Conflicto

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

El conflicto

Los seres vivos pueden tener conflictos unos con otros. Un conflicto es un choque o colisión de voluntades, una oposición o enfrentamiento de necesidades o valores insatisfechos: dos o más individuos o grupos quieren cosas incompatibles, están en desacuerdo o confrontados.

Un conflicto es una relación de competencia entre agentes: no es posible que ambos ganen, sino que alguno debe perder. En un conflicto hay intereses contrapuestos, como controlar algún recurso escaso o vencer al otro de algún modo: dos animales quieren poseer un territorio, ocupar un lugar mejor o hacerse con el mismo alimento; dos machos desean aparearse de forma exclusiva con una o varias hembras; dos personas quieren ganar en un debate o tener razón en una discusión con ideas contradictorias.

El conflicto es contrario a la paz, a la concordia, al entendimiento, al acuerdo, a la armonía, a las buenas relaciones de convivencia y cooperación: implica roces, fricciones, desgastes, tensiones, enemistad, rivalidad, antagonismo; trae problemas para las partes directamente involucradas, y quizás también para terceros afectados por proximidad física o por relaciones de amor o amistad con los implicados.

Un conflicto puede afectar a pocos o muchos agentes, ser más o menos frecuente o duradero, y deberse a asuntos de menor o mayor importancia. Los conflictos generan más problemas cuantos más individuos estén involucrados, cuanto más duraderos sean o más se acumulen sus efectos, y cuanto más importantes o valiosos sean los intereses implicados.

Ciertos conflictos crecen hasta alcanzar un umbral de activación, o permanecen latentes hasta que estallan: una enemistad que se agrava de forma progresiva, o una mala relación familiar o vecinal que se aviva por algún evento desencadenante, como una reunión en la cual se junta a individuos que no se llevan bien.

Para ciertos conflictos menores puede resultar eficiente no resolverlos, ya que a veces el coste o riesgo de la solución es mayor que el daño causado por el problema original.

Como un agente no sólo utiliza recursos sino que él mismo constituye un recurso que puede ser utilizado por otros (como alimento, como mecanismo de reproducción, o como fuerza de trabajo), el origen del conflicto puede estar en el control del cuerpo de un agente directamente involucrado en el mismo: un depredador quiere comerse a una presa que no desea ser devorada; un macho desea violar a una hembra; un humano quiere esclavizar a otro; un grupo intenta conquistar a otro.

En algunos conflictos, típicos de la convivencia próxima en entornos sociales, un individuo molesta a otro y le provoca algún perjuicio o malestar (ruidos, malos olores, suciedad, bloqueo del paso o de la vista): en estos casos la víctima de la externalidad negativa no pretende controlar completamente la conducta de quien molesta, sino solamente impedir los perjuicios que recibe.

Los conflictos son fuente de cambios sociales como resultado de las tensiones no equilibradas entre los diversos intereses y capacidades de los miembros de un grupo. Fuentes importantes de conflictividad en los grupos son la gestión de lo común, la toma de decisiones colectivas, la asignación de puestos jerárquicos de mando (el poder y la autoridad), el reconocimiento del estatus social, los privilegios de unos a costa de otros, el reparto de las cargas y beneficios del funcionamiento del grupo (deberes y derechos), y el establecimiento y la aplicación de las normas de convivencia.

Normas, lenguaje, árbitros

Algunos conflictos se dirimen mediante el uso de la fuerza física o la violencia: el más fuerte o poderoso se impone sobre el más débil. Los individuos con voluntad conciliadora evitan imponer sus intereses mediante la fuerza o al menos tratan de justificar su uso.

Para evitar el uso destructivo de la fuerza y sus daños asociados, en algunas ocasiones los conflictos pueden evitarse, minimizarse o resolverse mediante la aplicación de normas de conducta que protejan o delimiten intereses e indiquen cómo se controlan o distribuyen los recursos: no agredir o atacar a otros sin justificación, respetar la propiedad ajena, repartir los frutos del esfuerzo común según la aportación efectuada. Estas normas pueden ser tácitas, no articuladas, no expresadas mediante ningún lenguaje: son mecanismos mentales íntimos, emociones o sentimientos morales instintivos o aprendidos mediante imitación que operan como inhibidores o censores de conductas problemáticas, o como activadores o promotores de comportamientos que facilitan la convivencia con otros.

