Tonterías selectas

No lloréis por Alemania, de José García Domínguez

La pornografía es al mercado, como las armas a la guerra, de Javier López Astilleros

Hay dos soluciones posibles. O bien se normaliza la pornografía y la prostitución se profesionaliza totalmente, siguiendo un orden regulatorio preciso vía impuestos, o bien se prohíbe, se persigue, y se criminaliza a los adictos.

Libertad para renunciar, por Toño Abad, activista por los derechos humanos y LGTBI

… es evidente que va calando en la opinión pública que explotar reproductivamente el cuerpo de las mujeres al igual que la explotación sexual, son formas de violencia de género.

Ambas, la prostitución y la subrogación – en sus eufemismos mercantiles que enmascaran negocios lucrativos- tienen su origen en un sistema patriarcal que dispone de los derechos, de los cuerpos y de la salud de ellas para ofrecérselo a los varones a cambio de contraprestación económica. En ambos discursos, el prostitucional y el subrogadista, se instrumentaliza a las mujeres, a su corporalidad, y se las somete a distintas formas de violencia, directa o indirecta. Finalmente se niega sus derechos.

Los defensores de ambas prácticas apelan a la libertad individual como si fueran posibles las libertades individuales cuando las desigualdades están tan presentes. Es notable, además, como entre los defensores de estas prácticas mayoritariamente son los varones quienes imponen sus voces en el debate y, sospechosamente, quienes lo acaparan. Una muestra más, otra vez, de que cuando se trata de los derechos de ellas es el patriarcado el que establece el marco en el que se desarrolla el debate, sus límites y finalmente, su visión. No es más que la consecuencia del machismo, de una sociedad que no respeta los derechos humanos de más de la mitad de la población mundial.

Querer justificar en la libertad la prostitución y la subrogación es una trampa y un imposible. Es una trampa por la dificultad radical de elegir en libertad sin tener garantizada que esa elección se realiza en igualdad de condiciones. La motivación principal de ambas prácticas está en la explotación de la necesidad económica de aquellas mujeres que son sometidas a altos niveles de exclusión social y vulnerabilidad, y por tanto de desigualdad.

Es la necesidad extrema a la que les lleva a vender o alquilar sus cuerpos primero y sus hijos e hijas después, básicamente, para satisfacer el deseo masculino. Es ese deseo de paternidad lo que los mismos defensores de la subrogación catalogan de derecho, pretendiéndolo proteger jurídicamente. El deseo de ellos frente al derecho de ellas de su propio cuerpo y del resultado de la gestación, a través de una norma, para en caso de ser necesario exigir su satisfacción.

Pero también es un imposible porque en realidad no existe tal libertad: nadie tiene libertad para renunciar a sus derechos fundamentales que en las democracias occidentales se constituyen como principios informadores de las normas jurídicas, y que son irrenunciables e indisponibles. Su propuesta es, por tanto, libertad-renuncia, a través de un contrato, para no poder ejercer más la libertad, ni su derecho a la igualdad, a la dignidad o la la integridad física y moral. Por eso, en nuestro ordenamiento jurídico la subrogación, como la prostitución o la esclavitud nunca se regularán, porque ataca esos valores fundamentales que la Constitución protege, bienes jurídicos superiores que hay que garantizar y que esas mismas prácticas vulneran.

Pornoadictos, de Juan Manuel de Prada

Ibram X. Kendi: “El racismo y el capitalismo surgen al mismo tiempo y se han alimentado mutuamente”, de Owen Jones

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