Liberalismo y pornografía (réplica a Contreras)

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Francisco José Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla y autor, entre otros libros, de Una defensa del liberalismo conservador, ha escrito Por qué un liberal debe combatir la pornografía.

Comienza denunciando que “La ubicuidad y uso masivo de la pornografía no suscita el debate público que debería.” Tal vez Contreras se considere a sí mismo liberal, o más bien liberal conservador, pero es típicamente conservador y muy poco liberal el autoritarismo en la asignación de deberes, sobre todo a otros: según él los liberales estamos obligados a combatir la pornografía y todos, liberales o no, debemos debatir en público sobre su ubicuidad; no especifica qué pasa si incumplimos este deber, si es que no somos auténticamente liberales o si se nos aplicará algún tipo de castigo.

Continúa con varias preguntas:

¿Se acepta ya como parte del paisaje que más de la mitad de los jóvenes consuman pornografía de manera regular, que la educación sexual de los niños de diez u once años tenga lugar, no en el hogar ni en el colegio, sino en la sentina de vídeos porno fácilmente accesibles en Internet? ¿Que la adicción pornográfica de cada vez más adultos esté rompiendo muchas parejas? ¿Realmente estamos todos de acuerdo con eso?

Me pregunto a qué llama Contreras “educación sexual” y cómo sabe que esta no se produce ni en el hogar ni en el colegio: ¿no hay nada al respecto en los planes de estudio y es un tema que las familias no tratan en absoluto?; ¿no protestan muchos conservadores cuando se propone que los colegios impartan educación sexual porque dicen que este es un asunto propio de la moral privada y de la familia?

Tal vez los jóvenes aprenden algo sobre el sexo con el porno, pero seguramente lo consumen por curiosidad, por excitación y como entretenimiento más que como educación, y quizás muchos son capaces de distinguir la realidad de las fantasías de la ficción, igual que no aprenden física, química o biología viendo películas de superhéroes.

La adicción al porno es posible, y también que esta sea creciente y que contribuya a romper algunas parejas. Pero esto no implica en absoluto que los liberales debamos combatir la pornografía. Que no se discutan más estos fenómenos en público no significa que a la gente le parezca todo bien o que le resulte indiferente: tal vez creen que hay problemas más importantes o quizás son respetuosos de la libertad ajena y los riesgos asociados al ejercicio de la misma.

Contreras cree que la falta de discusión sucede porque quienes se atrevan a cuestionar los dogmas de la ideología sexual progre serán tergiversados, menospreciados y estigmatizados como censores que proyectan sus propias neurosis. Pero él es valiente y va a criticar a los progres, no exhibiendo sus propios sesgos y valoraciones particulares sino con argumentos y datos.

La pornografía es inmoral (atención, eso no es todavía decir que debería estar prohibida o seriamente restringida en su acceso, pues no todo lo inmoral es susceptible de ilegalización). Es inmoral porque implica la cosificación, deshumanización, mercantilización y pública exhibición de algo que debería ser personal, humanizado e íntimo, como el sexo. La pornografía es degradante tanto para sus protagonistas como para sus usuarios: unos realizan actos sexuales con desconocidos por dinero, ofreciendo su coyunda como producto de consumo a millones de mirones; los otros buscan la excitación mediante la contemplación de la intimidad sexual de desconocidos: es la perversión del voyeur.

¡Cuánta generosidad y tolerancia al reconocer que no todo lo inmoral debe ser ilegal! Pero eso sí, la pornografía es inmoral porque yo defino la moralidad como me conviene, y establezco unilateralmente cómo deben ser las cosas: el sexo debe ser personal, humanizado e íntimo.

