Francesc Reguant defiende la agricultura europea

18/09/2009

Francesc Reguant, presunto economista experto en temas agrarios, asegura en ‘Contra el hambre, agricultura en Europa’:

A fuerza de ser proclamadas unánimemente, algunas afirmaciones se convierten en axiomas, en verdades indiscutibles. Pero la historia ha enterrado muchas de esas verdades evidentes y me atrevo a predecir cuál será una de las próximas: la idea de que el proteccionismo agrario –sin matices– de los países desarrollados es un gran freno al desarrollo de los países no industrializados.

La ignorancia es atrevida: atrévete a mostrarla sin miedo, Francesc.

Cuando se plantea una mayor liberalización, la agricultura surge siempre como actor en discordia. Uno de los protagonistas del fracaso de hace un año de la Ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio (OMC) fueron las cláusulas de salvaguardia de los productos agrícolas. Las posiciones intransigentes partieron de la India y no de los países desarrollados, entre ellos la Unión Europea y su política agrícola común.

Seguro que es cierto y todos nos creemos que la Unión Europea no pone ninguna pega a la liberalización agrícola. Los grupos de interés agrícola en Europa no tienen ningún poder. Los malos, como cuando jugábamos a los vaqueros, ahora resultan ser los indios.

Probablemente, la producción de alimentos sea algo demasiado sensible como para abandonarlo a la mano invisible del mercado.

Qué exquisita es la sensibilidad de la producción de alimentos, que no puede ser libre y competitiva, que necesita la protección coactiva del puño bien visible de papá Estado. Aunque sólo probablemente.

Si se produjera una brusca desprotección de las agriculturas desarrolladas, los resultados podrían ser totalmente perversos. Teniendo en cuenta los costes diferenciales (por la calidad, por las exigencias sanitarias y medioambientales) de la agricultura europea respecto de las de países menos desarrollados, la desprotección produciría una fuerte caída de la oferta agrícola europea, un abandono masivo de la actividad (las dificultades actuales de la agricultura europea pueden ser un síntoma real de ello).

Resultados perversos… ¿para quién? Tal vez para los agricultores, acostumbrados durante muchos años a vivir de la subvención, ahora dependientes e incompetentes. La calidad de un producto se consigue fácilmente en un mercado libre, pero no se impone por decreto: son los consumidores quienes deciden cuánta calidad están dispuestos a pagar a según qué precios. Los productores que se empeñen en ofrecer más calidad que la que el mercado reclama tenderán a desaparecer. La solución es ser competitivos, y el que se busque la protección legal contra otros competidores potenciales revela el fracaso propio.

Dado que Europa es un gran productor de alimentos, la consecuencia sería un alza brusca de los precios agrícolas en el mundo y una desviación del comercio hacia los países con mayor poder adquisitivo (Europa, entre ellos), con el resultado paradójico de nuevas carestías en los países menos desarrollados, los beneficiarios teóricos del fin de las subvenciones a los agricultores de la UE. El ajuste sería largo y doloroso, con secuelas y resultados indeseables.

Nadie obliga a los agricultores europeos a abandonar su actividad: pero no pueden hacerlo a costa de los demás ciudadanos europeos ni aprovechando las barreras comerciales levantadas contra los agricultores de otros países. La producción europea de alimentos es muy cara: si desapareciera, seguramente sería sustituida por la producción de otros países a precios más bajos. Además así Europa dejaría de descargar excedentes sobre países no desarrollados que destruyen sus sectores agrícolas.

Aunque la actual crisis económica ha desactivado el boom de precios agrícolas, es necesario recordar que las causas que lo produjeron siguen todavía latentes. De hecho, la guerra de los alimentos del siglo XXI ya ha comenzado. La prensa se ha hecho eco de las compras estratégicas de terrenos agrícolas en países menos desarrollados, por parte de países emergentes, para garantizar el aprovisionamiento futuro.