Los agentes capaces de comunicarse mediante algún lenguaje suficientemente sofisticado pueden además explicitar y transmitir estas normas, discutir sobre ellas, explicar, precisar o aclarar su contenido, o generar normas nuevas que sustituyan o complementen a las anteriores. El lenguaje permite a los individuos entenderse, justificarse, ofrecer su visión de los hechos, pedir explicaciones o explicar a otros las razones y circunstancias de su conducta. Sin embargo la capacidad lingüística no garantiza el éxito en la resolución pacífica de conflictos, ya que las partes podrían no alcanzar ningún acuerdo consensuado satisfactorio para todos.

En principio es posible evitar, minimizar o resolver conflictos recurriendo a normas previas imparciales generalmente aceptadas o pactadas. Sin embargo el desacuerdo sobre las reglas imperantes (su contenido y significado: cuáles son y cómo se interpretan) o su aplicación a casos concretos (posibles incumplimientos de la ley) puede a su vez ser causa de graves conflictos sociales.

Los agentes pueden intentar imponer a los demás sus preferencias particulares mediante las leyes que afectan a todos: compiten por determinar el contenido de las normas sociales, ya que estas son potentes herramientas de restricción y control de la conducta ajena (las normas son armas); intentan establecer leyes que los beneficien a costa de otros (privilegios), y tratan de evitar leyes que los perjudiquen.

Las violaciones de las reglas pueden ser difíciles de probar, y los incumplidores, delincuentes o criminales pueden mentir y negar su culpabilidad: hacen trampa doblemente, al incumplir la ley y al negar su delito. También es posible acusar a inocentes por error, para perjudicarlos (sobre todo si el sistema judicial es imperfecto o corrupto), o para distraer la atención de los auténticos culpables.

Las normas pueden ser ignoradas por quienes son suficientemente hábiles como para no ser descubiertos, por quienes valoran más lo conseguido con su incumplimiento que el posible castigo, y especialmente por quienes son tan poderosos que no temen el castigo asociado a las mismas ya que este no se llevará a cabo: un sistema normativo exige de algún poder suficiente para obligar a su cumplimiento, y ese poder no siempre está disponible.

Para evitar problemas de parcialidad entre los implicados es posible recurrir a terceros presuntamente imparciales que actúen como árbitros, mediadores o jueces que intentan resolver el conflicto. Pero los jueces también pueden corromperse, prevaricar, abusar de su poder, venderse a una de las partes u operar en su propio beneficio a costa de todos los demás. Es importante entender que el hecho de que un conflicto requiera un juez imparcial no es equivalente a que deba haber un mismo juez imparcial para todos los conflictos. La posibilidad de elegir a los árbitros es esencial para que las partes involucradas controlen la calidad del arbitraje: el monopolio coactivo de la justicia es muy peligroso.

El lenguaje puede utilizarse para evitar, minimizar y resolver conflictos (hablando se entiende la gente), pero también puede emplearse para provocarlos o agravarlos: es una herramienta que puede utilizarse para la paz y para la guerra, para la cooperación y para la competencia, para la amistad o para la enemistad.

Algunos gestos simbólicos o conversaciones sirven para unir, para conciliar, para llevarse bien, para demostrar amistad, para tejer lazos de cooperación y forjar alianzas; pero el lenguaje también sirve para separar, para hacer daño, para mostrar enemistad, para resaltar las diferencias con el enemigo. Es posible dialogar para evitar un conflicto violento: informo de un daño y reclamo pacíficamente una reparación; pido disculpas por daños u ofensas; muestro respeto e interés por el bienestar y el honor del otro; explico las motivaciones de acciones problemáticas; aclaro malentendidos; intento comprender al otro; intento calmar los ánimos. Pero también es posible que la comunicación degenere en un conflicto violento: insultos, ofensas, acusaciones, amenazas, mentiras, engaños.

El diálogo es una herramienta social imperfecta: la gente miente, distorsiona la verdad a su favor, o sufre de sesgos que le impiden reconocer la verdad. Participar en un diálogo no implica inocencia ni buena voluntad: los delincuentes responsables de algunos daños o conflictos pueden proponer hablar y negociar para llegar a acuerdos como una estrategia de engaño y distracción en lugar de reconocer su culpabilidad y asumir su castigo.

El lenguaje puede servir para incrementar la escala y gravedad de los conflictos: es una poderosa herramienta de coordinación que hace crecer el poder de actuación de un grupo, y este poder es útil en un conflicto violento contra otros grupos también organizados mediante el lenguaje; el grupo se cohesiona e identifica con un idioma común y se diferencia del exterior porque su idioma es diferente, quizás incomprensible para los otros; el grupo se organiza mediante el uso del lenguaje, compartiendo información, transmitiendo instrucciones, dando ánimos, fortaleciendo la moral. Con el lenguaje es posible negociar acuerdos para evitar un conflicto violento, pero también es posible negociar alianzas para ser más fuertes en un conflicto violento contra otros.

