Recomendaciones

23/06/2016

Is Rule of Law an Equilibrium Without Private Ordering?, by Emily Skarbek

Science has next to nothing to say about moral intuitions, by Michael Mitchell

Fed Economists Try to Portray Bitcoin as a Fiat Currency, by Demelza Hays

El manifiesto de los 177 de Podemos, de Juan Ramón Rallo

We need to find a way to separate our fiscal and monetary policies, by Bill Watkins


Tonterías selectas

23/06/2016

Los permisos de paternidad en campaña, de Carlos Huerga

Los que hemos sido padres, somos conscientes del beneficio que puede suponer para la sociedad el hecho de igualar los permisos de paternidad y maternidad, haciéndolos intransferibles y pagándolos al 100%.

… Cuando una pareja decide tener un hijo, culturalmente se asume que la mujer es la responsable de los cuidados. Si los hombres tuviéramos un permiso igual e intransferible, se iniciaría un cambio cultural muy importante. Se darían los medios para que ambos progenitores puedan cuidar por igual, normalizándose así la corresponsabilidad de las tareas domésticas y del cuidado. Además, de esta manera se educa a los menores demostrándoles que tanto el padre como la madre se encargan de las cuestiones domésticas. Y esto es un punto clave, ya que la mejor manera de hacer que la sociedad sea más justa e igualitaria, es educándola en este sentido (se sorprenderían de las cosas que llega a escuchar uno cuando dice que comparte el permiso de maternidad de su pareja).

… Por último, pero no por ello menos importante, la reclamación de un permiso de paternidad igual al de la mujer es un derecho tanto para el padre, como para las criaturas. Para los padres es un permiso que nos permite atender a la crianza, cuidado, juego o educación diaria de nuestros hijos e hijas y así tener una vida más rica, más humana y más satisfactoria. Para ellos es la única manera de disfrutar y ser atendidos por sus padres, en la misma medida que por sus madres, en sus primeros meses de vida.

… mientras que los derechos no sean iguales e intransferibles, está libertad nunca existirá porque, sin un cambio social, es siempre la mujer la que se ve empujada a tomar el permiso. Por esto es tan importante que estos sean iguales, intransferibles y pagados al 100% y los hombres asumamos el papel que nos corresponde en nuestros hogares.

Ciudades con soberanía tecnológica, de Gerardo Pisarello, primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona

La tecnología debe vincularse a la mejora de la calidad de vida de las vecinas y vecinos más vulnerables y al impulso de una economía colaborativa al servicio del bien común. De lo contrario, el concepto de ‘smart city’ corre el riesgo de legitimar a aquellas comunidades cada vez más privatizadas y cerradas, solamente al alcance de una minoría.

… la agenda política de las ‘smart cities’ no puede ser puramente tecnocrática, ni quedar prisionera en manos de unos pocos gigantes como Cisco o Microsoft o beneficiar a plataformas predatorias, desreguladas, como Uber o Airbnb, sin que estas aporten ninguna contrapartida.

Por el contrario, en una ciudad democrática, la tecnología debería servir para empoderar digitalmente a la ciudadanía, para proteger su privacidad frente a los abusos del poder público y privado, para luchar contra la corrupción y para avanzar hacia una economía más equitativa y sostenible. Esto tiene un nombre: conquistar soberanía tecnológica, digital, para el bien común.

… necesitamos articular, ya, una red de ciudades por la soberanía tecnológica. Una red que presione a los Estados y a Europa para que legislen a favor de la apertura de datos, de los derechos digitales y de una mejor financiación de las iniciativas público-comunitarias en materia tecnológica. Europa necesita un nuevo New Deal, que debe ser verde, y también digital. Solo así podríamos tener ciudades más inteligentes, es decir, más participativas, con mayor liderazgo público, y más soberanas para poder servir al bien común.

