Ciencia y cientificismo (y II)

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Ciencia: comunicación y publicación

Para aprovechar o comprobar el conocimiento científico este debe expresarse y comunicarse para así estar disponible para las partes interesadas en su utilización o revisión. El aprovechamiento y la crítica del trabajo ajeno requieren que el conocimiento científico se exprese y comunique de forma completa, precisa y clara, evitando ambigüedades o malentendidos y facilitando la comprensión de la información: de este modo cualquier investigador puede seguir el mismo protocolo experimental o realizar el mismo cálculo numérico o razonamiento lógico.

La comunicación del conocimiento científico se realiza normalmente mediante publicación en libros o artículos en revistas especializadas. También es posible la presentación de ponencias y su discusión en talleres o conferencias.

Para incentivar la publicación de los descubrimientos o avances científicos, la comunidad científica asigna prestigio académico al primero en publicar. El prestigio de un investigador puede evaluarse (de forma imperfecta) mediante la cantidad y la calidad de sus publicaciones, considerando también la importancia de las revistas (más o menos selectivas y el impacto de los artículos (citas de otros autores en otros trabajos).

La publicación puede entrar en conflicto con los deseos de algunos científicos o sus financiadores de mantener alguna información secreta o exclusiva como ventaja competitiva: algunas investigaciones, como las militares, pueden estar sometidas a restricciones de confidencialidad.

Para garantizar la objetividad e imparcialidad de su labor los científicos deben declarar en sus publicaciones si tienen algún conflicto de interés, especialmente por financiación de alguna parte posiblemente beneficiada por su trabajo.

Revistas científicas y revisión por pares

Las editoriales y las revistas científicas realizan un proceso de edición o selección de los libros y artículos a publicar mediante editores o consejos editoriales, y frecuentemente utilizan el proceso de revisión por pares: algunos científicos con suficiente prestigio, experiencia y competencia actúan como asesores editoriales y evalúan de forma anónima, independiente e imparcial la calidad y la originalidad de los trabajos y la conveniencia o no de su publicación, y además pueden mostrar errores o debilidades a corregir y sugerir posibles cambios o mejoras opcionales o imprescindibles para su aceptación. Los revisores son seleccionados por los editores, pero en algunos casos los autores pueden sugerir posibles candidatos. El proceso puede incluir un debate entre revisores y autores para aclarar o discutir aspectos problemáticos. En algunos casos la revisión por pares no es anónima, está abierta a una comunidad de comentaristas más amplia y puede producirse también tras la publicación.

La revisión por pares no es una obligación legal ni un proceso censor o inquisitorial: es un sistema de autogobierno, filtro y control de calidad de la comunidad científica, y se utiliza también para la adjudicación de financiación por fundaciones privadas u organismos estatales a proyectos de investigación que solicitan recursos económicos. Las publicaciones no sometidas a revisión por pares pueden resultar sospechosas de poco rigor o calidad.

El mecanismo de edición y revisión por pares no es perfecto y los recursos disponibles son escasos: tanto editores como revisores tienen capacidades limitadas, y es difícil evaluar la importancia de investigaciones auténticamente novedosas en ámbitos en los que tal vez no abundan los expertos. Algunos posibles problemas son: sesgos, parcialidad, supresión del disenso, rechazo de investigación novedosa de alta calidad, fortalecimiento monopólico de ideas del paradigma dominante controlado por una élite, inconsistencias, conflictos de interés (amistad o enemistad), abusos (un revisor se apropia parte del trabajo de otro autor), fraude (identidades falsas de revisores que son el propio autor o cómplices).

Que un artículo haya superado una revisión por pares y haya sido publicado no garantiza que este sea correcto, y los propios autores o las revistas pueden retractarse posteriormente si se descubren problemas, errores o fraudes (plagio, datos inventados o intencionalmente sesgados).

