Normas éticas universales, simétricas y funcionales

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La posibilidad de confusiones al respecto me indica que conviene aclarar y precisar qué significa que las normas éticas son universales, simétricas y funcionales: diversas interpretaciones son posibles y las consecuencias prácticas de las diferencias podrían ser relevantes.

La moral es en parte genética y en parte cultural. No existe un único sistema moral: los sentimientos morales tienen un parte instintiva, genética, en gran parte compartida por toda o casi toda la humanidad pero con algunas diferencias debido a que los individuos no son genéticamente idénticos; y la cultura es diversa porque los memes evolucionan con mucha más flexibilidad y velocidad que los genes. La moral es relativa no el sentido de que cada uno pueda tener la suya de forma independiente (tiende a ser compartida por algún grupo social), o de que vale cualquier cosa (hay morales que facilitan la supervivencia y otras que la dificultan), sino porque grupos distintos en circunstancias diferentes tienen morales diferentes con distintas valoraciones y normas, más o menos adecuadas para sus condiciones. Los actos o las cosas no son morales o no en sí mismos de forma absoluta, sino que encajan o no, son compatibles o no, con diversos sistemas morales que sirven como referencia para el juicio o evaluación. Y estos distintos sistemas morales pueden entrar en conflicto y afirmar cosas contradictorias o promover enfrentamientos destructivos entre grupos.

Los estudiosos de la moral han intentado construir y argumentar sistemas éticos de validez universal de diferentes modos: mediante la introspección y el estudio en búsqueda de la sabiduría moral; buscando lo común a todos los sistemas morales conocidos (en sus intuiciones o en su expresión cultural), confiando en que no se trate de un conjunto vacío y que sus contenidos sean acertados y no resultado de sesgos o errores compartidos; o proponiendo mecanismos de razonamiento que generen los contenidos del sistema a partir de axiomas irrefutables y mediante inferencias lógicas y empíricas correctas. La validación o fundamentación también se ha intentado mediante mecanismos no racionales: la voluntad divina, el arbitrio de los poderosos.

Argumentar la moral o generar una ética no se hace de forma arbitraria o desde la nada, sino que se utiliza algún principio o idea fundamental que se toma como axiomática o base del sistema. Fundamentos diferentes pueden generar éticas distintas, con diferencias de matiz o incluso contradictorias.

La ética trata de normas prescriptivas universales como un intento de superar lo particular de los sistemas morales o legales. Sin embargo esta característica puede interpretarse de múltiples maneras y dar lugar a malentendidos. Además la idea de universalidad está relacionada con otras ideas semejantes pero no equivalentes como igualdad, equidad, imparcialidad o simetría. Algunas argumentaciones, como las distintas formas de comunitarismo, renuncian a la universalidad y diferencian entre miembros y no miembros de un grupo a distintos niveles (familia, tribu, nación).

La universalidad de las normas puede referirse a que todas las personas las acepten o no, a que sean generadas mediante un procedimiento de validez universal, a que sean válidas y funcionales para todos porque se basan en una naturaleza humana común, o a rasgos formales intrínsecos de las normas. En principio, diversos sistemas normativos pueden cumplir con ninguno, alguno o todos estos criterios: en la práctica es muy difícil que los satisfagan todos.

Según el criterio de aprobación universal, una norma es universal si todo el mundo la aprueba, acepta o elige: es una versión de votación democrática por unanimidad; si alguien no está de acuerdo con una norma esta no es universal. No se trata de que todo el mundo cumpla o respete siempre una determinada norma (en este caso sería más una descripción que una prescripción sobre la conducta) sino de que la acepte y asuma las penalizaciones asociadas a su incumplimiento. Las normas así universalmente aceptadas no necesitarían ser iguales para todos: todo el mundo podría creer que algunos individuos merecen algún trato especial por algún motivo (elección divina, alto estatus, necesidad o pobreza).

