Ángel Fernández sobre la sociedad civilizada y el derecho a la vida

Según Ángel Fernández:

Una sociedad verdaderamente “civilizada” es aquella donde arraiga el respeto por la vida como el primer derecho individual que debe salvaguardar cada persona por ser intrínseco, intransferible e inalienable.

Él decide no sólo qué es civilizado, sino qué es verdaderamente civilizado: debe de haber por ahí alguna civilización falsa.

El respeto por la vida, de ser algo, será un deber, no un derecho. Derecho es aquello que ni está prohibido ni es obligatorio, que puedes hacer si quieres y no hacer si no quieres. Normalmente uno no tiene derecho a respetar sino que está obligado a respetar algo.

No tengo claro qué quiere decir que un derecho es intrínseco: ¿intrínseco a qué?; ¿a la propia persona?; ¿hay derechos extrínsecos?; ¿cuáles son?

La diferencia entre intransferible e inalienable supongo que tiene que ver con la diferencia entre ceder y quitar: yo transfiero (doy, regalo, vendo, alquilo), otros me enajenan (roban). Si tengo derecho a mi vida (inalienable) eso quiere decir que otros no pueden quitármela. Pero si no puedo ceder ese derecho a otros (derecho intransferible) o quitarme la vida yo mismo, entonces la vida no es realmente un derecho sino un deber, y no soy libre para vivir o no. El derecho a la vida es perfectamente transferible (o enajenable por la propia persona) para una persona libre: yo te otorgo a ti el poder de decisión final sobre si matarme o no; puede parecer una barbaridad, pero quizás mis preferencias son algo peculiares o tal vez obtengo algo muy valioso a cambio.

Dicen que Jesús de Nazaret dio su vida por la humanidad: tal vez lo hizo sin saber que la vida es un derecho inalienable, o sin transferir el derecho y por eso quienes se la quitaron eran unos violentos agresores que no sabían lo que hacían.

Solo cuando se respeta la vida, surge el verdadero respeto por los derechos individuales que se derivan del mismo hecho de vivir, como son los derechos a la libertad, a la propiedad, y a la igualdad de trato ante la ley.

La libertad y la propiedad no se derivan del mismo hecho de vivir: lo prescriptivo no se deriva sin más de lo descriptivo. Hay muchos seres vivos sin derechos, sin libertad, sin propiedad. También hay muchos humanos sin todos esos derechos. En realidad el derecho básico es de propiedad (sinónimo de libertad y principio de no agresión), y el derecho a la vida un corolario o caso particular. Y la fuente de derecho no es meramente ser humano, sino ser un sujeto ético con cierta capacidad intelectual (entender qué es la ética) e intereses.

Los escolásticos españoles de los siglos XVI y XVII defendían ante todo la vida como un derecho “natural”.

Si se trata de un derecho “natural” (con el problema de aclarar qué quiere decir eso), ¿por qué luego se hacen tantas referencias a Dios y a lo sobrenatural?

[…] Por el contrario, la revolución francesa de 1789 se considera el inicio del proceso de secularización, laicismo, relativismo y amoralidad que se ha ido expandiendo por el mundo hasta dejar sin referentes morales cristianos (fijos y absolutos) a los países de Occidente: Europa y América.

“Se considera”: ¿quién la considera?; ¿todo el mundo?; ¿y si se equivocan?

Secularización y laicismo suenan muy bien, salvo que seas creyente religioso, supongo. El relativismo se usa como una acusación también, pero su opuesto sería el absolutismo, que no tiene buena prensa. Y la amoralidad suena fatal, aunque quizás dependa de qué entiende uno por moralidad y cuáles son sus contenidos. Parece que Ángel Fernández cree que la única moralidad posible es la cristiana, fija y absoluta: los ateos o demás creyentes religiosos son todos amorales o de moralidad equivocada, relativa o voluble; quizás no conoce la historia de los cambios morales en el cristianismo y su adaptación a las circunstancias.

Ésa rebelión contra Dios y la naturaleza humana, ése [sic] ingenuo progreso “social”, ésa [sic] búsqueda “arrogante” de la felicidad en la Tierra, sirven de escusas [sic] psicológicas para imponer ideologías o religiones seculares que coaccionan y atentan contra la vida, la libertad y las propiedades de los individuos.

Es difícil rebelarse contra algo que no existe, pero supongo que se refiere a todo lo que representa el símbolo “Dios” y a la Iglesia como la máxima autoridad, que es normalmente contra lo que uno se rebela, claro. No sé si es posible rebelarse contra la naturaleza humana, porque eso es lo que uno es: tal vez se refiere a que las normas de convivencia no sean adecuadas a la naturaleza humana, pero las normas religiosas, con su contenido sobrenatural (ficticio, engañoso, falaz) chocan con la idea de naturaleza (realidad). La secularización y el laicismo son avances, no retrocesos: la religión es un engaño funcional y los humanos eventualmente maduran, conocen la realidad, dejan de creerse cuentos y dogmas, descubren el engaño y deja de funcionar.

