Conflicto

09/02/2017

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El conflicto

Los seres vivos pueden tener conflictos unos con otros. Un conflicto es un choque o colisión de voluntades, una oposición o enfrentamiento de necesidades o valores insatisfechos: dos o más individuos o grupos quieren cosas incompatibles, están en desacuerdo o confrontados.

Un conflicto es una relación de competencia entre agentes: no es posible que ambos ganen, sino que alguno debe perder. En un conflicto hay intereses contrapuestos, como controlar algún recurso escaso o vencer al otro de algún modo: dos animales quieren poseer un territorio, ocupar un lugar mejor o hacerse con el mismo alimento; dos machos desean aparearse de forma exclusiva con una o varias hembras; dos personas quieren ganar en un debate o tener razón en una discusión con ideas contradictorias.

El conflicto es contrario a la paz, a la concordia, al entendimiento, al acuerdo, a la armonía, a las buenas relaciones de convivencia y cooperación: implica roces, fricciones, desgastes, tensiones, enemistad, rivalidad, antagonismo; trae problemas para las partes directamente involucradas, y quizás también para terceros afectados por proximidad física o por relaciones de amor o amistad con los implicados.

Un conflicto puede afectar a pocos o muchos agentes, ser más o menos frecuente o duradero, y deberse a asuntos de menor o mayor importancia. Los conflictos generan más problemas cuantos más individuos estén involucrados, cuanto más duraderos sean o más se acumulen sus efectos, y cuanto más importantes o valiosos sean los intereses implicados.

Ciertos conflictos crecen hasta alcanzar un umbral de activación, o permanecen latentes hasta que estallan: una enemistad que se agrava de forma progresiva, o una mala relación familiar o vecinal que se aviva por algún evento desencadenante, como una reunión en la cual se junta a individuos que no se llevan bien.

Para ciertos conflictos menores puede resultar eficiente no resolverlos, ya que a veces el coste o riesgo de la solución es mayor que el daño causado por el problema original.

Como un agente no sólo utiliza recursos sino que él mismo constituye un recurso que puede ser utilizado por otros (como alimento, como mecanismo de reproducción, o como fuerza de trabajo), el origen del conflicto puede estar en el control del cuerpo de un agente directamente involucrado en el mismo: un depredador quiere comerse a una presa que no desea ser devorada; un macho desea violar a una hembra; un humano quiere esclavizar a otro; un grupo intenta conquistar a otro.

En algunos conflictos, típicos de la convivencia próxima en entornos sociales, un individuo molesta a otro y le provoca algún perjuicio o malestar (ruidos, malos olores, suciedad, bloqueo del paso o de la vista): en estos casos la víctima de la externalidad negativa no pretende controlar completamente la conducta de quien molesta, sino solamente impedir los perjuicios que recibe.

Los conflictos son fuente de cambios sociales como resultado de las tensiones no equilibradas entre los diversos intereses y capacidades de los miembros de un grupo. Fuentes importantes de conflictividad en los grupos son la gestión de lo común, la toma de decisiones colectivas, la asignación de puestos jerárquicos de mando (el poder y la autoridad), el reconocimiento del estatus social, los privilegios de unos a costa de otros, el reparto de las cargas y beneficios del funcionamiento del grupo (deberes y derechos), y el establecimiento y la aplicación de las normas de convivencia.

Normas, lenguaje, árbitros

Algunos conflictos se dirimen mediante el uso de la fuerza física o la violencia: el más fuerte o poderoso se impone sobre el más débil. Los individuos con voluntad conciliadora evitan imponer sus intereses mediante la fuerza o al menos tratan de justificar su uso.

Para evitar el uso destructivo de la fuerza y sus daños asociados, en algunas ocasiones los conflictos pueden evitarse, minimizarse o resolverse mediante la aplicación de normas de conducta que protejan o delimiten intereses e indiquen cómo se controlan o distribuyen los recursos: no agredir o atacar a otros sin justificación, respetar la propiedad ajena, repartir los frutos del esfuerzo común según la aportación efectuada. Estas normas pueden ser tácitas, no articuladas, no expresadas mediante ningún lenguaje: son mecanismos mentales íntimos, emociones o sentimientos morales instintivos o aprendidos mediante imitación que operan como inhibidores o censores de conductas problemáticas, o como activadores o promotores de comportamientos que facilitan la convivencia con otros.

Los agentes capaces de comunicarse mediante algún lenguaje suficientemente sofisticado pueden además explicitar y transmitir estas normas, discutir sobre ellas, explicar, precisar o aclarar su contenido, o generar normas nuevas que sustituyan o complementen a las anteriores. El lenguaje permite a los individuos entenderse, justificarse, ofrecer su visión de los hechos, pedir explicaciones o explicar a otros las razones y circunstancias de su conducta. Sin embargo la capacidad lingüística no garantiza el éxito en la resolución pacífica de conflictos, ya que las partes podrían no alcanzar ningún acuerdo consensuado satisfactorio para todos.

En principio es posible evitar, minimizar o resolver conflictos recurriendo a normas previas imparciales generalmente aceptadas o pactadas. Sin embargo el desacuerdo sobre las reglas imperantes (su contenido y significado: cuáles son y cómo se interpretan) o su aplicación a casos concretos (posibles incumplimientos de la ley) puede a su vez ser causa de graves conflictos sociales.

Los agentes pueden intentar imponer a los demás sus preferencias particulares mediante las leyes que afectan a todos: compiten por determinar el contenido de las normas sociales, ya que estas son potentes herramientas de restricción y control de la conducta ajena (las normas son armas); intentan establecer leyes que los beneficien a costa de otros (privilegios), y tratan de evitar leyes que los perjudiquen.

Las violaciones de las reglas pueden ser difíciles de probar, y los incumplidores, delincuentes o criminales pueden mentir y negar su culpabilidad: hacen trampa doblemente, al incumplir la ley y al negar su delito. También es posible acusar a inocentes por error, para perjudicarlos (sobre todo si el sistema judicial es imperfecto o corrupto), o para distraer la atención de los auténticos culpables.

Las normas pueden ser ignoradas por quienes son suficientemente hábiles como para no ser descubiertos, por quienes valoran más lo conseguido con su incumplimiento que el posible castigo, y especialmente por quienes son tan poderosos que no temen el castigo asociado a las mismas ya que este no se llevará a cabo: un sistema normativo exige de algún poder suficiente para obligar a su cumplimiento, y ese poder no siempre está disponible.

Para evitar problemas de parcialidad entre los implicados es posible recurrir a terceros presuntamente imparciales que actúen como árbitros, mediadores o jueces que intentan resolver el conflicto. Pero los jueces también pueden corromperse, prevaricar, abusar de su poder, venderse a una de las partes u operar en su propio beneficio a costa de todos los demás. Es importante entender que el hecho de que un conflicto requiera un juez imparcial no es equivalente a que deba haber un mismo juez imparcial para todos los conflictos. La posibilidad de elegir a los árbitros es esencial para que las partes involucradas controlen la calidad del arbitraje: el monopolio coactivo de la justicia es muy peligroso.

El lenguaje puede utilizarse para evitar, minimizar y resolver conflictos (hablando se entiende la gente), pero también puede emplearse para provocarlos o agravarlos: es una herramienta que puede utilizarse para la paz y para la guerra, para la cooperación y para la competencia, para la amistad o para la enemistad.