Por qué las propuestas económicas de Unidos Podemos son urgentes para España y Europa, de Vicenç Navarro

Educación financiera para eliminar la protección social, de Nuria Alonso, de EconoNuestra

Sueldos privados, de Juan Manuel de Prada

Es habitual que, cuando se reclama que los sueldos de los funcionarios públicos estén sometidos a regulación, se defienda a renglón seguido que los sueldos del sector privado puedan regirse exclusivamente por el criterio del contratador. Así, por ejemplo, se justifica que los altos ejecutivos de las empresas ganen millonadas, o incluso que perciban gratificaciones añadidas desmesuradas, pues se defiende cada uno hace con su dinero lo que quiere; y una empresa privada, cuando decide hacer estos pagos estratosféricos, está gastando de lo que ha ganado y no está sustrayendo fondos públicos. Esta monserga se repite mucho constantemente en medios de comunicación, incluso entre los que presumen de ‘inspiración cristiana’, que suelen ser los que con mayor alegría defienden estas burradas anticristianas, para corrupción de sus clientelas zombis.

Por supuesto, tales afirmaciones son sofismas de la peor ralea. Ciertamente, una empresa pública que permite que los miembros de su consejo de administración hagan uso indiscriminado de una tarjeta de crédito para comprar bragas a sus putillas está cometiendo un abuso, puesto que el dinero con el que se pagan las bragas procede de nuestros impuestos. Pero ¿de dónde proceden las millonadas que ciertas empresas privadas pagan a sus ejecutivos? Proceden, en última instancia, de las ventas que tal empresa haya realizado; de tal manera que esos sueldos estratosféricos que suelen justificarse como si tal cosa proceden, en última instancia, de los bolsillos de los compradores, que pagan por un producto que, en estricta justicia, podría costar mucho menos. Asimismo, tales sueldos estratosféricos se logran a costa de los sueldos menesterosos de otros muchos trabajadores de esa misma empresa, que han de conformarse con cobrar sueldos birriosos a cambio de un trabajo estragador (pues tales sueldos estratosféricos también impiden que la empresa contrate a más trabajadores que harían algo más liviana su carga). A la postre, comprobamos que esa distinción entre dinero público y privado es tan sólo un intento de justificar una iniquidad.

Naturalmente, no pretendemos que el ingeniero que diseña un motor cobre lo mismo que el obrero que aprieta los tornillos a los motores que se fabrican en una cadena de montaje. Los sueldos tienen que establecer una jerarquía que premie las potencias y facultades del trabajador, que recompense su creatividad y su inteligencia, su dedicación y su esfuerzo, y al mismo tiempo la responsabilidad que desde cada puesto se asume; pero esta natural jerarquía en el trabajo no puede confundirse, como ocurre en nuestra época, con la creación de estamentos en el seno de las empresas, y mucho menos con el mantenimiento de una casta privilegiada que, con la coartada de la responsabilidad asumida, se blinda con sueldos fastuosos, logrados siempre a costa de recortar los sueldos del ‘estamento’ laboral menos cualificado, o de encarecer la producción, o incluso de la ruina de la propia empresa. Del mismo modo que una empresa en la que no se reconoce una jerarquía acaba generando desaliento entre los trabajadores que aportan mayor esfuerzo y creatividad o asumen mayores responsabilidades, una empresa que crea una casta de privilegiados provoca desánimo entre los trabajadores de sueldos más menesterosos, que acaban desinteresándose de su trabajo, considerando no sin razón que están siendo ordeñados. Como afirmaba Juan XXIII en su encíclica Mater et magistra, «en las naciones económicas más desarrolladas no raras veces se observa el contraste de que, mientras se fijan retribuciones altas, e incluso altísimas, por prestaciones de poca importancia o de valor discutible, el trabajo asiduo y provechoso de categorías enteras de ciudadanos honrados y diligentes es retribuido con salarios demasiado bajos, insuficientes para las necesidades de la vida, o, en todo caso, inferiores a lo que la justicia exige, si se tienen en la debida cuenta su contribución al bien de la comunidad, a las ganancias de la empresa en que trabajan y a la renta total del país».

Ninguna empresa está legitimada para retribuir fastuosamente a sus altos ejecutivos, mientras mantiene a la mayoría de sus trabajadores en condiciones que no aseguran debidamente sus necesidades personales o familiares. Que la titularidad de esa empresa sea privada o pública es lo de menos; pues más allá de que la división neta entre lo público y lo privado sea con frecuencia un trampantojo lo que este sofisma defiende es una visión antropológica profundamente inmoral, que el economicismo materialista (a veces disfrazado de ‘inspiración cristiana’, para mayor escarnio) nos ha ido deslizando sin que nos diésemos cuenta.


