Tonterías selectas

No compren bitcoins, de José Garía Domínguez

… como todo el mundo sabe, no existe ninguna relación, ni jurídica ni tampoco de ningún otro tipo, entre los billetes que guardamos en la cartera para efectuar los pagos de nuestras compras y esos lingotes amarillos escondidos en un angosto subterráneo.

… En los años setenta de la centuria pasada tal vez se podría haber justificado esa manía de amontonar oro en sótanos con la excusa de que servía para hacer dientes postizos. Pero hace décadas ya que ni siquiera los malos de los tebeos lucen aquellas muelas falsas tan radiantes.

… La verdad es que no existe ninguna explicación racional a ese fenómeno desconcertante. Absolutamente ninguna. Los bancos centrales almacenan oro en profundas grutas porque sí. Punto. Simplemente, siguen la tradición. Como siempre se había hecho, continúan haciéndolo. La única razón es esa, la inercia. Pero hay algo más tras esa absurda devoción que sigue suscitando el metal llamado oro. Y ese algo no es más que la incomprensión sobre la genuina naturaleza del dinero. Una incomprensión a la que no son ajenos muchos economistas y que se manifiesta en toda su crudeza con fenómenos como, por ejemplo, el del bitcoin, ese llamado dinerovirtual que hace furor ahora mismo entre los devotos de internet. Porque nadie, ni siquiera los más friquis, se tomaría en serio el bitcoin si la economía neoclásica, la dominante, hubiera ofrecido una definición consistente del concepto dinero. Pero en las universidades se sigue enseñando el absurdo de que lo que confiere valor al dinero es la confianza. Un puro razonamiento teleológico que se puede remontar hasta el infinito. Creo que un billete de cinco euros tiene valor porque confío en que se lo podré colocar a alguien que, a su vez, confiará también en él porque creerá igualmente que se lo podrá endosar a un tercero que… Y si todo el asunto se basa en la mera confianza, entonces también pueden ser dinero los billetitos de colorines que vienen en las cajas del Monopoly, los bitcoins o cualquier invento que se le ocurra mañana a alguien en su casa.

Sucede, sin embargo, que no se ha entendido lo que es el dinero. Así, los billetitos del Monopoly, por mucho que alguien confíe en ellos, nunca serán dinero. Y los bitcoins tampoco. Y ello por una razón bien simple, a saber, porque el valor del dinero no se basa en la confianza. Un billete de cinco euros no tiene ningún valor intrínseco, ni objetivo ni subjetivo. Por sí mismo, y al igual que un bitcoin, no vale nada. Entonces, ¿qué es lo que convierte en dinero de verdad al billete de cinco euros, lo que hace que todo el mundo, sin excepción, esté dispuesto a aceptarlo como medio de pago? Pues algo muy simple. Lo que transmuta en dinero de verdad a un billete de cinco euros es una promesa formal del Estado. ¿Qué promesa? La promesa de que será encerrado en la cárcel durante una temporada larga cualquiera que se muestre reticente a pagar sus impuestos en esa moneda y solo en esa moneda, el euro. Es así de crudo: lo que otorga respaldo de valor al dinero son los impuestos. Todo el mundo acepta la moneda oficial del Estado como medio de pago porque todo el mundo la necesita para abonar los impuestos. No es la confianza, es Montoro. Ergo, a partir del día en que el Estado español, a través de su Ministerio de Hacienda, acepte los papelitos del Monopoly o los bitcoins para saldar las deudas tributarias del IRPF o el IVA, improbable día por lo demás, los bitcoins y esos papelitos constituirán dinero. Mientras tanto, y a imagen y semejanza de aquellos bulbos de tulipán que provocaron un delirio especulativo en la Holanda del siglo XVII, el bitcoin seguirá siendo lo que es: una peligrosa fantasía que puede dejar desplumado de la noche a la mañana a más de un pardillo.

