Tonterías selectas

¿De quién es un trozo de galaxia?, de Javier Sampedro

No saber o no querer saber, de J. Ernesto Ayala-Dip, crítico literario

Hace unas noches, visioné por TV3 un interesante documental sobre la figura de Amancio Ortega, el hombre más rico del mundo. En determinado momento del programa, los periodistas interrogan a la gente que merodea por una tienda de Zara. La cámara se fija en dos mujeres radiantes de alegría. Acaban de salir de la tienda con bolsas de la firma. El periodista les pregunta a las señoras si frecuentan mucho Zara. Y ellas contestan que suelen hacerlo unas dos o tres veces por semana. Era obvio que estas mujeres estaban tan contentas por las compras a precio de saldo que acababan de realizar. Y con diseños al último grito de la moda.

Me pregunté si esa alegría hubiera proseguido en sus rostros si hubieran sabido cómo Inditex copia todo lo copiable y hace que miles de mujeres, en países asiáticos, trabajen a dos euros por día para que ellas disfruten de esos modelitos tan al alcance de sus manos una o dos veces por semana. Esa alegría hubiera desaparecido inmediatamente. No me cabe la menor duda. Mientras tanto, no saber les permite vivir al margen del dolor que comporta un tipo determinado de explotación.

Hay mucha gente en el mundo que no sabe lo que debería saber.

Derecho a la cultura, de Antonio Rovira, catedrático de Derecho Constitucional y director del máster en Gobernanza y Derechos Humanos (Cátedra Jesús Polanco. UAM/Fundación Santillana)

El juego de la piñata en un cumpleaños como metáfora del capitalismo canalla, de Iker Armentia

Vientres de alquiler o la mercantilización de la vida, de Lina Gálvez

Una vez que la criatura encargada, comprada hablando en propiedad…

… Como es lógico, tratándose de un comercio que tan evidentemente implica traficar con el cuerpo y los sentimientos de seres humanos, las empresas que lo promueven y se lucran con él tratan de disimular que detrás de la subrogación hay mujeres obligadas a renunciar a algo que es parte de ellas, madres a las que se obliga a dejar de serlo, y una ruptura de un lazo biológico, psicológico, emocional y amoroso esencial para la vida.

… Los videos promocionales se centran en las parejas demandantes, normalmente blancas y heterosexuales, aunque las estadísticas nos digan que a esta práctica acceden principalmente parejas de hombres homosexuales. En parte por la discriminación que sufren al no pasar normalmente las pruebas de idoneidad para adoptar. Supongo que con esta práctica publicitaria que desde mi punto de vista tiene bastante de homófoba, de presentar como modelos de estas transacciones a parejas heterosexuales, estas empresas pretenden legitimar la idea de que en realidad no sólo se trata de un acto de altruismo sino incluso hablan de que lo que se establece es un lazo de solidaridad entre mujeres. Estas empresas tienen eslóganes como “Da vida a otras vidas” o “Un viaje a la vida”, pero nunca enseñan en sus páginas web un viaje a la vida de las mujeres que se embarcan en el deshumanizador proceso de mercantilizar su vientre, su cuerpo y su vida.

… Aludir, como se suele hacer, que estas mujeres ayudan a otras familias libremente, que alquilan sus vientres y mercantilizan su cuerpo y su vida libremente, es negar que no hay libertad completa cuando se es pobre, cuando no es posible garantizar la supervivencia de una misma o de su familia. Además de despreciar los costes físicos y emocionales de un proceso de reproducción asistida y sobre todo, de una gestación, algo solo comprensible si se deshumaniza a la persona, a las mujeres que se someten en este caso, a estas transacciones. La libre elección es un mito que cada vez nos venden mejor.

… Claramente, las mujeres dejan de ser en ese momento un fin en sí mismas, como todo ser humano debería ser, para pasar a ser un medio para los fines de otros, el del beneficio privado y la mercantilización.

… Nunca he dudado de las buenas intenciones de las personas que acceden a estos servicios, de la nobleza de sus deseos de dar a una criatura amor y un espacio donde crecer cómodamente. Pero no es cierto que esos niños y niñas estén ya en el mundo y que por tanto, haya que ampararlos, como sin duda hay que amparar a cada criatura. Esos niños y niñas se encargan a través de transacciones mercantiles que deshumanizan a las mujeres que los gestan convirtiéndolas en unas meras vasijas. Y no se nos debe plantear como natural que se mercantilice, alquile, el vientre de una mujer para cumplir el deseo de una persona o una pareja de acceder a la paternidad. Ni tampoco como una vía fácil de salir de la pobreza para esas mujeres y sus familias.

Karl Polanyi, en su acertado análisis sobre el triunfo del sistema capitalista, decía que éste se caracterizaba por la mercantilización de aspectos que hasta ese momento no habían estado sujetos a una lógica mercantil o capitalista como el dinero, la tierra y sobre todo, el trabajo humano. El su libro “La gran transformación” nos hablaba del conflicto que históricamente se había planteado entre el proyecto político de mercantilización –impuesto con el triunfo del estado liberal y la sociedad y economía de mercado-, y el proyecto político de protección social fruto de luchas políticas y sociales que derivaron en lo conocemos como estado social.

Polanyi escribió sobre estos procesos en los años cuarenta del siglo pasado y no tuvo tiempo de ver el proyecto hipermercantilizador que ha traído la revolución neoliberal. No obstante, él ya previó que si se mercantilizaba una parte tan importante de la vida como el trabajo de las personas, se acabaría mercantilizando todo, y claro, ahora también mercantilizamos los vientres de las mujeres y la propia vida y encima nos lo quieren vender como algo natural y una transacción que se realiza libremente entre iguales.

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