Tonterías selectas

The Rock-Star Appeal of Modern Monetary Theory

… fiat currency is a social construct, and that there are therefore no fiscal limits on how much a sovereign currency-issuing nation can spend.

According to this small but increasingly vocal cohort of economists, including Bernie Sanders’s former chief economic adviser, once we change the way we think about money, we can provide for everyone: We don’t have to “find” the money to “pay” for universal health care by “cutting” the budget elsewhere. In fact, our government already works that way: Spending must precede taxation, or there would be no dollars in the economy to tax. It’s the political will to spend on certain things, not the money to afford it, that’s lacking.

… It follows that currency-issuing governments could (and, depending on how you lean politically, should) spend as much as they need to in order to guarantee full employment and other social goods. MMT’s adherents like to point out that the federal government never “runs out” of money to fund the military, but routinely invokes budget constraints to justify defunding social programs. Money, in other words, isn’t a scarce commodity like silver or gold. “To people who’ve worked in financial markets, who work at the Fed, this isn’t controversial at all,” says Galbraith, who, while not an adherent, can certainly be described as “MMT-friendly.”

… once you shake off notions of artificial scarcity, MMT’s possibilities are endless. The state can guarantee a job to anyone who wants one, lowering unemployment and competing with the private sector for workers, raising standards and wages across the board.

… Pavlina Tcherneva: “There is no reason why society should tolerate unemployment,” … “It’s a basic human right. By pegging a dollar amount to one hour of labor by having full employment, money will mean something in socially useful terms, and we can design a system to support and tighten the labor market and let people opt out of shitty jobs.”

Falta dinero para las pensiones y se renueva la campaña de la eutanasia, de Pedro Fernández Barbadillo

A quien crea que ciertos asuntos aparecen en los medios de comunicación y con un tratamiento muy concreto pasa por casualidad hay que preguntarle dónde ha estado metido los últimos dos años.

… esta semana tenemos otro de los asuntos favoritos del Sistema.

El País llevó a su portada del 6 de abril el típico caso extraordinario y lacrimógeno de una persona que sufre por culpa de todos. Hace años fueron el aborto, las drogas ‘blandas’, el matrimonio homosexual y el maltrato doméstico; ese día fue la eutanasia.

El periódico, que está a punto de bajar de la cifra de 100.000 ejemplares diarios vendidos, cuenta la triste muerte de un enfermo de ELA que reclamaba que se le aplicase la eutanasia y que al final se ha matado él y, llevado de un espíritu misionero, lo ha contado en un vídeo.

… ¿cuántas tribunas ha publicado El País contra la eutanasia?, ¿y cuántos testimonios de enfermos incurables que no quieren morir?

… El coste de los viejos y los enfermos es tan alto que en el país más envejecido del mundo, Japón, el ministro de Economía en 2013 propuso a los ancianos que hicieran el favor de morirse pronto para ahorrar dinero al Estado. Más cómodo eliminar a los jubilados y enfermos que reducir el derroche, los enchufes y la corrupción de los políticos, ¿verdad?

… La segunda solución es introducir la eutanasia como uno de los tratamientos ofrecidos por la Seguridad Social. La ortodoncia y los cuidados paliativos, no; pero el cambio de sexo y la eutanasia, sí.

… Como ya ha demostrado la experiencia en Bélgica y Holanda, se legaliza la eutanasia como excepción sólo para personas en situación insoportable y por compasión, y en unos pocos años se convierte en derecho y se amplía a jóvenes con depresión, a ancianos sanos pero con ‘cansancio vital’, a niños menores de 12 años, a presos, a alcohólicos y –aquí está la almendra- también a personas que no han dado su consentimiento. En Bélgica en 2015 el complejo santiario-económico mató a más de 2.000 personas… que ya ocasionarán más gastos.

… Tenga presente estas noticias cada vez que se enfrente al ‘debate’ de la eutanasia.

¿Y cuál es la solución para estos enfermos, en vez de matarlos? Pues los cuidados paliativos, una especialidad médica que en España es una de las cenicientas del sistema sanitario y del académico.

Curioso que en El País y otros medios de comunicación aparezcan siempre los casos de pacientes que exigen que el Estado les mate, de manera indolora y aséptica, con fondos públicos, pero no que exijan tratamiento para ellos o para quienes están en su misma situación.

Y muy curioso también que Podemos, el partido de La Gente, de los que seguro que no pueden pagarse una residencia privada ni asistencia personal, haga de ‘tonto útil’ legitimando la eutanasia y llevándola a las Cortes. Otra prueba de que Podemos está al servicio del Sistema.

… En casi treinta años, asegura Gómez Sancho, sólo un enfermo le pidió la eutanasia y se le aplicó una sedación terminal. “La demanda de eutanasia persistente es absolutamente anecdótica en el entorno de los cuidados paliativos”, dice. Entre más de 25.000 pacientes atendidos por su servicio, sólo ha habido tres o cuatro peticiones “persistentes” de eutanasia.