Esta interpretación tiene graves problemas: puede ser difícil o imposible conocer qué opina todo el mundo (miles de millones de personas) acerca de un gran cantidad de normas posibles; la gente podría querer cosas sin darse cuenta de que son imposibles; la gente podría querer varias cosas sin darse cuenta de que son incompatibles; no queda claro si la aceptación debe ser activa y explícita o si es suficiente con un consentimiento implícito o con una pasividad tácita (no protestar, no oponerse); si las normas deben ser elegidas mediante votación pública, la gente podría aceptar o rechazar normas no porque realmente las prefiera sino por la preocupación por su reputación y el miedo al rechazo de los demás; las normas podrían ser aceptadas o rechazadas porque están presentadas de forma imprecisa, sin detalles, solamente por su apariencia engañosa como buenas o malas; tal vez no existen normas universales porque ninguna norma es aceptada por todos.

En el análisis de la universalidad ética conviene distinguir las normas que directamente regulan la conducta de los agentes de las normas que regulan cómo se generan las normas que regulan la conducta. Las normas de conducta simplemente obligan o prohíben hacer cosas; las normas que regulan cómo se generan las normas de conducta son metanormas que indican qué procedimientos están permitidos o son obligatorios para construir normas de conducta que se consideran válidas. Igual que en el ámbito legal positivo existen por un lado leyes de conducta y por otro lado normas que indican cómo deben producirse esas leyes (deliberaciones, votaciones, promulgaciones), en el ámbito ético se puede distinguir entre normas morales y procedimientos éticos acerca de cómo generar, justificar o validar esas normas morales: las metanormas éticas son reglas acerca de cómo pensar o proceder para producir normas compatibles con los principios éticos o que los incorporen; son criterios procedimentales acerca de cómo debe reflexionarse o hacerse para descubrir o generar las normas éticas, justas, válidas, legítimas.

Según el criterio de generación mediante un procedimiento de validez universal, una norma es universalmente válida porque es el resultado de un proceso que se supone o asume como universalmente válido: se pone el énfasis en la regulación de los mecanismos de generación de las normas y no en las normas en sí mismas, que podrían no ser iguales para todos. Estos procedimientos pueden ser deliberativos (democracias, parlamentos, asambleas, representación, elecciones, debates, votaciones, promulgación, publicación), basados en alguna revelación (la divinidad sabia y poderosa comunica las normas) o referidos a reglas de argumentación o justificación (cómo pensar racionalmente las normas).

Las divinidades y sus revelaciones no existen en la realidad, son invenciones humanas; además existen múltiples divinidades ficticias y sus revelaciones sin imprecisas, internamente inconsistentes y contradictorias entre sí. Las deliberaciones políticas tienen múltiples problemas de eficiencia y corrupción estudiados por las teorías de acción colectiva y elección pública. Sobre la justificación argumentativa de las normas se incide en ideas que se consideran universales como racionalidad, utilitarismo, contractualismo e intuicionismo.

Un agente racional lógico debería ser capaz de comprender qué normas morales son universales porque la razón es común a todos y es una herramienta con la capacidad suficiente como para alcanzar el conocimiento de lo moral. Sin embargo la razón por sí sola, sin afectos, emociones o motivaciones, no hace nada; no todos los individuos tienen la misma capacidad cognitiva o intelectual; los individuos pueden creer que están pensando de forma correcta y rigurosa y no notar sus errores, sesgos sistemáticos y heurísticas potencialmente inválidas; la mente es capaz de engaño y autoengaño; la moral puede tener características que burlan o dificultan la racionalidad; lo que se presenta como racionalidad frecuentemente es racionalización, no consiste en conocer objetivamente la realidad sino en defender prejuicios e intentar ganar batallas dialécticas; la razón puede no conocer sus propios límites y creerse capaz de conocerlo y diseñarlo todo (falacias constructivistas).

Un agente racional e intencional intenta alcanzar lo bueno (o mejor) y evitar lo malo (o peor). Según el utilitarismo las acciones o las reglas se juzgan según sus consecuencias sobre el bienestar de los individuos, por el placer o dolor que produzcan. El utilitarismo normativo enfatiza que las reglas son herramientas prácticas, que deben juzgarse por su funcionalidad, por los resultados o consecuencias que generan, por si son o no útiles para los individuos y los grupos. Pero tiene serios problemas de definición e implementación: en la práctica es imposible conocer todas las consecuencias de una acción o una ley sobre todos los potencialmente afectados; no está claro que tenga sentido medir y agregar utilidades; las normas pueden ser muy diferentes y variables para los distintos individuos según sus capacidades, preferencias y circunstancias, lo cual genera incertidumbre jurídica y dificultades de coordinación; las normas pueden beneficiar sistemáticamente a unos a costa de otros.