No se nos explica cuáles son esas causas del alza de los precios agrícolas, pero se nos asusta con una “guerra de los alimentos del siglo XXI”: nos vamos a tirar los pepinos y las lechugas a la cabeza… Bueno, no, resulta que el indicador de los movimientos bélicos es… ¡la compra de terrenos agrícolas!, algo enormemente agresivo e inaceptable.

El mundo no puede prescindir de la producción agrícola europea, ni Europa puede renunciar a unos grados determinados de autoabastecimiento alimentario ni de los beneficios y servicios aportados por una agricultura local viva.

Hay que tener muy poca vergüenza para defender con tanto descaro a un grupo de interés tan nocivo y parasitario como los agricultores europeos: “el mundo no puede vivir sin nosotros”. El grado de autoabastecimiento de cualquier país puede determinarse de forma espontánea mediante mecanismos de mercado libre (precios, beneficios y pérdidas), y no mediante las rimbombantes declaraciones de tecnócratas endiosados que pretenden hablar por todo un continente.

La seguridad alimentaria mundial debe situarse en primer lugar. Estoy de acuerdo con Sirkka-Liisa Anttila, ministra de Agricultura y Bosques de Finlandia, cuando afirma: «El único camino a través del cual la Unión Europea puede ayudar a erradicar el hambre en el mundo es asegurando que su propio potencial productivo se mantiene adecuadamente».

Francesc Raguant no está solo en su estupidez: así que sólo si nos autoabastecemos podremos ayudar a erradicar el hambre en el mundo dándoles a los pobres nuestros excedentes, logrando así mantenerlos dependientes de nuestras limosnas e impidiendo que desarrollen sus economías. Europa, potencia cultural, tecnológica, científica, industrial… y también agrícola. Si es que aspiramos a todo y no dejamos nada para los demás. Adiós a la especialización y al comercio mundial.

Y el camino del sostenimiento de la agricultura europea pasa indefectiblemente por un cierto grado de protección y regulación de los mercados agrarios. Los argumentos no proceden de razones paternalistas próximas a la beneficencia, ni de subterfugios justificativos más allá de la actividad productiva. Las razones son de interés general por la importancia estratégica de la agricultura, como sector básico de futuro. Tengamos en cuenta que en el escenario del siglo XXI la agricultura juega del lado de las soluciones, tanto en el ámbito alimentario como en los de la energía y el medioambiente.

El interés general y la importancia estratégica: las grandes palabras vacías de los necios que ocultan sus ataques a la libertad asegurando que no están perpetrando subterfugios justificativos, qué va.

Respecto a energía y agricultura, igual está sugiriendo los subsidios al etanol como combustible: una gran idea, seguro, para acabar con el hambre en el mundo matando a los hambrientos.


Manuel Pimentel y la venganza del campo

19/08/2009

Manuel Pimentel nos avisa de “La venganza del campo”:

No sabemos cuándo llegará, pero más pronto que tarde se presentará entre nosotros con sus fauces abiertas sedientas de venganza. Durante décadas los hemos despreciado, humillado, pisoteado. Al campo, a la agricultura, a la ganadería y al conjunto de sus gentes. Sector primario, lo definíamos, como sinónimo malicioso de elementales, primitivos, básicos. La sociedad posmoderna ignoraba a los productores agrarios, a los que benignamente sólo toleraba como cuidadores de un medio ambiente en el que solazarse. El campo ha desaparecido del debate público. Oímos a los políticos y a los gurús desgañitarse en el debate de la economía del futuro. ¿Alguien los ha oído alguna vez nombrar la agricultura? No. El campo ya no existe para las mentes pensantes. Todas dan por hecho que los productos agrarios sanos y baratos seguirán inundando los mercados. Se equivocan. Más pronto que tarde, el campo se vengará en forma de escasez de alimentos, que subirán de precio de forma brusca e inesperada. Que nadie se queje entonces. Entre todos estamos incubando ese monstruo a base de desprecios y desdén.

Lo de las “fauces abiertas sedientas de venganza” demuestra el rigor intelectual de este aspirante a pensador. El cual se acusa a sí mismo y a algunos más de desprecio, humillación y pisoteo: tal vez quiera entregarse junto con sus cómplices en la comisaría más cercana.