Mencionar la cosificación y la deshumanización no es más que una torpe y desvergonzada dramatización altisonante: ¡qué horror que alguien está siendo cosificado o deshumanizado, quizás para negarle su dignidad y sus derechos y así poder agredirlo o explotarlo! En realidad la pornografía no implica la cosificación ni la deshumanización de nadie: quienes la producen y quienes la consumen son seres humanos, considerados como seres humanos, y no animales subhumanos o meras cosas sin voluntad ni derechos. Obviamente en la pornografía se resalta el atractivo sexual, pero eso no deshumaniza ni cosifica.

El sexo no tiene por qué ser exclusivamente personal e íntimo: puede serlo, frecuentemente lo es, y en algunos casos conviene que lo sea para permitir o facilitar ciertas cosas como la convivencia en pareja y la reproducción, pero esta no es la única forma de actividad sexual posible o deseada. Existe la prostitución, más impersonal, y existen las orgías, menos íntimas. En la pornografía hay exhibición pública (aunque también es posible un exhibicionismo pornográfico más privado), y a menudo dinero y mercado, pero esto no la hace inmoral salvo para quien estime que todo ello va contra sus buenas costumbres o sus particulares criterios morales.

La pornografía no es necesariamente degradante: tal vez los conservadores consideran que los actores del porno tienen mala reputación y un bajo estatus social, pero otros pueden no estar de acuerdo con esta valoración y existen estrellas del porno que ganan mucho dinero y tienen muchos admiradores; tal vez el conservador quiere elevar su propio estatus como (presunto y probablemente hipócrita) no consumidor de porno al acusar a los demás de depravados, desviados o pervertidos; algunos consumidores de porno pueden ser vistos como fracasados sexuales que no consiguen sexo real, pero resulta que el consumo de pornografía está muy extendido, y por lo tanto sería una vergüenza social generalizada; el mirón que se excita con el porno tal vez no es ningún pervertido sino un humano muy normal en el cual se manifiesta algo que otros intentan reprimir u ocultar.

Contreras argumenta que la sexualidad debería ser íntima y personalizada basándose en el filósofo conservador Roger Scruton. Según ambos “Llevamos décadas intentando convencernos de que la sexualidad no es más que “una comezón”: uno se rasca o es rascado, y no hay más; la pornografía sería una modalidad más de solución al picor, a la que no habría nada que objetar.” Hablan en primera persona del plural sin identificar a esos “nosotros” y no citan ni referencian a nadie que defienda esta absurda idea de que la sexualidad solo es como un picor que hay que rascar: construyen un hombre de paja fácil de quemar. Ante tal caricatura ellos parecen muy profundos al comprender la verdadera importancia del sexo:

En realidad, todos sabemos en el fondo de nosotros mismos que el sexo es mucho más que una función animal: “Sabemos que es una de las cosas más serias que hacemos, una de las que más afecta a nuestras emociones”. Si la sexualidad no fuese más que un picor, áreas completas de nuestra cultura y de nuestra legislación (desde la poesía amorosa hasta la experiencia de los celos o la sanción penal de los abusos sexuales y la violación, mucho más severa que la reservada a otras agresiones) resultarían ininteligibles. “[Si crees que el sexo no es más que un picor] no podrás entender los tormentos de los celos, la alegría del amor correspondido, o los sacrificios que se hacen por mantener la fidelidad. Y lo tendrás difícil para explicar por qué la violación es un delito más grave que el robo, por qué la pedofilia es maligna, por qué el acoso sexual es más que un fastidio, y por qué la prostitución es degradante”.

Siguen hablando en nombre de todos y saben lo que todos sabemos en el fondo de nosotros mismos. Al hacerlo ignoran precisamente que gran parte de los problemas relacionados con el sexo se deben a la inmadurez y a la falta de experiencia y conocimiento: es necesario experimentar y vivir personalmente, fracasar y triunfar en el ámbito de los afectos y el sexo, para entenderlos en su complejidad e integrarlos en una vida feliz; eso, o confiar a ciegas en lo que otros te digan al respecto, que quizás funcione o tal vez no.

