Estado: ¿monopolio o gestor de la defensa común?

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Two of the most widely accepted propositions among political economists and political philosophers are the following:

First: Every “monopoly” is “bad” from the viewpoint of consumers. Monopoly here is understood in its classical sense as an exclusive privilege granted to a single producer of a commodity or service; i.e., as the absence of “free entry” into a particular line of production. In other words, only one agency, A, may produce a given good, x. Any such monopolist is “bad” for consumers because, shielded from potential new entrants into his area of production, the price of his product x will be higher and the quality of x lower than otherwise.

Second, the production of security must be undertaken by and is the primary function of government. Here, security is understood in the wide sense adopted in the Declaration of Independence: as the protection of life, property (liberty), and the pursuit of happiness from domestic violence (crime) as well as external (foreign) aggression (war). In accordance with generally accepted terminology, government is defined as a territorial monopoly of law and order (the ultimate decision maker and enforcer).

That both propositions are clearly incompatible has rarely caused concern among economists and philosophers, and in so far as it has, the typical reaction has been one of taking exception to the first proposition rather than the second.

Hans-Hermann Hoppe, The Myth of National Defense, Introduction, pp. 3-4

Preguntas

¿Es el Estado malo porque es un monopolio? ¿Son malos todos los monopolios? ¿Tiene sentido hablar de monopolio cuando un agente individual o colectivo produce algo para sí mismo, de modo que no se intercambia en un mercado por problemas de costes o riesgos? ¿Es posible separar las diversas funciones del Estado y analizar cuáles son más o menos importantes, cuáles se realizan de forma más o menos eficiente, cuáles son más o menos legítimas? ¿Es la defensa o seguridad ante agresiones un bien o servicio especial?

Estado malo por monopólico

Un argumento central en la crítica del anarcocapitalismo contra el Estado es que los monopolios son malos, el Estado es un monopolio (el monopolio de la violencia legítima y la jurisdicción sobre un territorio y unos súbditos o ciudadanos), y por lo tanto el Estado es malo. Malo aquí significa que es ineficiente, que lo que produce o proporciona lo hace con peor calidad o más alto precio que si tuviera alternativas en competencia entre las cuales poder elegir: no hace falta recurrir a maldad moral, malicia (intenciones malvadas) o corrupción, factores que pueden agravar los daños producidos por el Estado.

Un problema de este argumento es que puede confundir o mezclar la monopolización de una provisión externa (de algo que se intercambia con otros) con la dirección de la acción colectiva para la provisión propia de un servicio, según cómo se interprete qué es y qué hace el Estado. En el primer caso hay posibilidad de especialización, externalización e intercambio de mercado, pero estos son prohibidos; en el segundo caso hay organización interna mediante toma de decisiones colectivas y comandos. En el primer caso el Estado es el único proveedor legal de ciertos bienes o servicios, prohibiendo la actividad de otros posibles proveedores alternativos; en el segundo caso el Estado es la institucionalización de la identidad de un grupo, el gestor de lo común, el órgano de gobierno (único por necesidad) de la acción colectiva.

El Estado es una entidad compleja y de análisis problemático: parece tener ambas características, de monopolio (que se otorga a sí mismo en múltiples áreas) y de gobierno único porque por su naturaleza y funciones no puede ser de otra manera (un grupo sólo puede tener un órgano de gobierno, aunque esta sea compuesto y complejo).

Los problemas de la acción colectiva (y los asociados entre principales y agentes) son múltiples y pueden ser muy graves, pero no son idénticos a los problemas del monopolio impuesto por la fuerza de la ley.

Monopolio

El razonamiento económico sobre la ineficiencia de los monopolios es sencillo: cuando existen varios proveedores posibles alternativos los compradores pueden elegir a los mejores, a quienes consiguen satisfacer sus preferencias a menor coste, de modo que los vendedores deben esforzarse en mejorar para satisfacer los deseos de sus clientes; si no existe competencia (o la posibilidad de entrada en el mercado), o si esta es débil, esta presión para mejorar desaparece o es menor; el monopolio entendido como un privilegio legal a un solo proveedor elimina o limita la competencia y deteriora la calidad del bien o servicio.

