Tonterías selectas

El muy privado cuerpo humano, de Soledad Gallego-Díaz

El debate que se quiere instalar sobre el llamado alquiler de vientres o gestación subrogada podría ser una buena ocasión para plantear la cuestión subyacente: ¿se puede comercializar el cuerpo humano o alguna de sus partes? ¿Tiene el individuo derechos de propiedad privada sobre su cuerpo? Es verdad que quienes defienden el alquiler de vientres de mujeres aseguran que deberá tratarse siempre de contratos en los que se establezca el espíritu altruista, de manera que no medie más dinero que aquel utilizado en el bienestar de la mujer gestante…

… ¿no sería aconsejable que se prohibiera colgar, como sucede en muchas facultades españolas, carteles incitando a las universitarias a “donar” sus óvulos (y de paso, aunque esto es observación propia, pagar la matrícula o el alquiler del apartamento)?

… ¿Es el cuerpo humano una propiedad privada? No parece que pueda considerarse en esos términos. Cuando las mujeres reclaman “mi cuerpo es mío”, “mi útero es mío”, a lo que se refieren es a que quieren tener plena autonomía sobre su cuerpo, como cualquier otro ser humano. No debe ser fácil encontrar feministas que opinen que su cuerpo es una mercancía, sometido al mismo régimen de propiedad que otros objetos, comercializable por contrato mercantil.

La cuestión es determinar si el cuerpo humano, y sus partes, puede, en cuanto tal, dar origen, mediante su comercialización, a ganancias financieras. Si así fuera, habría que aceptar que el comercio con el cuerpo humano reflejara inevitablemente el “normal” intercambio desigual que rige entre regiones desarrolladas y subdesarrolladas del mundo.

Hasta ahora, el valor del cuerpo humano no se ha asociado al mercado (salvo el pelo). El derecho internacional prohíbe el comercio de órganos, aunque no sean vitales, y solo se autoriza la donación entre vivos en algunos casos muy específicos y mediante un sistema público, como la muy alabada Organización Nacional de Trasplantes española, en la que el Estado garantiza la no comercialización.

¿El cuerpo es mío? En el sentido de que tengo plena autonomía para, si lo deseo, cortarme un dedo, sí. Lo que debería impedirme la sociedad es venderlo. ¿O vamos a introducir las peores reglas de la globalización en la bioeconomía reproductiva?

Razones para no bajar los impuestos, de Daniel Fuentes Castro

La austeridad precariza, carboniza y devasta, de Esteban Cruz Hidalgo

Los alimentos no son una mercancía y la agricultura debe salir fuera de los acuerdos de liberalización comercial, de Fernando Fernández

Y también los días de descanso, de José Saturnino Martínez García

La Iglesia católica lleva desde tiempo ancestral obligando a que la gente se tome un día de descanso a la semana, quiera o no quiera, lo que atenta claramente contra la libertad individual. Vivimos anclados en un pensamiento atrasado que no reconoce las nuevas necesidades de la economía y que atenta contra las libertades individuales. Hay gente que preferiría disponer de menos días de descanso, no tiene por qué descansar si no le apetece un día a la semana.

De hecho, con los nuevos modelos de encadenamiento de contratación temporal, no me extrañaría que esto ya esté pasando. Y nadie está obligando a nadie a que rechace sus días libres. Simplemente es una opción tan respetable como cualquier otra. Es más, el derecho laboral es superfluo, pues trata de forma paternal a las personas asalariadas, estableciendo prohibiciones. Salario mínimo, jornadas máximas, días de descanso… todo arcaico, con tufo a izquierda decimonónica o a cristiano, contrario a la modernidad, la flexibilidad, el emprendimiento, el empoderamiento…

Si donde digo derechos laborales digo derechos de las mujeres sobre el propio cuerpo, me encuentro que a mucha gente el párrafo anterior no le parece aberrante. Pero lo que he dicho anteriormente son más o menos los argumentos de quienes defienden la maternidad subrogada. Uno de los grandes éxitos de la ideología capitalista es hacernos creer que la libertad es y se defiende de forma individual. El capital quiere individuos libres y aislados, pues así se limita su capacidad de negociación. Los derechos colectivos, como los laborales, surgen precisamente para que los individuos dejen de estar aislados y se defiendan de los poderosos. Si estamos a favor de la maternidad subrogada, también deberíamos estar a favor de que no haya días de descanso, y deberíamos abolir el Derecho del Trabajo, solo debería existir el Derecho Mercantil.

La ideología capitalista nos dice que si nadie nos obliga a hacer algo, somos libres. Pero hay otras formas de entender la libertad. Por ejemplo, la escuela de pensamiento republicana, nos dice que somos libres si los poderosos no dominan nuestras vidas. Los defensores de la maternidad subrogada pecan de idealistas pues solo hay intercambios libres entre personas con igualdad material. Cuando hay asimetría de poder, el consentimiento está viciado.

Alquilar la capacidad reproductiva es algo que atenta a la dignidad de las personas y al conjunto de la sociedad. A la dignidad de las mujeres, pues se las obliga a que repriman el vínculo afectivo que se genera durante el embarazo. Es cierto que hay posibilidades de regulación más flexibles con esta cuestión. Pero una vez que se reconozca la maternidad subrogada, se podrá ir a países con otro tipo de legislaciones. Es lo que ya está pasando.

Y nos pone a todos en peligro. Una vez que el mercado coloniza una nueva esfera de la vida, expande su lógica. Ya hemos visto cómo acaba lo que empieza como economía colaborativa. Durante un breve espacio de tiempo, parece que todo el mundo es solidario y gana económicamente. Pero la propia lógica del beneficio lleva a que se constituyan oligopolios: los que tienen dinero imponen sus normas, y el resto vemos cómo se transforma nuestras vidas sin haberlo pedido.

Está pasando con Uber, que precariza el trabajo de los conductores. O con Airbnb: la libertad del mercado transforma las ciudades en parques temáticos. Si abrimos la maternidad subrogada, en una década habrá unos oligopolios donde la menor parte del dinero que pague la familia será para la “madre vasija”, el resto para los accionistas. Las mujeres con dinero buscarán a otras que paran por ellas, para no interrumpir su carrera profesional o pasar por el embarazo. En España podríamos hacer una legislación más restrictiva. Pero irán a otros sitios a por esos bebés.

Quienes están a favor afirman que podemos anticipar todo esto, y potenciar la dimensión altruista, como ya se hace en algunos países. Por un lado, cuando es así, es difícil encontrar madres-vasijas. Por otro lado, los deseos no son derechos. Quienes reclaman esta modalidad de gestación no están defendiendo el derecho a formar una familia, sino a formar un determinado tipo de familia, la que se basa en los genes. Con ello estamos contribuyendo a mandar el mensaje de que un tipo de familia es la buena, y la otra está devaluada. La familia no es cuestión de sangre, sino de afectos. En vez de luchar por un deseo biologicista, mejor luchar por mejorar la adopción y las condiciones de vida de todos esos menores que necesitan amor desinteresado, no basado en los genes.

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