La libertad es beneficiosa

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La libertad no es perfecta, pero es la mejor opción real disponible. Tus argumentos para violar mi derecho a elegir por mí mismo o son falaces o son meras excusas para imponer tu voluntad sobre la mía o vivir como un parásito a mi costa.

Yo, como agente intencional, intento mejorar mi bienestar o satisfacción psíquica en función de mis preferencias subjetivas y según mis capacidades y circunstancias. Mis preferencias son mías en el sentido de que están en mi mente, pero esto no significa que mi conducta sea siempre egoísta, que no me importe nada el bienestar de los demás: mis valoraciones pueden tener en cuenta las preferencias o los intereses de otros. Quizás tú crees que no pienso lo suficiente en los demás, pero eso es simplemente tu valoración acerca de mis valoraciones, y en una sociedad libre tú no tienes derecho a imponer tus deseos sobre los míos.

Como ser humano soy un animal hipersocial: no sólo convivo y coopero con otros humanos sino que nos afectamos mutuamente y nos preocupa nuestra reputación, qué pensamos unos de otros. Mis preferencias no se generan exclusivamente de forma íntima o aislada sino que al menos en parte se forman a partir de interacciones o relaciones sociales. Puedo aprender de otros a querer o detestar cosas (de seres queridos o personalidades prestigiosas), intento influir sobre los demás implantando en ellos diversos gustos o emociones (en su beneficio o para aprovecharme de ellos), y procuro defenderme de algunos intentos ajenos de manipulación (chantajes emocionales, publicidad, sectas destructivas). Las preferencias que proceden del exterior no son menos genuinas o necesariamente nocivas, y sólo los asociales o los psicópatas tienen una voluntad independiente de los demás.

Como agente que se proyecta mentalmente hacia al futuro espero obtener algún beneficio al decidir qué hacer y al conseguir lo que deseo, pero mi cognición y mi capacidad de control de la acción son imperfectas: mi conducta puede tener efectos secundarios, consecuencias no queridas o no previstas, y es posible que me arrepienta y cambie de opinión sobre el valor de lo obtenido. Las tentaciones inicialmente parecen atractivas pero suelen provocar problemas, daños o insatisfacción. Mis intereses a largo plazo pueden colisionar con mis deseos más inmediatos: prefiero vaguear o jugar a esforzarme en estudiar o trabajar, tengo problemas estéticos o de salud por dietas inadecuadas o falta de ejercicio, quizás no ahorro lo suficiente para emergencias o la vejez.

Mis preferencias están relacionadas con mis necesidades (biológicas, psicológicas, sociales) pero no son idénticas a ellas. Tal vez quiero cosas que no son estrictamente necesarias para sobrevivir, pero probablemente son útiles o necesarias para otras cosas que sólo yo conozco en detalle: para disfrutar de la vida, como señal de estatus, para probar algo nuevo. También es posible no querer cosas imprescindibles, como el anoréxico que no come porque no desea hacerlo, o el enfermo que no acepta un tratamiento vital.

Mi mente es un sistema complejo, una sociedad de agentes especializados más elementales que cooperan y compiten para dirigir mi conducta. Igual que comprendo el mundo de forma imperfecta, tampoco me conozco plenamente a mí mismo: mi conciencia es limitada y puedo equivocarme y autoengañarme; también puedo mentir como estrategia de relaciones públicas al presentar una imagen de mí mismo más socialmente aceptable. Mi acción objetiva y observable revela mis auténticas preferencias: puedo afirmar que no quería hacer algo que realmente he hecho intencionalmente, y entonces o miento o lo que quiero decir es que una parte de mí no quería (pero otras partes, tal vez inconscientes, sí querían y han resultado vencedoras en el proceso de decisión acerca de qué hacer).

Si soy un individuo libre actúo siguiendo mi propia voluntad, no estoy coaccionado por otro agente que me somete, esclaviza o impone por la fuerza su voluntad, obligándome a hacer algo que no quiero o prohibiéndome hacer algo que quiero. En una sociedad libre los individuos interactuamos y nos relacionamos de forma voluntaria, y por lo tanto mutuamente beneficiosa: cada parte obtiene más valor que el que entrega. La libertad no es ilimitada o irrestricta: yo mando solamente en mi propiedad y debo respetar la propiedad ajena.

Puedo decidir de forma libre y voluntaria entregar a otros mis posesiones o prestarles algún servicio, bien de forma gratuita o a cambio de una compensación. También puedo limitar mi libertad futura mediante acuerdos contractuales con otras partes: recibo derechos a cambio de asumir deberes; nadie me obliga por la fuerza a participar en estos contratos, sino que yo mismo acepto libremente ciertas obligaciones y consiento que me exijan su cumplimiento aunque pueda cambiar de opinión en el futuro.