Las chicas entran gratis a la discoteca: el neoliberalismo sexual cosifica a la mujer

Hormonas, inteligencia y brecha salarial, de Manuel Alejandro Hidalgo

… mi argumento preferido es aquel que plantea que, si realmente en igualdad de características (productividad) una mujer es discriminada, es decir, ganara menos de lo que podrían hacer dadas sus características infravaloradas, entonces los empresarios contratarían a más mujeres. Si esto fuera así, necesariamente su salario aumentaría, cayendo el salario medio de sus compañeros y, en consecuencia, la discriminación desaparecería. Por lo tanto, si existe brecha salarial es porque existen diferentes características.

Para que este argumento sea cierto —he decidido no detenerme en los primeros porque sinceramente considero que no merece la pena— necesitamos imponer varios e importantes supuestos que se me antojan muy difíciles de aceptar. El primero de ellos es que debe existir información perfecta sobre la productividad de los trabajadores. El empresario debe conocer sin ningún tipo de interferencia, como son los estereotipos y los prejuicios, cuál es la productividad de un empleado. En segundo lugar, para que el arbitraje funcione, es decir, para que se igualen los salarios, debe existir perfecta movilidad de trabajadores entre empleos y sectores. No debe existir ningún condicionamiento, no aleatoriamente distribuido, que afecte más a las mujeres. Solo así los salarios se igualarían. Sin embargo, si al menos uno de estos dos supuestos no se cumpliera en la realidad, entonces en dicho caso la brecha salarial existiría independientemente de que los trabajadores dispusieran de las mismas características medias por género. En dicho caso, si la brecha persiste independientemente de la existencia de características, tendríamos que hablar de discriminación o segregación.

Y es que la refutación de estos dos supuestos está en el corazón de la brecha salarial por género. Aunque las diferencias salariales entre hombres y mujeres se deben en parte a la existencia de diferentes características, no es menos cierto que existen elementos discriminatorios muy difíciles de explicar una vez se consideran aquellos factores que según la teoría del capital humano pudieran explicar los diferentes pagos entre hombres y mujeres. Por ejemplo, entre estos condicionantes podemos destacar parámetros sociales que terminan por afectar a la predisposición de la mujer a participar en el mercado de trabajo o, por ejemplo, simplemente a competir en igualdad de oportunidades.

… Miles de años de civilización nos han ayudado a compensar los déficits que la naturaleza nos obsequió y lo hemos compensado con la inteligencia para influir sobre ellos en pos de una mejor vida. Hagámoslo pues con todas las facetas que generan injusticias. También con la brecha salarial.

Defendamos la educación, de Cecilia Salazar, profesora de IES y miembro de la Plataforma La Educación Que Nos Une

Maternidad subrogada: ¿egoísmo o derecho?, de Isabel Serrano Fuster, ginecóloga

Cada vez escuchamos más voces sobre el extraño concepto de maternidad o gestación subrogada…

… hay que tener en cuenta que las desigualdades económicas y sociales marcan grandes diferencias en la salud y en la enfermedad. Los pobres enferman y sufren más que los ricos y es obligación de los Estados, de la sociedad y de los profesionales intentar reducir esas desigualdades. Por eso en los países modernos como el nuestro se intenta garantizar una atención universal y un acceso igualitario a los servicios de salud y a los tratamientos. Si la desigualdad afecta a algo tan preciado como conseguir o no un embarazo, se convierte en injusticia.

Los especialistas en salud asumimos que la tecnología médica disponible debe aplicarse siempre que los beneficios y resultados sean razonables, que su aplicación no perjudique a quien se exponga a ella y que no sea utilizada por minorías privilegiadas…

Confundir a la población que sufre, por ejemplo infertilidad, con tratamientos que no son tales, haciéndoles abrigar falsas esperanzas no es ético. Tampoco lo es dar la idea de que con dinero puedes conseguir el milagro de convertir en padres o madres a quienes no lo pueden ser…

… contra las dificultades para adoptar bebés, pese a haber en el mundo millones de ellos, desamparados a causa del injusto reparto de la riqueza, de la discriminación de las mujeres por razones de género o por las guerras.