Algunos gestos simbólicos o conversaciones sirven para unir, para conciliar, para llevarse bien, para demostrar amistad, para tejer lazos de cooperación y forjar alianzas; pero el lenguaje también sirve para separar, para hacer daño, para mostrar enemistad, para resaltar las diferencias con el enemigo. Es posible dialogar para evitar un conflicto violento: informo de un daño y reclamo pacíficamente una reparación; pido disculpas por daños u ofensas; muestro respeto e interés por el bienestar y el honor del otro; explico las motivaciones de acciones problemáticas; aclaro malentendidos; intento comprender al otro; intento calmar los ánimos. Pero también es posible que la comunicación degenere en un conflicto violento: insultos, ofensas, acusaciones, amenazas, mentiras, engaños.

El diálogo es una herramienta social imperfecta: la gente miente, distorsiona la verdad a su favor, o sufre de sesgos que le impiden reconocer la verdad. Participar en un diálogo no implica inocencia ni buena voluntad: los delincuentes responsables de algunos daños o conflictos pueden proponer hablar y negociar para llegar a acuerdos como una estrategia de engaño y distracción en lugar de reconocer su culpabilidad y asumir su castigo.

El lenguaje puede servir para incrementar la escala y gravedad de los conflictos: es una poderosa herramienta de coordinación que hace crecer el poder de actuación de un grupo, y este poder es útil en un conflicto violento contra otros grupos también organizados mediante el lenguaje; el grupo se cohesiona e identifica con un idioma común y se diferencia del exterior porque su idioma es diferente, quizás incomprensible para los otros; el grupo se organiza mediante el uso del lenguaje, compartiendo información, transmitiendo instrucciones, dando ánimos, fortaleciendo la moral. Con el lenguaje es posible negociar acuerdos para evitar un conflicto violento, pero también es posible negociar alianzas para ser más fuertes en un conflicto violento contra otros.

En las confrontaciones o conflictos verbales en lugar de utilizar la violencia física las personas discuten, hablan y argumentan a su favor y contra otros, defienden sus ideas y atacan las de los adversarios, tratan de vencer o imponerse en los debates, compiten con su inteligencia e ingenio; algunas veces pueden intentar ofender o humillar mediante insultos y burlas. Como a los humanos suele preocuparles mucho su honor o reputación, las derrotas en debates o las provocaciones verbales suficientemente graves pueden provocar resentimiento y degenerar en peleas.

El conflicto violento

Si un conflicto no se evita o resuelve de forma pacífica, entonces un agente puede utilizar la fuerza de forma violenta contra una víctima: mediante el daño o la amenaza del mismo el agresor intenta imponer su voluntad y dominar, expulsar, neutralizar o destruir al otro, o tal vez quitarle la posesión de algo valioso. La agresión consiste en causar algún daño físico, en hacer algo destructivo y perjudicial contra otro agente (heridas, enfermedad, muerte) o su propiedad (robo, invasión, destrucción).

También se puede utilizar la fuerza como reacción defensiva o contraataque para detener una agresión y evitar ser dañado, dominado, expulsado o destruido, o para mantener la posesión de algo valioso: la posibilidad del uso de la fuerza por un defensor puede disuadir a un potencial atacante, ya que el agresor corre el riesgo de sufrir daños y pérdidas por las acciones defensivas violentas.

Algunos conflictos son asimétricos en el sentido de que una parte quiere agredir a la otra pero no a la inversa: el depredador quiere comerse a la presa pero la presa no quiere comerse al depredador; el esclavista quiere capturar al esclavo pero el esclavo sólo desea evitar al esclavista y que le dejen en paz; el ladrón quiere hacerse con la propiedad de la víctima pero no al revés. Otros conflictos son simétricos y cada parte quiere dominar o expulsar a la otra: conflictos por estatus social, de machos por emparejamiento con hembras, de animales por control de recursos externos.

Los roles en un conflicto pueden referirse a quien posee previamente un recurso como propietario frente a quien quiere cambiar la situación y hacerse con el control del recurso: titular (incumbente) contra aspirante, defensor contra atacante, dueño contra ladrón. En algunos conflictos no hay propietario inicial y ambos agentes participan como aspirantes. El hecho de ser un propietario establecido puede otorgar alguna ventaja en el conflicto: mejor situación estratégica, mejor conocimiento de las circunstancias, mayor motivación e interés por resultar vencedor (aversión a pérdidas), más apoyo de terceros imparciales.

La fuerza puede utilizarse para cambiar la posesión de un objeto (robo por la fuerza o recuperación forzosa de lo robado) y para conseguir o evitar alguna conducta mediante amenazas o castigos. En algunos casos el agente que utiliza primero la violencia contra el otro es el causante del conflicto, pero esto no siempre es así: es posible hacer algo físicamente no violento que provoque un conflicto violento, como un hurto o robo sin fuerza, o un incumplimiento de un acuerdo contractual. Que un agente sea el primero en utilizar la fuerza física no implica que sea el causante o responsable del conflicto: según criterios de justicia o ética la fuerza puede utilizarse de forma legítima para evitar un robo o para recuperar algún objeto robado sin violencia (hurto), como castigo por la violación de alguna norma, o por el incumplimiento de un contrato. Los agentes con capacidades morales, como los seres humanos, a menudo intentan justificar su uso de la fuerza contra otro como la respuesta a una agresión, robo o incumplimiento previos por su parte.

Un conflicto violento es una interacción entre dos partes contrarias u opuestas (enemigos, contrincantes, rivales, antagonistas, adversarios) en la cual hay como mínimo una agresión o ataque inicial por una parte. El agredido puede intentar protegerse o defenderse, o no, según su capacidad y voluntad. A menudo ambos contendientes atacan y se defienden: en un conflicto con ambas partes activas cada agente intenta hacer daño al rival para que este no pueda o no quiera seguir luchando, para que quede inerte (impotente, inerme) o se rinda.

Los conflictos violentos existen en todos los ámbitos de la vida: pueden suceder entre organismos de la misma especie o de especies diferentes, y pueden darse entre todos los seres vivos de cualquier tipo y tamaño, desde los microorganismos a los organismos macroscópicos (pequeños contra pequeños, pequeños contra grandes, o grandes contra grandes). Los organismos multicelulares macroscópicos pueden disponer de un sistema inmune a escala microscópica para luchar contra los microbios patógenos.

La capacidad de movimiento, percepción e inteligencia de los animales los convierte en los principales protagonistas de los conflictos violentos entre organismos multicelulares. Las plantas son inmóviles pero pueden parasitar a otras plantas o incluso cazar animales (plantas carnívoras); sus defensas son físicas (cortezas, espinas, cáscaras) o químicas (venenos, señales que atraen a los depredadores de sus atacantes). Los hongos pueden defenderse mediante venenos.

Algunas presas típicas de un depredador son individuos vulnerables con menos capacidad de defenderse como los huevos, las larvas, las crías o los organismos juveniles (que por ello suelen recibir protección especial de sus progenitores), y los heridos; los enfermos son problemáticos porque pueden transmitir alguna enfermedad al depredador. Los carroñeros se alimentan de organismos ya muertos con los cuales no hay ningún conflicto, pero sí puede haberlo con otros carroñeros competidores.

Psicología y economía del conflicto violento

Los agentes luchan porque quieren y pueden: porque perciben algún beneficio (o minimización de pérdidas) si pelean, y porque tienen capacidad de hacerlo. Los agentes no luchan, o dejan de luchar, cuando no quieren (o no lo necesitan) o no pueden hacerlo.

La lucha violenta intencional es un acto simultáneamente afectivo y racional, volitivo y cognitivo. Tiene componentes emocionales y pasionales importantes como la indignación, la ira o el odio al enemigo, el deseo de venganza por los daños recibidos, el miedo al peligro, el amor por aquellos a quienes se intenta proteger, la vergüenza por la cobardía, el deseo del premio o botín para el vencedor, el hambre del cazador, el deseo sexual del macho que compite para poder copular con hembras. La violencia es racional en el sentido de que cada agente participante en un conflicto decide qué hacer según los beneficios o pérdidas esperados: lucha o no según su capacidad, según el valor esperado de lo conseguido y según los costes y riesgos previstos de cada curso de acción.

