Tonterías selectas

Josema Yuste y la soberana gilipollez, de Montero Glez

No hablemos de langostas, de Elvira Navarro

Solar Magnetic Field Oscillations Confirm Global Cooling is Upon Us, by Martin Armstrong (at LewRockwell.com)

Trump o la supremacía de los santos, de José María Lassalle

El populismo no ceja en su avance. Lo demuestra Estados Unidos, que vive la primera revolución populista del planeta. Lo hace bajo el cesarismo de Donald Trump y a impulsos de ese Midwest evangelista y blanco que vive devastado por el resentimiento antiliberal y que se asemeja a una especie de agujero negro político que amenaza con deglutir la cultura democrática que permanece fuertemente arraigada en las costas Este y Oeste del país.

La revolución de Trump es un desenlace. La consumación de un proceso que hay que remontar a Reagan y que continuaron los neocons y los libertarios del Tea Party anti-Obama. Se trata de una revolución posmoderna que organiza ideológicamente una pulsión reaccionaria y sentimental que pretende redireccionar el país hacia un nacionalismo supremacista.

… El objetivo revolucionario es impulsar un cesarismo sin intermediaciones institucionales que confunda América con su líder. Un cesarismo sustentado en una nueva legitimidad popular que rompa la dicotomía alternativa de republicanos y demócratas por un vector transversal basado en una mayoría blanca ungida por un cúmulo inabarcable de malestares sentimentales, frustraciones económicas y resentimientos culturales.

… desde la Casa Blanca se desmocha sistemáticamente la arquitectura liberal que organiza el poder desde la Declaración de Independencia, al desprestigiarla inyectando una toxicidad populista que justifica combatir la libertad de prensa o proponer como magistrado del Tribunal Supremo a un candidato acusado de abusos.

La energía propulsora de esta revolución populista está en el deseo de edificar una Nueva Jerusalén que, como en la Ginebra calvinista, distinga entre los santos y los que no lo son. Una pesadilla supremacista que, a través de su doctrina de predestinación, utilice la posverdad digital como herramienta de evangelización sentimental de los nuevos santos y convierta la tecnología hegemonizada por el oligopolio de Silicon Valley en el paradigma que propicie un pacto neohobbesiano del que surja el primer Ciberleviatán planetario. Algo que ensaya todos los días Trump desde su púlpito de Twitter con su proyecto de evangelización ciberpopulista y que recuerda aquella inquietante novela de Ayn Rand titulada La rebelión de Atlas. En ella, se proponía erigir una América dominada por superhombres que, dentro de su paraíso individualista, sojuzgaban al proletariado de su tiempo. Una versión que, en el caso de Trump, se actualiza con su desprecio hacia los hispanos y el resto de minorías que siguen pensando que América es una tierra de oportunidades para todo el que cree que la utopía es posible.

No es de extrañar que Trump invoque la seguridad como el bien supremo y que la revista tecnológicamente. Su defensa de la ciberseguridad y la subordinación a la misma de los planes de inteligencia artificial indican que el cesarismo que impulsa está anclado en la estructura algorítmica del poder del siglo XXI. Una estructura casi religiosa, donde el último reducto mágico del mundo reside en la fe en una tecnología cuya adoptación masiva agrava la crisis de la decisión que acompaña la mutación digital que experimenta la sociedad norteamericana y que propiciaría la irrupción de ese Ciberleviatán esperado y deseado por tantos.

Es difícil aventurar el desenlace del intento revolucionario de Trump y que otros tratan de hacer suyo bajo otros parámetros, pero dentro de vectores más o menos parecidos, en Europa. Hasta el momento, la institucionalidad surgida de la Declaración de Independencia ha demostrado sus virtudes liberales a través de la fortaleza de la Constitución de 1791. Resiste, por el momento, las embestidas, tal y como acaban de confirmar los Midterms. La movilización de las costas Este y Oeste ha dado sus frutos con el control demócrata de la Cámara de Representantes, pero no hay que olvidar que el poder legislativo descansa realmente sobre un Senado en el que avanza Trump. Con todo, habrá que ver si los demócratas son capaces de hilar el relato de un impeachment que descabece la revolución populista y frene la toxicidad supremacista que va infectando los fundamentos sociales de un país cuya mayoría se deja arrastrar por el deseo virtual de asemejarse a la América del Midwest.

