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Equilibrio Social, de Rubén F. Bustillo

… la evidencia y los datos parecen corroborar los postulados de aquellos que aseguran que el sistema capitalista tiende a generar una división entre un grupo privilegiado que acumula riqueza y otro grupo, mucho más grande, que sufre la situación de pobreza, se ven forzados a realizar trabajos precarios y mal pagados y que además viven en una situación de inseguridad constante.

En su obra La Sociedad Opulenta (1958) el reconocido economista John Kenneth Galbraith cita a Henry George, que allá en el año 1897 también se preguntaba por qué en un periodo de crecimiento y adelanto económico general tenía que haber tanto trabajo “condenado a ociosidad involuntaria y tanta necesidad, sufrimiento y ansiedad entre las clases trabajadoras”. Es más, George se preguntaba por qué tenía que ser su efecto (el del crecimiento económico) el de “empeorar las condiciones de las clases más bajas” [4].

Galbraith, a modo de respuesta, defiende que se ha producido un cambio radical de las antiguas preocupaciones de la vida económica, principalmente la aspiración por mitigar la desigualdad o la pobreza, y se ha impuesto una sola preocupación que es la producción. La producción se ha convertido en el patrón de éxito indiscutible y por lo tanto en la medida de calidad y progreso de las sociedades. Sin embargo, asegura, no otorgamos igual importancia a todo tipo de producción sino que “nos mostramos orgullosos de la producción de los bienes más frívolos [y] nos lamentamos de algunos de los servicios más importantes y que más contribuyen a la civilización” [5]. Para Galbraith, las sociedades celebran la producción privada mientras que condenan los servicios públicos, que son considerados una carga y una “tendencia maligna”. Esta dicotomía entre producción privada y pública produce una serie de contradicciones que el autor refleja en numerosos ejemplos como el que sigue:

“Las aspiradoras que aseguran la limpieza de las casas son dignas de toda alabanza y se las considera especiales dentro de nuestro nivel de vida. Pero los carros de limpieza para asegurar la limpieza de las calles constituye un gasto deplorable. Parcialmente a resultas de esto, nuestras casas son generalmente limpias y nuestras calles asquerosas. (…) [6]

Según esta perspectiva los servicios públicos se han visto sujetos a actitudes negativas mientras que las virtudes de la producción privada han sido exaltadas por el marketing y las campañas de publicidad modernas. Además, el hecho de concentrar los recursos existentes en la producción privada de bienes (que en su mayoría no son necesarios y que intentan saciar unos deseos que no pueden ser nunca satisfechos por la continúa creación de nuevas “necesidades”), impide dirigir los esfuerzos hacia otro tipo de campañas, como puede ser la investigación (entiéndase una investigación fuera de la lógica empresarial que ayude al desarrollo de las naciones), la formación en capital humano, implementar políticas activas de empleo o incluso fomentar el progreso técnico para ayudar a empresas rezagadas.

Sobre la necesidad y posibilidad de alcanzar una situación de equilibrio social

Para Galbraith, una consecuencia fundamental que deriva de la dicotomía entre producción privada y pública y de su consecuente e “implacable tendencia a proporcionar un opulento suministro de unas cosas y una cosecha avarienta de otras” [7] es la creciente sensación de malestar e insalubridad social. El fracaso de mantener una relación coherente entre los servicios públicos con respecto a la producción privada sería también la causa final de los disturbios sociales, de la desigualad y del mal funcionamiento del sistema económico. Por lo tanto para conseguir un crecimiento sano y sostenible sería imprescindible avanzar hacia una situación de coherencia entre ambas esferas de la producción para alcanzar, usando la terminología de Galbraith, una situación de equilibrio social.

Afortunadamente el debate sobre la posibilidad de alcanzar un crecimiento sostenido y estable con altos niveles de pobreza y desigualdad ha resurgido a raíz de la presente crisis internacional. Existe una fuerte corriente, sustentada por importantes economistas, que mantiene que un alto nivel de desigualdad afecta negativamente al crecimiento siendo un obstáculo para el mismo. A este consenso se ha sumado incluso economistas del Fondo Monetario Internacional que, en recientes estudios, han reconocido las consecuencias negativas de la desigualdad sobre el crecimiento. En un informe de 2014 economistas de este organismo afirman que sería un error centrarse en el crecimiento y dejar la desigualdad de lado, no solo porque la desigualdad pueda ser éticamente indeseable sino porque el crecimiento resultante puede ser bajo e insostenible [8].

No obstante las palabras se las lleva el viento al tiempo que las medidas “de estabilidad” implementadas por los gobiernos parten de unas premisas distintas y fomentan el incremento de la desigualdad. A día de hoy el objetivo principal e imperante de las naciones continúa siendo de forma indiscutible el crecimiento (y la producción) y por lo tanto la reducción de la desigualdad y de la pobreza se plantea por su posible efecto negativo sobre el objetivo último pero no necesariamente como objetivos en sí mismos.

Acciones directas para alcanzar una situación de equilibrio social, como puede ser garantizar unos ingresos mínimos a las familias, implementar políticas de trabajo garantizado, una agenda de inversión estatal y potente en educación, investigación o desarrollo y, en definitiva, encaminar los recursos hacia las necesidades más importantes como sociedad, están fuera de la agenda prioritaria de los gobiernos. Solamente, bajo la creencia dominante, las acciones encaminadas a aumentar la producción privada es buena mientras que el gasto público y la intervención estatal es perjudicial, contraproducente e irresponsable.

Galbraith planteaba que lo decisivo era comprobar “si necesitamos realmente más aquellos servicios que perfeccionan el equilibrio social o aquellos bienes privados de los que estamos abastecidos con mayor abundancia que nunca” [9]. Para ello es imprescindible la acción estatal y aumentar por lo tanto el odiado y desprestigiado gasto público. Yo, por mi parte, me pregunto si las acciones encaminadas a alcanzar esa idónea situación de equilibrio social, con las implicaciones que conlleva, son viables dentro de los márgenes del actual modelo económico y compatibles con la dinámica necesaria para garantizar su persistencia. La realidad muestra constantemente que el desequilibrio social es inherente a la dinámica económica del modelo capitalista y, consecuentemente, la causa final de la situación de desigualdad, inestabilidad y conflicto que refleja, por ejemplo, la situación descrita sobre Perú al inicio de este escrito.

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