Las nociones de racionalidad y voluntad se entienden fácilmente en seres humanos pero pueden ser problemáticas o parecer forzadas para agentes más simples sin un sistema nervioso sofisticado. Sin embargo todo organismo dispone de un sistema de control cibernético capaz de tomar decisiones de acción utilizando información (cognición, inteligencia) y algún criterio de valor relacionado con su supervivencia y desarrollo (intereses, voluntad, preferencias, valoraciones, emociones, sensaciones).

La acción en un conflicto violento puede ser controlada de forma reflexiva, consciente, intencional, o mediante automatismos o reacciones reflejas o inconscientes. Hay control consciente y pensamiento reflexivo en la preparación estratégica para la batalla y en los momentos de descanso u observación mutua; hay automatismos en los movimientos rápidos adecuados para la pelea o la huida.

La capacidad de luchar puede incrementarse mediante la acumulación de recursos y el entrenamiento: el éxito en el combate debe prepararse de antemano. La lucha consume energías y cansa, y además los daños o heridas causados por el combate violento tienden a reducir o incluso anular por completo la capacidad de acción de los combatientes: agotamiento físico, pérdida o daño de algún órgano, miembro o extremidad. Según la naturaleza del conflicto (su intensidad, duración, problemas logísticos) las partes pueden tener la oportunidad de descansar, reponerse, reparar los daños y avituallarse: periodos de descanso entre batallas en una guerra; pausas entre los asaltos en un combate de boxeo.

La capacidad de luchar se incrementa si se dispone de armas ofensivas y defensivas, que pueden ser parte del propio organismo u objetos externos. Las armas y los escudos son escasos y costosos: hay que producirlos y además cargar con ellos o vivir dentro de ellos, lo que puede limitar la capacidad de movimiento.

El deseo de luchar depende de las oportunidades y riesgos percibidos. El combate puede desgastar la voluntad de los combatientes (cansancio, desmoralización, miedo ante la superioridad del otro; arrepentimiento al ver el sufrimiento ajeno) o intensificarla (deseo de revancha, lucha a vida o muerte por desesperación). La voluntad de luchar puede extinguirse también si no es necesario hacerlo porque el enemigo se rinde o ha sido derrotado.

Algunos combates como la interacción entre depredador y presa son asimétricos en el sentido de que el depredador lucha para comer mientras que la presa lucha para sobrevivir: la derrota del depredador sólo es un intento fallido y puede haber otras ocasiones de conseguir comida; la derrota de la presa implica su muerte; el depredador puede permitirse algún fallo, pero no puede permitirse fallar siempre; la presa no puede permitirse fallar nunca. Las heridas pueden llevar al final del combate: a la presa puede bastarle herir al depredador para disuadirlo, y el depredador puede matar a la presa con más facilidad después de herirla.

En el conflicto entre parásito y huésped (o esclavista y esclavo) al parásito le interesa mantener vivo al huésped, al menos mientras no pueda encontrar uno nuevo: también le interesa que el huésped sea capaz de generar recursos disponibles para ser parasitados.

El conflicto violento como competición estratégica

Un conflicto violento es una relación de competencia, una competición de uno contra otro (o unos contra otros) en la cual una parte consigue algo a costa de la otra (juego de suma cero o negativa que tiende a destruir valor). Al final de la lucha suele haber un vencedor y un vencido. El derrotado pierde, muere, se rinde o huye. El vencedor gana, pero en algunos casos las partes pueden causarse daños tan graves que incluso el lado victorioso sufre pérdidas netas (victoria pírrica). Algunos conflictos violentos son tan catastróficos que las partes pueden llegar a destruirse mutuamente, como una pelea entre animales que los deja tan malheridos que ambos mueren, o una guerra de de aniquilamiento total por ambas partes.

Un conflicto violento es una interacción estratégica con riesgo e incertidumbre: el resultado final depende de la acción de ambas partes porque ambos son agentes (no es como la acción más sencilla de un solo agente sobre algo inerte); cada agente intenta predecir qué va a hacer el otro y adapta su conducta al comportamiento esperado, sabiendo que el otro hace lo mismo de forma recursiva (intento predecir lo que el otro va a predecir sobre mí); además de intentar predecir al otro, cada parte puede intentar confundir, engañar o sorprender al adversario con señales falsas o trampas (faroles, señuelos, cebos, fintas); cada contendiente intenta influir sobre la capacidad y la voluntad del enemigo para reducir su poder y su moral y conseguir que no pueda o no quiera seguir luchando.

La posibilidad de un conflicto violento depende de las percepciones de los posibles combatientes: cada agente decide si lucha o no según su estimación de su propia capacidad y de la capacidad del adversario. El conflicto puede parecer más probable si una parte se cree más fuerte que la otra y predice una mayor probabilidad de éxito: sin embargo la parte más débil puede evitar la lucha y huir, esconderse o someterse (paz entre opresores y oprimidos, aceptación de jerarquías de estatus social, pagar a cambio de no ser agredido). La igualdad aproximada de fuerzas puede implicar equilibrios sin agresión (por la previsión de pérdidas por ambas partes) o peleas para averiguar quién es el más fuerte (duelos, competiciones por estatus). Si el resultado del conflicto está claro, la parte más débil tiende a evitarlo: el más débil se somete ante el más fuerte. Los individuos cuya fuerza relativa no está clara luchan para determinar su situación. En los conflictos por estatus a ambas partes puede interesarles minimizar costes, y lo consiguen si se limitan a luchar solamente en la medida en que no esté claro quién es el superior: el perdedor reconoce su inferioridad y se rinde.

Los rivales pueden utilizar señales informativas de su capacidad y voluntad de combate para así determinar relaciones de superioridad y dominio. Sin embargo estas señales podrían ser fingidas: faroles para asustar pretendiendo más fuerza de la real, o hacerse el débil cuando se es fuerte para provocar el acercamiento de un rival confiado al cual sorprender. Las señales honestas informativas suelen ser costosas y reflejan fielmente la fuerza superior (tamaño, número, armas), la voluntad de lucha (pasiones como la ira desatada) o la voluntad de sumisión (entregar las armas, colocarse en posición vulnerable al arrodillarse, o introducir la yugular en las fauces del rival como hacen los lobos).

Renunciar al conflicto violento puede minimizar el riesgo de daños de la parte débil, evitando la muerte o heridas graves, pero también implica costes como el precio de la sumisión (confiscación de riqueza, esclavitud) o la renuncia al valor del objeto del conflicto. El dominador debe dosificar su agresión para mantener la sumisión y evitar la rebelión o revolución del débil, la cual puede suceder si el dominador se muestra demasiado débil o demasiado violento, o si las posiciones relativas de fuerza cambian.

Los conflictos pueden y suelen involucrar a más de dos agentes, al menos de forma indirecta, cuando las partes tienen cooperadores u otros individuos afectados por el resultado: un animal caza a una presa para alimentar a sus crías, otro lucha para defender a sus crías de un depredador; varios individuos se unen para atacar o defenderse juntos.

Capacidades para el conflicto violento

Los seres vivos disponen de múltiples y diversas estructuras y funciones para el ataque y la defensa, para la búsqueda y la ocultación. El éxito en conflictos violentos requiere capacidades ofensivas y defensivas de percepción, inteligencia y ejecución de movimientos: detectar al rival y tal vez evitar ser detectado, pensar y decidir qué hacer con la información disponible, y realizar acciones ofensivas o defensivas.

