Tonterías selectas

Elogio de Deng Xiaoping, de José García Domínguez

A Progressive Logic of Trade, by Dani Rodrik

Pena capital y criminalidad, de Guadalupe Muñoz Álvarez, académica correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación

Who owns the earth?, by Antonia Malchik

Pagar por esclavizar, de Lidia Falcón

Las mafias de la prostitución han comprado voluntades de políticos e ideólogos y hasta de antiguas feministas, para defender la mayor de las infamias: la legalización de la esclavitud sexual de las mujeres. Encubren esta realidad, como hoy se encubren las explotaciones con un lenguaje eufemístico del que han desaparecido las categorías marxianas, como explotación y lucha de clase, afirmando que se defiende la libertad de las mujeres que se prostituyen voluntariamente.

Por supuesto dicen que están en contra de la trata forzosa de personas con fines de explotación sexual –yo supongo que con cualquier fin-, pero a favor de legalizar a aquellas que escojan libremente ese “trabajo”. Por supuesto obvian que el 99% de las víctimas de la prostitución lo son forzadamente, ya que no hay mayor coacción que la miseria, y ninguno de los defensores de esta esclavitud ha podido demostrar -ni siquiera lo intenta- que no sean las pobres las que van a “escoger libremente” esa “profesión”.

El discurso de la libertad ha sido pervertido desde los orígenes de su implantación. Ya sabemos que con la defensa de la libertad se forjó la más cruel explotación de los y las trabajadoras. Con la defensa del liberalismo y de la democracia se ha impuesto el dominio absoluto del capital y se ha logrado engañar a los pueblos convenciéndoles de que el capitalismo y el imperialismo, las elecciones rituales y periódicas y el control de las comunicaciones, de la cultura, de las campañas electorales, y en definitiva de las conciencias, se ejerce la democracia.

Los discursos engañosos apoyados en los grandes principios de derechos humanos, defienden que las explotaciones, las persecuciones y los más crueles crímenes sigan cometiéndose en nuestros avanzados países  en nombre de la libertad.

En el caso de la prostitución esta es la perversión más abyecta de todas. Porque defiende la utilización sin límites del cuerpo de las mujeres para la satisfacción sexual de los hombres, que degrada a las mujeres, a los hombres y a la sexualidad.

Defender la legalización es consolidar la explotación femenina más grave, retrotrayéndonos a los tiempos medievales. La prostitución es una explotación fundamentalmente femenina- incluidas las niñas-. Los hombres, muchachos y niños que se están utilizando actualmente en este comercio, son, afortunadamente, un número mucho más pequeño, y fundamentalmente homosexual. Porque la prostitución es una explotación sexual inventada, organizada y disfrutada por hombres, según las normas del Patriarcado. Por eso es tan antigua. Por eso el modelo actual sigue siendo mujer prostituida, hombre prostituidor. Y por eso, porque son los que detentan el poder y el dinero, son los hombres los que pagan y las mujeres las que se prostituyen para vivir.

… Se afirma también que las mujeres “contratan” con total libertad. Lo cierto es que todas las prostitutas son víctimas de violencia, violaciones, maltrato psíquico, desprecios y humillaciones. Ninguna de las mujeres que se encuentran sometidas a esa explotación sexual lo ha escogido voluntaria y libremente como se pretende, ni se encuentran satisfechas con semejante esclavitud. Todas son utilizadas por uno o varios chulos, todas son expoliadas por el proxeneta y todas son maltratadas por los clientes y por los macarras.

¿Qué libertad es la que poseen mujeres que no tienen qué comer, que no pueden alimentar a los hijos o, que han sido ya violadas por los hombres de su entorno desde la infancia, o que son maltratadas y apaleadas por el padre, novio, marido, amante, que tantas veces son los chulos que las explotan? Han sido vejadas en su dignidad de persona y no se consideran por tanto iguales a las otras más afortunadas. Y nuestra sociedad, cuando legalice la prostitución, seguirá sin considerarlas dignas de compararse con las mujeres decentes.