Lo de la búsqueda arrogante de felicidad en la Tierra suena como un desprecio e insulto hacia quienes se dan cuenta de que el cielo, el más allá, la vida eterna, no existen.

Los que te venden felicidad más allá te están estafando: aunque quizás no es estafa si tú quieres creértelo; y una vez muerto, ni te quejas ni te arrepientes.

Cuenta luego Ángel Fernández el caso de una madre que mata a su bebé recién nacido: es un asesinato escandaloso.

No deja de sorprender el doble rasero moral de Occidente, cuando algunos ciudadanos condenan el asesinato de un recién nacido por su madre pero quedan indiferentes y defienden el aborto que es el asesinato de un nasciturus semanas antes del parto y empleando técnicas de asesinato aún peores, porque destrozan su cráneo y/o desmiembran su cuerpo; máxime sabiendo que está científicamente demostrado que un nasciturus de siete semanas se distingue perfectamente en una ecografía con 17 a 22 mm de tamaño, con su cabeza, sus brazos y sus piernas, con su corazón latiendo 80 veces por minuto, con facciones definidas, con ojos que ven, con nariz que huele, boca que degusta y tacto que palpa, y con sentimientos de unión con la madre que permite [sic] que crezca y se desarrolle en su interior hasta el alumbramiento.

¿A quién no deja de sorprender? ¿No es más fácil y claro escribir “me sorprende” en lugar de afirmarlo como un hecho objetivo y universal y además con una doble negación?

Por fin hemos llegado al tema del artículo, después de tantos rodeos y floja búsqueda de fundamentos: el aborto. Volviendo al título y comienzo del artículo: una sociedad que legalice el aborto no es auténticamente civilizada.

Parece que Ángel Fernández no ve diferencias relevantes entre un embrión de siete semanas y un recién nacido con cuarenta semanas. Se fija en rasgos anatómicos superficiales, menciona atributos que comparten todos los animales, y básicamente exagera los sentimientos de unión con la madre. Ignora las diferencias: el desarrollo cerebral, de la mente y la conciencia (obviamente muy incompleto en ambos casos, pero también muy diferente uno del otro), y el hecho de que un bebé ya nacido puede fácilmente ser cuidado por otros, lo que no sucede con un embrión en gestación.

Es verdad que muchas técnicas de aborto son o parecen ser crueles y violentas, pero ¿le parecería bien simplemente anestesiar antes al feto, o simplemente cortarle las vías de alimentación sin agredirlo? Sospecho que no.

Ante la pirámide poblacional invertida y el envejecimiento exponencial de la población de Occidente, también sorprende comprobar la inversión de valores, la irresponsabilidad y la laxitud moral de muchos dirigentes políticos que son incapaces de articular una legislación provida (con amplias leyes de adopción, de prohijamiento y de desgravación fiscal, de atención gratuita y de ayuda a las futuras madres) y que, en su lugar, regulan solamente leyes promuerte con la eugenesia e incluso con la eutanasia “asistida” como banderas “progres” para el futuro de una humanidad “artificial”, materialista y deshumanizada.

¿Estamos obligados a reproducirnos si no queremos hacerlo? ¿Deben los que no tienen hijos subvencionar a los que sí tienen hijos, o los que tienen menos hijos a los que tienen más hijos? Cuando habla de laxitud moral, ¿a qué moral se refiere, a la suya propia como única posible? ¿Eso de las leyes promuerte no es un eslogan muy topicazo y cansino? ¿La eutanasia libremente pactada entre dos partes no es consustancial a la libertad humana y al derecho (que no deber) a la vida? ¿Qué tonterías son esas de una humanidad artificial, materialista y deshumanizada? ¿Por qué la gente se empeña en tachar de inhumano todo aquello que es humano pero no le gusta?

Hoy en día, hablar del derecho a la vida es políticamente incorrecto porque suena fuerte, abrupto y radical. Pero es que la vida es así: fuerte, abrupta, radical, jovial, bella y absoluta. La vida se tiene o no se tiene. No se está un poco vivo o un poco muerto. Se vive o no se vive, así de radical es la trascendencia del derecho a la vida. No valen las medias tintas. No vale ningún tipo de relativismo.

Es muy fácil hablar del derecho a la vida, pero conviene aclarar los términos cuando de lo que se habla es del aborto, que es un caso particular problemático. La descripción que hace Ángel Fernández de la vida está entre lo absurdo y lo arbitrario: la vida a veces es débil, triste y fea (y algunos no pueden seguir viviendo por incapacidad o no quieren y se suicidan). Lo de abrupta, radical y absoluta borda el sinsentido: ¿por qué mezcla descripciones valorativas con el carácter de todo o nada de la vida? ¿Qué tiene que ver el que estás vivo o muerto, sí o no, con el tener o no derecho a la vida? ¿Acaso todos los seres vivos tienen derecho a la vida por estar totalmente vivos? ¿Y los que están muriéndose van perdiendo el derecho a la vida?