En las confrontaciones o conflictos verbales en lugar de utilizar la violencia física las personas discuten, hablan y argumentan a su favor y contra otros, defienden sus ideas y atacan las de los adversarios, tratan de vencer o imponerse en los debates, compiten con su inteligencia e ingenio; algunas veces pueden intentar ofender o humillar mediante insultos y burlas. Como a los humanos suele preocuparles mucho su honor o reputación, las derrotas en debates o las provocaciones verbales suficientemente graves pueden provocar resentimiento y degenerar en peleas.

El conflicto violento

Si un conflicto no se evita o resuelve de forma pacífica, entonces un agente puede utilizar la fuerza de forma violenta contra una víctima: mediante el daño o la amenaza del mismo el agresor intenta imponer su voluntad y dominar, expulsar, neutralizar o destruir al otro, o tal vez quitarle la posesión de algo valioso. La agresión consiste en causar algún daño físico, en hacer algo destructivo y perjudicial contra otro agente (heridas, enfermedad, muerte) o su propiedad (robo, invasión, destrucción).

También se puede utilizar la fuerza como reacción defensiva o contraataque para detener una agresión y evitar ser dañado, dominado, expulsado o destruido, o para mantener la posesión de algo valioso: la posibilidad del uso de la fuerza por un defensor puede disuadir a un potencial atacante, ya que el agresor corre el riesgo de sufrir daños y pérdidas por las acciones defensivas violentas.

Algunos conflictos son asimétricos en el sentido de que una parte quiere agredir a la otra pero no a la inversa: el depredador quiere comerse a la presa pero la presa no quiere comerse al depredador; el esclavista quiere capturar al esclavo pero el esclavo sólo desea evitar al esclavista y que le dejen en paz; el ladrón quiere hacerse con la propiedad de la víctima pero no al revés. Otros conflictos son simétricos y cada parte quiere dominar o expulsar a la otra: conflictos por estatus social, de machos por emparejamiento con hembras, de animales por control de recursos externos.

Los roles en un conflicto pueden referirse a quien posee previamente un recurso como propietario frente a quien quiere cambiar la situación y hacerse con el control del recurso: titular (incumbente) contra aspirante, defensor contra atacante, dueño contra ladrón. En algunos conflictos no hay propietario inicial y ambos agentes participan como aspirantes. El hecho de ser un propietario establecido puede otorgar alguna ventaja en el conflicto: mejor situación estratégica, mejor conocimiento de las circunstancias, mayor motivación e interés por resultar vencedor (aversión a pérdidas), más apoyo de terceros imparciales.

La fuerza puede utilizarse para cambiar la posesión de un objeto (robo por la fuerza o recuperación forzosa de lo robado) y para conseguir o evitar alguna conducta mediante amenazas o castigos. En algunos casos el agente que utiliza primero la violencia contra el otro es el causante del conflicto, pero esto no siempre es así: es posible hacer algo físicamente no violento que provoque un conflicto violento, como un hurto o robo sin fuerza, o un incumplimiento de un acuerdo contractual. Que un agente sea el primero en utilizar la fuerza física no implica que sea el causante o responsable del conflicto: según criterios de justicia o ética la fuerza puede utilizarse de forma legítima para evitar un robo o para recuperar algún objeto robado sin violencia (hurto), como castigo por la violación de alguna norma, o por el incumplimiento de un contrato. Los agentes con capacidades morales, como los seres humanos, a menudo intentan justificar su uso de la fuerza contra otro como la respuesta a una agresión, robo o incumplimiento previos por su parte.

Un conflicto violento es una interacción entre dos partes contrarias u opuestas (enemigos, contrincantes, rivales, antagonistas, adversarios) en la cual hay como mínimo una agresión o ataque inicial por una parte. El agredido puede intentar protegerse o defenderse, o no, según su capacidad y voluntad. A menudo ambos contendientes atacan y se defienden: en un conflicto con ambas partes activas cada agente intenta hacer daño al rival para que este no pueda o no quiera seguir luchando, para que quede inerte (impotente, inerme) o se rinda.