Los científicos suelen ser trabajadores profesionales y su carrera profesional depende de la calidad y la cantidad de sus publicaciones: la necesidad imperiosa de publicar (publica o perece) puede llevar a producir grandes cantidades de artículos de calidad dudosa (la calidad es más difícil de evaluar que la cantidad), y a descuidar otras posibles responsabilidades como la enseñanza en universidades.

Las editoriales y sus revistas científicas pueden aprovecharse de la necesidad de los investigadores de publicar: algunas de alto prestigio son entidades privadas que obtienen grandes beneficios con la publicación de artículos cuya producción a menudo es financiada de forma pública; otras revistas de baja calidad (revistas depredadoras) cobran a los científicos para publicar su trabajo sin controles de calidad rigurosos. Internet ha permitido la existencia de diversos repositorios más o menos restrictivos para prepublicación o difusión de artículos o de borradores de los mismos.

Comunidad científica: consenso, controversias, paradigmas

El conjunto de los científicos e investigadores constituye la comunidad científica, un grupo internacional que forma parte de la sociedad humana más extensa. Cada científico puede además formar parte de distintos grupos nacionales, políticos, ideológicos o religiosos.

Conforme el conocimiento y las evidencias se acumulan y se hacen más fuertes y consistentes la comunidad científica especializada en un determinado ámbito tiende a generar un consenso científico o acuerdo mayoritario, aunque no necesariamente universal. El consenso científico no es una cuestión democrática: no se trata de elegir por mayoría qué hace u opina el colectivo a partir de las preferencias y decisiones individuales. La actividad científica tiende a generar consensos en la medida de lo posible porque la realidad es una y objetiva, de modo que cuando se hace bien todos los investigadores tienden a obtener los mismos resultados. El consenso científico no es necesariamente estático: puede cambiar si aparecen nuevas evidencias empíricas o mejores explicaciones teóricas.

En ámbitos novedosos o muy complejos son frecuentes los desacuerdos o controversias: no hay suficientes datos, las evidencias disponibles son interpretadas de formas diferentes y coexisten teorías o explicaciones alternativas contradictorias e incompatibles. Es posible que se formen escuelas o grupos partidarios de las diferentes teorías. En la ciencia económica abundan las escuelas y las controversias, probablemente por sesgos ideológicos, conflictos políticos e intereses de grupo.

Un paradigma en teoría de la ciencia es un marco teórico fundamental dominante o de aceptación generalizada por la comunidad científica durante un cierto tiempo: incluye ideas de referencia, conceptos nucleares y modelos básicos que guían la actividad científica, las observaciones a realizar y sus interpretaciones. Un paradigma muestra sus límites cuando no es capaz de resolver ciertos problemas: es posible que entonces surja un nuevo paradigma más potente y sofisticado. Ejemplos de transiciones entre paradigmas: del modelo geocéntrico al heliocéntrico en astronomía; de la física newtoniana a la relativista; de la mecánica clásica a la cuántica; de la economía clásica a la neoclásica mediante la revolución marginalista.

Algunos sesgos cognitivos y conflictos de intereses pueden favorecer el mantenimiento de un paradigma: repetición de los dogmas aprendidos de los maestros de una escuela, sesgos de confirmación, interés en proteger el propio capital intelectual y el prestigio asociado al mismo. En ocasiones científicos prestigiosos bloquean el avance del conocimiento por no ser capaces de reconocer sus errores y utilizar su poder en contra de las nuevas ideas.

Cuanto más establecida y consolidada está una rama del conocimiento más difícil es realizar avances revolucionarios en minoría y contra la comunidad científica. Algunas minorías pueden oponerse al consenso científico, con razón o sin ella: igual que la mayoría puede estar equivocada, las minorías pueden estar equivocadas. Las mayorías pueden ser conformistas, resultado de procesos de copia irreflexiva y sumisa; pero las minorías pueden ser incompetentes o alocadas. Los más excéntricos no son necesariamente genios heroicos o rebeldes que luchan valientemente contra el poder monopólico de la mayoría: también pueden ser chalados obsesionados con una idea errónea, y es más probable ser un chiflado que ser un genio. Para participar con rigor en un debate científico es necesario tener experiencia y habilidades científicas, y muchas críticas a las explicaciones científicas dominantes proceden de personas sin apenas formación científica: como mucho han aprendido algunos argumentos que no comprenden o dominan en profundidad.