Sigue Contreras con algunas obviedades importantes: “El deseo sexual es una pasión intensa, una energía muy poderosa que puede servir tanto para la realización de la persona como para su degradación e infelicidad, según como sea encauzada.” Resalta que es importante la templanza, el control sensato de las pasiones. Pero rápidamente vuelve a su autoritarismo moral de vía estrecha:

La clave de una sexualidad moral es, pues, la integración del deseo en una relación amorosa integral, de forma que el señor Smith desee a la señora Smith y viceversa, no en tanto que mero ejemplar del sexo opuesto (intercambiable por cualquier otro), sino precisamente por ser el individuo que es.

Solo es moral el sexo en el matrimonio, en una pareja estable con fines reproductivos en la que además curiosamente la mujer toma el apellido del marido.

[…] la pornografía nos ofrece exactamente lo contrario: una visión despersonalizada del sexo. El compañero sexual –o los actores porno que procuran al espectador voyeur una excitación vicario-onanista- son tratados como objetos sin rostro.

Es obvio que no hay una relación personal e individual real entre el actor porno y el espectador, pero ambos son personas con rostro y lo mismo pasa en todas las artes escénicas, la televisión y el cine, donde hay actores por un lado y espectadores por otro que no se conocen ni tratan personalmente.

Contreras distingue entre dos campos de “defensores del porno”: parece confundir defender la legitimidad o la moralidad del porno (el derecho a producirlo y consumirlo) con su promoción como algo bueno. Afirma que “El que parece cada vez más hegemónico es el de los libertarios que no solo niegan la necesidad de restricciones legales a la pornografía, sino también su indignidad moral: la pornografía sería un pasatiempo decente e inofensivo.” No cita ni referencia ninguno de estos libertarios ni ofrece ningún dato que ilustre esta presunta hegemonía de los mismos.

Según él “Hasta hace poco, sin embargo, la argumentación liberal-progresista iba más bien en la dirección de reconocer la sordidez de la pornografía, defendiendo pese a todo su legalidad en nombre del derecho individual a escoger lo inmoral y feo, siempre que no lesione a terceros.” La pornografía no solo es inmoral: es sórdida y fea; las valoraciones no son subjetivas sino que el conservador sabe y dictamina qué es bueno y qué es malo, qué es bello y qué es feo, qué es decente y qué es sórdido, qué es digno y qué es indigno; todo por tu propio bien, claro.

Contreras ataca la defensa libertaria del porno con el argumento de que este produce múltiples víctimas. El “principio del daño” de John Stuart Mill (presuntamente “sagrado para los libertarios”) afirma:

“La única razón por la que se puede ejercer el poder legítimamente contra un miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es la prevención del daño a otros. Su propio bien, sea físico o moral, no es justificación suficiente. No puede ser legítimamente obligado a hacer o abstenerse de hacer algo simplemente porque, en opinión de otros, actuar así sería sensato o correcto. Esas pueden ser buenas razones para sermonearle, o para razonarle, o convencerle, pero no para obligarle. […] La única parte de su conducta por la que responde ante la sociedad es la que concierne a otros. En la parte que le concierne solo a él, su independencia es, de derecho, absoluta”.

Según Contreras, esto deja “ventanas abiertas a la restricción de la pornografía. El pornógrafo que produce vídeos sexuales, los sube a Internet o los vende, no está protegido de la interferencia legal-estatal por el principio de Mill, pues su actividad afecta a terceros: los niños cuya inocencia será corrompida por la visión de esas escenas; los maridos que perderán interés en sus esposas cuando se vuelvan adictos al porno, etc.”

