual debe ser malísimo, sería mejor que supusiera un gran esfuerzo) y además mientras tanto dejas de hacer otras cosas (albricias, comprenden el coste de oportunidad; aunque se puede comer mientras se ve la televisión, pero eso sería consumir aún más). Parece que la caja tonta provoca la pérdida de la capacidad de la relación social; lo dicen en serio.

Aseguran que la sociedad (ese ente abstracto del cual se abusa tanto) exige un cuerpo hermoso (¿no será que la gente suele preferir la belleza?) y que la autoestima por el propio cuerpo ha caído. ¿La han medido? ¿Desde cuándo? ¿No estarán proyectando sus propios problemas? ¿Entienden el fenómeno biológico de la selección sexual?

Resulta que Coca Cola ha sido acusada de prácticas monopolísticas incluso por la propia Pepsi (que naturalmente lo ha hecho por justicia, no por tener ningún interés particular en el asunto). A dónde vamos a llegar: los menos competitivos recurriendo a la coacción política legal para fastidiar a los dominantes. Y encima Coca Cola es un símbolo de la globalización. Era mejor antes, con las banderas nacionales (a menudo acompañadas de cruces y medias lunas) como estandartes de los ejércitos en el campo de batalla.

Para dar prestigio intelectual al documental recurren a declaraciones de adolescentes que afirman que tener unas Nike es prueba de éxito social (e incluso demuestra que se es un gran deportista).

¿Por qué será que siempre se refieren a la gente en abstracto, sin mencionar a nadie en concreto? ¿Se avergüenzan de reconocer sus propias miserias o no se atreven a enfrentarse a personas específicas que puedan ridiculizar sus afirmaciones?

Y esto no es todo, lo mejor es ver el documental (aunque tal vez sea consumo superfluo).

Lamentablemente este artículo no ha sido patrocinado por ninguna firma comercial, y ninguna de las marcas mencionadas en él me ha pagado nada por ello.


Consumismo navideño

07/12/2005

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Las fiestas navideñas no son un invento de malvados capitalistas ávidos de lucro y deseos de vender sus mercancías. Muchas culturas celebran fiestas especiales cerca del solsticio de invierno (el día más corto del año): la oscuridad y el frío se combaten con vacaciones, festejos, iluminación y ornamentación hogareña y callejera, reuniones familiares, comidas abundantes y sabrosas e intercambio de regalos. En este ritual navideño no faltan a la cita las descerebradas críticas de la progresía contra el consumismo: consumimos demasiado, derrochamos de forma irreflexiva, injusta e insostenible.

Algunos confiesan su propia culpa, mostrándose como peleles sin criterio incapaces de controlar su comportamiento frente a la masa social y a la inercia de la costumbre. Otros critican a los demás de forma colectiva pero no tienen el valor de personalizar: si lo hicieran tal vez les responderían que se ocuparan de sus propios asuntos y no hicieran el memo juzgando conductas ajenas cuyos detalles desconocen por completo. Estos ataques que pretenden pasar como análisis objetivos no son más que declaraciones personales de preferencias subjetivas acerca de conductas ajenas. El socialista predecía el empobrecimiento progresivo de los trabajadores, y ahora fracasado, enrabietado, intolerante y tal vez envidioso critica que consumen demasiado.

El consumo es justo cuando se trata de algo que uno ha producido para sí mismo o intercambiado con otros de forma libre y voluntaria (comercio justo) sin robar ni estafar a nadie. La riqueza de algunos seres humanos no se obtiene necesariamente a costa de la pobreza de otros. Toda la redistribución estatal (y consumo asociado) de riqueza es injusta, se quita a unos (víctimas) para dar a otros (parásitos), y además es inútil para solucionar la pobreza. Igualdad material y justicia no son sinónimos. El ser humano siempre aspira a consumir más y mejor: se puede ayudar a los pobres dándoles oportunidades para trabajar y producir bienes para intercambiar con otros.

Algunos recomiendan austeridad, disfrutar de los pequeños detalles, de lo intangible: esto es muy legítimo si no se impone a los demás ni se les engatusa con argumentos equivocados. El asceta se conforma con poco, pero no suele esforzarse en producir nada de valor para los demás; puede tener mucha fortaleza mental, pero su capacidad de actuación física en el mundo es muy limitada. Ciertos creyentes lamentan el materialismo y la pérdida del sentido espiritual tradicional de las fiestas navideñas: la celebración religiosa del nacimiento de su divinidad (quien curiosamente no nació en estas fechas). Olvidan convenientemente que las fiestas invernales existían desde mucho antes de su usurpación por el cristianismo.

El consumo en una economía libre es sostenible. Cada participante en una economía de mercado es un productor especializado y un consumidor generalista: produce para los demás intentando averiguar qué les interesa y qué están dispuestos a pagar por ello. Los precios, junto a beneficios y pérdidas, son señales informativas acerca de las preferencias y las capacidades de los individuos que permiten dar a los medios escasos sus usos más valiosos. Los recursos naturales (renovables o no) defendidos por derechos de propiedad privada no se agotan.

No se consume para poder mantener una estructura productiva sino todo lo contrario: se desarrolla capital a partir del ahorro para poder producir y consumir más y mejor en el futuro. Los estados fomentan el consumo insostenible (no respaldado por producción realmente deseada por los consumidores) al evitar la liquidación de proyectos empresariales fracasados mediante la manipulación del crédito y el envilecimiento de la moneda: consumamos como si el mañana no existiera, ya que endeudarse es fácil y el dinero cada día tiene menos valor.

La inmensa mayoría de los productos disponibles en el mercado a mí no me interesan. Si no se trata de un error empresarial, seguramente les interesan a otros. Si ese otro no es quién para criticar mis compras, ¿quién soy yo para reprocharle por las suyas?