Los conflictos violentos existen en todos los ámbitos de la vida: pueden suceder entre organismos de la misma especie o de especies diferentes, y pueden darse entre todos los seres vivos de cualquier tipo y tamaño, desde los microorganismos a los organismos macroscópicos (pequeños contra pequeños, pequeños contra grandes, o grandes contra grandes). Los organismos multicelulares macroscópicos pueden disponer de un sistema inmune a escala microscópica para luchar contra los microbios patógenos.

La capacidad de movimiento, percepción e inteligencia de los animales los convierte en los principales protagonistas de los conflictos violentos entre organismos multicelulares. Las plantas son inmóviles pero pueden parasitar a otras plantas o incluso cazar animales (plantas carnívoras); sus defensas son físicas (cortezas, espinas, cáscaras) o químicas (venenos, señales que atraen a los depredadores de sus atacantes). Los hongos pueden defenderse mediante venenos.

Algunas presas típicas de un depredador son individuos vulnerables con menos capacidad de defenderse como los huevos, las larvas, las crías o los organismos juveniles (que por ello suelen recibir protección especial de sus progenitores), y los heridos; los enfermos son problemáticos porque pueden transmitir alguna enfermedad al depredador. Los carroñeros se alimentan de organismos ya muertos con los cuales no hay ningún conflicto, pero sí puede haberlo con otros carroñeros competidores.

Psicología y economía del conflicto violento

Los agentes luchan porque quieren y pueden: porque perciben algún beneficio (o minimización de pérdidas) si pelean, y porque tienen capacidad de hacerlo. Los agentes no luchan, o dejan de luchar, cuando no quieren (o no lo necesitan) o no pueden hacerlo.

La lucha violenta intencional es un acto simultáneamente afectivo y racional, volitivo y cognitivo. Tiene componentes emocionales y pasionales importantes como la indignación, la ira o el odio al enemigo, el deseo de venganza por los daños recibidos, el miedo al peligro, el amor por aquellos a quienes se intenta proteger, la vergüenza por la cobardía, el deseo del premio o botín para el vencedor, el hambre del cazador, el deseo sexual del macho que compite para poder copular con hembras. La violencia es racional en el sentido de que cada agente participante en un conflicto decide qué hacer según los beneficios o pérdidas esperados: lucha o no según su capacidad, según el valor esperado de lo conseguido y según los costes y riesgos previstos de cada curso de acción.

Las nociones de racionalidad y voluntad se entienden fácilmente en seres humanos pero pueden ser problemáticas o parecer forzadas para agentes más simples sin un sistema nervioso sofisticado. Sin embargo todo organismo dispone de un sistema de control cibernético capaz de tomar decisiones de acción utilizando información (cognición, inteligencia) y algún criterio de valor relacionado con su supervivencia y desarrollo (intereses, voluntad, preferencias, valoraciones, emociones, sensaciones).

La acción en un conflicto violento puede ser controlada de forma reflexiva, consciente, intencional, o mediante automatismos o reacciones reflejas o inconscientes. Hay control consciente y pensamiento reflexivo en la preparación estratégica para la batalla y en los momentos de descanso u observación mutua; hay automatismos en los movimientos rápidos adecuados para la pelea o la huida.

La capacidad de luchar puede incrementarse mediante la acumulación de recursos y el entrenamiento: el éxito en el combate debe prepararse de antemano. La lucha consume energías y cansa, y además los daños o heridas causados por el combate violento tienden a reducir o incluso anular por completo la capacidad de acción de los combatientes: agotamiento físico, pérdida o daño de algún órgano, miembro o extremidad. Según la naturaleza del conflicto (su intensidad, duración, problemas logísticos) las partes pueden tener la oportunidad de descansar, reponerse, reparar los daños y avituallarse: periodos de descanso entre batallas en una guerra; pausas entre los asaltos en un combate de boxeo.

La capacidad de luchar se incrementa si se dispone de armas ofensivas y defensivas, que pueden ser parte del propio organismo u objetos externos. Las armas y los escudos son escasos y costosos: hay que producirlos y además cargar con ellos o vivir dentro de ellos, lo que puede limitar la capacidad de movimiento.

El deseo de luchar depende de las oportunidades y riesgos percibidos. El combate puede desgastar la voluntad de los combatientes (cansancio, desmoralización, miedo ante la superioridad del otro; arrepentimiento al ver el sufrimiento ajeno) o intensificarla (deseo de revancha, lucha a vida o muerte por desesperación). La voluntad de luchar puede extinguirse también si no es necesario hacerlo porque el enemigo se rinde o ha sido derrotado.