La inteligencia estratégica se utiliza para planificar, para imaginar y considerar diversas alternativas y circunstancias, para recordar casos similares, para intentar predecir las actuaciones del rival y para engañarlo, confundirlo o sorprenderlo interfiriendo con su capacidad de predecir y haciendo que cometa algún error.

Estas habilidades de los organismos son adaptaciones que tienden a desarrollarse de forma competitiva en carreras de armamentos evolutivas: una mejora de un participante implica presiones selectivas para los demás competidores. Si una presa consigue un mejor camuflaje su depredador debe mejorar su capacidad de percepción, y viceversa; si un depredador alcanza mayor velocidad o agilidad en la persecución su presa debe mejorar en esos mismos aspectos, y viceversa. Los organismos que no consiguen aptitudes suficientes tienen menos probabilidad de sobrevivir y reproducirse.

A largo plazo las especies de presas tienden a huir de sus depredadores buscando y ocupando nichos ecológicos más seguros, con menos amenazas (ambientes marginales, novedosos, con condiciones extremas), y tienden a adaptarse a ellos: sin embargo los depredadores suelen seguirlas y así se mantienen las presiones evolutivas para ambas partes. Los depredadores también pueden explorar nuevos entornos y oportunidades.

Una especie de presa potencial que pase mucho tiempo en un entorno sin enemigos (como las islas para algunas aves) puede perder capacidades defensivas (como su armamento o el miedo instintivo) y sucumbir ante la llegada repentina de un depredador. Una presa puede sucumbir también ante la aparición de un depredador nuevo y especialmente poderoso (como los cazadores humanos de especies extintas como el mamut y el pájaro dodo).

Muchas estructuras y funciones orgánicas para el ataque y la defensa son genéticas e instintivas. Algunos animales pueden desarrollar sus habilidades para la lucha, especialmente en la caza, mediante la práctica: los jóvenes juegan entre ellos o aprenden de los adultos.

Un conflicto violento en forma de combate requiere que los contendientes estén suficientemente próximos como para conseguir un contacto directo entre los organismos, o a una distancia adecuada para el lanzamiento de algún tipo de arma. Los rivales contactan físicamente, lanzan objetos o emiten sustancias nocivas; intentan golpear y evitar o amortiguar los golpes, impactos u otras formas de daño.

Antes del contacto físico entre los agentes participantes en el conflicto violento puede haber otras acciones más o menos importantes o difíciles de búsqueda, ocultación, huida, persecución y refugio. Estas funciones o acciones son más o menos relevantes para cada organismo según cómo sean sus habilidades y las de sus rivales: un agente más débil en la lucha necesita ser más hábil en la ocultación, la huida o el refugio; un agente más fuerte no necesita tanto ser capaz de esconderse, escapar o refugiarse. Las diversas especies de organismos tienen diferentes combinaciones de habilidades para tener éxito en los conflictos violentos, participando en ellos o evitándolos.

En algunos conflictos o partes de los mismos ambas partes quieren combatir (como animales peleando para establecer su estatus, o machos luchando por aparearse con las hembras, o dos ejércitos enfrentándose a campo abierto): no hay procesos de búsqueda, ocultación, huida o persecución; los contendientes son miembros de un mismo grupo que conviven en un mismo lugar o se juntan para luchar.

En algunos conflictos, típicos de depredadores y presas, una parte (la presa) no quiere luchar (salvo que no quede más remedio y como último recurso): intenta no ser localizada o alcanzada, se esconde o se refugia, o escapa cuando ha sido detectada. El agresor debe buscar a su víctima, perseguirla, alcanzarla y superar las defensas de su refugio. Algunos atacantes buscan activamente al rival; otros lo esperan escondidos para sorprenderlo: acechan, vigilan, se ocultan.

Para percibir al otro los agentes disponen de sensores: sentidos como olfato, gusto, tacto, vista, oído, sensores eléctricos. Para no ser detectados o confundir al rival existen escondites, sistemas de camuflaje, mimetismo o cripsis (confundirse con el entorno, permanecer inmóvil para no contrastar, parecerse a otro organismo), estrategias de distracción, y mecanismos de confusión o incapacitación de los sentidos del rival (tinta de calamar, señuelos, interferencias, daño o destrucción de los sensores).

En lugar de pasar desapercibidos, algunos agentes tienen rasgos llamativos (colores, patrones geométricos) que sirven como señales de advertencia a sus potenciales agresores (aposematismo) de peligro (venenos, armas especiales) o de no ser comestibles (sabor desagradable).

Algunos depredadores que buscan activamente a sus presas intentan no ser detectados para así poder acercarse lo máximo posible, sorprenderlas y evitar que escapen: avanzan agazapados, se camuflan, son silenciosos, se mueven contra el viento para evitar que detecten su olor. Algunos depredadores permanecen escondidos y al acecho para cazar: esperan a que sus presas pasen cerca para lanzar su ataque (rana que atrapa insectos con su lengua), las atrapan o capturan en alguna trampa (arañas y sus telas), y quizás las atraen con algún cebo (pez pescador).

Algunas presas permanecen mucho tiempo escondidas, de modo que no son localizadas, o en refugios donde no están al alcance de sus depredadores aunque estos sepan que están allí (guaridas, nidos, madrigueras): sin embargo los animales no pueden permanecer indefinidamente en sus refugios porque necesitan salir a buscar comida; las crías dependen de que sus progenitores traigan alimento, y eventualmente deben madurar y valerse por sí mismas. Un refugio puede ser un lugar natural (un iceberg o la tierra para una foca y una orca, un árbol para una ardilla) o algo construido por los animales (nidos en altura, madrigueras excavadas bajo tierra). Los escondites o refugios no son perfectos: los depredadores los buscan activamente porque ahí suelen encontrar huevos o crías vulnerables que no pueden huir o defenderse; para reducir estos peligros algunos refugios como las madrigueras disponen de salidas de emergencia.

Una forma que tienen algunas presas de evitar ser detectadas es estar activas de noche, cuando la visibilidad es menor, con sus sentidos especialmente adaptados a esas circunstancias: sin embargo existen depredadores nocturnos cuyos sentidos también están adaptados a esas condiciones.

Los movimientos de ataque y defensa pueden requerir estructuras corporales (musculatura, esqueleto) y habilidades funcionales psicomotrices para correr, reptar, rodar, trepar, nadar, bucear, volar, y fintar con velocidad, aceleración, agilidad, resistencia, fuerza y potencia.

El conflicto puede incluir una persecución o carrera: el atacante debe alcanzar e inmovilizar o capturar al defensor y este puede intentar escapar, esconderse o refugiarse. La persecución puede estar preparada de antemano, tanto por el perseguidor como por el perseguido, para tender trampas al rival o provocar circunstancias de superioridad de las cuales sea difícil escapar (emboscada, encerrona).

En algunos conflictos la diferencia de tamaño y poder es tan grande que unos organismos devoran rápidamente a otros más pequeños que no tienen tiempo ni capacidad de defenderse.

El conflicto violento implica algún tipo de contacto físico próximo (combate cuerpo a cuerpo) o lejano (objetos o sustancias nocivas lanzadas con puntería para impactar con el objetivo). Los rivales pueden intentar agarrar, morder, desgarrar, despedazar, desmembrar, romper, cortar, pinchar, golpear de forma directa al otro; o pueden lanzar proyectiles sólidos o fluidos (contundentes, cortantes, punzantes, explosivos, venenos, irritantes) y evitar los impactos. El atacante intenta alcanzar las zonas más vulnerables que el defensor debe proteger con especial cuidado.

