Tonterías selectas

Becarios, de Antonio Lucas

La enseñanza de la Justicia, de José Antonio Marina

Hay cosas que no puedo hacer por mis propias fuerzas -por ejemplo, defender mi libertad de la opresión del más fuerte- pero que puedo alcanzar con la colaboración de los demás. Los derechos son fuerzas simbólicas que me permiten controlar las fuerzas reales, la violencia por ejemplo. Por eso es tan insuficiente el concepto del derecho y de la libertad del pensamiento neoliberal, que piensa que la no injerencia ajena es suficiente para que un individuo ejerza la libertad. Todo derecho es “derecho de crédito”, es decir, necesita de la cooperación de los demás para ser real.

… En realidad “derecho” es algo que me pertenece y que no tengo, por eso puedo reclamarlo, y los demás “deben” atender mi reclamación, porque están en “deuda”. A eso me refería al hablar antes de los “derechos de crédito”. ¿Se dan cuenta de lo novedoso de esta invención? Una invención que dejó abierta, por supuesto, la cuestión de los límites de esas propiedades que cada persona reclama. La historia de la humanidad ha ido reconociendo cada vez más “propiedades” del individuo, que fundamentan las reclamaciones que consideramos justas, es decir, adecuadas a derecho. Son estos derechos los que fundan los deberes. Por eso, durante los debates de las dos grandes declaraciones de derechos universales –la francesa de 1789 y la de la ONU en 1948- se discutió si debían incluirse los deberes y no solo los derechos, y se llegó a la conclusión de que lo importante era reconocer estos. Lo demás llegaría por añadidura.

Pero con conocer cómo se han ido “inventando” los derechos y hasta qué punto aumentan nuestras posibilidades de acción, no basta. Ya dijo Aristóteles que lo importante no es saber qué es lo justo, sino ser justo. ¿Se puede enseñar algo tan complejo? En este momento, casi todo el mundo piensa que es necesaria una “educación en valores”. Sin embargo, ninguno de los lectores de este artículo que tenga más de cuarenta años habrá recibido esa educación, que es un invención moderna. El fundamento de la educación moral no eran los valores, sino las virtudes, un concepto que la cultura europea ha abandonado, y que ha sido recuperado por la psicología americana. Las virtudes -intelectuales, deportivas, morales, etc.- son hábitos operativos que facilitan la realización de los valores. Se aprenden, como ya indicó también Aristóteles, por repetición, es decir, de la misma manera que aprendió a jugar Rafael Nadal, o que se desarrolla el talento según Ericsson. La práctica de la justicia se adquiere actuando justamente.

¿Por qué tu lavadora ya no dura 40 años?, de David Bollero

Liberales: defienden el mercado pero no la libertad, de Juan Torres López

… lo curioso es que esa defensa exacerbada del mercado se ha conseguido equiparar … con la defensa de lo eficiente, de la máxima competencia y, lo que todavía resulta más increíble, de la libertad.

… las privatizaciones efectuadas sólo han servido para poner recursos hasta entonces públicos en manos privadas, pero no para generar menores costes o más eficiencia. La privatización de amplios sectores de la sanidad o la educación no ha creado servicios mejores, más eficientes, más transparentes o más baratos, sino que, por el contrario, ha generado mayor gasto, aunque, eso sí, ahora destinado a colmar los bolsillos privados. Y es normal que eso haya sido lo que ha ocurrido porque la identificación automática entre mercado y competencia, eficiencia o libertad no es sino un gran mito sin ningún fundamento objetivo o científico.

Defender el mercado sin ningún otro matiz, como suelen hacer los liberales, es una simpleza porque en realidad no existe “el” mercado. Mercados hay muchos, con naturaleza y efectos muy variados, y para que se pueda decir que un mercado es plenamente eficiente o mejor que una buena decisión pública, a la hora de asignar recursos, deben darse una serie de condiciones y requisitos muy estrictos (por ejemplo, información perfecta y gratuita a disposición de todos los sujetos, plena homogeneidad de los productos y ausencia total de barreras de entrada a los mercados) que es casi, por no decir que totalmente, imposible que se den en la realidad.

La competencia, lejos de ser una condición innata o consustancial a los mercados, es desgraciadamente lo primero que se quiebra cuando los mercados se ponen a funcionar si éstos no están convenientemente regulados; es decir, si no hay un buen anillo de derechos de propiedad que proteja a los mercados de sí mismos, de las fuerzas auto destructoras que genera el afán de lucro desmedido, la concentración de la riqueza y la vía libre para los más poderosos, condiciones que son las que suelen predominar en los mercados contemporáneos.

No hay forma posible de hacer que los mercados se acerquen al ideal de la eficiencia y la competencia que no sea la de una buena regulación, el establecimiento de un adecuado sistema de normas. Y eso sólo puede garantizarse justamente cuando hay un Estado que funciona correctamente y, sobre todo, no sometido a los dictados del propio poder de mercado del que disponen quienes tienen privilegios en su seno. ¿Acaso privatizar para destinar más recursos, más servicios o más obras, más negocio, a los grandes promotores y constructores que dominan en condiciones de oligopolio el mercado tiene algo que ver con la competencia perfecta y con la mayor eficiencia? Debilitar al Estado, como hacen los liberales cuando gobiernan, es lo contrario de lo que se precisa para fortalecer la competencia y la eficiencia, y justo lo que desean quienes ya tienen gran poder de mercado para aumentarlo.