Recomendaciones

21/06/2016

Sentient machines are a greater threat to humanity than climate change, according to Oxford philosopher Nick Bostrom

El PER de Carmena, de Juan Ramón Rallo

Inversión en I + D para crecer, no para despilfarrar, de Daniel Lacalle

How to fuel a rewarding culture, by Tim Harford

The Middle Class is Shrinking Because Many People are Getting Richer, by Alex Tabarrok


Tonterías selectas

19/06/2016

Civilización, de Juan Manuel de Prada

… una civilización es «un conjunto de creencias y valores compartidos que conforman una comunidad»: de ahí que todas las civilizaciones que en el mundo han sido, son y serán hayan sido fundadas por religiones; de ahí que todas las civilizaciones, cuando las religiones que las fundaron se debilitan y oscurecen, se desintegren paulatinamente, hasta claudicar. No es posible conformar una comunidad sin una religión compartida, por la sencilla razón de que cuando no se reconoce una paternidad común, toda unión humana se torna imposible. En la mal llamada ‘civilización occidental’, que no está fundada sobre una religión sino sobre una apostasía y una posterior idolatría (la del progreso democrático), las uniones son en el mejor de los casos quebradizas, pues se basan en lo que Unamuno llamaba «la liga aparente de los intereses»; y, como los intereses suelen ser egoístas y cambiantes, la demogresca campea por doquier.

Sólo puede haber civilización allá donde hay una religión compartida; y cuando se esfuma el fundente religioso, o cuando tal fundente se hace añicos, la civilización desaparece lentamente, hasta ser sustituida por otra. Así ocurrió, por ejemplo, con Roma, que al perder la fe en sus dioses dejó de cultivar las virtudes que la habían hecho fuerte, para luego entregarse en su decrepitud a un hormiguero de sectas asiáticas devoradoras, del que la salvó el cristianismo. Pero que no haya posibilidad de civilización sin religión no quiere decir que toda forma de civilización sea buena o digna de consideración: ahí tenemos en la Antigüedad a los cartagineses, que fundaron una civilización aberrante e infanticida, venturosamente aniquilada por los romanos; y tenemos, como un turbio río de sombra recorriendo la Historia, la civilización islámica, que desde sus mismos orígenes, se expandió a través de la violencia, lanzando una formidable ofensiva contra una Cristiandad pululante de herejías que detuvo Carlos Martel en Poitiers, para que luego Pelayo iniciara una difícil reconquista de la Hispania visigótica. Y esta civilización islámica siguió dando muestras de su carácter expansivo y violentísimo con los turcos, que tomaron con masacres Constantinopla para ser luego frenados primero en Lepanto y después a las puertas de Viena. Esta civilización islámica es la que ahora vuelve a atacar (después de que la avaricia democrática haya jugado insensatamente a deponer dictadores que la contenían); sólo que enfrente ya no tiene una civilización cristiana dispuesta a hacerle frente, unida en torno a una fe común que actúa a modo de antídoto y reconstituyente, sino que sólo tiene a una multitud apóstata, feble y amorfa de gentes incapacitadas para el sacrificio que piensan ilusamente que defecando cuatro bombitas por control remoto van a conjurar el peligro.

Trabajo posthumano, de Juan Manuel de Prada

Es verdad que cada vez hay más voces que plantean «la creación de un salario mínimo garantizado para que la gente viva». Pero, en su origen, esta propuesta está impulsada por la plutocracia (más allá de que mucha gente bienintencionada se adhiera con ingenuidad a ella), que pretende que los Estados solucionen el problema al que nos ha conducido un orden económico abominable. La plutocracia ha logrado imponer un orden que asegura la concentración de capital en muy pocas manos, a la vez que (por efecto natural de la automatización y la deslocalización) genera una masa creciente de desempleados. Y, ante esa masa creciente, la plutocracia teme que acabe estallando una revolución de magnitudes desconocidas. Se propugna entonces la creación de un subsidio mínimo que mantenga a esas masas en estado de ‘pobreza controlada’ que, con la ayuda de interné (donde la gente desempleada puede entretenerse, vomitar su rabia y hacerse sus pajillas, todo ello gratuitamente), puede diferir el estallido de esa revolución. Si tal salario mínimo no se ha universalizado todavía es porque los Estados se topan con problemas cada vez mayores para allegar fondos.