En el contacto físico las armas ofensivas se enfrentan contra sí mismas (cornamenta contra cornamenta, espada contra espada) y contra los escudos defensivos: las estructuras para hacer daño colisionan con las destinadas a evitar o minimizar daños; extremidades (puñetazos, patadas, coces), garras, pezuñas, picos, dientes (colmillos), mandíbulas, aguijones, cuernos, astas, pinzas, espadas, lanzas, hachas, proyectiles (piedras, flechas, balas) se enfrentan entre sí y a membranas, paredes, conchas, caparazones, piel gruesa, espinas, corazas, escudos, murallas. A escala celular los organismos están delimitados y protegidos por una membrana y quizás una pared protectora que el atacante puede intentar destruir o penetrar con alguna manipulación física o química.

Además de los objetos contundentes, cortantes o punzantes y sus escudos asociados que funcionan mediante principios físicos simples (energía cinética, momento lineal, capacidad de penetración y amortiguación, resistencia a impactos), muchas formas de materia y energía pueden ser utilizadas como armas ofensivas o defensivas: químicas (venenos y antídotos, toxinas y antitoxinas, irritantes, olores o sabores repulsivos, enzimas para destruir paredes y membranas celulares), biológicas (patógenos infecciosos para enfermar al rival), térmicas (calor), fuego, explosivos (bombas), eléctricas (descargas eléctricas), electromagnéticas (láser), nucleares (bombas atómicas, radiación). Las armas químicas y biológicas son moléculas o microorganismos que alcanzan a sus víctimas mediante mordisco, inyección, contacto o difusión.

Algunos sistemas sirven para inmovilizar o retener al rival: redes (arañas), sustancias pegajosas, jaulas, cuerdas y nudos, esposas.

Es posible aprovechar el entorno y sus cambios para neutralizar, dañar o matar al rival: provocar caídas traumáticas en la huida, asfixiar dentro o fuera del agua, caer en arenas movedizas.

Una conducta defensiva especial es hacerse el muerto: algunos depredadores sólo comen lo que han matado ellos mismos, se sienten confundidos o demasiado confiados por la inmovilidad de la presa, que aprovecha la oportunidad para escapar.

Conflicto violento, grupos y guerra

Una forma especialmente eficaz y eficiente de incrementar la capacidad para el conflicto violento es actuar en grupo: la cooperación organizada con otros agentes permite incrementar mucho la capacidad ofensiva y defensiva sumando fuerzas (al mismo tiempo o por turnos), dividiendo el trabajo y quizás especializándose en diferentes funciones complementarias. Algunos buscan alimento, otros construyen el nido, otros vigilan, otros cuidan de las crías, otros luchan; unos pelean y otros descansan; en la caza unos buscan, otros asustan y persiguen, otros bloquean el escape, otros abaten a la presa; en la defensa se cierran filas para proteger a los más vulnerables; en la guerra no todos los ciudadanos son soldados, y estos se especializan para usar armas diferentes (infantería, artillería, caballería, armada, fuerza aérea).

Los grupos o colectivos con múltiples agentes cohesionados y bien coordinados son muy poderosos: la unión hace la fuerza. El grupo social es una adaptación evolutiva que incrementa las posibilidades de supervivencia y reproducción de los individuos. Para que el grupo funcione es necesario que sus miembros tengan capacidades cognitivas y emocionales adecuadas: que sepan y quieran cooperar.

El hecho de que algunos individuos se agrupen y organicen genera una presión evolutiva para que otros individuos también se agrupen y mejoren su organización: los grupos tienden a ser progresivamente más grandes, complejos y poderosos.

El grupo puede entenderse como una herramienta de los individuos para incrementar su poder: el individuo ataca a otros con su grupo y se defiende de otros con su grupo. Desde el punto de vista de un agente individual, uno es el agente y los demás son medios de acción que resultan ser también agentes individuales que lo consideran a uno como medio de sus acciones.

Cada individuo se beneficia de la existencia del grupo, y como este tiene costes de mantenimiento y funcionamiento, los miembros de un grupo deben asumir esos costes de algún modo: la distribución de los beneficios y costes del grupo es una posible fuente de conflictos dentro del mismo que deben ser resueltos de algún modo suficientemente adecuado como para que el grupo pueda funcionar como una unidad exitosa frente a otros grupos competidores.

La guerra es el conflicto violento a gran escala entre grupos. Los humanos son animales que han desarrollado diversas características distintivas esenciales para la guerra: son hipersociales y tribales, con unas emociones y una psicología moral adecuadas para la vida en grupo; utilizan el lenguaje simbólico para comunicarse, coordinarse y cohesionarse; tienen una teoría de la mente, piensan estratégicamente y comprenden intuitivamente a los demás como agentes intencionales cooperadores y competidores; generan cultura que identifica a cada grupo y permite acumular y transmitir conocimiento; producen tecnología en forma de armamentos progresivamente más poderosos.


Cooperación y competencia

13/12/2016

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Cooperación y competencia

Con su capacidad de actuar y cambiar la realidad, un agente puede beneficiar o perjudicar a otros, ayudarlos o dañarlos, contribuir a que consigan sus objetivos o impedírselo, afectar a sus intereses. Algunas de las relaciones entre agentes que implican beneficios o daños son relaciones de cooperación o relaciones de competencia. Dos (o más) agentes cooperan si intentan beneficiarse mutuamente o de forma conjunta. Dos (o más) agentes compiten si intentan dañarse mutuamente, o si se esfuerzan en conseguir algo valioso que no queda disponible para el otro (o los otros).

Cooperar es actuar con, por o para otro u otros, para el beneficio mutuo de las partes o del conjunto si se trata de un grupo: los colaboradores se coordinan de algún modo, ajustan sus conductas, trabajan juntos o dividen el trabajo, se ayudan mutuamente, comparten o intercambian lo que producen, y todos salen ganando si la cooperación se hace bien. Los frutos del trabajo cooperativo se comparten (bienes comunes de un grupo, como una tribu o una empresa) o se intercambian entre diferentes unidades como productores y consumidores (compraventas en el mercado). Ejemplos: las hormigas de una colonia construyen y comparten un nido; los cazadores abaten juntos una presa y la reparten; en el mercado compradores y vendedores intercambian los bienes y servicios que producen.

Competir es actuar contra otro (u otros) para conseguir algo exclusivo o excluyente, que cuando uno lo consigue no está disponible para el resto: uno gana y otro pierde, y en casos de competencia destructiva ambos pueden resultar perdedores netos. Ejemplos: los organismos compiten por los recursos escasos en el entorno, como el alimento o el control del territorio; varios aspirantes compiten por el amor de una dama; dos jugadores se enfrentan para ganar un torneo; los comercios intentan captar clientes; un depredador intenta cazar y comerse a una presa.

La capacidad de los agentes para cooperar o competir depende de cuánto valor o beneficios pueden aportar o cuánto daño o pérdidas pueden causar. Los agentes pueden tener diferentes capacidades de beneficiar o dañar a otros, y de este modo son mejores o peores cooperadores o competidores. En la medida en que pueden elegir, los individuos tratan de asociarse con los mejores cooperadores y evitan enfrentarse a los mejores competidores.

El éxito en la competencia depende de las capacidades relativas de los contendientes: es posible incrementar la probabilidad de victoria mejorando uno mismo o empeorando al rival. Ejemplos: el boxeador puede entrenar o conseguir que su rival no pueda hacerlo; el ejército puede unirse, cohesionarse, o conseguir que el rival se disgregue (divide y vencerás). La competencia violenta o destructiva es común porque a menudo resulta más fácil destruir que construir.

