Tonterías selectas

Civilización, de Juan Manuel de Prada

… una civilización es «un conjunto de creencias y valores compartidos que conforman una comunidad»: de ahí que todas las civilizaciones que en el mundo han sido, son y serán hayan sido fundadas por religiones; de ahí que todas las civilizaciones, cuando las religiones que las fundaron se debilitan y oscurecen, se desintegren paulatinamente, hasta claudicar. No es posible conformar una comunidad sin una religión compartida, por la sencilla razón de que cuando no se reconoce una paternidad común, toda unión humana se torna imposible. En la mal llamada ‘civilización occidental’, que no está fundada sobre una religión sino sobre una apostasía y una posterior idolatría (la del progreso democrático), las uniones son en el mejor de los casos quebradizas, pues se basan en lo que Unamuno llamaba «la liga aparente de los intereses»; y, como los intereses suelen ser egoístas y cambiantes, la demogresca campea por doquier.

Sólo puede haber civilización allá donde hay una religión compartida; y cuando se esfuma el fundente religioso, o cuando tal fundente se hace añicos, la civilización desaparece lentamente, hasta ser sustituida por otra. Así ocurrió, por ejemplo, con Roma, que al perder la fe en sus dioses dejó de cultivar las virtudes que la habían hecho fuerte, para luego entregarse en su decrepitud a un hormiguero de sectas asiáticas devoradoras, del que la salvó el cristianismo. Pero que no haya posibilidad de civilización sin religión no quiere decir que toda forma de civilización sea buena o digna de consideración: ahí tenemos en la Antigüedad a los cartagineses, que fundaron una civilización aberrante e infanticida, venturosamente aniquilada por los romanos; y tenemos, como un turbio río de sombra recorriendo la Historia, la civilización islámica, que desde sus mismos orígenes, se expandió a través de la violencia, lanzando una formidable ofensiva contra una Cristiandad pululante de herejías que detuvo Carlos Martel en Poitiers, para que luego Pelayo iniciara una difícil reconquista de la Hispania visigótica. Y esta civilización islámica siguió dando muestras de su carácter expansivo y violentísimo con los turcos, que tomaron con masacres Constantinopla para ser luego frenados primero en Lepanto y después a las puertas de Viena. Esta civilización islámica es la que ahora vuelve a atacar (después de que la avaricia democrática haya jugado insensatamente a deponer dictadores que la contenían); sólo que enfrente ya no tiene una civilización cristiana dispuesta a hacerle frente, unida en torno a una fe común que actúa a modo de antídoto y reconstituyente, sino que sólo tiene a una multitud apóstata, feble y amorfa de gentes incapacitadas para el sacrificio que piensan ilusamente que defecando cuatro bombitas por control remoto van a conjurar el peligro.

Trabajo posthumano, de Juan Manuel de Prada

Es verdad que cada vez hay más voces que plantean «la creación de un salario mínimo garantizado para que la gente viva». Pero, en su origen, esta propuesta está impulsada por la plutocracia (más allá de que mucha gente bienintencionada se adhiera con ingenuidad a ella), que pretende que los Estados solucionen el problema al que nos ha conducido un orden económico abominable. La plutocracia ha logrado imponer un orden que asegura la concentración de capital en muy pocas manos, a la vez que (por efecto natural de la automatización y la deslocalización) genera una masa creciente de desempleados. Y, ante esa masa creciente, la plutocracia teme que acabe estallando una revolución de magnitudes desconocidas. Se propugna entonces la creación de un subsidio mínimo que mantenga a esas masas en estado de ‘pobreza controlada’ que, con la ayuda de interné (donde la gente desempleada puede entretenerse, vomitar su rabia y hacerse sus pajillas, todo ello gratuitamente), puede diferir el estallido de esa revolución. Si tal salario mínimo no se ha universalizado todavía es porque los Estados se topan con problemas cada vez mayores para allegar fondos.

Y es que el orden económico que genera masas crecientes de desempleados oprime a su vez a quienes emplea, dificultando al máximo la exacción tributaria. Al romper los vínculos morales entre patronos y obreros, el orden económico vigente ha favorecido todo tipo de desmanes: así, por ejemplo, en España, cada semana se trabajan tres millones y medio de horas extras no cobradas (más de la mitad del total de horas extras trabajadas); cada vez son más frecuentes los contratos laborales a tiempo parcial que encubren -con un sueldo ínfimo- contratos a tiempo completo; y, en general, cada vez hay más gente dispuesta a trabajar en condiciones oprobiosas. Este es el trabajo posthumano (auténtico trabajo esclavo) del presente; y en el futuro, si el orden económico no cambia, no hará sino extremarse (pues las «máquinas» a las que se refería Cordeiro seguirán destruyendo empleos). No nos parece descabellado imaginar subsidios generalizados en el futuro; pero tales subsidios no permitirán viajar a la gente a la playa (mucho menos a la Luna o a Marte), sino tan sólo evitar la muerte por inanición y pagar la conexión a interné, que se convertirá (si es que no lo es ya) en el desaguadero de la rabia y la soledad -o, como diría Cordeiro, en proveedor de «actividades creativas e innovadoras»- de una multitud alienada pero dócil.

