Tonterías selectas

Revertir los recortes es posible, de Ignacio Álvarez, de Podemos

Carta a los ciudadanos jóvenes (de todas las edades) de este país, de Vicenç Navarro

Basic Income Revisited, by Robert Skidelsky

El abandono del socialismo por la socialdemocracia española, de Vicenç Navarro

Unidas Podemos (I): Abolir la prostitución, de Lidia Falcón

Es inaceptable que quienes se postulan de progreso defiendan que las mujeres pueden ser objeto de satisfacción sexual de los hombres, mediante precio. Proponer que hay que legalizarla —o regularizarla, ya conocemos de eufemismos— es pervertir a la sociedad. Hace ya tiempo que el Comité de DDHH y la Comisión de Derechos de la Mujer de la ONU declararon que no es un trabajo porque no tiene la dignidad que requiere. Utilizar a las prostitutas para que cualquier hombre crea que puede obtener placer, es reducir el cuerpo de las mujeres a la consideración de objeto. Es la mayor cosificación que se pueda concebir, y la mayor violencia que se comete contra ellas.

Un Estado prostituidor como sería el que legalizase esta explotación y cobrase impuestos por ello, estaría considerando a todas las mujeres susceptibles de ser prostituidas y en consecuencia llevaría a que se rebajara aún más la apreciación social de las mujeres. Es enormemente hipócrita que los defensores de que se regule nunca se vayan a plantear ser ellos mismos víctimas de semejante explotación, ni acariciarán jamás la expectativa de que su madre o sus hijas o sus hermanas se prostituyan. Para eso están otras mujeres. Es la suprema discriminación clasista.

La regularización o legalización dará carta de naturaleza legal a las mafias de la prostitución. Ya no se podrá esperar que el Estado actúe contra ellas, porque nunca se conseguirá que las víctimas declaren que están siendo obligadas. Ya lo vivimos actualmente, cuando la perversidad de obligar a la víctima a ser la denunciante y la testiga del delito, y mantener la acusación durante tiempo interminable, consigue que apenas se persiga a los traficantes, proxenetas, chulos y macarras. Pero con una legislación que los ampare tendremos la mayor explotación de mujeres, impunemente.

Y lo que no se debate, a pesar de esta epidemia de debatitis que padecemos, es qué significa la dignidad de la persona. La sexualidad constituye la pulsión más íntima, más privada, más placentera de todas las actividades humanas. Ninguna otra relación permite conocer tan íntimamente a otra persona, y esa entrega debe ser siempre libre, voluntaria y gratuita. Considerarla una mercancía, que una mujer tenga que aceptar el concurso sexual con veinte hombres cada día, significa degradar absolutamente a las personas. A la mujer y a los hombres que consumen ese sexo venal, absolutamente degradante.

Muchos estudios no sé si hacía falta tantos- explican que las prostitutas tienen una esperanza de vida menor que las demás mujeres, que padecen depresiones y por supuesto adicciones –en eso las envician los explotadores-, y tienen el peor aprecio de sí mismas. Se las induce o se las engaña para que acepten la prostitución y después  se las envilece y desprecia.

Aceptar que se considere un empleo significa que tendremos cursos de prostitución para iniciar a las neófitas en el oficio, que irán a engrosar la listas de empleo, que habrá que establecer categorías según las “especialidades” que practiquen, supongo que el sado será el más caro, y que a cualquier mujer le podrán ofrecer una plaza en un burdel cuando se quede en paro. ¿Y ese es el país que queremos? ¿Qué nuestras hijas sean prostitutas y nuestros hijos prostituidores, consumidores de sexo pagado?

… En un momento en que el amor libre está absolutamente socializado, en que se han normalizado todas las relaciones sexuales entre adultos. ¿Será posible que haya todavía varones que necesiten pagan 30 euros por una felación o un coito de 20 minutos? ¿Qué clase de moral social, que clase ética radical –como pedía Carlos París- difundimos en nuestro país? ¿Cómo pueden creerse modernos, progresistas y hasta socialistas los que defienden semejante degradación colectiva, semejante perversión individual?

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