El estigma, de que tanto hablan los legalistas, es el que les imponen éstos a las mujeres que consideran buenas para ser prostituidas. Porque ninguno de los padres ni maridos ni hermanos ni hijos de buena familia desea que sus hijas, su esposa, su hermana o su madre se dedique a la prostitución. Como tampoco ninguna de las mujeres que se califican como decentes tiene semejante horizonte entre sus expectativas. Todos ellos y todas ellas, se consideran a sí mismas diferentes a las “otras”, aquellas que sí pueden, y a lo mejor deben, dedicarse a la prostitución.

Y la violencia y el machismo están presentes en todos los aspectos de la vida de las mujeres prostituidas. Si un sector de hombres maltrata habitualmente a su compañera de vida y varias decenas las asesinan cada año, ¿qué trato pueden esperar las prostitutas?

La legalización no resolverá ninguno de estos dramas. La campaña de la legalización ha sido promovida por las mafias de la prostitución. Esas mafias lo que pretenden es que las legislaciones de los países desarrollados, en los otros son ellos los que imponen las leyes, no les persigan. No enfrentar más el riesgo de que alguno de sus esbirros sean encausados y a veces encarcelados, y ahorrarse el dinero que ahora les suponen las mordidas y los sobornos. Que nadie crea que los impuestos les saldrán más caros porque ahora pagan los mismos por hoteles, clubs, cafeterías, pubs, etc. Lo que pretenden los proxenetas es la total impunidad. Ni denuncias, ni investigaciones, ni molestias de los vecinos ni admoniciones moralistas de las feministas. Traficar con mujeres- tantas menores de edad-, esclavizarlas en los puticlubs, ganar mil por uno, apalearlas si se resisten, y seguir siendo tratados como honrados empresarios de “alterne”.

Pero lo más inaceptable es que personas que se pretende progresistas y hasta revolucionarias se manifiesten a favor de que afiance, legalmente, esta clase de esclavitud. Como escribía Carlos París: “Es decir se acepta una realidad, fuente de criminales horrores, sin plantearse la posibilidad de su negación, de su erradicación y superación. Como, sin renunciar a la pena de muerte, se pretendiera dulcificar su ejecución. O, sin suprimir la esclavitud se dieran  normas para mejorar el trato a los esclavos. De este modo, de alguna manera,  se vuelve a incidir en la teoría del mal menor. Y se argumenta que por la vía de la regulación se podrían combatir los actuales abusos, pues se desarrollan más fácilmente en una actividad encerrada en la clandestinidad. Además se asegurarían  garantías higiénicas  en esta práctica. Añadamos que se satisfarían las protestas del vecindario que desea alejar estas actividades de sus calles. Y, por supuesto, los llamados clientes- o con mayor exactitud los “prostituidores”- podrían satisfacer sus instintos primarios, al par que los propietarios de  Clubs de Alterne quedan en condiciones óptimas de mantener su altamente rentable negocio. No olvidemos que en el actual mundo pretendidamente democrático y libre, los tres máximos negocios están representados por el tráfico de armas, la droga y la prostitución. Y, sólo en España, se mueven 20.000 millones de euros en la prostitución.”

Y es que en la prostitución alcanza un punto culminante el mercantilismo, llevado a su extremo “panmercantilista”, la dominación, claramente de sexo, patriarcal, pero también de clase, el racismo y el hedonismo descontrolado.

Tal degradación  es el reverso del “fetichismo de la mercancía” denunciado por Marx en “El Capital”. Las mercancías, según describe gráfica e ingeniosamente  el texto de Marx, adquieren vida propia. Complementariamente -añadamos- los humanos se transforman en mercancías. El círculo se cierra.

Y la degradación del varón también.

No hay palabras mejores para describirla que las de Carlos París: “La alienación del varón prostituidor. En primer lugar, el mismo se despersonaliza. No es su entidad personal la que entra en relación con la prostituta, sino su condición de poseedor de un dinero, con que compra a la mujer. Podríamos representar esta situación, gráficamente, con la imagen de  un hombre cuyo rostro ha sido sustituido por un fajo de billetes o por un saco cargado de monedas. Pero, además, se despoja de su condición humana, en cuanto aquello que busca, que va a satisfacer, es un impulso meramente instintivo, una descarga de hormonas que le dominan. Se convierte en sujeto de la mera biología, deshumanizado, esclavizado por instintos que cree no poder controlar.”

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