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Tonterías selectas

18/04/2016

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Maternidad subrogada, modelos de familia y la coherencia del liberalismo conservador, de Francisco José Contreras

… se extiende la impresión de que en la reproducción y la familia no hay nada fijo; que todo es reconstruible, que podemos remodelar la secuencia a nuestro capricho.

… La familia estaba sometida a reglas morales y jurídicas rígidas porque lo que estaba en juego se consideraba demasiado importante para ser abandonado al capricho individual: nada menos que la perpetuación de la especie y el bienestar de los niños.

… El nuevo modelo familiar es individualista y adultocéntrico: lo esencial ahora es el deseo de autorrealización del individuo soberano, que debe ser libre para cambiar de pareja cuantas veces sean necesarias, tener hijos o no, unirse a personas del mismo o de distinto sexo. Los niños deberán adaptarse a los vaivenes de la vida amorosa de los adultos, sufriendo las consecuencias. Y la tecnología reproductiva –convertida en “medicina del deseo”- se pone al servicio de la gratificación individual derribando las últimas barreras naturales.

… La deriva hacia la selección del fenotipo del bebé por el “comprador” es la consecuencia esperable de la mercantilización de la reproducción humana.

… Sí hay una diferencia moral entre alquilar servicios (futbolísticos o fabriles) y alquilar el propio cuerpo (órganos o funciones reproductivas). Los regateos de Messi son algo exterior a él, no forman parte de su persona, y por tanto puede venderlos sin degradarse; el útero de la madre gestante sí es parte de ella misma: al alquilarlo, se rebaja al nivel de cosa, de mercancía. El imperativo de no mercantilización del cuerpo se apoya en una antropología unitaria: la persona no es sólo mente, también es cuerpo. No tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo. El cuerpo posee una dignidad no compatible con la mercantilización: de ahí la repugnancia que nos inspiran la prostitución, la pornografía, la trata de esclavos o el tráfico de órganos. Como recuerdan Angela Aparisi y José López, “los sistemas jurídicos occidentales tradicionalmente han entendido que, frente a la libre disposición de los objetos, las personas, incluyendo el cuerpo humano, sus órganos y funciones más esenciales, no pueden ser objeto de comercio”.

El libertarianismo considera que “la mujer libre” puede alquilar su cuerpo sin pérdida de dignidad: los ultraliberales absolutizan la autonomía, incluyendo en ella la completa disponibilidad del propio cuerpo. Es un planteamiento que habría repelido a los clásicos del liberalismo. El pensador por antonomasia de la autonomía moral (el sujeto se da la ley moral a sí mismo: no la recibe de Dios o algún otro poder heterónomo) fue Immanuel Kant. Pues bien, Kant afirmó que “[el ser humano] no tiene meramente valor relativo o precio, sino un valor interno, esto es, dignidad” (Fundamentación de la metafísica de las costumbres, II). Vender una parte del propio cuerpo equivale a venderse íntegramente, pues el ser humano es una totalidad psico-física: “La adquisición de un miembro del cuerpo de un hombre es a la vez adquisición de la persona entera, porque ésta es una unidad absoluta” (Metafísica de las costumbres, §25).

La GS es aberrante porque rompe esa unidad sustancial de la persona, obligando a la gestante a un desdoblamiento deshumanizador. Como explica Etienne Montero: “La madre portadora está condenada a considerar su embarazo desde una perspectiva puramente funcional, y no como un acontecimiento que concierne a todo su ser. Tiene proscrita la formación de todo vínculo sentimental con el niño que porta. […] Tendrá que vivir su embarazo en la indiferencia, en la perspectiva del abandono, con el pensamiento de que no es su hijo”.

La faceta degradante del alquiler de órganos y funciones reproductivas queda confirmada por la sórdida casuística que rodea al fenómeno, y que contradice la imagen idílica de la GS que intentan trasladar J.R. Rallo o Santiago Navajas

…el hijo necesita a sus verdaderos progenitores. Admitir el matrimonio homo y las TRA significa sacrificar el bienestar del niño a los caprichos de los adultos.

…De ahí que, mientras el criterio que rige la sociedad civil es la tutela de los derechos naturales de los individuos (vida, libertad, propiedad), el principio que preside la sociedad familiar es, en cambio, el del deber natural que incumbe a los progenitores de permanecer juntos para proteger a la prole indefensa: “Como la unión del varón y la mujer no tiene simplemente por objeto la procreación, sino la continuación de la especie, esa unión debe persistir, incluso después de la procreación, mientras sea necesaria para alimentar y proteger a los hijos” (Ensayo sobre el gobierno civil, VII, §79). La sociedad civil opera bajo una lógica de maximización de la libertad y del interés propio, pero la sociedad familiar funciona en base a deberes naturales y al principio del superior interés del menor. La lógica del mercado no debe extenderse al ámbito de la reproducción y la familia. A Locke le habría espantado la volatilización de los vínculos familiares a la que hoy asistimos.