Es común oponerse al consenso científico dando ejemplos históricos de científicos en minoría que se han opuesto de forma exitosa a la mayoría equivocada: sin embargo esto no garantiza en absoluto que una minoría concreta tenga razón, y para ser exhaustivos e intelectualmente honestos convendría dar también ejemplos de todas las minorías históricas equivocadas, obviamente menos conocidas por su escasa relevancia.

Ciencia, sociedad y economía

El conocimiento científico tiene características económicas de bien público no excluible y no rival. Es un bien no excluible porque una vez publicado no es posible restringir su aprovechamiento a quienes tengan la formación y capacidades intelectuales adecuadas (salvo por barreras de entrada, precios de acceso a las publicaciones o leyes de propiedad intelectual). Es un bien no rival porque se trata de datos, teorías, modelos e ideas que pueden ser copiados y utilizados por unos sin que otros pierdan su disponibilidad.

Al ser la ciencia un bien público su financiación estatal puede estar justificada, especialmente en el caso de la ciencia básica. Algunos ámbitos son especialmente costosos y requieren cooperación internacional: física de altas energías, exploración espacial. Sin embargo los agentes privados han sido y son capaces de producir ciencia, y las decisiones políticas sufren problemas de información, incentivos (captura por grupos de interés) y corrupción.

El conocimiento científico es socialmente útil. Sectores industriales muy importantes tienen fuertes intereses relacionados con el conocimiento científico y tecnológico: salud (medicamentos, tratamientos), alimentación, transporte, energía, comunicaciones, computación, militar.

El conocimiento científico es descriptivo, explicativo y predictivo: sirve para comprender y controlar la realidad. Cómo se use ese conocimiento, para bien o para mal, para construir o para destruir, para conseguir bienestar o para hacer daño, depende de las intenciones y capacidades de las personas que lo aplican.

La evaluación de los beneficios de la investigación científica es problemática porque los impactos económicos (innovación, más conocimiento, desarrollos tecnológicos) son difusos y difíciles de cuantificar. Una parte de la investigación científica y tecnológica se genera en el ámbito militar, donde la evaluación se dificulta por problemas de confidencialidad; además los efectos de la investigación científica militar consisten en parte en aumentar la capacidad de destrucción de la acción bélica, lo cual puede ser beneficioso para uno mismo y sus aliados pero perjudicial para los enemigos.

Las capacidades científicas y tecnológicas son factores económicos importantes dentro del capital intelectual de cada individuo y de la sociedad en su conjunto. Además una población con cierta formación científica y actitud escéptica puede ser más resistente a diversos intentos de engaño o manipulación social. La cantidad, la calidad y el prestigio social de los científicos pueden indicar el grado de desarrollo intelectual de una sociedad.

Muchos científicos no solo producen ciencia sino que también son profesores que enseñan sus contenidos y procedimientos. También pueden dedicarse, como otros profesionales como escritores o periodistas especializados, a la divulgación científica al público en general.

El conocimiento científico puede ser útil para mejorar la coordinación social, sobre todo si se utiliza siendo consciente de sus limitaciones, pero es peligroso cuando se abusa de él o se cree tenerlo sin ser cierto. Los órdenes sociales extensos, dinámicos y complejos son espontáneos, evolutivos, adaptativos, emergentes: la coordinación social no se consigue por un gobierno mediante la planificación centralizada y coactiva que utiliza conocimiento científico especializado de patrones o leyes sociales abstractas, sino que requiere de múltiples y constantes ajustes locales y parciales por todos los miembros de la sociedad utilizando datos históricos concretos, información dispersa, descentralizada, tácita, no articulada, no formalizable y al alcance solo de cada individuo con sus capacidades, intereses y circunstancias específicas.