Y es que el orden económico que genera masas crecientes de desempleados oprime a su vez a quienes emplea, dificultando al máximo la exacción tributaria. Al romper los vínculos morales entre patronos y obreros, el orden económico vigente ha favorecido todo tipo de desmanes: así, por ejemplo, en España, cada semana se trabajan tres millones y medio de horas extras no cobradas (más de la mitad del total de horas extras trabajadas); cada vez son más frecuentes los contratos laborales a tiempo parcial que encubren -con un sueldo ínfimo- contratos a tiempo completo; y, en general, cada vez hay más gente dispuesta a trabajar en condiciones oprobiosas. Este es el trabajo posthumano (auténtico trabajo esclavo) del presente; y en el futuro, si el orden económico no cambia, no hará sino extremarse (pues las «máquinas» a las que se refería Cordeiro seguirán destruyendo empleos). No nos parece descabellado imaginar subsidios generalizados en el futuro; pero tales subsidios no permitirán viajar a la gente a la playa (mucho menos a la Luna o a Marte), sino tan sólo evitar la muerte por inanición y pagar la conexión a interné, que se convertirá (si es que no lo es ya) en el desaguadero de la rabia y la soledad -o, como diría Cordeiro, en proveedor de «actividades creativas e innovadoras»- de una multitud alienada pero dócil.

Este es el «trabajo posthumano» que nos aguarda, si el orden económico no cambia. Y, por supuesto, nos seguiremos muriendo; sólo que para entonces nos moriremos sobre todo de asco, por mucho que los falsos redentores nos prometan sarcásticamente la inmortalidad y un futuro esplendente con viajes a la Luna y a Marte.

Voluntarismo, de Juan Manuel de Prada

… se consagra un supuesto derecho a cambiar de sexo, contrariando nuestra propia naturaleza biológica, mediante un acto de expresión soberana de la voluntad, como si la libertad humana pudiera desvincularse de su propio ser. Hoy no existe ningún partido político mayoritario que no proclame con alborozo este supuesto derecho; en cambio, son muchos los partidos que se resisten a aceptar el supuesto derecho de autodeterminación de los pueblos catalán o vasco, cuyo objetivo es exactamente el mismo que el supuesto derecho a cambiarse de sexo, con la única diferencia que, mientras quien se cambia de sexo niega una realidad biológica, los vascos o catalanes que desean independizarse sólo niegan una realidad histórica en la que, por supuesto, no faltan lazos biológicos, pero que no es biológica per se. Ambos presuntos derechos se fundan sobre la misma premisa voluntarista y el mismo concepto erróneo de libertad (una libertad desvinculada del ser de las cosas, frente a la libertad verdadera, que sirve para perfeccionar las cosas, sin violentar su ser); y, en estricta lógica, reconocer uno exige reconocer el otro. Además, el supuesto derecho de autodeterminación de los pueblos violenta menos la realidad de las cosas que el supuesto derecho al cambio de sexo. Sin embargo, comprobamos que los mismos que aplauden los cambios de sexo sacan pecho patriotero, oponiéndose a que Cataluña o el País Vasco se independicen…

Dinero y libertad, de Juan Manuel de Prada

En un pasaje particularmente luminoso de su obra, Leonardo Castellani vincula directamente la obsesión de la libertad propia de nuestra época con la hegemonía alcanzada por las fuerzas económicas descontroladas. Señala el gran escritor argentino que esta obsesión por la libertad habría logrado mantener a las masas enzarzadas como monos que se disputan en una jaula una damajuana de aguardiente, mientras el Dinero se dedicaba tan pichi a hacer de las suyas, actuando discrecionalmente, sin vigilancias ni cortapisas. Castellani, en definitiva, nos propone que toda esa olimpiada de derechos y libertades que saboreamos como si fuesen una golosina no serían sino cebos (¡y placebos!) que el Dinero nos arroja para mantenernos entretenidos, como se arrojan algarrobas a los puercos, mientras el Dinero se concentra y multiplica en unas pocas manos, mientras circula libremente con destino a paraísos fiscales, mientras asegura su intangibilidad (e impunidad) mediante entelequias jurídicas.