Sin duda, el derecho a la vida se trata de una cuestión trascendental y básica que prevalece en la mente de las personas de bien y que arraiga en el amor, en la empatía por los demás, en la compasión, en la misericordia, en el mismo instinto de supervivencia como especie y en lo más íntimo del alma humana.

Sin duda: para qué dudar si somos creyentes en lo trascendente y además gente de bien, con alma inmortal y esas cosas. El aborto es cosa de mala gente. Qué bonito lo del amor y la empatía y la compasión y la misericordia: igual alguien pica y se cree que los creyentes religiosos y los anti-aborto tienen más de eso que los no creyentes y los pro-aborto (obviamente me refiero al carácter legal, no a que el aborto sea algo bueno a promocionar).

De lo que en realidad no hay duda es que la opinión contraria al aborto es una señal costosa honesta de pertenencia al grupo de los conservadores, de la gente de bien de toda la vida, de los que conocen el bien y el mal, de los que saben y lo que es bueno y lo que no, lo que es correcto y lo que no; aunque lo de costosa es problemático, porque la mayoría de la gente sólo habla del tema, les impone costes a los demás (no poder abortar) y no se enfrenta a la decisión de abortar o no.

La vida es algo propio del derecho “natural” de todo hombre y mujer a vivir por el hecho simple y trascendental de que un nasciturus, desde el momento de su creación y hasta más allá de su concepción, es un ser humano con capacidad de trascender y percibir las sensaciones, los sentimientos y la realidad del Universo, de lo Absoluto, de Dios.

El cigoto ya cree en Dios: el espermatozoide y el óvulo todavía no, se supone, que sólo son gametos y no son capaces de trascender y percibir lo Absoluto.

¿El cigoto es “creado” o simplemente aparece como resultado de la fusión de los gametos?

¿Basta con ser una célula con la carga genética de un miembro de la especie humana para tener todos los derechos humanos? ¿Conoce Ángel Fernández lo que es la falacia especista?

Analizado desde el área de la psicología, cuando hablamos del derecho a la vida, estamos hablamos de sentir emociones positivas, de querer y de empatizar, de sentir la importancia de cada vida individual frente a los modos de pensamiento psicopáticos, egoístas y ruines que reducen la vida del “nasciturus” a una simple cuestión material y relativa que, perversamente, sesgan la compleja realidad y rebajan la dignidad esencial del ser humano a una mera cuestión legal, a un hecho sociocultural, a una simple mercancía económica e, incluso, a un objeto político al albur de la “guía”, la planificación y los ruines designios de dirigentes totalitarios.

¡Qué desastre intelectual! Mezcla y confunde la psicología moral, las emociones en general, la filosofía moral o ética… Obviamente no tiene ni idea de qué es un psicópata. Egoístas somos todos, aunque también somos altruistas de forma limitada con quienes queremos. Lo de ruines y perversos resulta un poco patético y demuestra que este artículo no tiene pretensiones intelectuales o el autor no sabe cómo hacerlo. Lo de llamar dirigentes totalitarios a quienes legalicen el aborto es una comparación ridícula con los auténticos totalitarios. Y lo de la “dignidad esencial” es la trampa habitual de hablar de dignidad sin aclarar qué significa el término tan altisonante y manoseado.

[…] al hablar del derecho a la vida, se quiera reconocer o no, también abordamos el área de la teología, es decir, de la capacidad de trascender del ser humano, de la capacidad de observar el vínculo de unión con lo Absoluto, de la capacidad de espiritualidad y de comunión con el Verbo Universal, de la capacidad de compasión y misericordia, de la capacidad de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Teología: defender lo absurdo e imposible como algo racional y necesario. Hacer todos los esfuerzos posibles para no entender realmente, con un poco de observación y teoría (ciencia), qué es y por qué existe la religión como engaño funcional compartido.

El derecho a la vida es la institución moral básica y esencial para el arraigo de una sociedad civilizada, abierta y libre, tal y como defendieron los intelectuales escolásticos en el XVI y el XVII, siglos antes de que las ideologías o religiones de la política y las anti-filosofías sistematizadoras de la modernidad intenten arrastrar al ser humano hacia el fango del relativismo moral y el totalitarismo de lo políticamente correcto.

Tal vez Ángel Fernández no ha entendido a los escolásticos, o tal vez los escolásticos no son maravillosos pensadores en todo. Parece que no le gusta la sistematización ni lo moderno. Y lo de arrastrar al ser humano hacia el fango del relativismo moral me ha llegado al alma… que no tengo.

Y ahora vuelvan por favor a leer el título: ¿a que no menciona el aborto? ¿Tanto cuesta ser claro, conciso y preciso?

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