Las ciencias de la economía, de la coordinación, de la complejidad, de los sistemas dinámicos adaptativos, pueden mostrar las virtudes de la sociedad libre, los mercados y los órdenes espontáneos, y los peligros de la política, el socialismo, el gobierno intervencionista y la ingeniería social. En presunto nombre de la ciencia se ha causado mucho daño a la humanidad, como es el caso del socialismo científico u otros errores intelectuales semejantes: pero llamar a algo científico no lo convierte en auténticamente científico, y el problema no es la ciencia sino hacerla mal o pretender rigor científico cuando no es el caso.

Que mucha gente trate de usar el calificativo de científico para promover sus ideas refleja el valor del mismo; sin embargo presentar algo como científico no garantiza que ese algo sea realmente científico o correcto: véase el socialismo científico, la planificación científica de la sociedad y la producción económica, la teoría presuntamente científica del diseño inteligente, las (pseudo) ciencias ocultas o de lo paranormal, o la secta religiosa de la ciencia cristiana.

Los límites de la ciencia

La actividad científica está realizada por seres humanos limitados, imperfectos, con sesgos cognitivos y con intereses personales, sociales, económicos, políticos, ideológicos, religiosos. Los científicos pueden equivocarse en sus descripciones y explicaciones provisionales de la realidad, pero el ideal científico no es dogmático e incluye mecanismos de crítica y corrección: se trata de conocimiento provisional sujeto a nuevas comprobaciones y posibles refutaciones.

La investigación científica puede ser muy difícil, especialmente en entornos complejos con problemas de obtención de datos fiables, con dinámica no lineal, con alta densidad causal (gran cantidad y variedad de elementos e interacciones). La ciencia tal vez no lo explique todo, pero ofrece la mejor explicación posible cuando se hace bien. La mejor forma de criticar una explicación científica es conocerla, entenderla, ser experto en ese ámbito e indicar en qué puede fallar, y si es posible además proponer otra explicación mejor: para esto es necesario tener capacidades de pensamiento, observación y experimentación, o sea habilidades científicas, y no basarse en revelaciones, dogmas, tópicos o eslóganes. La ciencia se corrige, revisa o amplía con más y mejor ciencia.

Es posible equivocarse en las explicaciones científicas, sobre todo en el ámbito de lo humano (simplificaciones excesivas, falta de realismo al tratar sistemas dinámicos complejos, o falacias ideológicas en la ciencia económica), pero estos errores no se corrigen desde el desconocimiento científico.

El conocimiento científico tiende a ser progresivo: avanza, se acumula y se perfecciona. La ciencia no lo es todo, pero es una parte importante de todo: ha producido grandes cantidades de información, logros intelectuales y aplicaciones tecnológicas, y puede servir como herramienta auxiliar para realizar juicios de valor o tomar decisiones políticas.

Algunas críticas a ideas científicas no son más que ideología, paranoia conspiratoria, razonamiento motivado propio de abogados pleiteando en nombre de intereses creados, sesgos de confirmación de algún prejuicio, señales de pertenencia a un grupo determinado y repetición acrítica de malos argumentos: ejemplos de esto son el creacionismo del diseño inteligente contra la teoría de la evolución, el movimiento antivacunas, los ataques contra la medicina de las terapias alternativas, o las posturas extremas y fanáticas sobre el cambio climático a ambos lados del espectro ideológico.