Se trata de una tesis extraordinariamente sugestiva. Si volvemos la vista atrás, descubriremos que la ‘espiritualización’ del Dinero (esto es, el momento en que deja de ser un símbolo que representa el valor de los bienes, para convertirse en una niebla de las finanzas, desligada de los bienes que en principio representaba) coincide en el tiempo con el ocaso de la libertad como medio concreto para alcanzar un fin concreto y su sustitución por una libertad abstracta que es un fin en sí misma y enardece a las masas con ideales utópicos, enzarzándolas en una demogresca aturdidora y esterilizante. Las libertades antiguas estaban ligadas a los oficios de las gentes, a la tierra que les brindaba sustento, a la defensa de sus familias y sus formas de vida. La libertad abstracta llenó a las gentes la cabeza de ideas mentecatas y exaltantes que, a la vez que les impedían mantener los pies en el suelo (obligándolas a abandonar su oficio, su tierra y su familia), las ensoberbecían de tal modo que ya nunca volvieron a elevar la vista al cielo, pues su única religión a partir de entonces fueron los sucesivos reclamos que la libertad abstracta les suministraba. Y, mientras estas gentes que se habían quedado sin tierra, sin oficio y sin familia se entretenían, absortas en sus desdichados ideales utópicos, el Dinero se dedicó a completar el despojo, sabiendo que sus latrocinios pasarían inadvertidos; y, si en alguna ocasión tales latrocinios resultaban demasiado ostentosos, el Dinero auspició nuevas declaraciones de derechos y libertades, o ‘amplió’ las ya existentes, de tal manera que la golosina que garantizaba su hegemonía adquiriese una mayor variedad, hasta convertirse en una fastuosa tienda de chuches.

Y así el Dinero inventó una forma fantasmática de reproducción que le permitía multiplicarse exponencialmente, mediante birlibirloques bursátiles y sistemas bancarios de reserva fraccionaria. Con la particularidad de que, cada vez que ese Dinero fantasmático quería hacerse corpóreo, tenía que esquilmar los bienes reales, sangrando a las pobres gentes que ni siquiera se percataban del latrocinio, porque seguían en su jaula, disputando como monos. El Dinero inventó también el abuso de la persona jurídica y el principio de responsabilidad limitada, que quebraba los conceptos tradicionales de propiedad y sociedad, ligados indisolublemente a la responsabilidad personal de sus titulares, para propiciar la conversión de la propiedad en un ente con vida propia que, mientras crece, reparte beneficios, pero que cuando se declara en quiebra deja a salvo el patrimonio de sus titulares. El Dinero, en fin, inventó la libertad de circulación de capitales, que le permitía -a la vez que daba cínicamente lecciones de patriotismo a los monos de la jaula- abandonar como una rata el barco que se hundía, escapar a la vigilancia del fisco, emboscarse detrás de testaferros, crear sociedades offshore en paraísos fiscales, fundirse en una niebla de las finanzas indiscernible.

Y todo ello mientras los monos en la jaula pedíamos chillones que nos diesen más libertad de expresión, o más derechos de bragueta. Y el Dinero, del mismo modo que en otro tiempo les dio periódicos (que él mismo financiaba) y aborto a granel (que le permitía pagar sueldos miserables, pues a menor descendencia menos ímpetu en la lucha por un sueldo digno), hoy nos da Twitter y cambio de sexo, para que nos desfoguemos en la cochiquera virtual (que el Dinero ha aderezado muy lindamente, como quien adereza un jardín de infancia) y nos refocilemos sin peligro de multiplicación. Porque la única multiplicación que el Dinero ve con buenos ojos es la propia; a los monos siempre nos quedará el consuelo de emborracharnos de libertad.