Lo de sector primario más que una malicia parece una descripción elemental de que es el primero históricamente (comer es muy importante), así que efectivamente es primitivo y básico: lo de elemental sorprende que lo diga un ingeniero agrónomo, tal vez sea una ingeniería facilita.

Como colectivista que es, Pimentel habla en nombre de la sociedad y la reprende por no atender adecuadamente a sus productores agrarios: el típico discurso de cualquier defensor de un grupo de interés (no nos hacen caso y somos muy importantes).

Pretende que la economía del futuro la van a diseñar los políticos con sus debates actuales: se nota que se ha decicado a la política, que le pareció “muy hermosa, tiene tantas cosas como personalidades humanas. Uno: la capacidad de hacer cosas influyentes, contribuir a transformar la sociedad. Dos: es una vida muy interesante, conoces a gente importante, estás en el corazón de la historia. También te da estatus, conocimiento”. Quizás los que sufren la política no la ven tan atractiva y lamentan su influencia y poder de transformación.

Aunque es empresario, parece no entender cómo funcionan los mercados (aunque el agrícola en Europa es tan intervenido que todo depende del capricho de los gobernantes). Si está tan seguro de que los alimentos escasearán, debe estar comprando opciones de compra sobre las materias primas agrícolas en los mercados de futuros, o acciones de empresas alimentarias, o tierras para cultivar… ¿Lo está haciendo? Jim Rogers, legendario inversor, recomienda la agricultura como inversión de futuro, pero no suelta estos sermones moralizantes tan pesados y ridículos.

Lo de “que nadie se queje entonces”, ¿es una orden o un acto de chulería? ¿Si no hacemos caso a este profeta del desastre agrícola vendrán grandes calamidades y ni siquiera podremos protestar? Pimentel parece creer que el campo no está aún suficientemente mimado, subvencionado y protegido: hace falta más, lo de la Política Agraria Común es “desprecio y desdén”.

Le llaman cadena de valor. El precio final que paga el consumidor debe retribuir a la cadena de supermercados, al fabricante, al transportista, al almacenista y finalmente al agricultor. ¿Adivina quién es el que menos percibe de esta cadena? Pues ha adivinado bien: es el que está al final, el proveedor de la materia prima, el más débil a la hora de negociar. Le dan tan poco que no puede ni cubrir gastos. Pongamos un ejemplo. Una camisa de algodón que cuesta 100 apenas si tendrá unos céntimos de hilo de algodón. Todo se queda en la marca, el diseño, los transportes, el comercio, el valor añadido de la cadena, etc. El costo de la materia prima agraria o ganadera es irrelevante. Tanto la política como la empresa exprimen sin piedad al agricultor, que contempla impotente la progresiva ruina de sus economías y familias. La sociedad canta ahora, por ejemplo, a las marcas blancas, sinónimo de una vuelta de tuerca más sobre el pescuezo de los agricultores.

Este hombre debe de tener muchos amigos en el sector agrícola y les está haciendo la pelota descaradamente. ¿Las empresas exprimen sin piedad al agricultor? Si tienen tanto poder ¿por qué le pagan algo en lugar de nada? ¿No existen otras empresas competidoras a las que ofrecer estos productos? Y si no existen ¿ese presunto enorme margen de beneficio no es un fortísimo incentivo para actuar empresarialmente y crear esas nuevas empresas que hagan que cada eslabón de la cadena de valor reciba en proporción a lo que aporta? Tal vez he olvidado que el agricultor sólo sabe ser agricultor, no puede hacer otra cosa, es impotente y sólo sabe arruinarse. Tal vez sea inaceptable que el sector agrícola sea cada vez más productivo con menos trabajadores.