Las interacciones cooperativas y competitivas pueden combinarse de múltiples formas y anidarse en múltiples niveles de forma recursiva: es posible cooperar con unos para competir con otros (soldados en ejércitos rivales), competir con unos para cooperar con otros (candidatos a un puesto de trabajo en una empresa), cooperar con unos para cooperar con otros (diversas unidades a diferentes niveles dentro de la jerarquía de un ejército o empresa), o competir con unos para competir con otros (partidos entre deportistas en un torneo por eliminatorias).

La apariencia de la interacción no siempre coincide con la realidad: es posible simular que compites cuando en realidad cooperas (comercios que se ponen de acuerdo para fijar precios y repartirse el mercado sin que los consumidores lo sepan), o simular que cooperas cuando en realidad compites (un espía en el país enemigo).

Los cooperadores (socios, colaboradores, aliados, camaradas, amigos) se benefician mutuamente, prosperan juntos y suelen gustarse (afectos positivos) porque son buenos unos para otros: pueden incluso amarse (como en la cooperación para la reproducción sexual). Los competidores (rivales, antagonistas, adversarios, contrincantes, enemigos) se perjudican mutuamente, prosperan unos a costa de otros y suelen detestarse (afectos negativos) porque son malos unos para otros: pueden incluso odiarse (como los enemigos a muerte).

La cooperación tiene aspectos negativos y la competencia tiene aspectos positivos: la cooperación tiene costes y riesgos que hacen que no estén garantizados los beneficios para todos; las pérdidas son posibles y tal vez no merezca la pena cooperar. La competencia puede servir de incentivo o mecanismo de mejora de los agentes (innovación, creatividad), y la existencia de alternativas en competencia posibilita la elección entre las mismas. Además las cosas no son buenas o malas, sino que son buenas o malas para algo o para alguien: tanto cooperación como competencia pueden ser buenas para algunos y malas para otros.

La cooperación no siempre es buena para todos, porque es posible cooperar con unos para competir contra otros y dañar a esos otros; y la competencia no siempre es mala para todos, porque es posible competir contra unos para servir a otros y cooperar con esos otros. Desde el punto de vista de terceros la cooperación es mala cuando es contra ellos, y la competencia es buena cuando es a su favor: la cooperación es buena para los cooperadores (cuando es exitosa), pero puede ser mala para terceros; la competencia es mala para los competidores (al menos para los perdedores), pero puede ser buena para terceros. Ejemplos: los jugadores de un equipo cooperan para vencer al equipo rival; los trabajadores de una empresa colaboran para ser más competitivos que las empresas rivales; las empresas compiten unas con otras para satisfacer mejor a sus clientes; los machos compiten para aparearse con las hembras.

Lenguaje sobre cooperación y competencia

La cooperación parece algo necesariamente positivo y la competencia parece algo necesariamente negativo, y frecuentemente se insiste en la necesidad de fomentar la cooperación y limitar la competencia. La cooperación sería algo social, altruista, bueno, constructivo, eficiente; la competencia sería algo individual, egoísta, malo, destructivo, ineficiente.

Aunque es cierto que la competencia puede ser violenta y que implica algún tipo de pérdida o derrota, frecuentemente se olvida que la cooperación puede salir mal, con las pérdidas consecuentes, o ser una disculpa o fachada para el parasitismo (exigencias de solidaridad, sistemas de redistribución coactiva de riqueza).

Es normal que en el lenguaje predominen las apelaciones a la cooperación y que estas resulten atractivas: uno tiende a relacionarse y hablar más con cooperadores reales y potenciales (quizás los miembros del propio grupo con quienes uno quiere llevarse bien), y al hacerlo intenta ser positivo y resaltar los beneficios de la asociación; además el discurso a favor de la cooperación puede mejorar la imagen y la reputación del hablante. El lenguaje competitivo es más hostil, está dirigido a los enemigos o se refiere a ellos, y puede ser ofensivo o incluso amenazante.

No es lo mismo hablar de cooperar y de los beneficios de la cooperación (algo fácil y barato) que realmente cooperar y aportar valor (algo difícil y costoso). Las apelaciones a la cooperación pueden ser simples declaraciones hipócritas para mejorar la imagen pública y gustar a los demás, o incluso engaños de parásitos para acercarse a sus víctimas y ocultar la realidad de la interacción: los tramposos o estafadores proponen cooperar pero lo que realmente pretenden es aprovecharse del otro, recibir sin dar o conseguir mucho más que lo que contribuyen. Esto puede suceder en interacciones bilaterales si el tramposo puede escapar sin ser castigado, o en relaciones multilaterales complejas (sociedades con muchos individuos e interacciones) en las cuales es difícil vigilar y detectar a los parásitos.

Las apelaciones a la competencia también pueden ser engañosas o manipuladoras: es posible resaltar los problemas que pueden causar los enemigos externos de un grupo, enfatizando la necesidad de cohesión social contra ellos, para ocultar o que se olviden problemas o conflictos internos, quizás causados por los mismos que enfatizan la rivalidad y la competencia contra los otros.

Evolución, aptitud y mente

Tanto la cooperación como la competencia son fenómenos esenciales en el proceso de la evolución biológica. La competencia entre seres vivos es una presión evolutiva que tiende a producir mejoras relativas de aptitud entre estos, ya que los menos capaces desaparecen o se reproducen en menor proporción. Esta competencia no consiste meramente en luchar de forma violenta, de modo que no se trata solamente de ser más fuerte y destructivo, sino de realizar de forma más eficiente las tareas necesarias para la supervivencia y el desarrollo. La competencia es esencial en los procesos evolutivos y no desaparece prácticamente nunca porque los recursos son limitados y escasos, pero también existe la posibilidad de asociarse y cooperar con otros, lo cual resulta ser una estrategia evolutiva adaptativa altamente exitosa. Los seres vivos cooperan para competir mejor contra otros equipos de cooperadores, y compiten para ser elegidos como miembros de buenos equipos de cooperadores.

Los agentes no necesitan ser conscientes o saber que están cooperando o compitiendo, pero la posibilidad de cooperar y competir tiende a producir inteligencia y consciencia: la importancia de los procesos de cooperación y competencia para la supervivencia y el éxito vital de los organismos es una fuerte presión evolutiva que contribuye al desarrollo progresivo de capacidades cognitivas y emocionales adaptativas como la inteligencia estratégica, el lenguaje comunicativo para la coordinación y los sentimientos morales como protectores y garantías de la cooperación. La mente es una poderosa herramienta para el control de la interacciones de cooperación y competencia con otros agentes.

Ayuda o daño unilateral frente a cooperación y competencia

Tanto cooperación como competencia son interacciones al menos bilaterales: involucran a dos (o más) agentes, y ambos participan activamente, actúan para o contra el otro o los otros. En algunas relaciones sólo uno actúa y el otro solamente recibe los efectos positivos o negativos de esa acción: no hay acciones en ambos sentidos, no hay reciprocidad, sino que se trata de conductas unilaterales (no son realmente interacciones de un agente a otro y viceversa); la ayuda o el daño suceden en una única dirección de forma asimétrica.

Aunque no todas las relaciones entre agentes son estrictamente de cooperación o competencia, muchas sí lo son porque quienes dan ayuda no suelen hacerlo gratis sino que les interesa recibir algo valioso a cambio de los costes asumidos (reciprocidad), y quienes son agredidos suelen intentar defenderse de su agresor para conseguir sobrevivir: la ayuda unilateral se transforma en cooperación, y el daño unilateral se transforma en competencia.

La competencia puede ser asimétrica en el sentido de que un agente puede intentar causar un daño a otro sin que este otro haga nada más que intentar defenderse de la agresión, como en el caso de un depredador y su presa, un parásito y su huésped, o un asesino y su víctima. Las víctimas de daños por agresión no tienden a quedarse pasivas sino que suelen intentar hacer algo para evitarlos en la medida de sus posibilidades. La competencia también puede ser muy asimétrica o desequilibrada si un agente agresor es mucho más fuerte que una víctima que apenas puede hacer nada.