Libertad de pensamiento, de Juan Manuel de Prada

… nuestra época no reconoce la existencia de la verdad, que Orwell consideraba premisa de la libertad. El subjetivismo niega que la verdad de las cosas pueda ser conocida, pues considera que el entendimiento está limitado por la experiencia. El relativismo afirma que lo que las cosas son desde nuestra perspectiva y coyuntura no lo serían si la perspectiva y la coyuntura fuesen distintas. El escepticismo, en fin, nos impone dudar de todo, pues considera que somos incapaces de alcanzar la verdad. La verdad cierta de las cosas se ha evaporado del todo…

Al no reconocerse la existencia de la verdad (o ante la imposibilidad de acceder a ella), ya no puede existir adecuación del intelecto a las cosas (que era la definición aristotélica de verdad). Abolida la verdad, se invocó en un principio la objetividad, que presupone imparcialidad; pero nadie puede creer seriamente que un sujeto que no reconoce la existencia de la verdad pueda ser otra cosa sino subjetivo. Luego, el concepto de objetividad fue sustituido por los de sinceridad o autenticidad, que ya sólo pueden presumir de «decir lo que uno piensa (o siente)». La verdad se convierte, entonces, en coherencia con las ideas propias, que naturalmente habrán de ser subjetivas; pero, una vez sustraída la adecuación del intelecto a las cosas, ¿cómo sabemos que esas ideas que creemos propias no son en realidad ideas inducidas por otros? ¿Cómo sabemos que estamos diciendo lo que pensamos y no lo que otros nos han ‘predispuesto’ o ‘enseñado’ a pensar? ¿Cómo sabemos que estamos pensando y no tan sólo ‘sintiendo’? A fin de cuentas, nada hay tan ‘sincero’, tan ‘auténtico’, como la expresión de sentimientos. Y nada tampoco tan fácil de excitar, de estimular y, en definitiva, de inducir: no hace falta sino comprobar la facilidad con que unas imágenes lanzadas a través de la tele logran indignarnos o conmovernos; o la celeridad con la que logran ‘movilizarnos’ a través de las redes sociales. Cuando la verdad ha sido sustraída, nada más sencillo que ‘suministrar’ pensamientos que nos hagan sentir auténticos.


Tonterías selectas

19/06/2016

Por un cambio de rumbo en la regulación laboral, de Antonio González, de Economistas frente a la Crisis

¿Por qué el modelo de Podemos es Dinamarca y no Venezuela?, de Francisco Moreno, de Podemos

Necesarias pero no valoradas: empleadas del hogar, de Joaquin Nieto, director de la OIT para España, y Judith Carreras, consejera de la OIT para España

… el trabajo de las empleadas de hogar no es todavía social y económicamente valorado adecuadamente.

Los culpables de la desigualdad, de Juan Laborda

Entrevista a Alberto Garzón

El comunismo es una idea de defensa de los Derechos Humanos y eso casa con democracia fuerte.Y el capitalismo, que funciona bajo la explotación de una mayoría social, gente sin vivienda o trabajo, es incompatible con la democracia. Por mucho que uno pueda votar no puede decidir.

… La cuestión es si quieres un banco centrado en la especulación o un banco que sirva como instrumento para objetivos. Ahora los bancos te prestan porque saben que van a sacar dinero de ti. Es una actividad que te parasita. Y en un momento determinado, eso estalla. Es la burbuja.

… Caminamos hacia la palabra maldita: flexibilidad. Ya sólo dependes del criterio irracional del mercado, no de tu capacidad de decidir. Así está creciendo España. Un contrato de un día es explotación, está cerca del esclavismo. En el esclavismo te daban de comer. Con un contrato de un día posiblemente no te llegue para comer.


Recomendaciones

19/06/2016

Querida Esperanza: eres el ejemplo de que te equivocas, de Carmelo Jordá

Sex is a costly molecular kind of wizardry – why evolve it?, by Arunas Radzvilavicius

Izquierda y homosexualidad, de Jesús Laínz

Do I think Robin Hanson’s “Age of Em” actually will happen?, by Tyler Cowen

Podemos reivindica el desastroso legado de Zapatero, de Juan Ramón Rallo


Tonterías selectas

17/06/2016

¿Una renta básica agraria?, de Gustavo Duch

Los sindicatos amenazan con un estallido social si no hay cambio político tras el 26-J

Un párroco tilda las operaciones a transexuales de “bricolaje anatómico imposible”

¿Somos pobres porque hay demasiados ricos?, de Manuel Monereo, politólogo

La Justicia ampara a un cartero ludópata que retenía envíos