Cuando existen esos cuidados, no sólo el dolor, sino también la desesperación de los enfermos, desaparecen. La actriz Azucena Hernández, que quedó tetrapléjica en un accidente de automóvil, fue la primera persona que apareció en televisión exigiendo la eutanasia, con, nueva casualidad, el predicador del Imperio Progre Iñaki Gabilondo. Por su suerte para ella, no se le aplicó, porque entonces era –y sigue siendo- ilegal, y ahora la rechaza.

De existir una ley como la belga o la holandesa, Azucena Hernández ya habría dejado este mundo.

Al año, hay 120.000 españoles que necesitan cuidados paliativos especializados, pero sólo los reciben la mitad. ¿Por qué? Porque es caro. Más barato es una inyección letal.

Y, otro factor que no es desdeñable. Para el pensamiento de la Modernidad, los cuidados paliativos, como los requisitos para solicitar un aborto o las campañas contra el suicidio, son desdeñables, porque interfieren en la ‘autonomía de la voluntad’; o sea, en el deseo de hacer lo que uno quiere, sin ninguna restricción ni siquiera moral.

En una entrevista anterior, el enfermo de ELA manipulado por El País expuso su principal argumento, que es la filosofía del moderno: “como mi vida es mía, elijo cómo y cuándo quiero morir”.

Bueno, es lo que ha hecho y nadie se lo ha impedido. Pero si cada uno hace lo que desea, ¿con qué autoridad nos exige a los demás que aprobemos la ley que reclamaba?

Jordi Cruz, Macron, George Soros y las empresas ‘de todo a cien’, de Pedro Fernández Barbadillo

… cuesta debatir con quienes te responden que los becarios de Jordi Cruz están ahí porque quieren y, además, que el salario mínimo produce paro (no explican por qué los países europeos con un SMI más alto, como Suiza, Luxemburgo, Holanda o Irlanda están entre los que tienen menos desempleo).

… ¿es admisible que unos becarios trabajen gratis en jornadas que superan las doce horas, sin seguro (¡en una cocina!), sin alojamiento y con instrucciones de mentir a la inspección de Trabajo?

Vistos los cocineros o arquitectos o abogados o consultores que tienen becarios para enseñarles el oficio, una conclusión es la de que quizás deberían montar un máster, cobrarlo y cotizar a la Seguridad Social.

… los platos de comida, los planos de edificios, los informes de consultoría que elaboran esos becarios, ¿se cobran a los clientes a precio de becario o, por el contrario, a precio de cocinero Michelín o socio ‘senior’?

… Si para dar servicio en un restaurante Michelín se necesita en torno a 20 personas y de éstas la mitad no cobra nada, las preguntas pertinentes son: ¿Queremos negocios de ese estilo?

… Un indicio de que nos dirigimos a una sociedad en la que un porcentaje muy pequeño puede derrochar su dinero en verdaderos caprichos idiotas, mientras que la mayoría malvive de sueldos ridículos, como las camareras de hotel que cobran 2’5 euros la hora, o de subsidios públicos. El avance social que se nos promete es retroceder a un modelo brasileño.

… ¿Es soportable una economía como la española en la que el sueldo más frecuente es el de 16.500 euros brutos anuales, en la que millones de horas extra no se pagan (ni se cotizan), en la que la población activa se ha reducido en 800.000 personas desde 2012 (pese al crecimiento de la actividad), en la que la vida laboral dura 25 años (empiezas a trabajar con sueldo a los 30 y te despiden a los cincuentaitantos porque eres caro), en la que las Administraciones engatusan a los despedidos para que se hagan ‘emprendedores’, aunque se arruinen?

… un profesor de economía en Twitter afirmó que los chinos y los indios aportan ‘valor añadido’ (otra gran mentira), y por eso venden a todo el mundo.

¿Qué valor añadido hay en las bolas navideñas fabricadas en China? ¿No será más bien que fabrican a un precio tan bajo que, incluso con el transporte (generador de CO2, por cierto) es rentable traer esos productos a Europa? ¿Qué salarios se pagan en China?, ¿qué normas de seguridad, higiene y medioambiente se respetan allí?, ¿cuál es el precio de la electricidad?

… Última pregunta insolente: ¿cuánto tiempo se puede mantener un sistema como ése sin que colapse o la gente, ya sin nada que perder, se eche a la calle?

Extractivismo en tierras manchegas: ¡a Torrenueva el 21 de mayo!, de Jorge Riechmann

Por qué Jordi Cruz está completamente equivocado, de Carlos Sánchez

Hay una frase del cocinero Jordi Cruz —publicada por este periódico— que merecería pasar al museo de los horrores. Sostiene el dueño de ABaC con desparpajo que un restaurante Michelin “es un negocio” y que, “si toda la gente en cocina estuviera en plantilla, no sería viable”.