El monopolio puede referirse a que existe un único proveedor en un lugar y momento determinado (por diversos motivos como características del bien o servicio, tamaño del mercado insuficiente o barreras económicas o técnicas de entrada), o a que sólo puede legalmente existir un proveedor debido a un privilegio otorgado por la autoridad competente. El Estado como fuente de la ley es la entidad que establece los monopolios legales. Normalmente el Estado concede monopolios a otros, pero en el caso del Estado como monopolio este se otorga a sí mismo la exclusividad en la provisión de ciertos servicios o la realización de ciertas funciones.

El monopolio legal es malo para los consumidores como compradores o receptores de los bienes o servicios monopolizados; también es malo para los productores o vendedores a quienes se prohíbe su actividad. El monopolio legal es bueno para los monopolistas, que pueden incrementar sus beneficios con menor esfuerzo, reduciendo costes o incrementando ingresos: los aspirantes suelen estar dispuestos a pagar a los gobernantes por el privilegio del monopolio.

El monopolio legal no es malo o subóptimo si los proveedores alternativos son necesariamente peores que el monopolista, de modo que nunca serían elegidos: su eliminación como alternativa no produce ninguna pérdida de eficiencia, e incluso puede permitir ahorrar en costes de búsqueda y selección. Sin embargo puede resultar muy difícil o imposible garantizar que el monopolista es la mejor opción posible: el legislador no conoce las preferencias de los consumidores ni las capacidades de los productores; los receptores de los bienes o servicios pueden tener valoraciones subjetivas diferentes que no pueden satisfacerse por un único productor; y los agentes proveedores (actuales o potenciales) pueden mejorar o empeorar su calidad y precio, lo que llevaría a cambios en la identidad del monopolista ideal.

La posibilidad de la competencia tiene efectos positivos, como servir de acicate para que los agentes intenten mejorar: es esencial para la innovación empresarial. Pero la competencia podría tener también efectos nocivos o costes que un monopolio legal eliminaría, como la duplicación de esfuerzos en tareas que no requieren redundancia o el no aprovechamiento de economías de escala.

Aunque la maldad de los monopolios es generalmente o casi universalmente correcta, es algo que debe precisarse o matizarse: en algunas relaciones comerciales las partes pactan libremente la exclusividad en la provisión de un bien o servicio por un único proveedor, eliminando durante la duración del contrato la posibilidad de escoger otras alternativas; para algunos bienes o servicios su externalización puede resultar ineficiente o de alto riesgo, de modo que en lugar de intercambiar con otros un agente, individual o colectivo, produce por sí mismo y consume ese bien o disfruta de ese servicio (la división del trabajo con especialización no siempre es una buena idea); dado un grupo o colectivo, algunas funciones como su gobierno para la consecución de sus objetivos y el cumplimiento de sus funciones son cuestiones esencialmente internas, de difícil o problemática externalización por problemas de principal y agente; uno de los rasgos esenciales de la libertad es el autogobierno, el no estar sometido a la voluntad de otro.

Relaciones exclusivas

Es normal querer poder tener alternativas entre las cuales poder elegir, pero ciertas relaciones implican una cierta exclusividad, y en algunas circunstancias las alternativas ni siquiera tienen sentido porque el servicio no se externaliza sino que se produce para uno mismo, sea individualmente o de forma colectiva.

En algunas relaciones personales o comerciales los agentes pueden aceptar condiciones de exclusividad, prohibiéndose mutuamente (o una parte a la otra) el recurrir a alternativas: en una franquicia el franquiciado debe comprar ciertos productos solamente al franquiciador (ropa, alimentos); en una distribución en exclusiva una tienda es el único vendedor final de un producto o una marca; en un matrimonio sin poligamia los cónyuges se intercambian promesas de exclusividad o fidelidad sexual; ciertos grupos exigen lealtad y exclusividad a sus miembros, los cuales no pueden formar parte de otros grupos en competencia (mafias, bandas criminales, iglesias); algunas empresas exigen a sus empleados dedicación exclusiva.

Estas relaciones son alianzas cooperativas duraderas entre partes que aceptan ciertas restricciones por los beneficios que obtienen a cambio: seguridad, estabilidad, pertenencia a un grupo, exclusividad mutua (aceptas el monopolio o monopsonio del otro porque el otro acepta los tuyos). Las restricciones contractuales que aceptan las partes involucradas (A y B se comprometen y obligan de forma libre y voluntaria) son diferentes de las imposiciones por terceros (C coacciona a B para que sólo pueda relacionarse con A).

