Tonterías selectas

Entrevista a Joaquín Araújo: “Necesitamos una economía de guerra contra la crisis climática”

Stephan Lessenich: “El sistema te fuerza a hacer daño a otros aunque no quieras”

Este sociólogo alemán estudia las desigualdades y los equilibrios de poder, pero lo hace desde lo global y desde una conciencia universal. Defiende que de poco sirve luchar por el bienestar de los ciudadanos en Alemania si se hace a costa del trabajo esclavizado y del expolio de recursos naturales en países lejanos, ya sea la producción de soja en Argentina o la confección de textiles en Asia. Expresidente de la Sociedad Alemana de Sociología (2013-2017) y profesor en la Universidad de Múnich, Lessenich traza una imagen demoledora de la cara oscura de la modernidad occidental y defiende que solo cambiando la manera en que consumimos y producimos dejaremos de “vivir por encima de las posibilidades de los demás”. Lessenich acaba de publicar La sociedad de la externalización (Herder), un libro incómodo, que tira del velo que nos ponemos para no querer ver aquello que intuimos, pero que preferimos ignorar.

PREGUNTA. A diario elegimos no ver, no saber cómo se producen los teléfonos y las camisetas que compramos, pero es hasta cierto punto un recurso psicológico lógico. ¿Sirve de algo atormentarse pensando en las desgracias del resto del mundo?

RESPUESTA. Atormentarse de forma individual no sirve para nada. Como mucho te sentirás un poco mejor después de haberte atormentado, pero ninguna solución será individual. Será colectiva o no será. Colectivamente hemos decidido no ser conscientes de lo que implica nuestro modo de vida y sus consecuencias. Es comprensible que la gente no quiera hacer cambios radicales en su vida, como dejar de utilizar el coche, y por eso de manera avariciosa aceptamos que las cosas sean como son. Pero nuestro estatus solo es posible aquí porque hay otros estatus diferentes en otras partes del mundo. No hay más que fijarse en la esperanza de vida y lo desigual que es, dentro de Alemania y también entre países. Es la lotería del lugar de nacimiento.

P. Por lo que cuenta, parece imposible ser una persona decente viviendo en Europa. Usted sostiene que vivimos por encima de las posibilidades de los demás, los empobrecidos del planeta.

R. Es lo que hace que este sistema sea un error, porque es una estructura que te priva de la oportunidad de ser una persona decente. Te fuerza a hacer daño a otros aunque no quieras solo por ser ciudadano de este país. Hay algo que no funciona en un sistema que no te da la oportunidad de ser una buena persona.

P. Usted pone el foco en las desigualdades globales. Llevamos desde los años sesenta leyendo esto y no parece importar lo suficiente como para ponerle remedio.

R. Sí, llevamos décadas así. Lo nuevo es que tenemos una intensificación de la externalización y esto a pesar de que hay una creciente retórica de sostenibilidad, de ayuda al desarrollo y de atacar los efectos perversos de la globalización. Los indicadores de consumo, de energía, de extracción de recursos naturales indican que vamos a peor. Además creo que ahora asistimos a un efecto bumerán. La externalización está volviendo a Occidente en forma de migraciones y de cambio climático. La gente viene por las enormes diferencias de ingresos o porque ya no puede vivir de la tierra que trabajaba.

P. Pero en teoría cada vez sabemos más de los efectos del cambio climático, los países se fijan objetivos, las tecnologías son cada vez más limpias y el consumo bio y los partidos verdes arrasan. ¿No sirve de nada?

R. El auge de Los Verdes aquí en Alemania es un indicador importante que nos dice que mucha gente piensa que no podemos seguir así. Pero a la vez significa que la gente piensa que se puede dar la vuelta a la situación sin cambiar nuestro modo de vida ni el modo de producción y consumo de la sociedad. Los Verdes hacen de alguna manera populismo ecológico, porque dicen ‘sí, vamos a atajar el cambio climático, pero usted no tiene que cambiar su estilo de vida. Igual volará un poco menos, pero no dejará de viajar en avión’.

P. ¿Qué tenemos que hacer para que esto cambie?

R. Tenemos que cambiar la manera de consumir y de producir. Tenemos que consumir menos, producir menos; es una cuestión de tener menos.

P. Usted habla de democratizar la economía. ¿Eso cómo se hace?

R. Hay que ampliar nuestro concepto de democracia a la economía, reducir el poder de las grandes empresas. Tiene que ser un cambio que venga desde abajo, de la gente del sur que se organice; y en los países ricos de la mano de gente que no quiera verse obligada a tener que hacer daño a otros para poder vivir. Incluso los más pobres en nuestras sociedades, si quieren vivir, tienen que consumir camisetas a 99 céntimos o carne a dos euros el kilo. Hemos reducido los costes de producción de manera artificial. No internalizamos los costes reales, los sociales, los ecológicos, y por eso podemos producir ropa y teléfonos inteligentes baratos. La motivación tiene que ser la conexión con la gente que al final paga por nuestro estilo de vida.

P. Vaticina que acabará por haber una suerte de levantamiento.

R. Ya hay una reacción. La gente no va a seguir aceptando eternamente no tener oportunidades en la vida y viendo que otros utilizan sus oportunidades como quieren. Habrá reacciones como no las hemos visto en décadas y será una nueva experiencia para una sociedad como la alemana, que lleva siete décadas de paz social, pero a costa de guerras en otros lugares y de la explotación de personas y recursos naturales en otras partes del mundo. Cada vez va a ser más evidente que este estilo de vida no es sostenible.