No comprende que el principio del daño, correctamente interpretado según el liberalismo, se refiere a una agresión unilateral que causa daño a otro sin que este participe voluntariamente en la acción. La producción y distribución de porno por sí sola no tiene ningún efecto sobre quienes no lo consumen: es necesario que el espectador participe activamente según su libre decisión de observar. El pornógrafo no es ningún agresor sino el creador de un producto que otros deciden consumir porque les resulta atractivo. Este consumo puede originar problemas en algunos casos, pero el responsable principal y en realidad único es cada sujeto conforme a sus elecciones. Observar porno en general no es un accidente, no es algo que te pasa sino algo que haces: no es como una lluvia que cae y de la que necesitas protegerte, sino como una ducha que escoges darte porque así lo deseas. Tal vez para algunos es una nociva tentación en la que es fácil caer por su abundante disponibilidad, pero este es su problema y su responsabilidad. Existen herramientas para filtrar contenidos y formas de desincentivar ciertas conductas (como prohibirse a sí mismo el porno y contratar con otros para evitarlo, con posibles penalizaciones por incumplimiento), pero en una sociedad libre es cada individuo quien voluntariamente escoge si recurre a ellas o no.

Los niños son un problema aparte por su inmadurez, y ahí la responsabilidad está en los progenitores o en los tutores legales: en las familias, no en el Estado. Tanto reclamar al Estado que no se meta en el ámbito familiar y personal, para ahora contradecirse de forma flagrante. Además tal vez el problema de que la inocencia de los niños se corrompa está en que los niños en algunos ámbitos son demasiado inocentes e inmaduros, que viven de forma puritana ajenos a la actividad sexual hasta que se la encuentran de repente sin estar preparados para entender lo que ven; en muchos grupos humanos los niños conviven tan cerca de los adultos que saben en qué consisten las relaciones sexuales y estas no les causan ningún trauma; algunas culturas, como la hindú o la japonesa, tienen más asimilada la pornografía, al menos para los adultos (véanse obras como el Kama Sutra y la decoración de algunos templos, o películas como El imperio de los sentidos).

Sigue Contreras con Mill:

Mill admite que, aunque no coaccionado legalmente a cesar en su vicio, el individuo sí puede ser “sermoneado, razonado, convencido”. Desde los presupuestos liberales de Mill resultaría perfectamente admisible una campaña estatal de concienciación sobre los peligros del porno, similar a las que advierten sobre los del tabaco o el alcohol. […] Hoy, proponer una campaña pública de concienciación anti-porno le hace aparecer a uno como un nacional-católico pacato.

No solo los presuntos “viciosos” pueden ser “sermoneados”: también los presuntos “virtuosos”, los que se creen moralmente superiores, los conservadores intolerantes, los metomentodo que pretenden sermonear, razonar y convencer a los demás. La persuasión es legítima siempre que sea voluntaria y se haga con los recursos propios, pero no por el Estado con los fondos de todos. Las campañas públicas de concienciación le hacen parecer a uno lo que es: un intervencionista poco respetuoso de la libertad y de la propiedad ajenas, y probablemente también nacional-católico pacato (fíjense dónde escribe y con quién se relaciona políticamente). Ya puestos a promover campañas de concienciación, ¿qué tal una sobre los peligros del conservadurismo?

Insiste Contreras:

En realidad la pornografía se ha convertido en una plaga social: resultaría muy aconsejable la intervención del Estado para frenar su expansión (que esa intervención consista en prohibición directa de la pornografía, en restricciones serias a su accesibilidad que garanticen que los contenidos porno no se cruzarán en el camino de quien no desea –o no debe, por su edad- tener contacto con ellos, y/o en campañas de concienciación pública sobre sus peligros, es algo que dependerá de consideraciones prudenciales en las que no vamos a profundizar aquí).

“En realidad”: otros fantasean, pero yo, Contreras, conozco la realidad. Es “una plaga social”, y las plagas hay que eliminarlas o por lo menos frenar su expansión. No es que yo subjetivamente deteste la pornografía y aconseje la intervención del Estado, es que esta “es aconsejable” de forma objetiva (y no es que se pueda aconsejar, sino que se debe aconsejar). Pobres aquellos que sin desearlo se cruzan con los contenidos porno, que tienen tan poca fuerza de voluntad que son incapaces de apartar la mirada o hacer lo posible por evitar tan calamitosos sucesos: necesitan a papá y mamá Estado que los informe y proteja, bien asesorados por algún conservador sabio y prudente.