La defensa es especial

La especialización implica relaciones de interdependencia. Si te especializas en algo y no sabes hacer por ti mismo otras cosas que necesitas o deseas, entonces dependes de otros para conseguirlas y estos otros tienen cierto poder sobre ti. Como seguramente ellos están en la misma situación, tú tienes cierto poder sobre ellos. Si puedes elegir entre varias alternativas, cada una de ellas tiene menos poder sobre ti, o tú más poder de negociación sobre ellos.

Se obtiene seguridad por la capacidad de resistir los intentos ajenos de causar daño (seguridad pasiva, como los escudos o murallas, o puramente defensiva), y por la capacidad de causar daños en represalia contra los agresores potenciales.

Con la fuerza sucede algo particular: el panadero, como panadero, sólo puede venderte pan o negarse a hacerlo. El militar, como militar, puede defenderte, no hacer nada, o atacarte. La defensa es especial porque su externalización y cesión a especialistas es muy peligrosa. La defensa requiere la capacidad de utilizar la fuerza, el poder de hacer daño, y este es fácilmente invertible: puede usarse para uno o contra uno, puede defenderte o atacarte. Tu proveedor de seguridad puede transformarse en tu causa de inseguridad. Si un agente puede defenderte, seguramente también puede atacarte. Si tú sólo tienes riqueza y nada de fuerza, y el otro es fuerte, ¿qué le impide utilizar su fuerza para quitarte tu riqueza?

Un individuo o grupo que quiera sobrevivir y prosperar necesita cierta capacidad propia de usar la fuerza para defenderse de posibles ataques. La ayuda de otros puede ser un complemento, pero no la fuente principal de la seguridad. Las alianzas defensivas son posibles, pero en ellas todos los participantes aportan cierta capacidad bélica. Es posible pagar para que otros te defiendan, pero estas relaciones pueden parecerse más a chantajes de los poderosos sobre los débiles que a relaciones voluntarias en un mercado libre.

Los fuertes pueden someter a los débiles y a menudo lo hacen. Esto no sucede, o lo hace en menor medida, si los fuertes se preocupan por el bienestar de los débiles, normalmente porque son sus familiares, sus amigos, miembros de algún grupo por el cual sienten afecto.

Los grupos humanos como unidades de convivencia (igual que muchos grupos animales), y especialmente los más primitivos, como las tribus, son colectivos que consiguen incrementar la capacidad de uso de la fuerza para utilizarla en el ataque o la defensa frente a otros grupos y la caza o protección frente a animales. La defensa es algo que el grupo hace casi exclusivamente para sí mismo: rara vez se externaliza y no suele hacerse para otros. El grupo como agente colectivo actúa o trabaja para sí mismo: su organización económica es de cooperativa de producción y consumo de la defensa.

Dentro del grupo puede haber especialización: no todos luchan (no todos pueden o quieren, otras tareas deben ser atendidas), aunque probablemente todos contribuyen de algún modo (manteniendo a los combatientes, aportando materiales o recursos financieros), y quizás los que lo hacen tienen un estatus social especial o superior (y pueden llegar a abusar de él y convertirse en opresores internos).

El soldado normalmente sólo sirve a su grupo; puede servir a otros grupos si estos son aliados, definiendo así un grupo mayor; el soldado también puede cambiar de grupo mediante emigración o asimilación (un grupo entero absorbido por otro). Cuando el militar sirve al enemigo es un traidor y si es descubierto y capturado será duramente castigado por ello.

Los mercenarios son posibles, pero son más la excepción que la regla: pueden ser un complemento en las labores defensivas pero no el único o principal recurso. Los mercenarios pueden serlo a título individual (un soldado que trabaja para diferentes grupos) o colectivo (un grupo humano especializado en la guerra, como los gurkas).

También son posibles las naciones poderosas o imperiales que proporcionan servicios defensivos a otras: normalmente no se trata de relaciones entre iguales sino que hay dominadores y dominados. Puede suceder que un imperio defienda a naciones ajenas como parte de la defensa propia, simplemente para que no caigan en poder de algún imperio enemigo que así se volvería más poderoso.