Algunos combates como la interacción entre depredador y presa son asimétricos en el sentido de que el depredador lucha para comer mientras que la presa lucha para sobrevivir: la derrota del depredador sólo es un intento fallido y puede haber otras ocasiones de conseguir comida; la derrota de la presa implica su muerte; el depredador puede permitirse algún fallo, pero no puede permitirse fallar siempre; la presa no puede permitirse fallar nunca. Las heridas pueden llevar al final del combate: a la presa puede bastarle herir al depredador para disuadirlo, y el depredador puede matar a la presa con más facilidad después de herirla.

En el conflicto entre parásito y huésped (o esclavista y esclavo) al parásito le interesa mantener vivo al huésped, al menos mientras no pueda encontrar uno nuevo: también le interesa que el huésped sea capaz de generar recursos disponibles para ser parasitados.

El conflicto violento como competición estratégica

Un conflicto violento es una relación de competencia, una competición de uno contra otro (o unos contra otros) en la cual una parte consigue algo a costa de la otra (juego de suma cero o negativa que tiende a destruir valor). Al final de la lucha suele haber un vencedor y un vencido. El derrotado pierde, muere, se rinde o huye. El vencedor gana, pero en algunos casos las partes pueden causarse daños tan graves que incluso el lado victorioso sufre pérdidas netas (victoria pírrica). Algunos conflictos violentos son tan catastróficos que las partes pueden llegar a destruirse mutuamente, como una pelea entre animales que los deja tan malheridos que ambos mueren, o una guerra de de aniquilamiento total por ambas partes.

Un conflicto violento es una interacción estratégica con riesgo e incertidumbre: el resultado final depende de la acción de ambas partes porque ambos son agentes (no es como la acción más sencilla de un solo agente sobre algo inerte); cada agente intenta predecir qué va a hacer el otro y adapta su conducta al comportamiento esperado, sabiendo que el otro hace lo mismo de forma recursiva (intento predecir lo que el otro va a predecir sobre mí); además de intentar predecir al otro, cada parte puede intentar confundir, engañar o sorprender al adversario con señales falsas o trampas (faroles, señuelos, cebos, fintas); cada contendiente intenta influir sobre la capacidad y la voluntad del enemigo para reducir su poder y su moral y conseguir que no pueda o no quiera seguir luchando.

La posibilidad de un conflicto violento depende de las percepciones de los posibles combatientes: cada agente decide si lucha o no según su estimación de su propia capacidad y de la capacidad del adversario. El conflicto puede parecer más probable si una parte se cree más fuerte que la otra y predice una mayor probabilidad de éxito: sin embargo la parte más débil puede evitar la lucha y huir, esconderse o someterse (paz entre opresores y oprimidos, aceptación de jerarquías de estatus social, pagar a cambio de no ser agredido). La igualdad aproximada de fuerzas puede implicar equilibrios sin agresión (por la previsión de pérdidas por ambas partes) o peleas para averiguar quién es el más fuerte (duelos, competiciones por estatus). Si el resultado del conflicto está claro, la parte más débil tiende a evitarlo: el más débil se somete ante el más fuerte. Los individuos cuya fuerza relativa no está clara luchan para determinar su situación. En los conflictos por estatus a ambas partes puede interesarles minimizar costes, y lo consiguen si se limitan a luchar solamente en la medida en que no esté claro quién es el superior: el perdedor reconoce su inferioridad y se rinde.

Los rivales pueden utilizar señales informativas de su capacidad y voluntad de combate para así determinar relaciones de superioridad y dominio. Sin embargo estas señales podrían ser fingidas: faroles para asustar pretendiendo más fuerza de la real, o hacerse el débil cuando se es fuerte para provocar el acercamiento de un rival confiado al cual sorprender. Las señales honestas informativas suelen ser costosas y reflejan fielmente la fuerza superior (tamaño, número, armas), la voluntad de lucha (pasiones como la ira desatada) o la voluntad de sumisión (entregar las armas, colocarse en posición vulnerable al arrodillarse, o introducir la yugular en las fauces del rival como hacen los lobos).

Renunciar al conflicto violento puede minimizar el riesgo de daños de la parte débil, evitando la muerte o heridas graves, pero también implica costes como el precio de la sumisión (confiscación de riqueza, esclavitud) o la renuncia al valor del objeto del conflicto. El dominador debe dosificar su agresión para mantener la sumisión y evitar la rebelión o revolución del débil, la cual puede suceder si el dominador se muestra demasiado débil o demasiado violento, o si las posiciones relativas de fuerza cambian.

