Tonterías selectas

Cuando el nuevo norte es el de siempre: especulación y desigualdad, de Pedro Bravo

Manga ancha con la explotación, de David Bollero

Nuria Coronado Sopeña entrevista a Lula Gómez, autora de ‘Eres una caca’: “La libertad de los hombres se basa en la esclavitud de las mujeres”

Por qué un liberal debe combatir la pornografía, por F. J. Contreras

La ubicuidad y uso masivo de la pornografía no suscita el debate público que debería. ¿Se acepta ya como parte del paisaje que más de la mitad de los jóvenes consuman pornografía de manera regular, que la educación sexual de los niños de diez u once años tenga lugar, no en el hogar ni en el colegio, sino en la sentina de vídeos porno fácilmente accesibles en Internet? ¿Que la adicción pornográfica de cada vez más adultos esté rompiendo muchas parejas? ¿Realmente estamos todos de acuerdo con eso?

… La pornografía es inmoral (atención, eso no es todavía decir que debería estar prohibida o seriamente restringida en su acceso, pues no todo lo inmoral es susceptible de ilegalización). Es inmoral porque implica la cosificación, deshumanización, mercantilización y pública exhibición de algo que debería ser personal, humanizado e íntimo, como el sexo. La pornografía es degradante tanto para sus protagonistas como para sus usuarios: unos realizan actos sexuales con desconocidos por dinero, ofreciendo su coyunda como producto de consumo a millones de mirones; los otros buscan la excitación mediante la contemplación de la intimidad sexual de desconocidos: es la perversión del voyeur.

¿Por qué la sexualidad debería ser íntima y personalizada? Roger Scruton ha escrito muy sugestivamente sobre ello [2]. Llevamos décadas intentando convencernos de que la sexualidad no es más que “una comezón”: uno se rasca o es rascado, y no hay más; la pornografía sería una modalidad más de solución al picor, a la que no habría nada que objetar…

“La sexualidad que presenta y a la que invita [la pornografía] está totalmente deshumanizada; la pasión a la que apela es el deseo de la posesión del cuerpo de alguien sin interés alguno por la individualidad de la persona a la que pertenece ese cuerpo. […] [La pornografía implica] una “cosificación” de la experiencia erótica, y de la mujer en particular”

… He citado con alguna extensión las palabras de Mill –sagradas para los libertarios- porque claramente dejan ventanas abiertas a la restricción de la pornografía. El pornógrafo que produce vídeos sexuales, los sube a Internet o los vende, no está protegido de la interferencia legal-estatal por el principio de Mill, pues su actividad afecta a terceros: los niños cuya inocencia será corrompida por la visión de esas escenas; los maridos que perderán interés en sus esposas cuando se vuelvan adictos al porno, etc. Por otra parte, Mill admite que, aunque no coaccionado legalmente a cesar en su vicio, el individuo sí puede ser “sermoneado, razonado, convencido”. Desde los presupuestos liberales de Mill resultaría perfectamente admisible una campaña estatal de concienciación sobre los peligros del porno, similar a las que advierten sobre los del tabaco o el alcohol.

… En realidad, la pornografía se ha convertido en una plaga social: resultaría muy aconsejable la intervención del Estado para frenar su expansión (que esa intervención consista en prohibición directa de la pornografía, en restricciones serias a su accesibilidad que garanticen que los contenidos porno no se cruzarán en el camino de quien no desea –o no debe, por su edad- tener contacto con ellos, y/o en campañas de concienciación pública sobre sus peligros, es algo que dependerá de consideraciones prudenciales en las que no vamos a profundizar aquí).

… “Lo que nadie te cuenta es que la pornografía te atrapa igual que una droga, porque está pensada justo para eso”.

… en un porcentaje no despreciable de usuarios del porno, se cae en una espiral de búsqueda de contenidos cada vez más fuertes (de la misma forma que el drogadicto necesita dosis cada vez mayores de su sustancia para alcanzar el mismo nivel de gratificación). Es este el mecanismo que podría explicar la asociación entre consumo de pornografía y violencia sexual, sostenida por muchos estudios.

… La pornografía no solo daña seriamente a sus usuarios, sus parejas y sus hijos: también a los propios actores. Y no hablamos ya solo de la degradación moral que implica vender su intimidad sexual. El libertario gusta de concebir a las actrices porno como mujeres desprejuiciadas y empoderadas “que hacen eso porque quieren” (retocando el imperativo categórico kantiano, habría que preguntarles si les gustaría imaginar a sus madres, hermanas o hijas “haciendo eso porque quieren”). Sin embargo, los testimonios de algunas actrices que han conseguido salir de él presentan el mundo del “cine” porno como un albañal de prostitución encubierta, uso de drogas, enfermedades de transmisión sexual e incluso coacción para realizar escenas “extremas”.

… El libertario exquisito puede seguir en su mundo abstracto de individuos que gestionan su vida y apetitos como quieran “mientras no hagan daño a nadie”. Puede insistir en que restringir la pornografía es “lesionar la libertad de expresión” (la libertad de expresión se refiere a ideas y contenidos debatibles; el profundo “mensaje” de una película porno es “¡aaah!, ¡oohh!”). Otros preferimos habitar el mundo real de inocencias infantiles violadas, adolescentes enganchados, matrimonios rotos, deshumanización sexual creciente. Vamos hacia una sociedad de individuos-isla en la que la relación amorosa es sustituida por la masturbación solipsista frente al ordenador. La “libertad de expresión” de un productor de basura gráfica y el derecho al onanismo de un nerd pajillero me importan menos que la protección de las familias y la sostenibilidad de la sociedad.

La izquierda ha de ser de izquierdas, de Lidia Falcón

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