De lo que suceda en Estados Unidos de aquí a 2020 dependerá el futuro de la libertad en el planeta. El legado liberal tan comprometido hoy, mientras espera ser revisitado críticamente, será viable o no a partir del desenlace del conflicto cultural y político que vive la sociedad norteamericana. Pero en medio de esa espera, quizá fuera bueno que los liberales analizáramos por qué y cómo hemos llegado hasta aquí. Es más, habría que preguntarse qué nos dejamos por el camino para que los enemigos de la libertad hayan vuelto legitimados por la razón democrática de las urnas. Seguro que pensando los errores aprenderemos mejor a encontrar críticamente las soluciones.

Nosotras parimos, nosotras ya hemos decidido, de Barbijaputa

“Nosotras parimos, nosotras decidimos” es el lema feminista que la asociación Son Nuestros Hijos ha robado al movimiento que lucha por la liberación de las mujeres.

… Que tanto esta asociación como las agencias que alquilan vientres saben que están robando un lema para confundir no se le escapa a ninguna feminista. El problema es que, como también saben, con eslóganes y tergiversaciones se puede confundir a la población lo suficiente como para que parezca que este debate está abierto y que, además, es legítimo.

Nadie juega mejor con la neolengua y retuerce más la realidad que un liberal con ganas de venderte algo. Nadie. Pero en esta ocasión se están topando de frente con un movimiento muy bien organizado, con miles de mujeres que llevan más tiempo instruyéndose o peleándose por sus derechos y su liberación que el que ellos llevan intentando alquilarlas. Y tenemos muchos más argumentos que ellos, aunque quizás no tanta pasta. Nosotras podemos llenar las calles de Madrid varios días al año, pero ellos con una transferencia bancaria pueden colocarte un cartel de neón en pleno dentro de las mayores ciudades de España con sus propuestas ilegales e indignas para con las mujeres.

Nosotras parimos y nosotras decidimos, exacto. Y precisamente porque somos muchísimas las tenemos asimilado esto, no vamos a dejar que vengan cuatro liberales a convencernos de que este lema tiene dos lecturas. Por muy grande que sea el cartel, y por mucho neón que lleve.

Alquilar tu vientre no es un trabajo. En un trabajo se vende la fuerza de tu trabajo, no tu cuerpo. Si fuera un trabajo podrían desempeñarlo también los hombres. Si fuera un trabajo podrían llamarte del INEM para una oferta cuando estás desempleada. Si fuera un trabajo de verdad, y fuera algo maravilloso y complaciente como nos quieren hacer ver, serían a las burguesas a las primeras que se les ofertaría la faena. Pero no, jamás una burguesa le alquilado su cuerpo a nadie, y jamás lo hará. Este es otro de los motivos por los que el feminismo tiene que ser de clase: la feminización de pobreza es una realidad. Las mujeres pobres son más pobres que los hombres pobres. Y su capacidad reproductiva no puede ser objeto de explotación para el capricho de los que más tienen.

El liberalismo pretende, como siempre, hacer pasar por libertad individual lo que no es más que explotación de las mujeres pobres, que son las únicas que se prestarían a esto, dinero mediante. Cuando se hace cualquier cosa por necesidad, no existe libertad. Libertad es cuando la situación de una persona la hace poder elegir entre multitud de opciones. Las mujeres que se ofrecen en Ucrania, por ejemplo, a gestarle la criatura a otra persona con más ingresos y opciones vitales, son pobres. Ni una sola mujer rica ha gestado nunca para nadie por dinero.

El mensaje de pseudoaltruismo que tanto Ciudadanos como asociaciones tipo Son Nuestros Hijos lanzan cada dos por tres es la trampa en la que muchos caen. “Bueno, si quieren hacerlo gratuitamente para un hermano, legalicémoslo”. Parece tener lógica y cero riesgos. Parece mentira que no sepamos cómo se las gasta el capital. Parece mentira que no entendamos todavía cómo funciona este sistema. Lo que primero se ofrece de forma gratuita en la Seguridad Social acaba siempre externalizándose y acabando en empresas privadas.

… no van a dignificar ni a legalizar esta práctica. Nosotras parimos, nosotras decidimos, sí, y decidimos que este debate no se abre porque ni siquiera es una debate real, se trata simplemente del liberalismo intentando meterse de nuevo donde ya se metió la Iglesia: en nuestro coño y nuestros ovarios.

Pero están pinchando ustedes en hueso, señores: en nuestro cuerpo mandamos nosotras más que nunca. Nosotras parimos, nosotras ya hemos decidido. Ni se acerquen.

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