Ciencia y cultura

La ciencia es un fenómeno cultural: incluye ideas o memes acerca de la realidad que se crean y copian, reproducen o transmiten mediante la experiencia, la imitación o el lenguaje. Las ideas científicas tienden a prosperar porque son útiles y dan poder a sus portadores: permiten comprender, describir, explicar, predecir y controlar mejor la realidad para sobrevivir, prosperar, protegerse, aprovechar oportunidades y evitar peligros. Sin embargo las ideas científicas son difíciles de obtener y mantener: otros memes en competencia por la atención y la memoria de los individuos pueden ser más fáciles, además de atractivos y populares, aunque sean falsos o incorrectos; y algunos memes anticientíficos o pseudocientíficos son especialmente útiles para la manipulación y el engaño.

La ciencia es diferente de otras actividades culturales (como la tecnología, las artes, la moral, el derecho o la religión): intenta producir proposiciones verdaderas, que se corresponden con la realidad, que la representan fielmente. El método científico indica cómo producir esas proposiciones y cómo comprobar, en la medida de lo posible, si son verdaderas o falsas.

La tecnología (ingeniería, arquitectura, medicina, farmacia) es ciencia aplicada, práctica, en forma de herramientas y recetas de producción de bienes y servicios, y a su vez puede producir instrumentos que contribuyan al avance científico. La artesanía es producción manual que requiere alguna habilidad técnica. La actividad artística intenta crear objetos estéticamente atractivos (pintura, escultura) o historias ficticias interesantes (literatura). La moral y el derecho funcionan con normas o leyes prescriptivas para regular la conducta de los individuos y conseguir coordinación social.

El conocimiento científico puede resultar árido y poco interesante, especialmente en comparación con expresiones culturales como la literatura, a menudo con un lenguaje sugerente, evocador, vago, ambiguo, emocional. La mente humana se siente atraída por ciertos relatos, cuentos o historias con personajes buenos y malos, héroes y villanos, aventuras y desventuras, conflictos y sus soluciones, carga moral, premios y castigos; las historias son más atractivas que las frías descripciones o explicaciones científicas de regularidades, argumentos lógicos, modelos matemáticos o series de datos y análisis estadísticos o probabilísticos.

Si el ser humano asimila las historias mejor que las teorías y los datos, entonces la literatura puede servir no solo para el entretenimiento y el placer estético sino también para transmitir conocimiento y comprender la psicología del ser humano. Sin embargo las historias también sirven para propagar falacias, falsedades o errores. Las historias son peligrosas porque atrapan, son creíbles, verosímiles, aparentan veracidad, a pesar de ser sesgadas e incompletas: algunas apariencias engañan, y hay autores maestros del engaño.

Los mitos son formas culturales muy exitosas: pueden utilizarse para transmitir información práctica valiosa porque están diseñados por presiones evolutivas a medida de las capacidades e intereses de los humanos (como las limitaciones de la atención y de la memoria para la transmisión oral). Pero los mitos no son relatos históricos, sino que normalmente son alegorías que deben interpretarse de forma no literal, y pueden utilizarse para engañar y oprimir a la gente.

Ciencia y religión

La doctrina de los magisterios separados indica que religión y ciencia son ámbitos independientes, separados, y que cada disciplina manda y domina sobre el suyo: la ciencia explica cómo funciona la realidad, y la religión y otras manifestaciones culturales hablan del origen último de todo, del significado, del propósito, del sentido de la vida y la existencia, de los valores, del bien y del mal. Esta doctrina es errónea y parece un intento de no ofender la sensibilidad religiosa contando ciertas verdades peligrosas o dolorosas que muchos prefieren ignorar.

No existen ámbitos de la realidad que por su esencia misteriosa insondable no estén al alcance de la ciencia, que no puedan ser conocidos de forma científica, que estén reservados a otras formas de conocimiento, como podrían ser la estética, el arte, la moral, la ética, la religión, la teología. No solo son posibles sino que ya existen explicaciones científicas evolutivas y cognitivas de la conciencia, de las valoraciones estéticas, de la búsqueda de sentido, de la atribución de intencionalidad, de los juicios morales y de las creencias religiosas. El conocimiento científico no sustituye los juicios de valor pero puede explicar por qué existen (la razón de ser de las preferencias y las normas y por qué son las que son y no otras) y asistir en la toma de decisiones (explicitar las consecuencias seguras o probables de cada acción o decisión, o la dificultad de ejecutar cada plan).