Los conflictos pueden y suelen involucrar a más de dos agentes, al menos de forma indirecta, cuando las partes tienen cooperadores u otros individuos afectados por el resultado: un animal caza a una presa para alimentar a sus crías, otro lucha para defender a sus crías de un depredador; varios individuos se unen para atacar o defenderse juntos.

Capacidades para el conflicto violento

Los seres vivos disponen de múltiples y diversas estructuras y funciones para el ataque y la defensa, para la búsqueda y la ocultación. El éxito en conflictos violentos requiere capacidades ofensivas y defensivas de percepción, inteligencia y ejecución de movimientos: detectar al rival y tal vez evitar ser detectado, pensar y decidir qué hacer con la información disponible, y realizar acciones ofensivas o defensivas.

La inteligencia estratégica se utiliza para planificar, para imaginar y considerar diversas alternativas y circunstancias, para recordar casos similares, para intentar predecir las actuaciones del rival y para engañarlo, confundirlo o sorprenderlo interfiriendo con su capacidad de predecir y haciendo que cometa algún error.

Estas habilidades de los organismos son adaptaciones que tienden a desarrollarse de forma competitiva en carreras de armamentos evolutivas: una mejora de un participante implica presiones selectivas para los demás competidores. Si una presa consigue un mejor camuflaje su depredador debe mejorar su capacidad de percepción, y viceversa; si un depredador alcanza mayor velocidad o agilidad en la persecución su presa debe mejorar en esos mismos aspectos, y viceversa. Los organismos que no consiguen aptitudes suficientes tienen menos probabilidad de sobrevivir y reproducirse.

A largo plazo las especies de presas tienden a huir de sus depredadores buscando y ocupando nichos ecológicos más seguros, con menos amenazas (ambientes marginales, novedosos, con condiciones extremas), y tienden a adaptarse a ellos: sin embargo los depredadores suelen seguirlas y así se mantienen las presiones evolutivas para ambas partes. Los depredadores también pueden explorar nuevos entornos y oportunidades.

Una especie de presa potencial que pase mucho tiempo en un entorno sin enemigos (como las islas para algunas aves) puede perder capacidades defensivas (como su armamento o el miedo instintivo) y sucumbir ante la llegada repentina de un depredador. Una presa puede sucumbir también ante la aparición de un depredador nuevo y especialmente poderoso (como los cazadores humanos de especies extintas como el mamut y el pájaro dodo).

Muchas estructuras y funciones orgánicas para el ataque y la defensa son genéticas e instintivas. Algunos animales pueden desarrollar sus habilidades para la lucha, especialmente en la caza, mediante la práctica: los jóvenes juegan entre ellos o aprenden de los adultos.

Un conflicto violento en forma de combate requiere que los contendientes estén suficientemente próximos como para conseguir un contacto directo entre los organismos, o a una distancia adecuada para el lanzamiento de algún tipo de arma. Los rivales contactan físicamente, lanzan objetos o emiten sustancias nocivas; intentan golpear y evitar o amortiguar los golpes, impactos u otras formas de daño.

Antes del contacto físico entre los agentes participantes en el conflicto violento puede haber otras acciones más o menos importantes o difíciles de búsqueda, ocultación, huida, persecución y refugio. Estas funciones o acciones son más o menos relevantes para cada organismo según cómo sean sus habilidades y las de sus rivales: un agente más débil en la lucha necesita ser más hábil en la ocultación, la huida o el refugio; un agente más fuerte no necesita tanto ser capaz de esconderse, escapar o refugiarse. Las diversas especies de organismos tienen diferentes combinaciones de habilidades para tener éxito en los conflictos violentos, participando en ellos o evitándolos.

En algunos conflictos o partes de los mismos ambas partes quieren combatir (como animales peleando para establecer su estatus, o machos luchando por aparearse con las hembras, o dos ejércitos enfrentándose a campo abierto): no hay procesos de búsqueda, ocultación, huida o persecución; los contendientes son miembros de un mismo grupo que conviven en un mismo lugar o se juntan para luchar.

En algunos conflictos, típicos de depredadores y presas, una parte (la presa) no quiere luchar (salvo que no quede más remedio y como último recurso): intenta no ser localizada o alcanzada, se esconde o se refugia, o escapa cuando ha sido detectada. El agresor debe buscar a su víctima, perseguirla, alcanzarla y superar las defensas de su refugio. Algunos atacantes buscan activamente al rival; otros lo esperan escondidos para sorprenderlo: acechan, vigilan, se ocultan.