Las alianzas defensivas son posibles pero no están exentas de problemas: un aliado puede incumplir su compromiso de ayuda, o ayudar de forma insuficiente, o incluso traicionar la alianza y convertirse en agresor. Para garantizar la cohesión y cooperación militar las alianzas tienden a transformarse en uniones políticas más fuertes.

En el mercado las empresas pueden distribuir sus productos a larga distancia si los costes de transporte son asumibles; sin embargo no todos los servicios son comercializables a larga distancia. Otra propiedad especial de la defensa es su carácter local: las murallas protegen a los que están dentro; los proyectiles funcionan mejor si se lanzan más cerca; los ejércitos no pueden defender a los protegidos si están lejos de ellos o si no controlan el territorio.

Competencia

Si las reglas de la libertad, la propiedad y la no agresión legitiman o no el uso de la fuerza (de la capacidad de hacer daño), esto indica que la capacidad de utilizan la fuerza es un bien especial.

La competencia comercial o profesional en mercados libres, aunque sea contra otros, es una actividad pacífica y legítima: uno se ofrece para servir a otros, para cooperar con otros; es competir para ser los mejores socios o partícipes en relaciones de intercambio y ser así los elegidos por los demás.

Existe también la competencia violenta, la lucha física, el combate para destruir o dañar al otro. La posibilidad del conflicto violento es una realidad biológica y humana. Los grupos humanos (al igual que muchos grupos animales) existen no sólo por la división del trabajo y la especialización, sino por la posibilidad de unir o sumar esfuerzos para tener más capacidad bélica, más fuerza ofensiva, mejores defensas, más potencial de ataque y defensa en relación a otros grupos humanos. La fuerza permite defenderse de otros, pero también conquistar, esclavizar o someter a otros.

En un mundo anarcocapitalista de intercambios de mercado para la defensa se dan ambas formas de competencia: empresas bélicas (ejércitos privados) competirían (se supone que pacíficamente) contra otros ejércitos como oferentes del servicio que consiste en competir militarmente contra potenciales agresores, es decir quizás algunos de esos mismos ejércitos si deciden no respetar las reglas del mercado libre.

Por lo general una pequeña empresa puede competir contra empresas más grandes y vencerlas (o al menos sobrevivir y prosperar) si es más eficiente: su crecimiento reflejará su éxito en el mercado, pero no la hará necesariamente más eficiente. Pero un pequeño ejército (siendo todos los demás factores iguales) será derrotado por un ejército más grande: la competencia militar tiende a generar pocos actores grandes, poderosos, que eliminan físicamente a sus adversarios o los asimilan. En el mercado importa mucho la capacidad o eficiencia relativa; en la guerra importa mucho la capacidad total o absoluta.

Para evitar dañarse mutuamente e incrementar su poder, dos o más ejércitos pueden decidir cooperar en lugar de competir entre sí. Esta capacidad de cooperación puede utilizarse para ser mejores defensores en el mercado, pero también para ser mejores agresores y opresores.

Que los grupos compitan o no violentamente unos contra otros depende de que quieran y puedan hacerlo: que perciban posibles beneficios de la victoria en la guerra en comparación con la paz; las relaciones comerciales y de amistad pueden incrementar los costes o pérdidas de la guerra y así desincentivarla. Una posibilidad problemática es la existencia de un poder hegemónico que impida agresiones entre agentes subordinados: sin embargo este poder dominante puede fácilmente abusar de su posición y convertirse en agresor sistemático.

Los ideales éticos de libertad son difíciles de conseguir en la realidad. Las normas éticas exigen que la defensa esté justifica y sea proporcional. Sin embargo los individuos o grupos, aunque puedan afirmar o creer que su conducta es ética, frecuentemente trampean y tuercen la interpretación de los hechos a su favor: cuando se tiene la capacidad de usar la fuerza es muy probable que se abuse de ella en mayor o menor medida. Además los agentes que contratan servicios defensivos probablemente quieren principalmente que estos sean eficientes y eficaces, y sólo de forma secundaria que cumplan reglas éticas contra potenciales agresores.

Más: réplicas sobre el anarcocapitalismo y sus problemas

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