Hay que agradecerle al popular cocinero la sinceridad. Al fin y al cabo, un país en el que alrededor de la quinta parte del PIB es economía sumergida, tiene mucho que esconder. Lo singular de las palabras de Cruz, sin embargo, es la ausencia de remordimiento. Se supone que cuando a alguien se le pilla en un renuncio, está obligado a admitir la culpa, aunque sea en parte. No es el caso de Cruz y otras estrellas de los fogones, cuya manera de entender el negocio roza el descaro.

… Se ignora si Cruz ha leído a César Vallejo, pero no estaría de más recordar que el escritor peruano contaba en ‘El Tungsteno’, una de sus obras esenciales, cómo las compañías mineras que llegaron a su país para explotar las riquezas naturales obligaban a los trabajadores a comprar en sus economatos —a precios que imponía la propia compañía— y a dormir bajo un techo por el que la misma empresa percibía unas rentas. El negocio era redondo. El salario volvía al pagador en una especie de ‘economía circular’, ahora tan de moda en el análisis económico.

Ni qué decir tiene que la compañía minera tenía los mismos argumentos que el cocinero Cruz. Al fin y al cabo, para sacar provecho del negocio lo mejor, sin duda, es pagar poco —en este caso nada— y cobrar en especie por la manutención y el techo. Y la experiencia en la mina, ya se sabe, también es un grado.

Solo hay un pequeño problema que se les escapa a los nuevos filósofos de la vida, hoy recluidos en la cocina: si todas las empresas del país hicieran lo mismo, es muy probable que sus restaurantes estuvieran vacíos. Al fin y al cabo, la renta —el salario— es fundamental en el sistema económico. Y si no hay renta disponible a causa del trueque, simplemente no hay ni consumo ni inversión. Ni, por supuesto, ahorro.

No estará de más recordar, en este sentido, que cuando el primer informe Beveridge puso en 1942 los cimientos de lo que hoy se entiende como Estado de bienestar, lo que pretendía no era solo garantizar una renta a cambio de trabajo, sino, sobre todo, establecer un catálogo de derechos y obligaciones entre el empleador y el empleado.

A eso se le suele llamar derechos sociales, y no han caído del cielo. Simplemente, forman parte del contrato social que ha permitido a Europa gozar de unos niveles de prosperidad inimaginables hace medio siglo, y que se plasman, por ejemplo, en el Estatuto de los Trabajadores. Pagar por aprender (aunque sea en especie) es justo lo contrario a la igualdad de oportunidades.

Por eso, precisamente, uno de los ejes de cualquier sistema educativo (incluida la formación profesional) en cualquier país civilizado pasa por la existencia de un sistema de becas. Por supuesto, reglado y transparente, para evitar el uso de mano de obra barata que sustituya al empleo cualificado. Y es obvio que si Cruz y otros cocineros quieren abrir una escuela para enseñar sus conocimientos, tienen pleno derecho a ello, y además estaría sobradamente justificado, pero de acuerdo a unas reglas académicas y profesionales.

Esta conciliación entre los derechos y obligaciones de unos y de otros no es un capricho del legislador. Por el contrario, forma parte de una sociedad avanzada en la que tanto las relaciones laborales como los ciclos formativos están tasados.

Es decir, no dependen de la libre voluntad del empresario —el cocinero Cruz y sus colegas de profesión que han generalizado estas prácticas—, sino de una arquitectura institucional (el salario, la jornada laboral, las vacaciones, el seguro de enfermedad, los convenios de formación en un centro de trabajo…) que ha permitido a las sociedades avanzadas alejarse de la ley de la selva. Y parece evidente que pocas relaciones laborales se firman entre iguales: entre el empleador y el empleado. Por eso, precisamente, el derecho laboral es de carácter tuitivo, lo que quiere decir que tiende a proteger a la parte débil del contrato, que no es otra que el trabajador o el aprendiz. De ahí la necesidad de que se cumplan las leyes laborales, distintas a las mercantiles, donde se supone que el contrato se firma entre iguales.

Sería injusto, sin embargo, cargar solo contra los cocineros de postín. La precarización de las relaciones laborales forma parte del sistema económico ante el brutal desfase entre oferta y demanda de empleo, lo que permite, incluso, disfrazar como formación lo que en realidad es un trabajo formal.

Grandes despachos de abogados o consultoras que se ponen estupendas con sus clientes pagan una miseria por trabajar 12 o 14 horas cada día. Y lo mismo sucede en otros sectores productivos —también en la prensa— que cogen el rábano por las hojas, como Cruz y sus conmilitones. Es un sinsentido innovar en la cocina para acabar con los fogones tradicionales —una mala lectura de Schumpeter y su célebre destrucción creativa— y al mismo tiempo volver al feudalismo más rancio. Los ingredientes mal mezclados suelen arruinar el plato. Y es una pena tirar a la basura tan buena comanda.

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