…el mercado no lo es todo, y la familia –la reproducción- no debe ser mercantilizada. Aplicar la lógica del mercado al ámbito familiar-reproductivo significaría acabar con “su cohesión”. Y, si desaparece la familia, serán la propia sociedad abierta la que peligre.

…Así como los precios del mercado libre condensan información dispersa sobre los bienes y servicios que los consumidores necesitan, así las reglas morales tradicionales –muy especialmente, las relativas a sexualidad y familia- sintetizan el conocimiento acumulado por las generaciones pasadas en torno a cuestiones cruciales para la supervivencia de la sociedad. El mercado no es el único “orden espontáneo”: también la familia lo es. Y las reglas de la familia no son las del mercado.


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Pagar por esclavizar, de Lidia Falcón

Las mafias de la prostitución han comprado voluntades de políticos e ideólogos y hasta de antiguas feministas, para defender la mayor de las infamias: la legalización de la esclavitud sexual de las mujeres. Encubren esta realidad, como hoy se encubren las explotaciones con un lenguaje eufemístico del que han desaparecido las categorías marxianas, como explotación y lucha de clase, afirmando que se defiende la libertad de las mujeres que se prostituyen voluntariamente.

Por supuesto dicen que están en contra de la trata forzosa de personas con fines de explotación sexual –yo supongo que con cualquier fin-, pero a favor de legalizar a aquellas que escojan libremente ese “trabajo”. Por supuesto obvian que el 99% de las víctimas de la prostitución lo son forzadamente, ya que no hay mayor coacción que la miseria, y ninguno de los defensores de esta esclavitud ha podido demostrar -ni siquiera lo intenta- que no sean las pobres las que van a “escoger libremente” esa “profesión”.

El discurso de la libertad ha sido pervertido desde los orígenes de su implantación. Ya sabemos que con la defensa de la libertad se forjó la más cruel explotación de los y las trabajadoras. Con la defensa del liberalismo y de la democracia se ha impuesto el dominio absoluto del capital y se ha logrado engañar a los pueblos convenciéndoles de que el capitalismo y el imperialismo, las elecciones rituales y periódicas y el control de las comunicaciones, de la cultura, de las campañas electorales, y en definitiva de las conciencias, se ejerce la democracia.

Los discursos engañosos apoyados en los grandes principios de derechos humanos, defienden que las explotaciones, las persecuciones y los más crueles crímenes sigan cometiéndose en nuestros avanzados países  en nombre de la libertad.

En el caso de la prostitución esta es la perversión más abyecta de todas. Porque defiende la utilización sin límites del cuerpo de las mujeres para la satisfacción sexual de los hombres, que degrada a las mujeres, a los hombres y a la sexualidad.

Defender la legalización es consolidar la explotación femenina más grave, retrotrayéndonos a los tiempos medievales. La prostitución es una explotación fundamentalmente femenina- incluidas las niñas-. Los hombres, muchachos y niños que se están utilizando actualmente en este comercio, son, afortunadamente, un número mucho más pequeño, y fundamentalmente homosexual. Porque la prostitución es una explotación sexual inventada, organizada y disfrutada por hombres, según las normas del Patriarcado. Por eso es tan antigua. Por eso el modelo actual sigue siendo mujer prostituida, hombre prostituidor. Y por eso, porque son los que detentan el poder y el dinero, son los hombres los que pagan y las mujeres las que se prostituyen para vivir.

… Se afirma también que las mujeres “contratan” con total libertad. Lo cierto es que todas las prostitutas son víctimas de violencia, violaciones, maltrato psíquico, desprecios y humillaciones. Ninguna de las mujeres que se encuentran sometidas a esa explotación sexual lo ha escogido voluntaria y libremente como se pretende, ni se encuentran satisfechas con semejante esclavitud. Todas son utilizadas por uno o varios chulos, todas son expoliadas por el proxeneta y todas son maltratadas por los clientes y por los macarras.

¿Qué libertad es la que poseen mujeres que no tienen qué comer, que no pueden alimentar a los hijos o, que han sido ya violadas por los hombres de su entorno desde la infancia, o que son maltratadas y apaleadas por el padre, novio, marido, amante, que tantas veces son los chulos que las explotan? Han sido vejadas en su dignidad de persona y no se consideran por tanto iguales a las otras más afortunadas. Y nuestra sociedad, cuando legalice la prostitución, seguirá sin considerarlas dignas de compararse con las mujeres decentes.

