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14/08/2018

Las multas de Europa a Google se pasan de la raya, de Pascal Salin

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Behavioral investing (y III): víctimas de las emociones, de Ignacio Moncada

Robot says: Whatever, by Margaret Boden

Fisher en Turquía o por qué no hay que bajar tipos, de Juan Ramón Rallo


Tonterías selectas

14/08/2018

La “paguita”, de Jorge Moruno Danzi

La propuesta de Trabajo Garantizado: marco conceptual y objetivos (II), de Juan Laborda

Transaction Costs and Tethers: Why I’m a Crypto Skeptic, by Paul Krugman

Violencia, de Marta Sanz

La violencia contra el cuerpo de las mujeres, contra ese cuerpo en el que se encarna nuestro espíritu, voluntad, carácter, ideología, deseo, conocimiento, se expresa en el no me gusta que en los toros te pongas la minifalda, tápate o destápate, en la necesidad de reivindicar el no es no y en la objetualización de la carne de una mujer patchwork troceada hasta quedar reducida al fetiche de una cabellera o a pierna estilizada por un tacón de aguja. Son violencia los insultos a una presentadora que lleva “demasiado” escote y la interpretación del cuerpo femenino como suciedad, vergüenza y pecado. Constituye una agresión, a menudo autoinfligida, exigir vaginas y pubis eternamente infantiles, elegancia innata, un empoderamiento —ay— proporcional a la turgencia del muslo. Es violencia que el cuerpo de las mujeres se contracture hasta ser solo metonimia del útero, santuario, vientre de alquiler y, en esa contractura, las mujeres pobres y desfavorecidas sean las más vulnerables. Se ejerce violencia cuando se penaliza a la mujer que es no madre y se culpa a la que lo es por el hecho de serlo demasiado. Desde distintas posiciones, se practican violencias contra nuestros cuerpos infantiles, púberes, jóvenes, adultos, menopáusicos, viejos.

Pero no olvidemos que también se ejerce violencia contra el cuerpo de las mujeres cuando no existe conciliación real ni reparto equitativo de las tareas domésticas; cuando hay trabajos que no se consideran trabajos y no se pagan; cuando se penaliza salarialmente la hipótesis de maternidad, crianza y cuidados, y se patologiza cualquier actitud contestataria de las mujeres; cuando ni la letra de la ley ni su aplicación son genéricamente desinteresadas y se juzga a las víctimas. Sobre todo, pesa la violencia sobre nuestro cuerpo, hasta enfermarnos, cuando la brecha salarial roza el 30% y aproximadamente tres millones de mujeres no llegan al salario mínimo. Según la encuesta de población activa de finales de 2017, casi una de cada cuatro mujeres ocupadas trabajaba con un contrato a tiempo parcial sin que ellas lo deseasen; a partir de los treinta años el sueldo de los hombres aumenta de forma constante y el de las mujeres no: en torno a los 55, la brecha salarial entre trabajadoras y trabajadores alcanza el 37%. Eso es violencia. La tasa de temporalidad, el trabajo a tiempo parcial, el paro, el paro de larga duración, la inactividad, el riesgo de empobrecimiento y exclusión indican que nuestra situación es peor que la de los trabajadores varones. La violencia económica, la violencia estructural, se desarrolla en paralelo a la violencia machista contra el cuerpo femenino. Diferenciar las violencias, como si no fuesen la misma, juega en nuestra contra.

Alberto ‘Tito’ Álvarez, portavoz del sindicato Élite Taxi: “Esta huelga ha superado todo lo que habíamos hecho hasta ahora”


Tonterías selectas

11/08/2018

Así creamos ilusiones sobre los partidos políticos para proteger nuestra visión del mundo, de Esther Samper

FC: principio del artículo excelente; aplicación final lamentable.

No se puede jugar con fuego, de Javier Pérez Royo

… tanto en el supuesto de que decida continuar o interrumpir el embarazo, la mujer tiene derecho a que la sociedad le asista en cualquiera de ambas alternativas. La mujer tiene que tener derecho a ser asistida tanto para que el embarazo llegue a buen fin, como para la interrupción del mismo.

Desde esta perspectiva asistencial la sociedad sí tiene que decir. Todas las circunstancias que rodean tanto la continuidad como la interrupción del embarazo tienen que ser contempladas por la sociedad y tiene que tomar decisiones sobre ellas. En la cultura político-jurídica europea del Estado social y democrático de Derecho es obvio que la continuidad o interrupción del embarazo tienen que estar incluidas entre las prestaciones del sistema de seguridad social.

Los dioses no paren, de Barbijaputa

La clase obrera ya está rota, de Pastora Filigrana García, abogada y activista por los Derechos Humanos, de la Red Antidiscriminatoria Gitana (RAG) Rromani Pativ

Derecha y democracia: incompatibles, de Javier Segura, profesor de Historia


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10/08/2018

War and the Lockean State of Nature in Aboriginal Australia, by Larry Arnhart

Élite Taxi fracasa en su búsqueda de vídeos de agresiones de VTC a taxistas

Out of nowhere, by Paul Humphreys

A Disreputable Fringe, by Pierre Lemieux

No, las grandes empresas no tributan al 6%, de Juan Ramón Rallo


Tonterías selectas

10/08/2018

#SeráLey, de María Eugenia R. Palop

“Es increíble que se pueda vender VPO a un fondo buitre y que hagan lo que les dé la gana con los vecinos”

Una posible solución al conflicto del taxi: recomprar todas las licencias, de Diego Barceló Larrán

Apremiante: nuevo concepto de seguridad. La voz debida, de Federico Mayor Zaragoza

La propuesta de Trabajo Garantizado: encuadrando el problema (I), de Juan Laborda


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08/08/2018

To my best belief: just what is the pragmatic theory of truth?, by Cheryl Misak

Ineptocracia y corrupción, de Albert Rivera y Luis Garicano

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La cara oculta del taxi: evasión de impuestos, blanqueo y especulación con licencias

Kolmogorov Complexity and Our Search for Meaning, by Noson S. Yanofsky


Tonterías selectas

07/08/2018

El excesivo poder del Estado central dificulta la resolución del problema de la vivienda y el transporte, de Vicenç Navarro

Vigencia de los Acuerdos Iglesia-Estado, de Marcelino Oreja Aguirre

Como un solo pueblo contra el fascismo, de Quim Torra, presidente de la Generalitat de Cataluña

¿Justicia medieval?, por Antonio Pérez, miembro de La Comuna

Colosos tecnológicos y riesgos sociales, de Roger Senserrich

Que cuatro de las cinco empresas más grandes del mundo sean monopolios o casi-monopolios que controlan un sector crucial no sólo de la economía, sino de cómo nos relacionamos con el mundo, es algo que exige una reflexión. En tiempos pasados, cuando los partidos de derechas se tomaban en serio el capitalismo y los de izquierda sabían algo de economía, los gobiernos intentaban mantener mercados competitivos y romper monopolios. Estos días nadie aparte de la comisión europea parece querer tomarse esto en serio, y es muy dudoso que puedan ir más allá de multas ocasionales sin apoyo político decidido.

Apple es inmensamente rica porque compiten mejor que nadie. Sus colegas de Silicon Valley lo son porque han hecho imposible competir. Quizás va siendo hora de que los gobernantes a uno y otro lado del charco se planteen sinceramente intervenir en estos mercados, y ponerse a romper o regular duramente estos nuevos colosos empresariales.