Tonterías selectas

Soy un hombre de 36 años y esto es lo que el porno me ha enseñado a lo largo de mi vida, de Rubén Regalado

El negocio de la soledad, de Helena Béjar, catedrática de Sociología

De la debilidad de los intentos de la sociedad civil para paliar la soledad se nutre el mercado. Creado en 2009 en Estados Unidos, el servicio de “alquila a un amigo” provee un servicio de escucha por horas. El precio varía en función del tiempo y la intensidad de la conversación. Si la amistad se basa en una lógica del don, según la cual se da gratuitamente tiempo e implicación, el amigo de alquiler ofrece una escucha libre de juicios y exigencias. Los otros están ocupados con sus problemas como para atenderle a uno, o simplemente no existen. Como ya hiciera con el amor y el sexo, buscados ahora por Internet, el mercado se ha hecho con la amistad. Hay también “fiestas de abrazos” para gente que no quiere sexo sino ser tocada para sentirse menos sola, más humana. No nos engañemos, tales prácticas no son solo propias del excepcionalismo americano. Muy al contrario, constituyen las tendencias del porvenir. Más nos vale presionar al Estado para que cree políticas comunales de togetherness, y a la vez explotar las energías de la sociedad civil, que dejarnos atrapar por las promesas del mercado. Que se asienta en la cultura individualista que clama que somos autosuficientes, fuertes, jóvenes siempre. Y que aceptemos la soledad o compremos compañía.

La hipocresía de la eutanasia, de Santiago Milans del Bosch, jurista

Hasta donde yo sé, la acción que tiene por objeto terminar deliberadamente con la vida de una persona es simple y llanamente un delito; y así se regula en el Código Penal: homicidio si fue sin su consentimiento (o con el consentimiento viciado) o auxilio al suicido (si fue con su consentimiento o petición). En el primer caso, son muchos los móviles que motivan la acción: sustanciosas herencias, venganza, terrorismo, estafas a las aseguradoras, imprudencias, odio, «piedad», etc., previéndose en el citado CP una atenuación de la pena cuando la muerte se lleva a cabo «auxiliando al suicida» y mayor atenuación aun cuando la cooperación en la muerte lo fuera respecto de un enfermo cuya enfermedad conduciría necesariamente a su muerte o que le produjera graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar, siempre que existiera petición expresa, seria e inequívoca de éste.

Con la citada proposición de ley se juega con las palabras, con los sentimientos y con la vida. La exposición de motivos habla de «contexto eutanásico» y no menciona para nada la enfermedad terminal sino la «enfermedad grave e incurable» o «crónica e invalidante» a la que liga el padecimiento de un «sufrimiento insoportable» -pese a que la ciencia médica tiene medios para mitigar los dolores, que nunca son insoportables-…

Al final: hospitales para matar, con la amenaza de graves sanciones, a quienes no cumplan…

Lo pretendido por la proposición es transmitir la sensación de que la persona mayor o el enfermo grave supone una carga personal para la familia y un gasto para el Estado, lo que nos lleva a recordar los programas nazis de eutanasia de las personas improductivas. Pero esta regulación nada tiene que ver con la aplicación de un tratamiento que palíe el dolor, que se siente como insoportable, que se haga con este fin, aunque tenga como efecto secundario la aceleración de la muerte, aplicado a un enfermo terminal o que padece una enfermedad incurable, o la no adopción de un tratamiento desproporcionado ante este tipo de enfermos, algo que no produciría ningún problema ético y que es práctica de nuestros centros hospitalarios.

Lo que los seres humanos necesitan en su enfermedad y en sus últimos días es que los tratemos humanamente, es decir, como seres humanos dignos de respeto, ofreciéndoles nuestra compañía y amor, dándoles ánimo para mantener fortaleza y, cuando el dolor es grave, proveyéndoles lo mejor que la medicina puedes ofrecer para aliviar su dolor. Pero no podemos tratar a las personas como a los animales, con la inyección lista para «ponerlos a dormir» y quitarnos un problema de encima eliminando a los débiles y personas subnormales, aumentando las presiones sobre el «ejecutante» -sea médico o no- del acto por parte de la familia, aumentando los homicidios con careta de eutanasia. Y esto no es, en absoluto, una «muerte natural» derivada de su enfermedad o longevidad, como nos pretenden hacer comulgar en la proposición de ley orgánica de regulación de la eutanasia del grupo parlamentario socialista.

Florian Schmidt, el político ecologista que quiere pinchar la burbuja inmobiliaria en Berlín inspirado en la PAH

Hay “una burbuja de precios y tenemos que pincharla”.

“En esta situación, no puede ser que sólo los ricos sean los que puedan buscar una casa, y que los pobres tengan que salir de las suyas porque los ricos quieran entrar a vivir en ellas. Esto es algo injusto que pone en peligro la existencia de la gente amenazada por este fenómeno”.

“Hay empresas que compran los edificios, están quince años en propiedad y luego vuelven a venderlos. Y así sólo el precio puede ir para arriba”.

“Se puede hacer que las casas pertenezcan a la gente que las habita pero no como propiedad individual, porque ésta favorece la especulación, sino como propiedad de una cooperativa”.

Entrevista a Pere Navarro, director de la DGT

P: La gente no entiende que si está prohibido circular a más de 120 kilómetros por hora se nos anuncien coches que corren a 250 con 500 caballos.

R: Todo esto nosotros no lo entendemos. Nos cuesta mucho también entender que se vendan coches que puedan ir a más de 200 kilómetros por hora cuando circular a más de 200 kilómetros por hora es delito. En el Código Penal está recogido. Entonces estás vendiendo un producto que te puede llevar a la cárcel. Son estas contradicciones que tiene la sociedad actual.

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