Contreras intenta explica por qué la pornografía es una plaga social que “está dañando cada vez más a nuestra sociedad”. Ofrece datos de que cada vez hay más consumo, como si esto fuera automáticamente nocivo por sí mismo: cualquier uso sería un abuso, posición típica del conservador contra otras cosas como las drogas, la gestación subrogada o la prostitución. Insiste en que genera adicción, en lugar de afirmar que puede generar adicción como cualquier conducta relacionada con la gratificación (el sexo, las drogas, la comida, el éxito); añade la declaración torpe y falaz de un adicto, es decir la anécdota dramática en lugar de la argumentación y los datos científicos.

Menciona “otros efectos indeseables como la despersonalización de las relaciones (pues el sujeto tiende a imitar el “sexo de usar y tirar” que ve en la pantalla), la extensión de parafilias y prácticas sexuales de riesgo, la ruptura de matrimonios… […] impotencia sexual, […] apatía hacia el sexo real.” Todas son posibilidades, no necesidades ciertas, sino riesgos más o menos probables y resultado del abuso. Si los matrimonios se rompen por la pornografía el responsable es el consumidor abusivo de la pornografía, no sus productores. Si un miembro de una pareja quiere protegerse contra los riesgos del abuso de la pornografía por el otro miembro, puede tener cuidado al escoger pareja o también puede limitar o prohibir contractualmente su consumo al otro en lugar de intentar prohibirlo o limitarlo a todo el mundo.

Advierte contra “el intento de llevar a la vida real la fantasía pornográfica, con un resultado de promiscuidad e inestabilidad sentimental.” No ofrece datos al respecto, y no menciona la posibilidad de que una pareja utilice la pornografía para inspirarse, probar algo nuevo y escapar de la rutina.

Naturalmente, como buen conservador tiene que hacer uso catastrofista y falaz de la pendiente resbaladiza, en este caso hacia la violencia:

Añádase a ello el hecho de que, en un porcentaje no despreciable de usuarios del porno, se cae en una espiral de búsqueda de contenidos cada vez más fuertes (de la misma forma que el drogadicto necesita dosis cada vez mayores de su sustancia para alcanzar el mismo nivel de gratificación). Es este el mecanismo que podría explicar la asociación entre consumo de pornografía y violencia sexual, sostenida por muchos estudios.

El nexo pornografía-violencia es el punto en el que a los defensores de la pornografía se les encienden las alarmas, y acuden en tromba –lo pude comprobar hace unos días en Twitter- a descalificar como “poco científico” cualquier estudio que parezca acreditarlo.

Sigue hablando de los “defensores de la pornografía”, quizás se refiera a algunos que la recomiendan como algo saludable y sin problemas. Ha comprobado cosas en Twitter, ese prodigio de herramienta para el avance científico y la argumentación intelectual. No se plantea la posibilidad de que hay estudios que pretenden ser científicos pero que en realidad son flojos, sesgados o equivocados, y esto puede demostrarse con estudios mejores.

Menciona “decenas de estudios […] que apuntan con suficiente rigor la plausibilidad de la conclusión según la cual el consumo frecuente de pornografía incrementa la probabilidad de cometer agresiones sexuales.” Él es un experto sobre este tema, imagino, y por eso sabe que estos estudios y no otros tienen suficiente rigor, curiosamente los que le dan la razón. Referencia varios de estos estudios, donde parecen confundirse correlación y causalidad (hay pocos errores científicos más graves) y naturalmente no cita ningún estudio en contra, que también existen (véase la réplica de Irune Ariño). Algo muy parecido ha sucedido con la relación entre videojuegos violentos y violencia (no la hay), pero supongo que al conservador esto le da igual una vez que tiene los prejuicios y los dogmas bien establecidos.