Para el contractualismo las normas sólo tienen sentido como resultado de acuerdos, pactos o contratos reales o hipotéticos (contrato social, constitucionalismo): renuncia a la universalidad porque los contratos sociales nunca son universales; ignora la posibilidad de que existan o tengan sentido normas previas a los contratos (derecho natural o iusnaturalismo); y no aclara qué normas son adecuadas para las relaciones entre quienes no han pactado nada. Según el contractualismo de la teoría de la justicia como equidad (Rawls) las normas sociales son justas si son imparciales o equitativas (consideran igualmente el bienestar de todos o especialmente el de los más débiles o necesitados), y esto puede conseguirse si los agentes involucrados son racionales, parten en su negociación de una posición de ignorancia acerca de su posición social final (velo de ignorancia) y debaten de buena fe hasta alcanzar un equilibrio reflexivo: además de errores como asumir que se sabe qué pactarían agentes con estas características (estrategia maximin o de maximización del mínimo o mejora de la peor situación social posible, que es empíricamente falsa), este contractualismo no sólo no es universal porque se limita a lo pactado en un colectivo, sino que además produce normas diferentes para los distintos miembros del grupo.

Según el intuicionismo moral la argumentación ética debe comenzar por las intuiciones morales universales e intentar confirmarlas o corregirlas de forma adecuada: se trataría de hacer filosofía moral partiendo de la psicología moral más básica. El problema es que las intuiciones no son necesariamente comunes a todos (pueden variar entre individuos y grupos), pueden ser un mal punto de partida porque no son realmente completamente universales (no tratan igual a todo el mundo sino que distinguen entre amigos y enemigos, miembros y no miembros del grupo) y la universalidad ética puede resultar antiintuitiva, y las intuiciones pueden ser incompletas, imprecisas o mutuamente contradictorias (libertad y principio de no agresión contra obligación de ayudar al prójimo).

El iusnaturalismo estudia las normas universales basándose en la naturaleza humana común (no en lo sobrenatural ni en las variaciones particulares): algunas normas son adecuadas y otras inadecuadas. Se estudia lo que son los seres humanos para entender por qué unas normas funcionan y otras no, combinando el ser con el deber ser.

La forma de universalidad normativa más simple de definir y comprobar es la formal o lógica, que analiza si una norma es una expresión particular o universal. Una norma es una expresión lingüística que incluye algún operador deóntico (relacionado con el ámbito de los deberes): obligatorio (deber), prohibido, permitido, derecho, libertad; con las adecuadas transformaciones todas las normas pueden expresarse en función de un único operador normativo canónico (normalmente prohibición u obligación). Las normas incluyen elementos (algunos obligatorios, otros opcionales) como agentes, acciones (también estados o procesos), receptores de los efectos de las acciones, medios empleados en la acción y circunstancias de la acción. Las normas obligan o prohíben a sujetos éticos diferentes acciones cuyos efectos son recibidos por otros sujetos éticos en diferentes circunstancias o condiciones y en relación con diversos medios de acción.

El análisis formal y lógico de las normas requiere del conocimiento de lógica simbólica a diversos niveles u órdenes (proposicional, de predicados, modal, deóntica) con los diversos componentes que pueden aparecer en las expresiones, sus significados o normas de manipulación y su sintaxis o reglas de combinación: elementos constantes o variables (instancias concretas), conjuntos (clases), atributos (propiedades y sus posibles valores), operadores lógicos (y, o, no, implica; operador de cuantificación existencial, operador de cuantificación universal), operadores modales (posible, necesario), operadores deónticos (prohibido, obligatorio). Aunque la lógica de predicados sólo conecta mediante una conjunción (es) un predicado y un sujeto, las expresiones normativas deben ser ampliadas para poder incluir acciones y estados del mundo, que es lo que se pretende regular.