Este es el «trabajo posthumano» que nos aguarda, si el orden económico no cambia. Y, por supuesto, nos seguiremos muriendo; sólo que para entonces nos moriremos sobre todo de asco, por mucho que los falsos redentores nos prometan sarcásticamente la inmortalidad y un futuro esplendente con viajes a la Luna y a Marte.

Voluntarismo, de Juan Manuel de Prada

… se consagra un supuesto derecho a cambiar de sexo, contrariando nuestra propia naturaleza biológica, mediante un acto de expresión soberana de la voluntad, como si la libertad humana pudiera desvincularse de su propio ser. Hoy no existe ningún partido político mayoritario que no proclame con alborozo este supuesto derecho; en cambio, son muchos los partidos que se resisten a aceptar el supuesto derecho de autodeterminación de los pueblos catalán o vasco, cuyo objetivo es exactamente el mismo que el supuesto derecho a cambiarse de sexo, con la única diferencia que, mientras quien se cambia de sexo niega una realidad biológica, los vascos o catalanes que desean independizarse sólo niegan una realidad histórica en la que, por supuesto, no faltan lazos biológicos, pero que no es biológica per se. Ambos presuntos derechos se fundan sobre la misma premisa voluntarista y el mismo concepto erróneo de libertad (una libertad desvinculada del ser de las cosas, frente a la libertad verdadera, que sirve para perfeccionar las cosas, sin violentar su ser); y, en estricta lógica, reconocer uno exige reconocer el otro. Además, el supuesto derecho de autodeterminación de los pueblos violenta menos la realidad de las cosas que el supuesto derecho al cambio de sexo. Sin embargo, comprobamos que los mismos que aplauden los cambios de sexo sacan pecho patriotero, oponiéndose a que Cataluña o el País Vasco se independicen…

Dinero y libertad, de Juan Manuel de Prada

En un pasaje particularmente luminoso de su obra, Leonardo Castellani vincula directamente la obsesión de la libertad propia de nuestra época con la hegemonía alcanzada por las fuerzas económicas descontroladas. Señala el gran escritor argentino que esta obsesión por la libertad habría logrado mantener a las masas enzarzadas como monos que se disputan en una jaula una damajuana de aguardiente, mientras el Dinero se dedicaba tan pichi a hacer de las suyas, actuando discrecionalmente, sin vigilancias ni cortapisas. Castellani, en definitiva, nos propone que toda esa olimpiada de derechos y libertades que saboreamos como si fuesen una golosina no serían sino cebos (¡y placebos!) que el Dinero nos arroja para mantenernos entretenidos, como se arrojan algarrobas a los puercos, mientras el Dinero se concentra y multiplica en unas pocas manos, mientras circula libremente con destino a paraísos fiscales, mientras asegura su intangibilidad (e impunidad) mediante entelequias jurídicas.

Se trata de una tesis extraordinariamente sugestiva. Si volvemos la vista atrás, descubriremos que la ‘espiritualización’ del Dinero (esto es, el momento en que deja de ser un símbolo que representa el valor de los bienes, para convertirse en una niebla de las finanzas, desligada de los bienes que en principio representaba) coincide en el tiempo con el ocaso de la libertad como medio concreto para alcanzar un fin concreto y su sustitución por una libertad abstracta que es un fin en sí misma y enardece a las masas con ideales utópicos, enzarzándolas en una demogresca aturdidora y esterilizante. Las libertades antiguas estaban ligadas a los oficios de las gentes, a la tierra que les brindaba sustento, a la defensa de sus familias y sus formas de vida. La libertad abstracta llenó a las gentes la cabeza de ideas mentecatas y exaltantes que, a la vez que les impedían mantener los pies en el suelo (obligándolas a abandonar su oficio, su tierra y su familia), las ensoberbecían de tal modo que ya nunca volvieron a elevar la vista al cielo, pues su única religión a partir de entonces fueron los sucesivos reclamos que la libertad abstracta les suministraba. Y, mientras estas gentes que se habían quedado sin tierra, sin oficio y sin familia se entretenían, absortas en sus desdichados ideales utópicos, el Dinero se dedicó a completar el despojo, sabiendo que sus latrocinios pasarían inadvertidos; y, si en alguna ocasión tales latrocinios resultaban demasiado ostentosos, el Dinero auspició nuevas declaraciones de derechos y libertades, o ‘amplió’ las ya existentes, de tal manera que la golosina que garantizaba su hegemonía adquiriese una mayor variedad, hasta convertirse en una fastuosa tienda de chuches.

