Tonterías selectas

Los permisos de paternidad en campaña, de Carlos Huerga

Los que hemos sido padres, somos conscientes del beneficio que puede suponer para la sociedad el hecho de igualar los permisos de paternidad y maternidad, haciéndolos intransferibles y pagándolos al 100%.

… Cuando una pareja decide tener un hijo, culturalmente se asume que la mujer es la responsable de los cuidados. Si los hombres tuviéramos un permiso igual e intransferible, se iniciaría un cambio cultural muy importante. Se darían los medios para que ambos progenitores puedan cuidar por igual, normalizándose así la corresponsabilidad de las tareas domésticas y del cuidado. Además, de esta manera se educa a los menores demostrándoles que tanto el padre como la madre se encargan de las cuestiones domésticas. Y esto es un punto clave, ya que la mejor manera de hacer que la sociedad sea más justa e igualitaria, es educándola en este sentido (se sorprenderían de las cosas que llega a escuchar uno cuando dice que comparte el permiso de maternidad de su pareja).

… Por último, pero no por ello menos importante, la reclamación de un permiso de paternidad igual al de la mujer es un derecho tanto para el padre, como para las criaturas. Para los padres es un permiso que nos permite atender a la crianza, cuidado, juego o educación diaria de nuestros hijos e hijas y así tener una vida más rica, más humana y más satisfactoria. Para ellos es la única manera de disfrutar y ser atendidos por sus padres, en la misma medida que por sus madres, en sus primeros meses de vida.

… mientras que los derechos no sean iguales e intransferibles, está libertad nunca existirá porque, sin un cambio social, es siempre la mujer la que se ve empujada a tomar el permiso. Por esto es tan importante que estos sean iguales, intransferibles y pagados al 100% y los hombres asumamos el papel que nos corresponde en nuestros hogares.

Ciudades con soberanía tecnológica, de Gerardo Pisarello, primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona

La tecnología debe vincularse a la mejora de la calidad de vida de las vecinas y vecinos más vulnerables y al impulso de una economía colaborativa al servicio del bien común. De lo contrario, el concepto de ‘smart city’ corre el riesgo de legitimar a aquellas comunidades cada vez más privatizadas y cerradas, solamente al alcance de una minoría.

… la agenda política de las ‘smart cities’ no puede ser puramente tecnocrática, ni quedar prisionera en manos de unos pocos gigantes como Cisco o Microsoft o beneficiar a plataformas predatorias, desreguladas, como Uber o Airbnb, sin que estas aporten ninguna contrapartida.

Por el contrario, en una ciudad democrática, la tecnología debería servir para empoderar digitalmente a la ciudadanía, para proteger su privacidad frente a los abusos del poder público y privado, para luchar contra la corrupción y para avanzar hacia una economía más equitativa y sostenible. Esto tiene un nombre: conquistar soberanía tecnológica, digital, para el bien común.

… necesitamos articular, ya, una red de ciudades por la soberanía tecnológica. Una red que presione a los Estados y a Europa para que legislen a favor de la apertura de datos, de los derechos digitales y de una mejor financiación de las iniciativas público-comunitarias en materia tecnológica. Europa necesita un nuevo New Deal, que debe ser verde, y también digital. Solo así podríamos tener ciudades más inteligentes, es decir, más participativas, con mayor liderazgo público, y más soberanas para poder servir al bien común.

Por qué las propuestas económicas de Unidos Podemos son urgentes para España y Europa, de Vicenç Navarro

Educación financiera para eliminar la protección social, de Nuria Alonso, de EconoNuestra

Sueldos privados, de Juan Manuel de Prada

Es habitual que, cuando se reclama que los sueldos de los funcionarios públicos estén sometidos a regulación, se defienda a renglón seguido que los sueldos del sector privado puedan regirse exclusivamente por el criterio del contratador. Así, por ejemplo, se justifica que los altos ejecutivos de las empresas ganen millonadas, o incluso que perciban gratificaciones añadidas desmesuradas, pues se defiende cada uno hace con su dinero lo que quiere; y una empresa privada, cuando decide hacer estos pagos estratosféricos, está gastando de lo que ha ganado y no está sustrayendo fondos públicos. Esta monserga se repite mucho constantemente en medios de comunicación, incluso entre los que presumen de ‘inspiración cristiana’, que suelen ser los que con mayor alegría defienden estas burradas anticristianas, para corrupción de sus clientelas zombis.