Que un intercambio sea voluntario no implica querer todas las partes de esa interacción: yo recibo algo valioso a cambio de entregar a la otra parte algo también valioso; lo que sucede es que valoro más lo conseguido que aquello a lo que renuncio, y por lo tanto tengo un beneficio neto. Como vendedor no quiero dar la mercancía, pero lo hago porque prefiero el dinero; como comprador no deseo quedarme sin el dinero, pero prefiere recibir algún bien o servicio a cambio. Como trabajador no quiero realmente ir a trabajar, pero sí deseo cobrar mi nómina; como empleador no quiero pagar el salario, pero debo hacerlo para recibir los servicios laborales del empleado. En algunos casos puede ser muy doloroso entregar algo (como un órgano vital), pero lo hago porque lo que recibo me parece aún más valioso (el dinero para alimentar a mi familia).

Puedo querer cosas dañinas o desarrollar vicios que eventualmente resulten nocivos para mí mismo, pero si me prohíbes que tome mis propias decisiones y me equivoque destruyes la posibilidad de aprender y de desarrollar mi fuerza de voluntad y mi carácter. Si temo que mi yo futuro tome decisiones perjudiciales, que no sea capaz de resistir alguna tentación, puedo atarme de manos yo mismo, eligiendo libremente ahora restringir mi libertad futura, o acordar con otros que me ayuden a controlar mi conducta. Sin embargo que yo decida por mí mismo limitar mi propia libertad es muy diferente de que otro lo haga sin consultarme. El intervencionismo paternalista coactivo puede estar justificado en las relaciones entre progenitores e hijos con intereses coincidentes, o en situaciones excepcionales y graves (como un enajenamiento mental transitorio), pero es muy peligroso cuando es practicado de forma sistemática por los poderes públicos, normalmente ineficientes y ocasionalmente corruptos, que tratan a los ciudadanos como niños inmaduros y los mantienen como tales.

Si quieres convencerme de algo por mi propio bien intenta usar la persuasión y no la fuerza, considera que tal vez seas tú el equivocado y asume que tal vez fracases. Si crees que puedes violar mi autonomía porque en realidad no sé lo que quiero y lo que me conviene y soy fácilmente manipulable, no olvides que todo eso también es aplicable a ti mismo. Seguramente yo conozco mi propia situación específica mejor que tú y soy el principal interesado en mi bienestar: y quizás tus palabras de amor por mí son mera hipocresía desvergonzada.

Quizás crees que porque soy pobre o necesitado mi libertad apenas me importa, pero te aseguro que no deseo que me coaccionen y me prohíban elegir. Si te da pena mi situación puedes ayudarme dándome dinero (a ser posible el tuyo propio, sin quitárselo a otros) u ofreciéndome oportunidades para prosperar, pero no me facilitas las cosas si me impides trabajar por un salario menor del que tú consideras aceptable, o en unas condiciones que a ti te parecen indignas o degradantes pero que para mí son la mejor alternativa real. Cuando elijo prefiero disponer de más alternativas atractivas (con la posible curiosa excepción de una sobrecarga cognitiva cuando son demasiadas y me cuesta decidirme), pero me causas un perjuicio si me prohíbes ciertas opciones solamente porque no son suficientemente buenas según tu criterio. Si me planteo prostituirme o vender algún órgano seguramente te escandalizarás, pero recuerda por favor que se trata de mi vida y no la tuya: es muy duro, pero es lo que hay y tu autoritarismo prohibicionista no va a mejorar mi situación aunque a ti te haga sentir heroico y moralmente superior.

En mis decisiones puede influir grandemente mi estado de necesidad, pero sigo siendo libre en el sentido de que ninguna otra persona decide por mí por la fuerza. Lo de estar forzado por las circunstancias es una forma metafórica de hablar que puede confundir tu comprensión de la realidad: las circunstancias o la necesidad no son agentes con voluntad que me coaccionen o agredan y cuya conducta se pueda regular mediante obligaciones y prohibiciones, premios o castigos; a las circunstancias no se las puede encarcelar o multar, no se puede dialogar o razonar con ellas, no se les puede reclamar responsabilidades.

Tú quizás me ves como una víctima de la explotación capitalista, pero mi empleador al menos me ofrece una oportunidad. Tú dices que defiendes mis intereses, pero en realidad sólo hablas y no reflexionas, o peor quizás lo que realmente quieres es que colabore contigo en parasitar a otros. Crees que todos los poderosos son malvados y que abusan de la muy desigual capacidad de negociación entre las partes: olvidas que algunos ricos pueden serlo por haber servido con éxito a los demás, y que para que mi poder de negociación mejore sin quitárselo a otros lo que necesito es más empleadores ofreciéndome trabajo y menos sindicalistas y socialistas de todos los partidos.

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