Si su análisis de los estudios científicos es tal vez poco fiable, termina de descarrilar intelectualmente con su siguiente argumento:

Pero todos los informes palidecen frente al testimonio impresionante de Ted Bundy el día previo a su ejecución (condenado a muerte por la violación y asesinato de más de 30 mujeres y niñas): “Como ocurre en otras adicciones, yo iba buscando material [porno] cada vez más exclusivo; necesitaba cosas cada vez más y más duras, algo que me permitiera encontrar una excitación mayor. […] Llevo mucho tiempo en la cárcel, y he conocido a montones de hombres que fueron motivados a cometer violencia por el mismo proceso que yo. Sin excepción, todos ellos estaban profundamente hundidos en la pornografía, profundamente influidos y consumidos por la pornografía”.

Los informes científicos son menos valiosos que la declaración de un psicópata. En lugar de datos y teorías recurre a anécdotas de una sola persona (que habla de sí mismo y de otros), creyéndoselo todo, sin poner en duda nada, sin considerar que quizás los individuos mienten para exculparse (“soy una víctima de la pornografía”) o se engañan a sí mismos sobre las causas y motivaciones de su conducta. Los psicópatas como Bundy esencialmente nacen y no son precisamente de fiar. Y si uno aspira a rigor científico debe grabarse a fuego en la mente que correlación no es causación. La filosofía del derecho obviamente no es la filosofía de la ciencia.

Continúa Contreras con su catastrofismo anecdótico, ahora con los actores porno:

La pornografía no solo daña seriamente a sus usuarios, sus parejas y sus hijos: también a los propios actores. Y no hablamos ya solo de la degradación moral que implica vender su intimidad sexual. El libertario gusta de concebir a las actrices porno como mujeres desprejuiciadas y empoderadas “que hacen eso porque quieren” (retocando el imperativo categórico kantiano, habría que preguntarles si les gustaría imaginar a sus madres, hermanas o hijas “haciendo eso porque quieren”). Sin embargo, los testimonios de algunas actrices que han conseguido salir de él presentan el mundo del “cine” porno como un albañal de prostitución encubierta, uso de drogas, enfermedades de transmisión sexual e incluso coacción para realizar escenas “extremas”. Valga por todas Shelley Lubben, fundadora de la Pink Cross Foundation, dedicada a la asistencia a exactrices porno: “Cuando estás en el mundo del porno no puedes dejar que la gente piense que eres débil, así que tienes que actuar como si te gustara todo eso, que te gusta ser violada, y que te insulten y digan guarrerías. Es todo mentira. La gente hace porno porque necesita el dinero, y la mayoría de ellos no tienen otras opciones ni formación”. Respecto a la “voluntariedad”: “Pues claro, en mi vida normal yo no habría dejado nunca que me desgarraran la boca, o que me metieran extraños aparatos en la boca, o que me hicieran cosas que pueden producir un prolapso rectal. Hoy día las chicas [de la industria porno… y las chicas normales que las imitan: fenómeno detectado por los sexólogos] tienen que terminar haciendo esas cosas porque eso es lo que vende. Es muy triste, pero ya sabes, todo el mundo está ya desensibilizado al sexo ordinario a estas alturas: quieren cosas más duras, más sucias, más oscuras. Me da miedo pensar lo que nuestra sociedad puede llegar a ser dentro de veinte años. […] [Y si alguna se resiste a alguna escena] Ahora con el Internet pueden decirles a las chicas: “Si no haces esta escena, vamos a mandarle tu porno a tu familia, vamos a arruinar tu reputación, nunca podrás volver a trabajar […]. Eso es explotacion [sic] sexual”.

Parece que la pornografía daña a todo el mundo, frágiles indefensos que no saben lo que hacen ni lo que les conviene. Los actores son degradados morales, es decir moralmente inferiores según el juicio de alguien que naturalmente es moralmente superior.