Y así el Dinero inventó una forma fantasmática de reproducción que le permitía multiplicarse exponencialmente, mediante birlibirloques bursátiles y sistemas bancarios de reserva fraccionaria. Con la particularidad de que, cada vez que ese Dinero fantasmático quería hacerse corpóreo, tenía que esquilmar los bienes reales, sangrando a las pobres gentes que ni siquiera se percataban del latrocinio, porque seguían en su jaula, disputando como monos. El Dinero inventó también el abuso de la persona jurídica y el principio de responsabilidad limitada, que quebraba los conceptos tradicionales de propiedad y sociedad, ligados indisolublemente a la responsabilidad personal de sus titulares, para propiciar la conversión de la propiedad en un ente con vida propia que, mientras crece, reparte beneficios, pero que cuando se declara en quiebra deja a salvo el patrimonio de sus titulares. El Dinero, en fin, inventó la libertad de circulación de capitales, que le permitía -a la vez que daba cínicamente lecciones de patriotismo a los monos de la jaula- abandonar como una rata el barco que se hundía, escapar a la vigilancia del fisco, emboscarse detrás de testaferros, crear sociedades offshore en paraísos fiscales, fundirse en una niebla de las finanzas indiscernible.

Y todo ello mientras los monos en la jaula pedíamos chillones que nos diesen más libertad de expresión, o más derechos de bragueta. Y el Dinero, del mismo modo que en otro tiempo les dio periódicos (que él mismo financiaba) y aborto a granel (que le permitía pagar sueldos miserables, pues a menor descendencia menos ímpetu en la lucha por un sueldo digno), hoy nos da Twitter y cambio de sexo, para que nos desfoguemos en la cochiquera virtual (que el Dinero ha aderezado muy lindamente, como quien adereza un jardín de infancia) y nos refocilemos sin peligro de multiplicación. Porque la única multiplicación que el Dinero ve con buenos ojos es la propia; a los monos siempre nos quedará el consuelo de emborracharnos de libertad.

Libertad de pensamiento, de Juan Manuel de Prada

… nuestra época no reconoce la existencia de la verdad, que Orwell consideraba premisa de la libertad. El subjetivismo niega que la verdad de las cosas pueda ser conocida, pues considera que el entendimiento está limitado por la experiencia. El relativismo afirma que lo que las cosas son desde nuestra perspectiva y coyuntura no lo serían si la perspectiva y la coyuntura fuesen distintas. El escepticismo, en fin, nos impone dudar de todo, pues considera que somos incapaces de alcanzar la verdad. La verdad cierta de las cosas se ha evaporado del todo…

Al no reconocerse la existencia de la verdad (o ante la imposibilidad de acceder a ella), ya no puede existir adecuación del intelecto a las cosas (que era la definición aristotélica de verdad). Abolida la verdad, se invocó en un principio la objetividad, que presupone imparcialidad; pero nadie puede creer seriamente que un sujeto que no reconoce la existencia de la verdad pueda ser otra cosa sino subjetivo. Luego, el concepto de objetividad fue sustituido por los de sinceridad o autenticidad, que ya sólo pueden presumir de «decir lo que uno piensa (o siente)». La verdad se convierte, entonces, en coherencia con las ideas propias, que naturalmente habrán de ser subjetivas; pero, una vez sustraída la adecuación del intelecto a las cosas, ¿cómo sabemos que esas ideas que creemos propias no son en realidad ideas inducidas por otros? ¿Cómo sabemos que estamos diciendo lo que pensamos y no lo que otros nos han ‘predispuesto’ o ‘enseñado’ a pensar? ¿Cómo sabemos que estamos pensando y no tan sólo ‘sintiendo’? A fin de cuentas, nada hay tan ‘sincero’, tan ‘auténtico’, como la expresión de sentimientos. Y nada tampoco tan fácil de excitar, de estimular y, en definitiva, de inducir: no hace falta sino comprobar la facilidad con que unas imágenes lanzadas a través de la tele logran indignarnos o conmovernos; o la celeridad con la que logran ‘movilizarnos’ a través de las redes sociales. Cuando la verdad ha sido sustraída, nada más sencillo que ‘suministrar’ pensamientos que nos hagan sentir auténticos.

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