La ayuda supone un coste a quien la da y un beneficio al receptor, de modo que el que ayuda pierde poder y tiene menos posibilidades de éxito vital, y el receptor, que podría ser un competidor, gana en poder: la ayuda unilateral del altruismo no parece una conducta adaptativa. Existe una relación especial de ayuda casi totalmente asimétrica que es la reproducción de los organismos, que implica costes para los progenitores sin recibir nada a cambio de las crías (en algunos animales sociales pueden contribuir como fuerza de trabajo subordinada a los progenitores o cuidar de ellos cuando sean ancianos). Esta relación altruista tiene sentido si se considera desde el punto de vista de los genes que se reproducen y son compartidos por progenitores y crías (aptitud inclusiva, que también considera a otros parientes como tíos, hermanos, abuelos, primos).

La ayuda unilateral puede ser parte de un proceso de cooperación extendido en el tiempo o diferido: un agente entrega algo valioso hoy a cambio de recibir algo valioso en el futuro. La ayuda unilateral (entendida a menudo como caridad) puede servir para mejorar la reputación y prestigio de quien ayuda, y también para generar sentimientos de deuda y agradecimiento en los receptores que quizás puedan devolver el favor en el futuro, transformando así la relación en cooperación bilateral. Algunas relaciones de cooperación son asimétricas en el sentido de que una parte contribuye mucho más que la otra o las otras y no se beneficia de forma proporcional: en algunos casos se disfraza de cooperación lo que en realidad es caridad para no humillar a la parte receptora neta de ayuda, o para que los más débiles se sientan parte de un grupo aunque individualmente aporten poco.

Dentro de algunos grupos de cooperadores con relaciones multilaterales la reciprocidad no tiene por qué ser directa (intercambio entre solamente dos agentes en el cual ambos dan y reciben), sino que puede ser indirecta: un agente ayuda a otro pero recibe ayuda de un tercero. Los miembros del grupo ayudan a otros miembros del grupo sin fijarse en su carácter  individual.

Competencia

La competencia puede ser violenta (conflicto entre depredador y presa, combate entre machos que pelean por hembras) o no violenta (comercios que buscan clientes, machos de aves que intentan atraer a las hembras mostrando sus cualidades como belleza o habilidad para el canto, el baile o la construcción de nidos). La competencia puede suceder con contacto físico con el rival o no, o sabiendo que existen rivales o no: las ardillas compiten por nueces sin necesidad de ver a otras ardillas, saber que existen o pelarse con ellas.

La competencia contra otro le causa algún daño físico (el depredador mata a la presa) o le priva de la posibilidad de algún beneficio, le arrebata alguna oportunidad (competencia entre comercios que venden productos iguales o semejantes; competencia entre animales que buscan el mismo alimento). En algunos casos pueden darse ambos fenómenos: los boxeadores intentan hacerse daño y ganar un trofeo que el otro pierde; los machos pelean, se causan heridas hasta que uno se rinde, y el vencedor se aparea en exclusiva con las hembras.

La competencia puede estar sometida a algún tipo de reglas (competencia en el mercado con respeto a los derechos de propiedad y los contratos libremente acordados) o no (competencia en conflictos violentos). Incluso en los conflictos violentos es posible recurrir a algún tipo de reglas (que luego pueden cumplirse o no) para intentar reducir los daños posibles, como es el caso de las leyes de la guerra (qué hacer con los prisioneros, los heridos, los civiles; qué tipo de armas usar).

Algunos casos de aparente competencia son en el fondo cooperación: un corredor que hace de liebre marca un ritmo rápido para animar y acelerar una carrera que él no pretende ganar; un rival deportivo puede servir para entrenarse y mejorar las propias capacidades; las competiciones deportivas pueden ser una forma cooperativa de entretenimiento para los participantes.

La cooperación forzada es en el fondo competencia: una parte debe utilizar la violencia para imponer su voluntad a la otra, como en el caso de la esclavitud. En una relación de esclavitud o servidumbre involuntaria y forzosa la parte sometida ayuda al opresor a cambio de que este renuncie a hacerle un daño del cual es capaz: el esclavo no recibe valor a cambio de su trabajo (quizás alimento, alojamiento, vestido), pero al menos evita un perjuicio mayor (castigos físicos, torturas o muerte). Hay una apariencia de cooperación pero la relación fundamental es de competencia por el control de la capacidad de trabajo del esclavo. La auténtica cooperación no requiere de la fuerza de una parte para imponerse sobre la otra.

Aunque la competencia implica la posibilidad de perder o sufrir daños, el acicate de la competición, el espíritu competitivo, el deseo de igualar o superar a otros, pueden servir de estímulo para mejorar las capacidades propias y así ser más apto, competente y competitivo. De forma alegórica puede hablarse de competir contra uno mismo para referirse al deseo de superación personal que puede servir para mejorar individualmente. Esta forma de perfeccionamiento tiene dos problemas: un agente en solitario tal vez no pueda saber qué nivel de aptitud es posible alcanzar y quizás se conforme con poco; y la ausencia de auténticos rivales puede significar que las emociones competitivas no se activan de forma adecuada y el esfuerzo realizado es insuficiente. La competencia contra otros permite disponer de referencias de lo que es posible y de modelos a imitar, y además despierta deseos intensos de victoria que incentivan el rendimiento propio. Los humanos son agentes muy preocupados por su estatus social, y en algunos ámbitos este se consigue al superar a otros (combates, competiciones deportivas, éxito profesional).

Cooperación

La cooperación se realiza cuando se espera que sea eficiente, beneficiosa, que incremente los rendimientos del trabajo aislado o autónomo, que aproveche sinergias. La cooperación no siempre es beneficiosa porque aunque es posible conseguir más al cooperar varios agentes, ese resultado hay que repartirlo o dividirlo entre más individuos, y la cooperación no siempre es más eficiente porque tiene costes de búsqueda (encontrar al cooperador, comprobar competencia y fiabilidad) y coordinación (costes de transacción, de gestión, de vigilancia, de contabilidad). La cooperación puede estar mal coordinada y siempre es posible el fracaso.

La acción individual puede fallar, y la cooperación entre individuos puede fallar por más motivos: porque falle alguna acción individual o porque falle el ajuste o coordinación entre ellas. La cooperación a menudo es difícil y puede salir mal: malentendidos, mala ejecución, errores, trampas (incumplimiento de lo acordado), expectativas frustradas. El fracaso o la ruptura de la cooperación puede ser muy costoso y doloroso, incluso llevando del amor al odio (proceso típico en relaciones afectivas sexuales y otras alianzas rotas o traicionadas).

La cooperación puede ser beneficiosa para unos pero no para otros según lo que se aporte a la cooperación y lo que se reciba de ella. Un problema esencial es la asociación con tramposos o parásitos que reciben pero no aportan valor: conviene detectarlos y evitarlos, y comunicar fielmente a los otros que uno es un buen cooperador mediante señales honestas costosas de reputación, honorabilidad y competencia. Las posibilidades de cooperación dependen mucho de la confianza, del carácter moral de los individuos y de las instituciones sociales que velan por el cumplimiento de los acuerdos.

Los agentes pueden tener diferentes habilidades y capacidades de realizar trabajo (energía o potencia si es por unidad de tiempo). Las acciones son de diferentes tipos, requieren diversas habilidades y pueden ejecutarse con diferente intensidad. La cooperación incrementa la capacidad total de acción tanto en fuerza total como en habilidad. Tareas difíciles o imposibles para uno solo (por no disponer de la fuerza, velocidad, o combinación de habilidades suficientes), son accesibles a dos o más cooperadores.