Vuelve Contreras a referirse a lo que dicen los libertarios sin citar a ninguno. Les pregunta sobre si les gustaría que sus madres, hermanas o hijas se dediquen al porno porque quieren, el argumento conservador definitivo para cerrar el tema: olvida mencionar a las parejas o esposas, y obviamente no entiende que en el liberalismo hay que tolerar cosas que no te gustan porque éticamente es irrelevante que te gusten o no, no tienes derecho a prohibirlas simplemente porque te indignan, te dan asco o no las quieres para ti o tus seres queridos.

Parece normal que algunas actrices porno se arrepientan de su pasado, pero tal vez no deberían hablar en nombre de todas, y mucho menos en nombre de toda la humanidad y su presunta insensibilización frente al sexo ordinario. Si en el pasado fingieron que les gustaba lo que hacían, fue a cambio de dinero y quizás fama y podían haberse negado y dedicarse a otra cosa. Si sufren amenazas, que las denuncien, a ser posible con pruebas, que hacerse la víctima es muy fácil.

Termina Contreras su diatriba:

El libertario exquisito puede seguir en su mundo abstracto de individuos que gestionan su vida y apetitos como quieran “mientras no hagan daño a nadie”. Puede insistir en que restringir la pornografía es “lesionar la libertad de expresión” (la libertad de expresión se refiere a ideas y contenidos debatibles; el profundo “mensaje” de una película porno es “¡aaah!, ¡oohh!”). Otros preferimos habitar el mundo real de inocencias infantiles violadas, adolescentes enganchados, matrimonios rotos, deshumanización sexual creciente. Vamos hacia una sociedad de individuos-isla en la que la relación amorosa es sustituida por la masturbación solipsista frente al ordenador. La “libertad de expresión” de un productor de basura gráfica y el derecho al onanismo de un nerd pajillero me importan menos que la protección de las familias y la sostenibilidad de la sociedad.

Ahora el libertario no identificado es “exquisito” (suena bien pero es un desprecio) y parece que su único argumento es la libertad de expresión de gemidos: si este respeta la conducta ajena “mientras no haga daño a nadie”, Contreras está dispuesto a interferir porque él sabe mejor que nadie que hay muchos, en realidad todos, los individuos, las familias, la sociedad, sufriendo graves daños. Él quiere proteger a las familias y sostener la sociedad: no cualquier sociedad, claro, sino la que a él le gusta, la que no sea libre para producir y consumir o no pornografía (o repudiarla y boicotearla, pero libremente, de forma privada, mediante contratos, no por el Estado). Profetiza para evitar el apocalipsis de la masturbación solipsista, pero no anima a la gente a socializar y practicar sexo real unos con otros en lugar del virtual y solitario.

Lo de “preferimos habitar el mundo real de inocencias infantiles violadas, adolescentes enganchados, matrimonios rotos, deshumanización sexual creciente” suena catastrofista en una interpretación generosa que asuma que aquí ha habido un problema de expresión lingüística, porque parece que dice que prefiere vivir en un mundo real con todas esas cosas tan malas y feas. La basura gráfica obviamente hay que deshacerse de ella: supongo que él decidirá qué es basura pornográfica y qué es mero erotismo tolerable para cada cultura. Sobre el nerd pajillero y su derecho al onanismo, no me queda claro si sabe lo que es un nerd, si el problema está en serlo, en ser pajillero o en ser las dos cosas a la vez: sí parece obvio que no le tiene mucho aprecio.

Es posible que la psicología humana, resultado de la evolución en un entorno ancestral y no de ninguna creación divina, sufra problemas con las tecnologías modernas de producción y distribución de bienes y servicios que consiguen gratificación fácil: drogas, alimentos, sexo, video juegos, realidad virtual. Sin embargo la moralina catastrofista, intolerante y liberticida del conservadurismo aliado con el Estado no es la solución para la falta de autocontrol y responsabilidad personal.

 

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