Tonterías selectas

Belén González Casanova critica a Juan Ramón Rallo sobre la gestación subrogada

Una vez más el señor Rallo excede su campo de conocimiento (suponemos que de economía sabe algo) para deleitarnos con su defensa desquiciada de los vientres de alquiler, o tráfico de úteros. No sé qué tiene este individuo con este tema, que no para de hablar de él. Probablemente haya alquilado a una de estas mujeres y su conciencia le obligue a justificarlo para poder dormir por las noches. La verdad es que ni lo sé, ni me importa.

Sin embargo me indigna y me toca bastante las narices su prepotencia y su demagogia de cafetería de facultad de tercera para defender este disparate. Así que me he leído el artículo (error).

Desde el título ya descalifica los argumentos de su oponente tachándolos de sectarios. Eso ya le descalifica a usted. De entrada, el otro no tiene razón y usted sí. Muy de Corea del Norte esto.

Pero el cuerpo del artículo no tiene desperdicio. Nos regala frases como: “Sin embargo, como siempre sucede cuando las personas conquistan nuevas libertades frente a los prejuicios sociales establecidos, frente a los dogmas religiosos enquistados o frente a las restricciones estatales consolidadas, suele producirse una reacción carcunda que trata de bloquear semejante progreso moral.” Sentemos las bases: los que están en contra del tráfico de úteros y del uso de la mujer como horno por horas, tenemos prejuicios y estamos enquistados. Muy bien argumentado, oiga. Descalificativos aparte (me he tomado un primperan para poder seguir leyendo), ¿a qué progreso moral se refiere usted? Progreso técnico, vale. Moral, en absoluto.

No es moral fecundar a un ser humano en un laboratorio, no es moral gestarlo en el vientre de una mujer con la que no tendrá más contacto, ni negarle el derecho a conocer su origen: quiénes son sus progenitores y de dónde viene.

Estos diez argumentos que usted rebate son perfectamente válidos. Sus argumentos en contra son pueriles y sin sentido.

“¿vamos a prohibir el trabajo para evitar la esclavitud?” Con esto gana usted una discusión de instituto, tal vez.

Para seguir dándose a usted mismo la razón, tacha a los que argumentan a favor del respeto a la mujer y la maternidad como filomarxistas. Ole. Y compara alquilar un útero con el servicio que presta un profesor en una escuela. ¿Había bebido usted al escribir esto?

Señor Rallo, demuestra usted un sectarismo, un desconocimiento absoluto de la materia, y una falta de moral que son apabullantes. Le agradezco que no haya usado el argumento de “es lo mismo que donar un riñón”, no sé si porque se ha dado cuenta de su estupidez o porque se le ha olvidado (probablemente lo segundo). No tiene usted el más mínimo respeto por la vida, la dignidad del ser humano y los derechos de las mujeres.

Estas personas que, según usted, tienen derecho a formar una familia (no sé qué derecho es ese, es un privilegio) pueden perfectamente adoptar un niño. Frente a su supuesto derecho está el derecho del niño.

Un niño tiene derecho a ser concebido de forma natural, a ser engendrado por su propia madre (con la que creará un vínculo afectivo desde el primer día), a conocer quiénes son sus padres y de dónde viene él y a tener contacto con ellos. Un niño adoptado al menos tiene la posibilidad de saber de dónde viene y algún día conocer a sus progenitores. A un niño de laboratorio se le niega ese derecho de base.

No pensemos en los niños que estamos creando in vitro y cocinando in vivo. Pensemos en nuestro capricho de ser papás y mamás a toda costa.

Luego pasa como a Samanta Villar, que se arrepiente con el primer desvelo.

“En definitiva, el señor Rallo (léase, Mengele) que apoya la gestación subrogada no proporciona ningún buen argumento en su favor. Más bien, su manifiesto es una recopilación de prejuicios y contradicciones que únicamente pretende esconder la vomitiva ideología de fondo que destila. No proporciona argumentos razonables, sino apariencias de argumentos para justificar ante la sociedad sus dogmas y para, en última instancia, iniciar una campaña de propaganda que, por un lado, siga defendiendo la mercantilización de la mujer y, por otro, sirva como vehículo para insuflar culturalmente un marco analítico amoral y, por ende, antagónico con los derecho básicos fundamentales”.

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