Normas éticas condicionales y deber de auxilio

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Las normas éticas son o aspiran a ser universales: se aplican por igual a todos los sujetos éticos (normalmente seres humanos adultos) sin distinciones, sin privilegiar a unos a costa de otros; no son meras convenciones locales, costumbres o tradiciones que pueden variar entre grupos o culturas; no distinguen entre miembros y no miembros de cualesquiera grupos o clases puedan existir o imaginarse; no son normas de constitución o funcionamiento de ningún colectivo político, aunque la formación del grupo debe respetarlas si este pretende ser legítimo; no son resultado de ningún contrato social real o hipotético entre partes que las negocian, discuten, razonan y aprueban, sino que son normas que se pueden reconocer por cualquier sujeto ético como válidas o funcionales en cualquier posible interacción entre individuos para evitar, minimizar y resolver conflictos y permitir la cooperación (pero sin forzarla ni garantizarla). Son derecho natural, en el sentido de que es acorde a la naturaleza de los sujetos éticos y previo o más fundamental que las leyes positivas o las reglas pactadas mediante contratos.

La universalidad de las normas éticas puede referirse a los sujetos éticos involucrados (agentes y receptores de efectos de las acciones) y/o a las circunstancias de la acción (tiempo, lugar, medios, condiciones ambientales, situación de los individuos). La universalidad más fuerte o completa no distingue entre diferentes circunstancias: las normas no dependen del tiempo o momento de la acción, ni del espacio o lugar de la acción, ni de los medios utilizados en la acción, ni del estado de los individuos involucrados o sus relaciones; son válidas siempre, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia interna o externa; son normas incondicionales, no dependen de que se cumpla o no alguna condición; se trata de imperativos categóricos, no hipotéticos. Las normas así concebidas sólo consideran, prohibiendo u obligando, lo que la gente hace o no hace y los resultados de esas acciones.

La única norma ética completamente universal es el derecho de propiedad, principio de no agresión o libertad del agente en su propiedad y en sus relaciones voluntarias con otros. De las cuatro combinaciones de normas universales que se pueden generar con los operadores deónticos (prohibición, obligación) y las dos acciones básicas (ayudar, beneficiar, hacer el bien; o agredir, perjudicar, hacer el mal) es la única funcional y posible de cumplir. Obligar a dañar no tiene mucho sentido y es imposible, prohibir ayudar no tiene mucho sentido, y obligar a ayudar puede parecer atractivo (si uno se fija en la ayuda y obvia la obligación coactiva) pero es imposible de cumplir (porque habría que hacer el bien a todo el mundo todo el tiempo).

Para evitar posibles conflictos entre agentes con preferencias potencialmente incompatibles acerca de múltiples acciones y estados del mundo y discrepancias sobre el uso de los medios de acción disponibles, el derecho de propiedad divide el universo problemático en ámbitos de control exclusivo de cada dueño. La norma universal y simétrica es respetar el dominio ajeno: no invadir, no robar, no interferir de forma coactiva. La propiedad es el espacio, ámbito o volumen dentro del cual la libertad del individuo es plena y este halla protegidos su voluntad y sus intereses de las agresiones ajenas.

Es conveniente aclarar qué significa que las normas son las mismas en todo lugar y tiempo y que no dependen del medio empleado en la acción, ya que el derecho de propiedad parece violar la universalidad en estos aspectos: el dueño puede hacer lo que quiera en y con su propiedad, pero no puede hacer nada en o con la propiedad ajena sin permiso de los otros propietarios, y además los objetos pueden cambiar de dueño. La norma universal es respetar el derecho de propiedad y la libertad del otro, pero estos derechos de propiedad existen en la realidad con detalles concretos, sobre cosas específicas, y distinguen unos sitios y objetos de otros por estar cada uno en legítima posesión de un dueño diferente: la asignación de derechos de propiedad da estructura jurídica al espacio físico. En cualquier lugar y momento eres libre de hacer lo que quieras con y en tu propiedad, pero esa libertad y esa propiedad tienen límites, distinguen un espacio que es tuyo (tu propio cuerpo y tus objetos extrasomáticos) y un espacio que no lo es (todo el resto del mundo constituido por otros sujetos éticos y sus posesiones).

Las acciones que aparecen en las normas éticas no se definen solamente como una serie de movimientos físicos causados por el agente en el espacio y el tiempo, sino que es esencial considerar los efectos provocados sobre otros agentes y sus intereses: si soy libre para mover un cuchillo en un lugar donde sólo atravieso el aire y no daño a nadie, eso no implica que deba serlo también en otro lugar donde atravieso o corto el cuerpo de otra persona; la acción no se define sólo parcialmente y de forma incompleta (mover un cuchillo) sino sobre todo según sus resultados sobre el mundo (acuchillar a alguien y herir o matar); lo prohibido no es el movimiento sino el daño causado, y este depende de qué cosas haya en cada lugar; lo prohibido no es mover objetos de un sitio a otro sino robarlos.

Sobre la independencia de los medios, si las normas prohíben una agresión (como asesinar a alguien contra su voluntad), la prohíben independientemente de que la agresión sea con un cuchillo o con una pistola, porque lo que se prohíbe es el daño físico (con el correspondiente sufrimiento psíquico) y este puede suceder de diversas maneras.

Otras circunstancias que las normas éticas podrían considerar o no serían externas a los individuos directamente involucrados (condiciones ambientales como temperatura, humedad, presión, luminosidad; o sociales como estar solo o no, estar siendo observado o no, la opinión pública) o internas o propias de los individuos involucrados (atributos no esenciales, sino accidentales o circunstanciales, como estar cansado o con energía, necesitado o no, contento o triste, satisfecho o insatisfecho, ser rico o pobre, simpático o antipático, atractivo o repulsivo, competente o incompetente) o sus relaciones (amistad o enemistad, cercanía o lejanía, poder relativo, dependencia o independencia).

Para la ética los únicos atributos esenciales, necesarios y suficientes para ser un sujeto ético, son la racionalidad (con la capacidad de entender y discutir el ámbito de la moral) y la sensibilidad (tener intereses, emociones conscientes, poder sentir placer y dolor, bienestar y malestar, satisfacción e insatisfacción). Todas las demás propiedades, independientemente de que sean estables (rasgos duraderos, quizás innatos) o pasajeras (estados de ánimo, sensaciones), son accidentales en el sentido de que no importan porque las normas no las tienen en cuenta para así tratar a todos igual: raza, sexo, edad, riqueza, atractivo, simpatía, necesidad de ayuda o capacidad de valerse por sí mismo.

Algunos liberales, tal vez motivados por la solidaridad con los más desfavorecidos, defienden unas normas éticas iguales para todos pero dependientes de ciertas circunstancias específicas, como son la necesidad extrema de ayuda de unos para garantizar la propia supervivencia y la correspondiente capacidad de otros para prestar esa ayuda con costes y riesgos pequeños o razonables: básicamente se trata del deber de ayudar al prójimo cuando esta ayuda es imprescindible para él, o el derecho a la apropiación de los bienes necesarios para sobrevivir. Afirman que la libertad, la propiedad y el principio de no agresión no son normas axiomáticas absolutas sino hipótesis por defecto que son casi siempre acertadas pero que pueden necesitar alguna excepción justificada.

Estas limitaciones a la libertad y la propiedad son relativamente pequeñas o poco importantes (afirmando por ejemplo que el receptor de ayuda debe devolver lo recibido en cuanto pueda de modo que quien ayudó no tenga por qué sufrir ninguna pérdida en la medida de lo posible), pero no están exentas de problemas.

Un problema grave es afirmar que no ayudar al necesitado está moralmente mal. El bien y el mal suelen confundirse con lo obligatorio o lo prohibido, y a menudo se olvida que las cosas, los actos y las personas no son buenas o malas, sino que son buenas o malas para alguien (que los valora así de forma subjetiva, aunque quizás compartida con muchos otros) o para algo (por su utilidad o desutilidad). Afirmar que algo es malo suele ser simplemente la expresión de un rechazo que se exige que los demás compartan, y una excusa para imponerles alguna obligación o prohibición. Además no sólo existe solamente lo bueno y lo malo, con distintos grados o intensidades, sino que también existe lo neutro: no hacer el bien no es lo mismo que hacer el mal; ayudar a alguien es bueno (para el receptor), agredir a alguien es malo, y no agredir o no ayudar es neutro. La omisión de ayuda sólo es mala o punible si constituye un incumplimiento de un deber pactado contractualmente de antemano. Si se argumenta que está mal no ayudar al necesitado, también puede argumentarse que está mal, y tal vez sea incluso peor, obligar por la fuerza a ayudar al necesitado.

El deber de ayuda en caso de extrema necesidad podría ser una excepción innecesaria: en la realidad las situaciones en las que sería de aplicación serían muy infrecuentes (de hecho los ejemplos propuestos por algunos pensadores son muy forzados, hasta rozar el ridículo); el obligar al receptor de ayuda a devolverla se parece mucho al castigo que recibe un ladrón en un sistema ético totalmente universal y sin ninguna excepción, con lo cual la modificación abre una puerta peligrosa para apenas producir efectos sustanciales; los individuos podrían prever las situaciones peligrosas y asegurarse contra ellas mediante contratos de ayuda mutua (y es su responsabilidad hacerlo). Afirmar que el deber de ayuda es lo que cualquier humano racional e imparcial habría acordado hipotéticamente de antemano como una norma justa ignora que en la realidad los humanos tienen la oportunidad de pactar con otros estos acuerdos y a menudo no lo hacen: si un acuerdo contractual es una buena idea los individuos seguramente lo descubrirán por sí mismos sin necesidad de que un filósofo moral les indique qué es racional o no.

La introducción de modificaciones condicionales de las normas éticas puede intentar defenderse argumentando que cualquier individuo puede encontrarse en esas condiciones y beneficiarse entonces de las excepciones: todo el mundo debe aceptar dar ayuda porque todo el mundo quiere recibir ayuda en caso de necesidad extrema. Pero este argumento ignora que el hecho de necesitar o no ayuda no es un fenómeno puramente aleatorio sino que depende fuertemente de lo que los individuos quieren y pueden hacer: las probabilidades de encontrarse desprotegido en situación de necesidad o de tener capacidad de ayudar a otros no son la mismas para todos, y de hecho pueden ser muy diferentes. También puede argumentarse que el necesitado frecuentemente no ha tenido la culpa de su estado (en algunos casos sí que puede haber sido imprudente o negligente): pero entonces habrá que buscar al culpable, si es que lo hay, y exigirle responsabilidades, y no hacer pagar a quienes tampoco son culpables (aquellos a quienes se fuerza a ayudar a otros).

Los humanos son animales hipersociales con sentimientos morales y preocupación por su reputación: es normal sentirse mal por el dolor ajeno y querer ayudar a otros, sobre todo cuando los otros son próximos, el coste personal es pequeño y los beneficios, para los demás y para uno mismo, son muy grandes (altruismo como señal de estatus). Un individuo tendría que ser muy anormal (tal vez un psicópata a quien no importa nada el sufrimiento ajeno) o muy socialmente incompetente para no ayudar a un necesitado extremo: se arriesgaría a una grave pérdida de prestigio, al boicoteo o al ostracismo; perdería la posibilidad de presentarse ante los demás como un buen altruista merecedor de elogio, y a un potencial aliado intensamente agradecido (el receptor de ayuda).

Si se acepta que el castigo ante la violación de una norma debe guardar una relación estrecha y proporcional con la acción, la penalización por no ayudar debería consistir también en no ayudar al culpable del delito de omisión de socorro: a una omisión se responde con otra omisión; no vale usar la violencia contra quien no ha usado al violencia. Y esta omisión o repudio a quien no ayuda es la respuesta o reacción típica y perfectamente legítima en el sistema liberal sin la excepción de la obligación de ayudar, luego de nuevo apenas hay diferencias entre introducir o no la excepción.

Una razón para introducir la obligación de ayudar al necesitado puede ser hacer la ética de la libertad más atractiva y aceptable por todos (y de paso quizás también mejorar la imagen pública del pensador concreto que hace esta propuesta). Pero es peligroso forzar los argumentos para pasar del ámbito de la razón al de la emoción, las relaciones públicas y la popularidad: el sesgo de deseabilidad social puede llevar a la trampa, el autoengaño o la confusión. Una cosa es decir que defiendes unas determinadas reglas que obligan a ayudar a los necesitados, y otra distinta, y mucho más informativa y seguramente efectiva, es decidir libremente ayudar a los necesitados, hacerlo y no sólo hablar de ello o de cómo regularlo, y asumir que otros quizás no quieran hacerlo.

Imponer una obligación de ayudar pone el énfasis en una norma en lugar de promover la responsabilidad libre del individuo: se espera que la ley haga el trabajo en lugar de confiar y desarrollar la capacidad de decisión de las personas; la decisión libre muestra lo que son los individuos y permite apreciar mejor las diferencias entre ellos. Si se quiere ayudar al otro la obligación no hace falta; si no se quiere, el individuo actúa contra su voluntad, ya no es libre de elegir.

La obligación de ayudar a los más necesitados puede generar incentivos no previstos o no deseados: aquellos con más medios que no deseen ayudar pueden intentar alejarse de los más necesitados para así no ser lo más próximos y no verse obligados a asumir costes, molestias, o castigos; puede haber conflictos o indeterminaciones cuando varios puedan ayudar y no esté claro quién debe hacerlo, o cuando varios tengan derecho a recibir ayuda y no existan recursos suficientes para todos; los individuos pueden volverse más imprudentes o irresponsables si saben que los demás deben salvarlos de sus errores; los necesitados pueden exagerar su necesidad para así reclamar el derecho a recibir ayuda.

Si se acepta introducir ciertas circunstancias y obligaciones positivas en las normas éticas, cabe plantearse por qué no considerar también otras condiciones y deberes. Un igualitarista puede exigir que se consideren de forma sistemática las diferencias relativas de poder o riqueza y que estos se redistribuyan para eliminarlas de forma parcial o total. Un defensor de los poderosos puede afirmar que los superiores tienen derecho a dominar a los inferiores y explotarlos. El espacio de posibilidades es en principio tan amplio como la imaginación, y una vez abierta un poco la puerta tal vez sea muy difícil no abrirla más o incluso del todo. Con la introducción de condicionantes en las normas la igualdad ante la ley es más aparente que real: no se trata a la persona sólo por lo que hace o no hace, sino también por lo que es, por lo que tiene, por lo que gana, o por cómo está; así un impuesto progresivo puede presentarse como que es una ley igual para todos los ciudadanos aunque el rico tenga que pagar mucho más que el pobre.

Una posible defensa de las normas liberales con mínimas excepciones (frente al añadido de todavía más excepciones o condicionantes) es su mejor funcionalidad: permiten el desarrollo y el progreso humanos, especialmente en el ámbito económico. Pero la noción de funcionalidad puede entenderse de forma diferente por aquellos a quienes no les importa que la riqueza total disponible sea menor si esta está más uniformemente distribuida. También podría ser funcional para la humanidad o para un grupo deshacerse de todos aquellos que sean un lastre neto (apartándolos o matándolos), es decir los que reciben más de lo que producen (o de quienes se espera que consuman de otros más de lo que generan para otros): si se introducen modificaciones éticas para proteger a los más débiles también pueden introducirse para atacar a los más débiles.

Dada la capacidad humana para el error y el engaño, los análisis económicos y sociales de funcionalidad pueden hacerse mal, por equivocación (ignorancia al criticar el libre mercado y defender el intervencionismo o el socialismo) o a propósito (malicia interesada de un grupo de presión): la universalidad total y no condicional de las normas éticas produce un sistema sólido y a prueba de errores, tan sencillo que es casi imposible equivocarse, con lo cual la sociedad queda a salvo de trampas potencialmente muy nocivas.

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