La cooperación puede realizarse mediante la unión de esfuerzos iguales o mediante la división en funciones diferentes complementarias. Ambos tipos requieren de una adecuada coordinación para que la cooperación sea efectiva y eficiente.

Al unir esfuerzos iguales varios cooperadores hacen lo mismo, suman el mismo tipo de trabajo (quizás con diferente intensidad y habilidad) y consiguen un efecto total mayor cuantos más sean y más se esfuerce cada uno. Ejemplos: varios individuos empujan o tiran de un objeto; una cadena de transporte de cubos de agua; múltiples soldados de un mismo tipo como arqueros o fusileros; varios vigías observando; remeros en una barca. El resultado total puede ser una simple suma lineal de los resultados individuales (suma vectorial de fuerzas), pero también puede ser mayor (levantar entre varios algo muy pesado que uno solo no puede; desplazar un objeto al superar el umbral de rozamiento; hacer suficiente daño a un enemigo como para anularlo), o menor (si los esfuerzos interfieren de forma destructiva o no se aprovechan en su totalidad, como unos remeros estorbándose al golpearse sus remos o remando en sentidos opuestos, soldados que disparan contra el mismo enemigo ya muerto, soldados que disparan contra otros soldados del mismo ejército).

Al dividir el trabajo los agentes realizan tareas especializadas diferentes y complementarias: distintos trabajadores de una empresa, soldados diferentes en un mismo ejército como infantería o caballería. La división del trabajo a la que se refiere la ciencia económica no consiste en repartir un mismo trabajo entre varios agentes en unidades más pequeñas (dos traductores que se encargan de dos partes de un libro, dos trabajadores que cavan trozos de una zanja), sino en hacer cosas distintas.

La división del trabajo puede incrementar los rendimientos del mismo porque permite a los agentes descansar de una tarea mientras realizan otra (cavar una madriguera, vigilar en busca de peligros, cuidar de las crías, buscar alimento), o porque los agentes pueden entrenarse y especializarse en una función concreta; los trabajadores humanos además pueden producir y aprender a usar herramientas específicas para muy diversas tareas (bienes de capital duraderos).

La cooperación puede ser puntual, basada en relaciones no duraderas (intercambios comida por sexo en animales; intercambios comerciales en los mercados), o puede realizarse de forma estable, continua en el tiempo, repetida, en grupos organizados internamente (tribu, empresa): estos pueden tener un patrimonio compartido, actúan colectivamente con algunos intereses comunes, y los miembros se ayudan unos a otros. Es común considerar que la cooperación sólo se da entre miembros de un grupo estable, o con trabajadores físicamente próximos o unidos de algún modo o con un interés común, pero los intercambios puntuales entre desconocidos también son cooperativos.

Negociación

Las condiciones de la cooperación pueden formalizarse mediante un contrato o sistema de reglas. La cooperación puede requerir algún tipo de negociación para acordar qué recibe y da cada parte, cuáles son las condiciones de la cooperación. La negociación es un proceso parcialmente competitivo y sin garantías de éxito en el cual las partes piden (o exigen) y dan (o conceden), empujan y ceden, obtienen derechos y asumen deberes, normalmente intentando conseguir las mejores condiciones posibles, obtener más y renunciar a menos, pero sin forzar tanto que la cooperación no se lleve a cabo o se rompa.

El poder y habilidad de negociación de las partes puede ser diferente: depende de cuánto se necesite la relación cooperativa y de si existen o no otros cooperadores alternativos posibles. Una estrategia común de negociación incluye no mostrar cuánto desea uno un acuerdo (hacer creer que interesa poco, proponer como comprador un precio bajo, mencionar alternativas), enfatizar o exagerar los sacrificios propios, y convencer al otro de que un intercambio o pacto es muy beneficioso para él. En la negociación es muy útil conocer a la otra parte, saber qué quiere conseguir y qué puede aportar.

La negociación puede suceder antes de la cooperación o durante la misma si esta es duradera, cambiando las condiciones. La negociación puede tener componentes de competencia violenta, como cuando una parte amenaza a la otra con algún tipo de daño si no acepta ciertas condiciones (acuerdos con mafiosos, piquetes sindicales). Durante la cooperación o tras la misma pueden presentarse reclamaciones para aclarar las condiciones o reclamar incumplimientos de lo pactado.

Grupos

Las relaciones cooperativas tienden a producir grupos relativamente persistentes y cohesionados de individuos que conviven y comparten intereses: son alianzas duraderas que pueden reducir costes de búsqueda y transacción y riesgos o problemas de confianza y lealtad. Los grupos no son sólo unidades internamente cooperativas: externamente suelen ser unidades competitivas contra otros grupos, especialmente en el caso de los seres humanos y la guerra.

Dentro de un grupo puede haber relaciones de cooperación y competencia entre los mismos agentes: los trabajadores cooperan y cumplen sus funciones para la empresa, pero compiten por un ascenso, por poder, por influencia; los jugadores dentro de un equipo cooperan para derrotar al rival pero compiten para ser titulares y no reservas, para ser más importantes, tener más protagonismo y recibir más atención, y para conseguir mejores condiciones contractuales (recompensa salarial); los equipos de una liga deportiva compiten para ganar partidos, campeonatos y los premios asociados, pero cooperan para ofrecer un espectáculo interesante a los espectadores; las empresas de un determinado sector compiten por trabajadores, proveedores y clientes, pero pueden cooperar para obtener alguna subvención o protección para el sector.

Los grupos son unidades cooperativas que pueden verse dañadas si existe demasiada competencia interna destructiva. Para evitarla o limitarla los grupos suelen utilizar reglas que prohíban o encaucen las actividades competitivas. Las agresiones internas están prohibidas y son castigadas. La búsqueda individual de estatus social se regula para que beneficie en lo posible al grupo: los honores (premios, reconocimientos, nobleza) y los ascensos en la jerarquía del poder (cargos de gobierno, autoridades) están condicionados (al menos en principio) a los servicios prestados al colectivo. Algunos grupos fomentan la igualdad o la uniformidad, e incluso pueden desincentivar o evitar las muestras ostentosas de superioridad de belleza o riqueza (normas religiosas de vestimenta, de modestia, humildad, discreción, recato, decoro) para así evitar costes de señalización y riesgos por envidias y rencores entre los miembros.

Sociedad, mercado y libertad

Las sociedades libres tienden a producir combinaciones adecuadas de cooperación y competencia dentro de marcos normativos respetuosos de los derechos individuales de propiedad: tanto la cooperación como la competencia se deciden de forma voluntaria, y la competencia legítima es no violenta. Los contratos recogen acuerdos que regulan relaciones cooperativas duraderas. La existencia de alternativas en competencia permite elegir con quién cooperar. La competencia, o la posibilidad de la misma, estimula o incentiva a trabajar bien, a ser eficiente, a mejorar, a innovar: es un proceso de descubrimiento de los productores de cómo satisfacer a los consumidores y de cómo realizar procesos productivos de bienes y servicios de forma más eficiente.

Nadie está obligado a cooperar o competir, la cooperación no está prohibida, y sólo la competencia violenta está prohibida. Obligar a cooperar puede unir a individuos que no quieren asociarse. Prohibir o limitar la competencia puede implicar que no te dejen elegir libremente con quién cooperar. Es posible que quienes quieren obligar a otros a cooperar sean malos cooperadores (y por eso no son elegidos libremente como asociados), y que quienes quieren prohibir la competencia sean incompetentes o malos competidores (y por eso tienden a fracasar o ser derrotados por otros en un mercado libre).