La religión se basa en autoengaños compartidos que pueden ser socialmente útiles para un grupo (a menudo a costa de otros miembros del grupo o de otros grupos), pero sus creencias absurdas eventualmente son mostradas como tales por los avances científicos. La religión no sólo contiene recomendaciones o mandatos morales, a menudo brutales y mal fundamentados, sino que tiende a entrometerse en el ámbito científico: en los textos o relatos sagrados frecuentemente ofrece explicaciones sobre la realidad, como las cosmogonías creacionistas sin base teórica ni empírica; asegura que la conciencia moral humana no es explicable de forma natural mediante la evolución; e interfiere en diversos ámbitos de la investigación científica y los desarrollos tecnológicos para dificultarlos o prohibirlos (investigación con embriones, ingeniería genética, técnicas de reproducción asistida).

La ciencia se limita a explicaciones reduccionistas naturales y materiales porque al nivel más básico es lo único que realmente existe: no se trata de una elección arbitraria o de una cerrazón mental estrecha, rígida e inflexible. Lo sobrenatural es una ficción atractiva pero inexistente, un engaño que quizás consuela a los crédulos y da trabajo a los teólogos pero que no explica nada. El ámbito de lo mental es un subconjunto especial y una consecuencia natural emergente de forma espontánea de lo material: la ciencia acepta explicaciones teleológicas cuando estas tienen sentido (cuando hay agentes intencionales con capacidades cognitivas e intereses) y las rechaza cuando no lo tienen.

El cientificismo y el abuso de la acusación de cientificismo

Una posible crítica contra las explicaciones científicas naturales de lo humano es la denuncia de cientificismo. Este término peyorativo se refiere a varias cosas: la creencia en que la ciencia puede explicarlo todo; la creencia en que solamente la ciencia produce conocimiento válido, valioso y bien fundamentado; el imperialismo invasivo de las ciencias contra las humanidades; los abusos de la ciencia y la razón para hacer ingeniería social; y la presunta aplicación inadecuada de la metodología de las ciencias naturales a las ciencias humanas.

Aunque la crítica de cientificismo tiene parte importante de verdad, también es muy común abusar de ella: las acusaciones de muchos humanistas (juristas, artistas, literatos, filósofos) reflejan meramente falta de conocimiento y miedo ante la ciencia y especialmente ante las ciencias naturales; son de letras y critican algo que desconocen y temen. Los especialistas en humanidades no suelen dominar las ciencias naturales y tal vez tienen miedo de que estas sirvan para denunciar y desmontar su falta de rigor intelectual o sus posibles sesgos ideológicos, políticos o religiosos: las críticas bien fundamentadas pueden afectar a sus intereses profesionales, académicos o económicos.

El humanista puede rechazar las ciencias naturales y la consiliencia porque no comprende el proceso de generación e integración del conocimiento (no domina las técnicas científicas ni el conocimiento producido por estas), o porque le disgustan sus resultados. Algunos humanistas pueden considerarse invadidos o colonizados por los científicos naturales como intrusos ilegítimos, pero su protesta quizás no sea más que una mala excusa para marcar un territorio de dominio exclusivo: quieren operar al margen del resto del mundo, impedir o ignorar las críticas que los dejen en evidencia, ocultar así su posible incompetencia y evitar pérdidas de estatus intelectual.

El conocimiento científico permite detectar, evitar y denunciar las estafas e imposturas intelectuales de los charlatanes y pseudocientíficos: la jerga absurda, opaca, rebuscada e incomprensible de presuntos expertos incapaces de expresarse con claridad; la verborrea y los discursos vacíos de contenido empírico y de veracidad no contrastable; los timos de curanderos, sanadores y vendedores de falsas terapias alternativas; los abusos de las oscuras referencias textuales recursivas sin contacto con el mundo real típicos del mundo de las letras (el comentario al comentario del comentario del texto); y el ensimismamiento endogámico y el pavoneo exhibicionista de ciertos ámbitos de la cultura.