P. Habla de los vientres de alquiler casi como de la última frontera de la externalización. Intuyo que no compra el argumento altruista.

R. Me temo que no hay una última frontera, que se cruzan fronteras todo el tiempo. No juzgo las motivaciones individuales de cada uno, pero no es una cuestión de altruismo o egoísmo, sino de las asimetrías estructurales, de que algunas personas tienen el derecho y la libertad de elegir hacer algo como comprar un niño y otros no. No es una casualidad. Hay una asimetría inherente construida durante siglos que ahora se hace más visible gracias a la digitalización y a las redes sociales.

P. ¿Puede ser la digitalización una oportunidad para reducir desigualdades o agravará las diferencias globales?

R. Si la propiedad continúa como hasta ahora, lo empeorará. Si tienes cinco grandes compañías controlando las redes sociales y 10 controlando la infraestructura de digitalización, las posibilidades de externalizar solo aumentarán. Hay que cambiar las relaciones de propiedad también en la producción de servicios digitales.

España y la revolución energética, de Martín Gallego Málaga, de Economistas Frente a la Crisis

Entrevista a Laura Freixas

… no hemos entendido del todo el patriarcado. Creemos que es algo externo y no nos damos cuenta de que lo tenemos muy incorporado y de que contribuimos a él de formas muy sutiles. Y eso el feminismo lo ha descuidado y lo tiene que explorar. Hay una frase de Sartre que me gusta, la de que “todos somos víctimas y cómplices”. Es lo que más me ha interesado de mi propia historia.

… El feminismo liberal es la propuesta por parte de mujeres de clase privilegiada de apoyar el machismo a cambio de compartir algunos de estos privilegios. Les dicen: “No vamos a cambiar nada. Dejadme estar en el Consejo de Administración, que ya recurriré a la migrante infrapagada y a la pobre ucraniana para que tenga los hijos que yo no puedo tener porque estoy muy ocupada”.

… Ahora hay una sexualidad muy frenética, pero no acabo de ver a las mujeres dueñas de su propio deseo, sino que en el fondo sigo viendo esa película escrita y dirigida por el patriarcado donde ahora nuestro papel ha cambiado. Si antes era o la esposa o la puta, ahora es todas putas. Es muy estándar.

… El patriarcado ahora les asigna un papel de mucho sexo pero cero implicación emocional. O sea, un sexo de consumo de cuerpos.

… la gestación subrogada, que me parece absolutamente indignante y que he intentado combatir en el libro mostrando el terremoto personal que es un embarazo y un parto.

… Creo que es mil veces preferible adoptar a un niño, que es una persona que ya existe y que por las razones que sea no tiene una familia, antes que pagar a una mujer para que geste un hijo, con todo lo que eso implica, y que luego lo venda. Eso es inhumano y éticamente reprobable. Voy a luchar siempre contra esa idea de la mujer como una especie de máquina de horno industrial.

Entrevista a Ken Loach

… las cosas han empeorado. El capitalismo ahora es mucho peor. Es desalentador comprobar que no aprendemos.

… la solidaridad ha muerto. Ya no existe como fundamento de la sociedad. Por supuesto que a un nivel muy local, sí que se da, pero el Estado es cruel y muy agresivo. Todas las instituciones que deberían velar por la justicia social se han convertido en herramientas para castigar a los pobres. Si no puedes mantenerte a ti y a tu familia, eres responsabilizado por ello y, en consecuencia, eres castigado.

… Justo después de la guerra, en los años 50, había una sensación colectiva de responsabilidad. Y eso incluía tanto a los empleadores como a los trabajadores. Hablo del derecho a un salario justo, de unas vacaciones por el trabajo, del servicio de salud… Desde la energía a los medios de transporte eran bienes comunes, de la sociedad. No digo que fuera el paraíso, pero detrás de ello había un concepto y un consenso sobre lo que debía ser una sociedad. Eso, obviamente, fue desmantelado por Thatcher.

P. Pero Thatcher fue elegida por los británicos…

R. Hitler también. Por los alemanes en este caso. A lo que iba es que si la única regla para medir las relaciones humanas es la reducción de costes para hacer más competitivo un producto eso deriva necesariamente en reducción de derechos. Se ahorra siempre por los gastos y considerar un simple gasto al salario hace que ya nadie hable de lo justo. Esa es la lógica del sistema.

P. En su última película, Sorry, we missed you, se aborda el asunto de los contratos a tiempo cero, el de los repartidores convertidos en falsos autónomos…

R. Ése quizá sea el punto límite. Es el sistema de explotación perfecto: el obrero es obligado a explotarse a sí mismo. No necesitas a un jefe enfadado que te diga cuánto tienes que trabajar, ya te encargas tú mismo.

P. En varias ocasiones ha dicho que lo que se ha roto es el propio concepto de normalidad…

R. Sí, hemos normalizado lo inaceptable. Los bancos de alimentos forman parte de la asistencia social. La injusticia se acepta como parte del sistema. Hemos llegado a un punto en el que se habla de generosidad o de caridad en lugar de simple justicia. Y es responsabilidad de todos rechazar eso. No estamos condenados a vivir así, porque no es justo. No es normal. Lo curioso es el lenguaje que emplea un sector de la misma izquierda socialdemócrata que, después de reconocer que lo que ocurre es injusto, advierte sobre el peligro de los extremistas. Reconocen la injusticia, pero hacen lo posible para evitar cambiar las cosas.

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