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Viñeta de El Roto

EEUU: entre sollozos y armas, de Rafael Domigo Oslé, catedrático en la Universidad de Navarra e investigador en la Universidad de Emory

El Tribunal Supremo tuvo, tanto en 2008 como en 2010, la oportunidad de dar un vuelco constitucional en la interpretación de este derecho a tener armas, pero no lo hizo. Ni se atrevió ni quiso. Todo lo contrario: confirmó, sin la menor concesión a la duda, el derecho personal, constitucionalmente protegido, a tener armas.

No es momento para juzgar estas dos sentencias, que pasarán a los anales entre las más irresponsables y ridículas. El método de interpretación que utilizaron los jueces, técnicamente llamado originalista (pero léase fundamentalista), causó estragos. Y es que pretender -como de hecho pretendieron- juzgar la Constitución y la sociedad actual con criterios elaborados por juristas del pasado es un craso error. El Derecho es para servir a la sociedad viviente, no para esclavizarla con normas y formulaciones obsoletas. La idea de milicia, que justificó la decisión judicial, fue enterrada hace ya muchos años por el pueblo americano. Al parecer, no por los jueces.

… ¿Existe, en verdad, un derecho humano a portar un arma? Mi opinión es clara: No, no existe ese derecho. Lo que existe es un derecho humano a la propia defensa, pero esta defensa no justifica ni implica la tenencia de armas, especialmente en sociedades democráticas avanzadas. Por eso, al no ser humano, el derecho constitucional a las armas es perfectamente derogable.

En una sociedad madura, los ciudadanos deben ceder la defensa de su seguridad a los poderes públicos, de la misma manera que ceden la defensa del territorio a los ejércitos. Solo por delegación de los poderes públicos, un ciudadano puede disponer de un arma, en cuyo caso actuará, no en virtud de un derecho propio, sino de una atribución. Por eso, la venta de armas a particulares puede y debe ser prohibida constitucionalmente en todo país democrático.

Prohibir las armas particulares de una vez por todas es una decisión social de gran envergadura. Algún día el pueblo norteamericano deberá tomarla, como la hemos tomado en tantos pueblos de Europa. Si Obama, antes de terminar su mandato, logra dar un golpe de timón en esta delicada cuestión social, pasará a la historia, no ya por haber sido el primer presidente de color, algo bastante intrascendente aunque simbólico, sino por haber puesto fin a uno de los grandes dramas de su país. Mirando a Europa, Obama puede inspirarse. La enfermedad del gatillo la superamos hace tiempo.

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