Los mercados de hoy día, los que han contribuido a diseñar y a proteger las políticas liberales de nuestro tiempo, son mucho más imperfectos que nunca y, por tanto, más ineficientes. Es una quimera, por no decir que un miserable engaño, decir que en ellos predominan la competencia o que sólo allí es donde la eficiencia va a alcanzar su máxima expresión. Ocurre todo lo contrario: lo que han conseguido las políticas liberales como las que han puesto en marcha los gobiernos de la liberal Esperanza Aguirre ha sido erradicar todavía más la competencia, oligopolizar los mercados y hacerlos, en consecuencia, mucho más ineficientes, y mucho más onerosos para la inmensa mayoría la población.

Pero si hay un mito singularmente exagerado en relación con el liberalismo es el que hace creer que al defender los mercados se defiende la libertad en su sentido prístino, en su más auténtica expresión. Es un mito porque lo que hacen las políticas liberales con el pretexto de dar libertad a los mercados es simplemente aumentar la de quienes los dominan en su exclusivo beneficio. La libertad en el mercado es una auténtica quimera cuando los derechos, o quizá mejor dicho los poderes de apropiación, están definidos de una manera tan desigual y asimétrica como hoy día lo están.

En las condiciones de funcionamiento de los mercados que imponen las políticas liberales, que en España no son otras que las que benefician a las más grandes empresas, la libertad que puede alcanzarse solo es la misma que Anatole France decía irónicamente que proporcionaba el derecho en nuestras sociedades: “La Ley –decía–, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”.

De hecho, la paradoja más grande que tienen los mercados es que, incluso si se dieran las condiciones que les permitieran ser completamente eficientes con carácter general, es decir, en todos los ámbitos de la economía, se necesitaría una autoridad central, o hablando en plata un dictador, que distribuyera satisfactoriamente la renta.

La razón es sencilla y la explico con más detalle en mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas (Ediciones Deusto): de ser eficientes (lo que ya de por sí es dudoso), los mercados solo lo serían logrando que los sujetos económicos adquieran los bienes y servicios en su uso más valioso o más barato. Pero es evidente que para que los sujetos puedan adquirir (eficientemente) esos bienes y servicios deben de haber dispuesto ya de ingresos. Y también lo es que, una vez adquiridos los bienes, la distribución de esos ingresos ya es diferente a como lo era antes del intercambio realizado.

Por tanto, para que se pueda decir que los intercambios llevados a cabo en los mercados proporcionan a todos los sujetos (a la sociedad en general) la máxima satisfacción o bienestar es imprescindible que todos los sujetos estén satisfechos con la distribución de la riqueza inicial y con la resultante. Y como esa satisfacción no la puede dar por definición el mercado ha de darla una autoridad central, el dictador. Un significativo detalle que se le olvida mencionar a los liberales cuando nos quieren hacer creer que al defender el mercado defienden la libertad.

Mercado y libertad son dos conceptos que, en realidad, no tienen por qué coincidir y que, en las condiciones de mercados imperfectos que crean las políticas liberales, es cuando menos coinciden. Los liberales defienden el mercado que les conviene a los grandes oligopolios pero de esa forma no defienden ni la competencia, ni la eficiencia ni, por supuesto, la libertad.

Democratizar la globalización, de José Carlos Díez, coordinador de la ponencia económica del PSOE

… es necesario que la economía mundial se dirija hacia una senda de desarrollo sostenible social y ambientalmente para frenar no solo esa desafección social, sino también el avance del cambio climático. Ambos problemas son las principales limitaciones para continuar progresando durante las próximas décadas.

Hay tres opciones políticas para afrontar estos retos. El laissez faire (opción conservadora de no hacer nada), el comunismo y la socialdemocracia… El laissez faire ha sido el paradigma del crecimiento desequilibrado mundial desde 1980.

… Los socialistas españoles, en nuestra ponencia económica, proponemos democratizar la globalización y más y mejor Europa, convencidos de que el modelo de democracia social europeo es más necesario que nunca en la economía mundial.

… Queremos una mejor regulación de los mercados financieros y más coordinación de políticas económicas para reducir la extrema volatilidad de los flujos financieros y no repetir los errores que provocaron la Gran Recesión. Queremos seguir avanzando en la transparencia y regulación de los paraísos fiscales. Desarrollar los derechos laborales para acabar con la precariedad y el trabajo infantil en el mundo. Avanzar en las Cumbres del Clima para reducir el nivel de emisiones y dejar a las futuras generaciones un pequeño planeta Tierra sostenible.

Queremos que el Parlamento y la Comisión Europea puedan aprobar un plan de estímulo fiscal sin la aprobación de los Estados miembros para reducir la tasa de paro, especialmente juvenil. Queremos un seguro de desempleo común y políticas activas comunes. Queremos desarrollar el programa Erasmus y que nuestros estudiantes y profesores puedan estudiar y dar clases en todas las universidades europeas con igualdad de oportunidades. Queremos crear una unión de investigación e innovación para crear empleos de calidad en la era de la tecnología global, especialmente para avanzar en la transición energética, la reducción de emisiones y en economía circular por solidaridad intergeneracional. Una oportunidad para crear empleos de calidad aprovechando nuestro liderazgo de investigación y tecnológico.

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