Es normal que los humanos, al hacer ciencia, arte o cultura sobre lo humano para otros humanos, tengan problemas de sesgo de perspectiva y conflictos de intereses: son sujeto y objeto de estudio o producción, y les cuesta ser imparciales. Los humanos quieren sentirse especiales y refuerzan su estatus social y sus relaciones personales reafirmando a otros humanos su carácter especial compartido.

El mundo de la cultura y la sociología, frecuentemente dominado por ideologías colectivistas, ha promovido durante mucho tiempo la idea de que todo lo humano es esencialmente ambiental y cultural, negando la importancia o la realidad de lo biológico, natural, genético o innato: la biología y la evolución son aceptadas pero solamente si no se aplican a los seres humanos.

La humanidad ha producido a lo largo de su historia cultural múltiples relatos míticos, religiosos y políticos que incluyen explicaciones sobre la naturaleza de la realidad y de lo humano que son falsas, pero también son atractivas o útiles. Estos relatos sirven como marcos de referencia para la convivencia social, son legitimadores (aunque también críticos) del orden establecido, y en torno a ellos surgen múltiples intereses creados y grupos de presión (castas sacerdotales, iglesias como asociaciones religiosas, clases sociales opresoras o privilegiadas). Las ciencias naturales desmontan estos relatos, sus vacas sagradas y sus tabús, y por lo tanto es normal que muchos sectores sociales se sientan amenazados por el conocimiento científico.

Referencias

Este artículo es continuación de Ciencia y cientificismo (I).

Sobre el rechazo del mundo de las humanidades al estudio científico de la naturaleza humana, ver The Blank Slate: The Modern Denial of Human Nature, de Steven Pinker.

Sobre los peligros del cientificismo en las ciencias sociales y los abusos de la razón ver The Counter-Revolution of Science: Studies on the Abuse of Reason; The Fatal Conceit: The Errors of Socialism, “The Use of Knowledge in Society” (American Economic Review. XXXV, No. 4. pp. 519-30, 1945, American Economic Association); y “The Pretence of Knowledge” (Nobel Lecture) de Friedrich A. Hayek.

Sobre la actitud racional escéptica, ver el libro recopilatorio de artículos Skeptic: Viewing the World with a Rational Eye, de Michael Shermer. Del mismo autor, sobre la contribución de la ciencia y la razón al progreso humano, ver The Moral Arc: How Science and Reason Lead Humanity toward Truth, Justice, and Freedom.

Sobre el uso de mitos para transmitir información valiosa en culturas de transmisión oral, ver When They Severed Earth from Sky: How the Human Mind Shapes Myth, de Elizabeth Wayland Barber & Paul T. Barber.

Sobre la incompatibilidad entre ciencia y religión ver Faith vs. Fact: Why Science and Religion Are Incompatible, de Jerry A. Coyne. Sobre este mismo conflicto, véase el mal análisis realizado por el teólogo Alvin Plantinga en Where the Conflict Really Lies: Science, Religion, and Naturalism.

Sobre la doctrina de los magisterios separados de ciencia y religión ver “Non-Overlapping Magisteria”, de Stephen Jay Gould (Natural History 106 (March 1997): 16-22).

Sobre los problemas de provisionalidad, fiabilidad y replicabilidad de los datos y las teorías científicas, ver Half of the Facts You Know Are Probably Wrong (A review of The Half-Life of Facts: Why Everything We Know Has an Expiration Date by Samuel Arbesman), de Ronald Bailey.

Sobre la producción privada de ciencia y tecnología, ver Sex, Science and Profits: How People Evolved to Make Money, de Terence Kealey (aún no leído por el autor).

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