Por supuesto, tales afirmaciones son sofismas de la peor ralea. Ciertamente, una empresa pública que permite que los miembros de su consejo de administración hagan uso indiscriminado de una tarjeta de crédito para comprar bragas a sus putillas está cometiendo un abuso, puesto que el dinero con el que se pagan las bragas procede de nuestros impuestos. Pero ¿de dónde proceden las millonadas que ciertas empresas privadas pagan a sus ejecutivos? Proceden, en última instancia, de las ventas que tal empresa haya realizado; de tal manera que esos sueldos estratosféricos que suelen justificarse como si tal cosa proceden, en última instancia, de los bolsillos de los compradores, que pagan por un producto que, en estricta justicia, podría costar mucho menos. Asimismo, tales sueldos estratosféricos se logran a costa de los sueldos menesterosos de otros muchos trabajadores de esa misma empresa, que han de conformarse con cobrar sueldos birriosos a cambio de un trabajo estragador (pues tales sueldos estratosféricos también impiden que la empresa contrate a más trabajadores que harían algo más liviana su carga). A la postre, comprobamos que esa distinción entre dinero público y privado es tan sólo un intento de justificar una iniquidad.

Naturalmente, no pretendemos que el ingeniero que diseña un motor cobre lo mismo que el obrero que aprieta los tornillos a los motores que se fabrican en una cadena de montaje. Los sueldos tienen que establecer una jerarquía que premie las potencias y facultades del trabajador, que recompense su creatividad y su inteligencia, su dedicación y su esfuerzo, y al mismo tiempo la responsabilidad que desde cada puesto se asume; pero esta natural jerarquía en el trabajo no puede confundirse, como ocurre en nuestra época, con la creación de estamentos en el seno de las empresas, y mucho menos con el mantenimiento de una casta privilegiada que, con la coartada de la responsabilidad asumida, se blinda con sueldos fastuosos, logrados siempre a costa de recortar los sueldos del ‘estamento’ laboral menos cualificado, o de encarecer la producción, o incluso de la ruina de la propia empresa. Del mismo modo que una empresa en la que no se reconoce una jerarquía acaba generando desaliento entre los trabajadores que aportan mayor esfuerzo y creatividad o asumen mayores responsabilidades, una empresa que crea una casta de privilegiados provoca desánimo entre los trabajadores de sueldos más menesterosos, que acaban desinteresándose de su trabajo, considerando no sin razón que están siendo ordeñados. Como afirmaba Juan XXIII en su encíclica Mater et magistra, «en las naciones económicas más desarrolladas no raras veces se observa el contraste de que, mientras se fijan retribuciones altas, e incluso altísimas, por prestaciones de poca importancia o de valor discutible, el trabajo asiduo y provechoso de categorías enteras de ciudadanos honrados y diligentes es retribuido con salarios demasiado bajos, insuficientes para las necesidades de la vida, o, en todo caso, inferiores a lo que la justicia exige, si se tienen en la debida cuenta su contribución al bien de la comunidad, a las ganancias de la empresa en que trabajan y a la renta total del país».

Ninguna empresa está legitimada para retribuir fastuosamente a sus altos ejecutivos, mientras mantiene a la mayoría de sus trabajadores en condiciones que no aseguran debidamente sus necesidades personales o familiares. Que la titularidad de esa empresa sea privada o pública es lo de menos; pues más allá de que la división neta entre lo público y lo privado sea con frecuencia un trampantojo lo que este sofisma defiende es una visión antropológica profundamente inmoral, que el economicismo materialista (a veces disfrazado de ‘inspiración cristiana’, para mayor escarnio) nos ha ido deslizando sin que nos diésemos cuenta.

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