Tonterías selectas

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El infrahombre, de Ignacio Sánchez Cámara

Lo cierto es que, al final, la eliminación de Dios, no sólo no ha producido la liberación del hombre, sino que lo ha esclavizado. «Liberado» de Dios, se convierte en esclavo del mundo, de sus propias pulsiones, de sus descarriados deseos. Esclavo y huérfano. Es como si la liberación del niño transitara por la muerte de su padre. Lo cierto es que no es posible un verdadero humanismo sin Dios. Es lo que Henri de Lubac calificó como el «drama del humanismo ateo». En realidad, Nietzsche expresa el paradigma de la humana soberbia: «Si Dios existiera, ¿cómo soportaría yo no serlo?». Pero sin Dios, no hay sentido, y sin sentido no hay dignidad ni esperanza para el hombre. Cabe recordar el título del libro del padre del conductismo, Skinner: «Más allá de la libertad y la dignidad». No es, pues, una vaga hipótesis. La supresión de la dignidad humana, la negación de su condición personal, es un hecho, vinculado a la negación de Dios.

El ateísmo no conduce a la liberación del hombre, sino a su esclavitud. Cuando se eclipsó en Europa el cristianismo, lo que surgió no fue la libertad sino el terror totalitario. El totalitarismo no es hijo de la creencia en verdades absolutas, sino más bien heredero del nihilismo y de la disolución de los valores cristianos. No es posible un totalitarismo cristiano. El comunismo y el nazismo son fruto del ateísmo y del nihilismo que este lleva consigo. El totalitarismo no es consecuencia de la verdad absoluta, sino del crepúsculo de la verdad moral. El hecho de que existan interpretaciones de algunas religiones que conduzcan a la barbarie no permite identificar a la religión con la barbarie. Sin el cristianismo no habrían sido posible la ilustración, ni el liberalismo, ni la democracia. Por eso, decía Ortega y Gasset que la modernidad es el fruto tardío de la idea de Dios. Sólo el cristianismo pudo abrir el camino a los ideales de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Tiene razón el personaje de Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky: «Si Dios no existe, todo está permitido». Incluida, por supuesto, la barbarie. El cristianismo no sólo no es un obstáculo para la democracia, sino que constituye la condición de su posibilidad. Las democracias sólo arraigan en un suelo que ha sido fertilizado por el ideal cristiano, o que ha recibido su influjo.

La teocracia no es la consecuencia de la religión; es el error de algunas religiones, o, acaso, de algunas interpretaciones de ellas. La distinción cristiana entre el poder espiritual y el temporal es la mejor barrera contra el despotismo. Si ambos poderes se juntan en las mismas manos, el camino hacia la servidumbre queda en franquía.

La crisis que vive Europa y el mundo occidental tiene mucho que ver con la pérdida de vigencia social del cristianismo. Lamentamos lo que nos sucede, mientras rechazamos lo único que podría curar nuestros males. Somos algo así como enfermos rebeldes que agravan, sin pretenderlo, su enfermedad. No es extraño que el ateísmo se identifique con la crisis del humanismo, y que en nuestra época se hable de poshumanismo. El ateísmo no conduce al humanismo, sino a su negación. La idea de un humanismo ateo es una contradicción en los términos.

Basta mirar a nuestro alrededor. La crisis actual es moral, y, por tanto, religiosa. No es posible conservar los valores y principios mientras se destruye su fundamento. No hay progreso sin Dios. Cabe hablar así de un «regresismo» ateo. Afirmó Alexis de Tocqueville que las sociedades democráticas podían conducir alternativamente a la libertad o a la servidumbre, a la civilización o a la barbarie, al bienestar o a la miseria. Depende de sus ciudadanos. La democracia no garantiza, por lo tanto, la libertad, la civilización y el bienestar. Sin Dios, el camino hacia la servidumbre, la barbarie y la miseria queda abierto. Cuando se prescinde de Dios, se degrada al hombre. No surge el superhombre, sino el infrahombre.

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