Tonterías selectas

Entrevista a Stephanie Kelton: “Cuando hay déficit, el gobierno está haciendo una contribución financiera al resto de la economía”

La ciudadanía reclama un nuevo contrato social a las empresas: el beneficio no lo es todo, de Miguel Ángel García Vega

Existen dos tipos de capitalismo: el que crea valor para la sociedad y el que lo expolia. Durante las últimas décadas, millones de personas han visto que tienen trabajo, pero resulta insuficiente para llevar una vida digna; que el ascensor social se ha ralentizado; que la inequidad es inmensa; que la codicia parece el verbo más conjugado por las finanzas y que la crisis climática podría dejar un futuro a sus hijos y nietos abrasado de cenizas. Si la promesa de un mañana mejor, de una vida mejor, que ha sido la base del capitalismo, se desvanece, el pensamiento del hombre entra en un círculo vicioso. ¿Por qué sacrificarme? ¿Por dónde seguir? Elizabeth Warren, la senadora demócrata que quiere llegar a la Casa Blanca, resume esa angustia: “La gente siente que el sistema está amañado contra ellos. ¿Y sabe cuál es la parte más dolorosa? Tienen razón”.

¿Dónde están las grandes empresas cuando esta pena en observación atraviesa el planeta? Muchas jugando en su particular jardín de recreo. “La codicia corporativa está gobernando este país. Y esa codicia está destruyendo los sueños y las esperanzas de millones de estadounidenses”, criticaba Bernie Sanders, otro de los candidatos demócratas al despacho oval.

En un mundo (hasta ahora) de fronteras de escarcha, los problemas son juegos de espejos entre las naciones y queda al descubierto ese relato neoliberal de que la desregulación iba a traer prosperidad a todos. Solo para algunos, los de siempre. En Estados Unidos, no por casualidad, al tiempo que el peso de los sindicatos decaía, los beneficios empresariales —según el semanario The Economist— pasaban de representar el 5% del PIB en 1989 al 8% actual.

Esos números proceden del dogma establecido en 1970 por el economista Milton Friedman. El premio Nobel sostenía que como el consejero delegado es un “empleado” de los accionistas debe defender sus intereses, dándoles los mayores beneficios posibles. Esta idea, que hiere al igual que caminar descalzo sobre vasos rotos, ha sido amplificada en las últimas décadas por escuelas de negocios y directivos. El sistema métrico es el corto plazo, el sentido diario de la firma es un gráfico de Bolsa y la codicia, un casino global. Friedman respondía así en una entrevista: “¿Hay alguna sociedad que usted conozca que no se guíe por la avaricia? ¿Cree que Rusia o China no se guían por la avaricia? ¿Qué es la codicia? Desde luego, ninguno de nosotros es codicioso, solo lo es el otro. El mundo se guía a través de individuos que persiguen intereses distintos”. Esta es la línea editorial que hoy sigue escribiendo el destino de cientos de millones de seres humanos.

… “Desde mi punto de vista” —avanza Jeremy Lent—, “las transformaciones que necesita nuestra sociedad solo llegarán cuando los Gobiernos fuercen a las compañías a que en sus estatutos figuren obligatoriamente los principios sociales, medioambientales y financieros”.

… Otra opción sería crear una estructura que vigilara y obligase (la autorregulación nunca ha funcionado) a los directivos a hacer algo más que sobrealimentar los beneficios del accionista.

“No sabía lo que era el euríbor y mucho menos el IRPH”

Los derechos se defienden, de Meli Galarza, presidenta de la Asociación para la defensa de la Imagen Pública de las Mujeres y profesora asociada de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga

Hace ya muchos años que comenzó mi activismo en el movimiento feminista. Hace el mismo tiempo que participo en encuentros donde se habla, se debate y se piensa en cómo afrontar la prostitución, esa lacra social. Lacra a la que hay quienes insisten en combatir desde la posición de la regulación. El propósito, aseguran, sería el de dar salida a situaciones extremas de pobreza, vulnerabilidad y explotación: la de las mujeres en situación de prostitución. El regulacionismo −pese a mi posición abolicionista− no me impide abordar este debate y confrontación (siendo feminista, además, sería imposible hacerlo).