Una norma es universal respecto a alguno de sus componentes (agentes, receptores de efectos de la acción, y circunstancias) si trata por igual (de forma indistinguible) a todos los elementos posibles de la clase que es considerada como conjunto universal: sólo considera lo que tienen en común y no sus posibles diferencias particulares. Hay tres niveles de universalidad según cómo se consideren (o no) los agentes, los receptores de los efectos de la acción, y las circunstancias.

Una norma es universal respecto a los agentes si se aplica a todos ellos: “todo el mundo debe ayudar al prójimo”. Una norma es universal respecto a los receptores de los efectos de la acción si se aplica a todos ellos: “Pedro debe ayudar a todo el mundo”. Una norma es universal respecto a las circunstancias si se aplica siempre, en todo lugar y condición (es incondicional, un imperativo categórico): “Pedro debe ayudar a Luis en cualquier circunstancia”. Estos tres tipos de universalidad permiten diferentes combinaciones: la universalidad es más fuerte o completa si se extiende a más componentes, y es total cuando afecta a los tres. Las normas totalmente universales sólo pueden mencionar sujetos éticos sin ningún rasgo particular y sin diferenciar circunstancias: a todos les resulta obligatoria una acción respecto a todos, o a todos les está prohibida una acción respecto a todos (en cualquier tiempo, lugar o condición externa o de los propios sujetos implicados).

La noción de simetría entre agentes y receptores indica que si a un agente le afecta una norma respecto a un receptor, entonces a ese receptor también le afecta esa misma norma considerándolo como agente respecto al otro considerándolo ahora como receptor. Si “Pedro debe ayudar a Luis” entonces “Luis debe ayudar a Pedro”. Las nociones de universalidad y simetría son conceptos de invariancia: describen qué permanece o es constante (la validez de la norma) a pesar de que se produzca algún cambio (los sujetos concretos sobre quienes se aplica o su posición relativa como agente o receptor).

Hay normas que parecen universales o iguales para todos pero que en realidad implican tratos diferenciales: “Todo el mundo debe aportar según sus capacidades y recibir según sus necesidades”. Hay normas que parecen universales y simétricas pero que en realidad dependen de las circunstancias e implican alguna asimetría: “Todo el mundo debe ayudar a todo aquel que lo necesite”; parece simétrica si se entiende que igual que yo debo ayudar hoy al que lo necesita mañana recibiré ayuda si lo necesito yo (y todos pueden estar de forma aleatoria en esa situación), pero no lo es en el sentido de que hay una asimetría entre uno que debe ayudar y no tiene derecho a recibir nada en ese momento, y otro que tiene derecho a recibir ayuda y no tiene obligación de dar nada en ese momento; si la norma fuera completamente simétrica también debería ser válido que “Todos los necesitados deben ayudar a todo el mundo”, lo que resulta imposible de cumplir porque los necesitados difícilmente pueden dar lo que no tienen.

Las características formales de universalidad y simetría son necesarias pero no suficientes para construir normas éticas: también es necesario que las normas sean funcionales. La noción de funcionalidad se refiere a varias cosas: las normas son útiles, prácticas, sirven para algo, tienen razón de ser, no se asumen sin más sino que pueden analizarse según sus consecuencias (no se trata de “hay que hacer lo que hay que hacer” sin más y sin entender por qué); las normas no pueden exigir imposibles ni prohibir necesidades, porque entonces son incumplibles o destructivas; las normas deben poder operar de forma más o menos eficiente, ser comprensibles, aplicables, gestionables; las normas sirven para la supervivencia y prosperidad de aquellos a quienes se aplican, y esto se consigue evitando, minimizando o resolviendo los conflictos que puede haber entre individuos en un entorno social (si las normas son destructivas desaparecen eventualmente los agentes y las propias normas como herramientas culturales generadas por ellos). Si se violan las condiciones de universalidad y simetría las normas pueden tener otras utilidades como permitir a unos vivir a costa de otros (poderosos a costa de débiles o débiles a costa de poderosos), o promover desigualdad o igualdad mediante normas no iguales para todos.

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