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Entrevista con Christian Laval

La gente, nuestros lectores, se preguntan cómo puede ser que no puedan ver el fin del neoliberalismo. Esa es la pesadilla. Es como si fuéramos prisioneros de un sistema del que parece imposible salir. Durante sus inicios, el neoliberalismo se presentó como una serie de intentos de nuevas políticas. Por ejemplo, el golpe de Estado en Chile de Pinochet o la presidencia de Reagan en EEUU.

… El clásico, que se constituyó en el siglo XVIII, tiene como principio el de la limitación del poder político, pues, bajo su concepción, la economía tiene sus propias leyes naturales y por lo tanto no pueden verse interrumpidas por la actividad política o la intervención del gobierno. En este sentido, el neoliberalismo es diferente porque en principio hay una práctica de la ilimitación. Es decir, la política de mercado se generaliza en todos los ámbitos de la vida.

… El neoliberalismo es, en definitiva, un conjunto de dispositivos que sitúa a la gente en una lógica de competencia sin que se les haya consultado realmente. No es una elección, sino, más bien, una imposición que obliga a funcionar dentro de un sistema competitivo. Por ejemplo, es cierto que existe la posibilidad de que las familias elijan una escuela para sus hijos, pero en realidad no es una elección. Se ha impuesto a los padres el deber de elegir y optar por una u otra escuela. Es decir, se les ha empujado a formar parte del juego. Estas formas de naturalización de la competitividad son difíciles de detectar. Por un lado, hay gente que lo ha asumido de forma natural, pero por otro hay muchos que no son conscientes de haber caído en esta espiral.

… Por un lado, genera nuevas patologías como el estrés, la ansiedad o las depresiones. Esta competitividad empuja a la gente a sus propios límites. Es la misma lógica del capital, hacer cada vez más. Se interioriza y empuja al individuo a ir siempre más allá, igual que en el deporte de élite. Y por otro, si observamos la colectividad, también vemos una dificultad para reaccionar conjuntamente. La acción colectiva necesaria para cambiar las reglas brilla por su ausencia. El sistema se cristaliza. Si en la URSS se contestaba con represión, el neoliberalismo hace lo propio con la inhibición de la acción colectiva.

… En el campo político observamos que esta competitividad se ha convertido en el principio institucional, superior a la voluntad de los ciudadanos. Las leyes, las reformas del mercado de trabajo, bajar los impuestos a las grandes empresas… Todo esto se produce en nombre de la competencia internacional. Destruimos todos los dispositivos sociales que se han puesto en marcha en nombre de esta competitividad. Esto se ha convertido en un principio superior, incluso supremo, en relación con la elección, las necesidades y los derechos fundamentales de los ciudadanos, como por ejemplo la educación o la seguridad. Asimismo, el hecho de que los partidos de izquierda y derecha, en el fondo, terminan apoyado las mismas políticas de competitividad ha supuesto una verdadera destrucción del debate, el diálogo e incluso de la diferencia política. Como consecuencia, los electores dejan de confiar en los partidos.

… La competitividad generalizada se manifiesta en los salarios, las leyes y, en definitiva, en todos los aspectos de la vida cotidiana. Esto tiene una reacción clara: la protección de la sociedad de los débiles y de aquellos que se consideran víctimas. Y sí, esta respuesta ha tenido como contrapartida la emergencia de nacionalismos, movimientos de soberanía, el Brexit, Trump… Como se puede ver, en los países en los que se inició el sistema, las reacciones han sido más fuertes. En cualquier caso, el ‘FT’ se olvida del otro punto de resistencia: Mélenchon en Francia, Corbyn en Reino Unido, Bernie Sanders en EEUU… Hay, por tanto, dos reacciones opuestas, en las antípodas, ante la dictadura de la competitividad.

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