Para percibir al otro los agentes disponen de sensores: sentidos como olfato, gusto, tacto, vista, oído, sensores eléctricos. Para no ser detectados o confundir al rival existen escondites, sistemas de camuflaje, mimetismo o cripsis (confundirse con el entorno, permanecer inmóvil para no contrastar, parecerse a otro organismo), estrategias de distracción, y mecanismos de confusión o incapacitación de los sentidos del rival (tinta de calamar, señuelos, interferencias, daño o destrucción de los sensores).

En lugar de pasar desapercibidos, algunos agentes tienen rasgos llamativos (colores, patrones geométricos) que sirven como señales de advertencia a sus potenciales agresores (aposematismo) de peligro (venenos, armas especiales) o de no ser comestibles (sabor desagradable).

Algunos depredadores que buscan activamente a sus presas intentan no ser detectados para así poder acercarse lo máximo posible, sorprenderlas y evitar que escapen: avanzan agazapados, se camuflan, son silenciosos, se mueven contra el viento para evitar que detecten su olor. Algunos depredadores permanecen escondidos y al acecho para cazar: esperan a que sus presas pasen cerca para lanzar su ataque (rana que atrapa insectos con su lengua), las atrapan o capturan en alguna trampa (arañas y sus telas), y quizás las atraen con algún cebo (pez pescador).

Algunas presas permanecen mucho tiempo escondidas, de modo que no son localizadas, o en refugios donde no están al alcance de sus depredadores aunque estos sepan que están allí (guaridas, nidos, madrigueras): sin embargo los animales no pueden permanecer indefinidamente en sus refugios porque necesitan salir a buscar comida; las crías dependen de que sus progenitores traigan alimento, y eventualmente deben madurar y valerse por sí mismas. Un refugio puede ser un lugar natural (un iceberg o la tierra para una foca y una orca, un árbol para una ardilla) o algo construido por los animales (nidos en altura, madrigueras excavadas bajo tierra). Los escondites o refugios no son perfectos: los depredadores los buscan activamente porque ahí suelen encontrar huevos o crías vulnerables que no pueden huir o defenderse; para reducir estos peligros algunos refugios como las madrigueras disponen de salidas de emergencia.

Una forma que tienen algunas presas de evitar ser detectadas es estar activas de noche, cuando la visibilidad es menor, con sus sentidos especialmente adaptados a esas circunstancias: sin embargo existen depredadores nocturnos cuyos sentidos también están adaptados a esas condiciones.

Los movimientos de ataque y defensa pueden requerir estructuras corporales (musculatura, esqueleto) y habilidades funcionales psicomotrices para correr, reptar, rodar, trepar, nadar, bucear, volar, y fintar con velocidad, aceleración, agilidad, resistencia, fuerza y potencia.

El conflicto puede incluir una persecución o carrera: el atacante debe alcanzar e inmovilizar o capturar al defensor y este puede intentar escapar, esconderse o refugiarse. La persecución puede estar preparada de antemano, tanto por el perseguidor como por el perseguido, para tender trampas al rival o provocar circunstancias de superioridad de las cuales sea difícil escapar (emboscada, encerrona).

En algunos conflictos la diferencia de tamaño y poder es tan grande que unos organismos devoran rápidamente a otros más pequeños que no tienen tiempo ni capacidad de defenderse.

El conflicto violento implica algún tipo de contacto físico próximo (combate cuerpo a cuerpo) o lejano (objetos o sustancias nocivas lanzadas con puntería para impactar con el objetivo). Los rivales pueden intentar agarrar, morder, desgarrar, despedazar, desmembrar, romper, cortar, pinchar, golpear de forma directa al otro; o pueden lanzar proyectiles sólidos o fluidos (contundentes, cortantes, punzantes, explosivos, venenos, irritantes) y evitar los impactos. El atacante intenta alcanzar las zonas más vulnerables que el defensor debe proteger con especial cuidado.

En el contacto físico las armas ofensivas se enfrentan contra sí mismas (cornamenta contra cornamenta, espada contra espada) y contra los escudos defensivos: las estructuras para hacer daño colisionan con las destinadas a evitar o minimizar daños; extremidades (puñetazos, patadas, coces), garras, pezuñas, picos, dientes (colmillos), mandíbulas, aguijones, cuernos, astas, pinzas, espadas, lanzas, hachas, proyectiles (piedras, flechas, balas) se enfrentan entre sí y a membranas, paredes, conchas, caparazones, piel gruesa, espinas, corazas, escudos, murallas. A escala celular los organismos están delimitados y protegidos por una membrana y quizás una pared protectora que el atacante puede intentar destruir o penetrar con alguna manipulación física o química.

