Tonterías selectas

After Neoliberalism, by Joseph Stiglitz

The neoliberal experiment – lower taxes on the rich, deregulation of labor and product markets, financialization, and globalization – has been a spectacular failure.

… Slow economic growth, rising inequality, financial instability, and environmental degradation are problems born of the market, and thus cannot and will not be overcome by the market on its own. Governments have a duty to limit and shape markets through environmental, health, occupational-safety, and other types of regulation. It is also the government’s job to do what the market cannot or will not do, like actively investing in basic research, technology, education, and the health of its constituents.

… A comprehensive agenda must focus on education, research, and the other true sources of wealth. It must protect the environment and fight climate change with the same vigilance as the Green New Dealers in the US and Extinction Rebellion in the United Kingdom. And it must provide public programs to ensure that no citizen is denied the basic requisites of a decent life. These include economic security, access to work and a living wage, health care and adequate housing, a secure retirement, and a quality education for one’s children.

Sobran Examines Hatred of Christ, by Monsignor Charles Pope (at LewRockwell.com)

¡Basta ya de tonterías!, de Juan Laborda

Antropología neoliberal, de Amador Fernández-Savater

El neoliberalismo se analiza simplemente como una política económica o una ideología, la política del ajuste y la fe en la “mano invisible”. Menos mal que siempre hay locos capaces de sentir los movimientos telúricos. Antes incluso del ascenso al poder de Reagan y Thatcher, Michel Foucault se atrevió a pensar el neoliberalismo como la extensión de la lógica empresarial y el cálculo económico a todas las dimensiones de la vida, incluida la relación con uno mismo. El sujeto debe asumirse como “empresario de sí”, gestor de un “capital humano” a valorizar constantemente.

La fuerza del neoliberalismo, a pesar de las crisis que atraviesa, radica en que fabrica un tipo de ser humano, un tipo de vínculo con los demás y con el mundo: el yo como empresa o marca a gestionar, los otros como competidores, el mundo como una serie de oportunidades a rentabilizar.

¿Dónde reside este poder? Desde luego no donde miramos obsesivamente (el teatro parlamentario), sino en los mil dispositivos que pueblan nuestra vida cotidiana: ligando en Tinder, moviéndonos en Uber, interactuando en Facebook, podemos captar sensiblemente la mutación antropológica en marcha. El neoliberalismo es existencial y produce formas de vida deseables.

Todo parece lo mismo que ayer, pero nada lo es. Seguimos hablando tranquilamente de Estados, Gobiernos, naciones y ciudadanos, pero solo hay marcas y empresas compitiendo ferozmente entre sí por flujos de inversión (los likes en el caso de las marcas personales).

Vemos también “fascistas” a nuestro alrededor, pero ¿de qué se trata realmente? El fascismo moderno fue el ideal guerrero y revolucionario de plegar el mundo entero al poder del Estado. ¿Y hoy? No hay, por el contrario, ninguna idea de sociedad por fuera del modelo antropológico neoliberal, encarnado perfectamente por Trump. El fascismo posmoderno es la tentativa de plegar el mundo entero a la lógica de mercado. Y para ello hay que someter por la fuerza todo lo que se fuga: los “vagabundos” contra los que dirigió su campaña electoral Bolsonaro y que no son simplemente los sin techo, sino aquellos que no encajan en el modelo de productividad total.

La izquierda oficial propone diferencias a nivel retórico o ideológico. El problema es que, se tengan las ideas que se tengan, las vidas son igualmente neoliberales. No basta con confiar en que gobiernen “los buenos”, como si la disputa político-antropológica en torno a las formas de vida deseables se pudiese delegar.

¿Nuevas propuestas económicas en la cuna del Imperio?, de José Ángel Moreno, de Economistas sin Fronteras

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