Quienes defienden un marco legal que legitime usar el cuerpo de una mujer a cambio de dinero nos quieren convencer que toda persona tiene derecho a ser padre o madre olvidando algo elemental: todo derecho tiene sus límites y no se puede ejercer contra el derecho de los demás. Ser padre o madre, en sí mismo, no es un derecho humano, ni sexual, ni reproductivo; es una capacidad, que no todo el mundo tiene y que, además, no dura toda la vida. Tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, a intentar prevenir las enfermedades que puedan afectar a nuestras capacidades reproductivas, a elegir tener hijos o no y con quién, a planificar cuándo y cuántos y a que el sistema público de salud nos atienda bien y por igual. Lo demás, confundir los deseos individuales con los derechos universales es, como poco, egoísta.

Por resumir, muchos profesionales de la Medicina en relación con la llamada maternidad subrogada o vientres de alquiler afirmamos que la salud no se compra. Si nos saltamos por dinero las barreras que la biología nos impone no tardaremos en ver -ya se hace en países muy pobres- a los pudientes comprando un riñón, una córnea, un pulmón y a los desesperados vendiéndolos. Y ya de paso, algunos sin escrúpulos pagarán para que sus bebés sean altos, rubios o de un determinado sexo.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que las donaciones son altruistas. La donación de órganos, de semen y de óvulos, es por definición e imperativo legal altruista. Además en el caso de donación de órganos, el control estricto de las condiciones de donantes y receptores y la prioridad para enfermos en lista de espera no puede saltarse por privilegios.

Además, se cosifica el cuerpo de la mujer. La mujer que lleva en su vientre no dona nada. Simplemente es utilizada, como si fuera una vasija, para hacer algo tan arriesgado, física y emocionalmente, como someterse a maniobras complejas y gestar un futuro bebé para luego separarse definitivamente de él y entregarlo a alguien que no conoce de nada. Todos los sufrimientos importan. En este sentido, hablamos del dolor de las personas infértiles pero casi nadie habla de las mujeres -de India, Ucrania o EE.UU.- que bajo sutiles o burdas presiones reciben altas dosis hormonales y se someten a procesos quirúrgicos de alto riesgo. Si además son pobres e incultas y están en clara desigualdad con los contratadores e intermediarios, no podemos mirar para otro lado.

La salud es física, psíquica y social. La gestación tiene, además de riesgos no desdeñables para la salud física de las mujeres, un valor simbólico y una carga cultural y emocional enormes. Resulta pues inaceptable desde un punto de vista de salud individual y pública reducir el proceso de gestación mediante contrato al mero cobijo temporal de un embrión o feto. Con los leoninos contratos de subrogación la salud psíquica y social de las mujeres se resiente dejando secuelas de por vida.

Los bebés, también vulnerables. Sabemos lo importante que para muchos seres humanos es conocer sus orígenes y la obligatoriedad de ser educados sin mentiras. No se trata de poner en duda la capacidad de cuidados y de crianza de los padres por subrogación sino de reconocer el derecho de esos hijos a saber cómo nacieron. Un niño, niña o adolescente puede entender que fue adoptado porque sabe que no se comerció con su vida pero seguramente no entendería las condiciones y el precio que sus padres pagaron a una mujer para traerle a este mundo por encargo.

Asistimos a un nuevo embate contra la salud y los derechos de muchas mujeres, niños y niñas. Pero ahora el lobo se ha apropiado del discurso de la libertad para reconvertir el viejo drama de la explotación haciendo creer a las explotadas que lo hacen por gusto. O del viejo discurso de que todo se hace por amor… amor egoísta disfrazado de instinto paternal o maternal.

Como profesionales otra vez más tendremos que recurrir a nuestro compromiso de conciencia para evitar daño a la salud y mejorar las condiciones de vida de los más vulnerables.

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