Mientras esto ocurre, la expansión de las zonas urbanas e industriales -ubicadas normalmente sobre las tierras más fértiles- continúa devorando implacablemente la superficie agrícola, y la proliferación de infraestructuras, sigue arañando miles y miles de hectáreas cada año de tierras de cultivo. El factor tierra también se reduce por el crecimiento de instalaciones de energías renovables. Los paneles y los molinos también restan hectáreas de cultivo y pastos. Se nos podría contraargumentar que aún existen tierras abandonadas o vírgenes, pero la verdad es que son más escasas de lo que podemos pensar. Casi toda la superficie que se puede cultivar ya se cultiva, y el resto, o es infértil o se encuentra protegida. No podemos basar nuestro desarrollo en la deforestación masiva de los escasos bosques y zonas salvajes que nos restan. Lentamente, cada vez tenemos menos tierra para labrar.

Si el suelo tiene un precio de mercado libre, será raro que el más fértil deje de dedicarse a la agricultura (sólo lo hará si otros usos son aun más valiosos, lo cual no será ningún desastre). No es tan grave que cada vez haya menos tierra para labrar si esta se cultiva de forma eficiente. Y hoy día mucha tierra cultivada lo es solamente por los subsidios y los aranceles proteccionistas.

El segundo factor básico es el agua, y aquí el futuro es aún más sombrío. Sin adentrarnos en las teorías del cambio climático, y aún contemplando el mantenimiento del clima tal y como lo conocemos, la cantidad de agua destinada a la agricultura disminuye año a año. Las modernizaciones de los regadíos podría ser una causa positiva, pero la principal es la rivalidad de usos. El ingente consumo urbano, turístico e industrial del agua -todos ellos antepuestos al agrícola- hace que cada año los agricultores dispongan de menos agua para sus cultivos. La escasa rentabilidad de sus producciones también limita al máximo su consumo.

Ya va siendo hora de que los agricultores paguen por el agua un precio de mercado. Tal vez entonces su actividad no sea rentable: qué lástima.

Es en el tercer factor, las técnicas de cultivo y la investigación en las variables de producción donde aún podemos cifrar nuestras esperanzas. Todavía queda camino por recorrer para incrementar la productividad por hectárea. Pero los actuales precios basura impiden financiar la innovación. Tan sólo si el campo vuelve a la rentabilidad, la investigación podrá azuzarse.

¿Precios basura? ¿Acaso no acaba de haber una burbuja en los precios de los productos agrícolas? ¿No está Pimentel anunciando precios altísimos para un futuro cercano inminente?

Todos los alimentos -y digo bien: todos- provienen del sector primario. Ni toda la química ni electrónica del momento han logrado producir ni un solo gramo para comer. Hemos olvidado algo tan elemental como el que tenemos que comer todos los días. No debemos permitir que el campo siga muriendo. Los precios deben reajustarse, y en los planes económicos, el sector primario debe tener un peso propio. Algunos países, como China, están comprando masivamente tierras en terceros países. Quieren inmunizarse ante la venganza del campo. ¿Qué hacemos nosotros? Pues nada. Así nos irá.

Naturalmente que la química puede producir algún que otro gramo para comer. Pimentel no dice bien prácticamente nada. La gente no es tan tonta que olvide que suele comer todos los días; bueno, quizás Pimentel y los suyos sí, ya que habla en primera persona del plural y dado lo que escribe en este artículo es fácil estimar en exceso su inteligencia.

No debemos permitir que el campo siga muriendo. No debemos permitir que la industria siga muriendo. No debemos permitir que el sector servicios siga muriendo. No debemos permitir que el turismo siga muriendo. No debemos permitir que la cultura siga muriendo.

Pimentel nos está dando una orden, nos prohíbe dejar de subvencionar al campo. Exige que los precios se reajusten (aunque olvida mencionar que tiene que ser al alza según sus preferencias), y planes económicos (¿anuales? ¿quinquenales?) para el sector. Nos recomienda la conducta estatista china, según la cual el Estado compra terrenos. Olvida mencionar el caso del faraón egipcio y sus almacenes de grano.

Todo esto, por alguien que pretende que sus referencias intelectuales son “el individuo, la iniciativa, la libertad individual”.