Además de los objetos contundentes, cortantes o punzantes y sus escudos asociados que funcionan mediante principios físicos simples (energía cinética, momento lineal, capacidad de penetración y amortiguación, resistencia a impactos), muchas formas de materia y energía pueden ser utilizadas como armas ofensivas o defensivas: químicas (venenos y antídotos, toxinas y antitoxinas, irritantes, olores o sabores repulsivos, enzimas para destruir paredes y membranas celulares), biológicas (patógenos infecciosos para enfermar al rival), térmicas (calor), fuego, explosivos (bombas), eléctricas (descargas eléctricas), electromagnéticas (láser), nucleares (bombas atómicas, radiación). Las armas químicas y biológicas son moléculas o microorganismos que alcanzan a sus víctimas mediante mordisco, inyección, contacto o difusión.

Algunos sistemas sirven para inmovilizar o retener al rival: redes (arañas), sustancias pegajosas, jaulas, cuerdas y nudos, esposas.

Es posible aprovechar el entorno y sus cambios para neutralizar, dañar o matar al rival: provocar caídas traumáticas en la huida, asfixiar dentro o fuera del agua, caer en arenas movedizas.

Una conducta defensiva especial es hacerse el muerto: algunos depredadores sólo comen lo que han matado ellos mismos, se sienten confundidos o demasiado confiados por la inmovilidad de la presa, que aprovecha la oportunidad para escapar.

Conflicto violento, grupos y guerra

Una forma especialmente eficaz y eficiente de incrementar la capacidad para el conflicto violento es actuar en grupo: la cooperación organizada con otros agentes permite incrementar mucho la capacidad ofensiva y defensiva sumando fuerzas (al mismo tiempo o por turnos), dividiendo el trabajo y quizás especializándose en diferentes funciones complementarias. Algunos buscan alimento, otros construyen el nido, otros vigilan, otros cuidan de las crías, otros luchan; unos pelean y otros descansan; en la caza unos buscan, otros asustan y persiguen, otros bloquean el escape, otros abaten a la presa; en la defensa se cierran filas para proteger a los más vulnerables; en la guerra no todos los ciudadanos son soldados, y estos se especializan para usar armas diferentes (infantería, artillería, caballería, armada, fuerza aérea).

Los grupos o colectivos con múltiples agentes cohesionados y bien coordinados son muy poderosos: la unión hace la fuerza. El grupo social es una adaptación evolutiva que incrementa las posibilidades de supervivencia y reproducción de los individuos. Para que el grupo funcione es necesario que sus miembros tengan capacidades cognitivas y emocionales adecuadas: que sepan y quieran cooperar.

El hecho de que algunos individuos se agrupen y organicen genera una presión evolutiva para que otros individuos también se agrupen y mejoren su organización: los grupos tienden a ser progresivamente más grandes, complejos y poderosos.

El grupo puede entenderse como una herramienta de los individuos para incrementar su poder: el individuo ataca a otros con su grupo y se defiende de otros con su grupo. Desde el punto de vista de un agente individual, uno es el agente y los demás son medios de acción que resultan ser también agentes individuales que lo consideran a uno como medio de sus acciones.

Cada individuo se beneficia de la existencia del grupo, y como este tiene costes de mantenimiento y funcionamiento, los miembros de un grupo deben asumir esos costes de algún modo: la distribución de los beneficios y costes del grupo es una posible fuente de conflictos dentro del mismo que deben ser resueltos de algún modo suficientemente adecuado como para que el grupo pueda funcionar como una unidad exitosa frente a otros grupos competidores.

La guerra es el conflicto violento a gran escala entre grupos. Los humanos son animales que han desarrollado diversas características distintivas esenciales para la guerra: son hipersociales y tribales, con unas emociones y una psicología moral adecuadas para la vida en grupo; utilizan el lenguaje simbólico para comunicarse, coordinarse y cohesionarse; tienen una teoría de la mente, piensan estratégicamente y comprenden intuitivamente a los demás como agentes intencionales cooperadores y competidores; generan cultura que identifica a cada grupo y permite acumular y transmitir conocimiento; producen tecnología en forma de armamentos progresivamente más poderosos.

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