El estigma, de que tanto hablan los legalistas, es el que les imponen éstos a las mujeres que consideran buenas para ser prostituidas. Porque ninguno de los padres ni maridos ni hermanos ni hijos de buena familia desea que sus hijas, su esposa, su hermana o su madre se dedique a la prostitución. Como tampoco ninguna de las mujeres que se califican como decentes tiene semejante horizonte entre sus expectativas. Todos ellos y todas ellas, se consideran a sí mismas diferentes a las “otras”, aquellas que sí pueden, y a lo mejor deben, dedicarse a la prostitución.

Y la violencia y el machismo están presentes en todos los aspectos de la vida de las mujeres prostituidas. Si un sector de hombres maltrata habitualmente a su compañera de vida y varias decenas las asesinan cada año, ¿qué trato pueden esperar las prostitutas?

La legalización no resolverá ninguno de estos dramas. La campaña de la legalización ha sido promovida por las mafias de la prostitución. Esas mafias lo que pretenden es que las legislaciones de los países desarrollados, en los otros son ellos los que imponen las leyes, no les persigan. No enfrentar más el riesgo de que alguno de sus esbirros sean encausados y a veces encarcelados, y ahorrarse el dinero que ahora les suponen las mordidas y los sobornos. Que nadie crea que los impuestos les saldrán más caros porque ahora pagan los mismos por hoteles, clubs, cafeterías, pubs, etc. Lo que pretenden los proxenetas es la total impunidad. Ni denuncias, ni investigaciones, ni molestias de los vecinos ni admoniciones moralistas de las feministas. Traficar con mujeres- tantas menores de edad-, esclavizarlas en los puticlubs, ganar mil por uno, apalearlas si se resisten, y seguir siendo tratados como honrados empresarios de “alterne”.

Pero lo más inaceptable es que personas que se pretende progresistas y hasta revolucionarias se manifiesten a favor de que afiance, legalmente, esta clase de esclavitud. Como escribía Carlos París: “Es decir se acepta una realidad, fuente de criminales horrores, sin plantearse la posibilidad de su negación, de su erradicación y superación. Como, sin renunciar a la pena de muerte, se pretendiera dulcificar su ejecución. O, sin suprimir la esclavitud se dieran  normas para mejorar el trato a los esclavos. De este modo, de alguna manera,  se vuelve a incidir en la teoría del mal menor. Y se argumenta que por la vía de la regulación se podrían combatir los actuales abusos, pues se desarrollan más fácilmente en una actividad encerrada en la clandestinidad. Además se asegurarían  garantías higiénicas  en esta práctica. Añadamos que se satisfarían las protestas del vecindario que desea alejar estas actividades de sus calles. Y, por supuesto, los llamados clientes- o con mayor exactitud los “prostituidores”- podrían satisfacer sus instintos primarios, al par que los propietarios de  Clubs de Alterne quedan en condiciones óptimas de mantener su altamente rentable negocio. No olvidemos que en el actual mundo pretendidamente democrático y libre, los tres máximos negocios están representados por el tráfico de armas, la droga y la prostitución. Y, sólo en España, se mueven 20.000 millones de euros en la prostitución.”

Y es que en la prostitución alcanza un punto culminante el mercantilismo, llevado a su extremo “panmercantilista”, la dominación, claramente de sexo, patriarcal, pero también de clase, el racismo y el hedonismo descontrolado.

Tal degradación  es el reverso del “fetichismo de la mercancía” denunciado por Marx en “El Capital”. Las mercancías, según describe gráfica e ingeniosamente  el texto de Marx, adquieren vida propia. Complementariamente -añadamos- los humanos se transforman en mercancías. El círculo se cierra.

Y la degradación del varón también.

No hay palabras mejores para describirla que las de Carlos París: “La alienación del varón prostituidor. En primer lugar, el mismo se despersonaliza. No es su entidad personal la que entra en relación con la prostituta, sino su condición de poseedor de un dinero, con que compra a la mujer. Podríamos representar esta situación, gráficamente, con la imagen de  un hombre cuyo rostro ha sido sustituido por un fajo de billetes o por un saco cargado de monedas. Pero, además, se despoja de su condición humana, en cuanto aquello que busca, que va a satisfacer, es un impulso meramente instintivo, una descarga de hormonas que le dominan. Se convierte en sujeto de la mera biología, deshumanizado, esclavizado por instintos que cree no poder controlar.”


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