Así que me gustaría comenzar con una aclaración: aquí no se trata de cuestionar decisiones individuales. Aquí se trata de acabar con un sistema bien arraigado y legitimado durante siglos. ¿Quién soy yo para decirle a una mujer si debe o no autodenominarse “trabajadora sexual” o prostituta? Evidentemente, nadie. Tampoco cuestiono a las mujeres que están en situación de prostitución, lo que cuestiono es el sistema prostitucional, la gran industria del sexo. ¿Por qué? Porque considero que atenta contra los derechos humanos y las libertades de las mujeres. Lo hago porque este sistema legitima la violencia sexual contra las mujeres, la violencia es de hecho el mecanismo que lo engrasa.

En este sentido, considero que la Universidad pública no debería ser un espacio para poner en entredicho derechos humanos conquistados, que están fuera de discusión. Las Jornadas previstas en la Universidad de A Coruña −bajo el título eufemístico de “Trabajo sexual”− legitiman este sistema. ¿Es admisible que una universidad se convierta en un lugar donde se sanciona culturalmente un sistema que atenta contra los derechos fundamentales de las mujeres? ¿Es digno que la Academia proponga una actividad donde la prostitución, que vulnera los derechos humanos, sea asumida como opción laboral posible para las mujeres? ¿Es esa perspectiva debatible?

Nosotras, las feministas, llevamos años denunciando la realidad de la prostitución, debatiendo con quienes sostenían otras posturas, argumentando que la prostitución es inaceptable. Y ahora nos vienen con que estamos “coartando” la libertad de expresión, la libertad de cátedra incluso. Echándonos la libertad a la cara, y obviando un concepto clave en la lucha de las mujeres: la igualdad. Igualdad, dignidad, integridad. Y es que estamos en una sociedad donde, si mínimamente se defiende un derecho colectivo, la avalancha de respuesta solo parece obedecer a un ilusiorio concepto de libertad individual. A veces, en el mejor de los casos, esa avalancha te interpela, cuando no te increpa, con insolencia. Cuando lo cierto es que sin igualdad social la libertad individual suena a quimera (¿o no sería más bien a “fake news”?).

No es que me moleste que se programen unas jornadas universitarias con semejante título, que dan por sentado que la prostitución es un trabajo como otro cualquiera. Que también. Lo que me irrita en especial es la pasmosa facilidad con la que se ningunean los derechos de las mujeres en pro de un supuesto debate que, extrapolado a otros temas que afectaran a la población en su conjunto, ni se contemplaría. ¿Se imaginan unas jornadas dedicadas al “Tráfico y venta de órganos vitales”, por ejemplo? Con intervenciones de personas que han estudiado ese mercado, traficantes, vendedores y vendedoras, etcétera. ¿Qué derechos se debaten ahí, los de poder vender un riñón por necesidad? En fin.

La prostitución es la institución patriarcal por excelencia. La que permite a los hombres gozar del privilegio de disfrutar del cuerpo de cualquier mujer cuando lo desee, en cualquier tiempo y lugar. En lo que llevamos de siglo XXI se ha producido un hecho fundamental: el sistema prostitucional ha consolidado su alianza con el neoliberalismo imperante. Como resultado, puede decirse que la prostitución es la esclavitud del siglo en curso. Sería más adecuado, entonces, referirnos a estas jornadas como relativas al “Trabajo esclavo”. En esta hipotética propuesta académica intervendría la gente estudiosa de la cuestión, abordando las repercusiones de esta modalidad de esclavitud posmoderna en el mercado laboral, en el PIB y la economía del país. Se podría contar con personas esclavas trabajadoras, incluso. ¡Fíjense que no puedo imaginar un debate acerca de las “bondades” de la esclavitud!

En definitiva, la celebración de estas Jornadas era inadmisible. No se puede vender como libertad de expresión el debatir sobre la vulneración de los derechos humanos. Pasar por encima de estos derechos fundamentales no es una opción. El límite a un derecho fundamental está en otro, esto me lo enseñaron hace mucho. Es más, no todos los derechos gozan de la misma protección en el ordenamiento jurídico: la igualdad es un derecho fundamental y un valor superior jurídicamente. Y ninguna universidad puede poner en entredicho ese derecho. Menos aún con dinero público.

El capitalismo en la encrucijada, de Francisco Jose Bustos Serrano

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: