Tonterías selectas

The Case for Higher Estate Taxes, by Caroline Freund

La batalla cultural frente a los transgénicos, de Ángel Calle Collado

… el capitalismo amenaza las bases de la vida…

El capitalismo precisa introducir rupturas en nuestros vínculos con los territorios, y en particular con la alimentación, para nutrir su sociedad de consumo, aquella que no entiende de contextos sociales ni de proximidades, si no de laboratorios y de mercados globalizados.

… La maquinaria política transgénica sabe bien que tiene que ahondar en la tecnofilia y en la antropofobia. Sustituir el mundo bio y demodiverso por tecnología esclavizante y por el dictado individualizador de un puñado de transnacionales.

… El enganche a la tecnofilia y a la noción moderna (y falseada) de progreso tiene que compensarse con el deseo de existir en otros (y tradicionales) sabores, en otros (y sostenibles) territorios. La batalla alimentaria por un mundo habitable comienza en nuestras mesas. Y por reivindicar colectiva, cultural y localmente el derecho a una deliciosa y humanizante biodiversidad.

“Subir el salario mínimo es justicia económica” según el gobernador de California

… puede no tener sentido económico, pero tiene sentido moralmente, políticamente, mantiene la cohesión de la sociedad… Esto pone un poquito de equilibrio en un sistema que cada día es más desequilibrado.

Siempre habrá paraísos fiscales, de José María Peláez Martos, inspector de Hacienda del Estado

Si nos remontamos a los tiempos académicos cuando nos explicaban los dos sistemas básicos, el capitalismo y el comunismo, veíamos que el primero se basaba en la producción de bienes y servicios en una economía de mercado, cuyos actores principales eran los empresarios y los trabajadores. Ese capitalismo industrial ha sido sustituido por un capitalismo financiero salvaje, en el que los principales actores son los mercados, a los que nadie conoce, pero que se ha demostrado que están por encima de los propios gobiernos. Pero no han cambiado solo los actores, sino que ahora el único objetivo a perseguir es la especulación financiera pura y dura, y lo de producir bienes y servicios y crear riqueza es lo de memos.

El populismo ha llegado a EE UU, de Steve Jarding, profesor de Políticas Públicas en la Universidad de Harvard y profesor del Centro de Gestión Pública en IESE Business School, Universidad de Navarra

El escepticismo de Reagan prendió. Los ciudadanos empezaron a olvidarse de su responsabilidad de vigilar a Washington, a dejar de participar en el proceso electoral y en todos los demás aspectos relacionados con la Administración. En definitiva, creyeron a Reagan; y, como el Gobierno era malo, decidieron dejar de tener que ver con él.

Hoy, esa concepción escéptica y corta de miras ha desembocado en que, en Estados Unidos, solo una de cada dos personas con derecho a voto se molesta en inscribirse para ejercerlo, y solo uno de cada dos votantes inscritos acaba acudiendo a las urnas en la mayoría de las citas electorales. Es decir, tres de cada cuatro posibles votantes no participan en las elecciones. Una auténtica falta de responsabilidad.

Por supuesto, en cuanto los estadounidenses empezaron a desentenderse —y dejaron de exigir que la Administración trabajara para ellos—, el Gobierno empezó a desentenderse también de las vidas de la gran mayoría de ellos.

Como consecuencia, durante los últimos 40 años los ciudadanos corrientes han vivido en medio de grandes dificultades mientras el segmento más rico y las grandes corporaciones prosperaban. Se redujeron los impuestos y las normativas que afectaban a los ricos, al tiempo que los programas sociales sufrían grandes recortes. ¿El resultado? Los sueldos en Estados Unidos son escandalosamente bajos. El salario mínimo es de 7,25 dólares la hora. Si la gente hubiera seguido participando y exigiendo que el Gobierno trabajara para ellos —en este caso, que el salario mínimo se mantuviera al menos a la altura de la inflación—, hoy estaría por encima de 25 dólares la hora.

Pero el salario mínimo no es el único problema que acosa a los trabajadores estadounidenses. Reagan también es responsable de haberles convencido de que pertenecer a un sindicato era malo, y lo dejó claro cuando rompió la huelga de controladores aéreos; ese convencimiento se manifiesta hoy en el terrible descenso de la afiliación sindical, con la consiguiente pérdida de salarios, prestaciones y dignidad para los trabajadores estadounidenses.

Para situar las cosas en contexto, en los años sesenta, cuando Estados Unidos era el primer país del mundo en casi todos los aspectos económicos, el 35% de la fuerza laboral pertenecía a sindicatos. Hoy en día, esa cifra es inferior al 6% entre los trabajadores del sector privado. Todos los ataques contra los salarios y las prestaciones laborales en los últimos 40 años han hecho que Estados Unidos ya no pueda presumir, como hizo durante tanto tiempo, de que la mayor parte de su población pertenece a la clase media. Esa distinción corresponde hoy a Canadá, que sobrepasó al país vecino hace dos años y donde el 34% de la fuerza laboral pertenece a un sindicato.

Pero los sindicatos no eran el único motivo de que Estados Unidos contara con buenos sueldos. Otra razón era un sistema educativo, no superado por ningún otro en el mundo. Hoy, sin embargo, la educación estadounidense, desde la primera infancia hasta la enseñanza superior, es un desastre.

De los 50 Estados que componen el país, solo 11 tienen programas públicos para los niños hasta tres años y en edad preescolar, a pesar de que todos los datos demuestran que la educación temprana es fundamental para los buenos resultados posteriores. Y no solo no se ha invertido en educación, sino que ha habido recortes drásticos. Como consecuencia, los escolares estadounidenses actuales están entre los estudiantes de los países industrializados con peores puntuaciones en matemáticas y ciencias, unos indicadores esenciales para predecir el futuro económico.

… El sistema de salud del país no funciona, la desigualdad de rentas se ha disparado, la tercera parte de las carreteras y los puentes necesitan reparaciones. El sistema fiscal está tan lleno de agujeros favorables a los ricos que, el año pasado, el 43% de las empresas norteamericanas no pagaron ni un dólar de impuestos, y el tipo fiscal real para los estadounidenses más ricos no es del 35%, como aseguran, sino del 19%. Por último, el Tribunal Supremo ha dado a las desigualdades cuerpo de ley mediante una serie de decisiones que permiten que unos cuantos ciudadanos muy ricos compren nuestras elecciones, con lo que prácticamente garantizan que su voz sea la única que se oye en Washington.

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