Críticas a la teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Este comentario crítico está basado en la teoría sobre el Estado de Miguel Anxo Bastos, expuesta en múltiples conferencias y cursos y excelentemente recopilada en una reciente serie de artículos por José Augusto Domínguez, cuya lectura recomiendo por sí misma y para entender mejor este artículo. Aunque hay mucho de valor en las interesantes ideas de Bastos, aquí enfatizo aquellos aspectos que considero que son errores o problemas y ofrezco ideas o explicaciones alternativas o complementarias.

El Estado existe, tiene entidad real, no es algo imaginario o irreal. Si no existiera no tendría tanto poder, no daría tantos problemas y no se discutiría tanto al respecto. Que su forma de ser o existir sea peculiar no equivale a que no exista. Que su existencia se base en lo que piensan y sienten las personas no lo hace menos real o consistente, y tal vez lo hace más real y consistente, ya que cambiar ideas y valoraciones puede ser más difícil que mover objetos físicos. Al ser un fenómeno cultural humano (pero con rasgos compartidos de otros colectivos de seres vivos) es normal que su existencia dependa de atributos típicamente humanos como la mente, la razón y las emociones.

El Estado asocia y une a las personas que son sus miembros o ciudadanos: no los une físicamente como están pegados los átomos de un sólido o las células de un organismo multicelular; los une a través de ideas y sentimientos como ideologías y patriotismo (aunque también puede utilizar barreras físicas separadoras del exterior como fronteras, murallas u obstáculos geográficos). La unión no es perfecta y puede tener problemas, pero esto sucede en todas las agregaciones de elementos más simples, cuya cohesión y coordinación pueden ser peores o mejores. Los grupos humanos organizados son un caso particular de integraciones y transiciones evolutivas del mundo biológico, y el Estado es una de sus formas más avanzadas y complejas.

Cada Estado como sistema concreto tiene características propias o identidad (sus normas e instituciones como propiedades o atributos fundamentales), está delimitado físicamente (fronteras) y es distinguible de su entorno (de otros Estados o de otros grupos humanos sin organización estatal).

Un sistema existe y actúa como una unidad en la medida en que sus partes componentes están cohesionadas y coordinadas, y si hay una continuidad de la identidad. Si se afirma que los Estados no existen ni actúan, sino que sólo lo hacen las personas individuales, entonces también puede decirse que los individuos multicelulares no existen ni actúan, que sólo lo hacen sus células constituyentes; y que las colonias de hormigas o las colmenas de abejas no existen, sólo existen los insectos individuales; y que las empresas, los clubes o demás entidades con personalidad jurídica no existen. De hecho es la unidad política abstracta lo que tiende a permanecer y existir durante más tiempo que los miembros que la componen o los líderes que la gobiernan (quienes nacen, viven y mueren), igual que el cuerpo humano sobrevive a la muerte de sus células mediante constante regeneración.

El Estado es una forma de organización colectiva que concentra y coordina el poder de un grupo. Sirve para dominar a otros grupos o a los ciudadanos del propio grupo, pero puede hacerlo porque existe como organización relativamente eficiente en el uso de la fuerza. El Estado no necesita engañar sobre su existencia como hacen las religiones con divinidades, demonios, premios y castigos sobrenaturales inexistentes.

Si se afirma que el Estado es un ser hipostático conviene aclarar qué se quiere decir con este término, porque mucha gente seguramente no lo va entender; además tal vez el concepto suene como algo muy profundo pero que en realidad es un absurdo ontológico propio de alguna superstición religiosa (como la unión de las esencias de las personas divinas en la Trinidad cristiana).

El Estado es representado mediante símbolos como himnos y banderas a los que se exige respeto: igual que un clan tiene un animal o totem representativo sagrado; igual que las empresas tienen sus logotipos y otras imágenes o textos asociados que las hacen distinguibles y memorables; e igual que los grupos religiosos tienen sus símbolos o señales distintivas. Las uniones flexibles de muchos individuos cooperadores basadas en elementos simbólicos o creaciones culturales son algo típicamente humano, como muestra Yuval Noah Harari en Sapiens: A Brief History of Humankind.

Los Estados modernos no son tan diferentes de los Estados antiguos. En las viejas formas políticas se obedecía a una persona concreta, pero como jefe o representante de una unidad política que era también abstracta, como lo es el Estado moderno en más alto grado: el jefe del Clan del Oso Cavernario, el faraón de Egipto, el emperador de Roma, el rey de Francia, el papa de la Iglesia Católica. Los Estados antiguos también mandaban sobre territorios determinados igual que los modernos, y los defendían o intentaban incrementarlos.

Igual que un cliente paga un producto a una empresa y no a su presidente o a su consejo de administración, los impuestos no se pagan al presidente del gobierno ni a su ministro de Hacienda: se pagan al Estado, que tiene su propia contabilidad y finanzas. Los gobernantes tienen poderes especiales dentro del Estado y en buena medida lo controlan, pero no son el Estado aunque algunos crean serlo: yo puedo controlar a un animal sin ser dicho animal; el presidente de un club deportivo no es el club deportivo. Los Estados suelen estar controlados por grupos relativamente pequeños de individuos muy ambiciosos y capaces en el arte de la alianza y la manipulación política (ver The Dictator’s Handbook de Bruce Bueno de Mesquita), pero el Estado no son sólo ellos.

En las escuelas se enseña que los Estados existen porque existen: los mapas suelen indicar de forma fidedigna, salvo conflictos jurisdiccionales pendientes, los territorios controlados por los distintos Estados. Los Estados no se ven sólo en los mapas: también pueden observarse en la realidad cuando se alcanzan sus límites geográficos y aparecen las fronteras y sus filtros de acceso.

El Estado puede tener frecuentemente un origen histórico criminal si un grupo de individuos se organiza para mandar y depredar a otras personas mediante la violencia, la guerra y la conquista. Pero ese no es el único origen posible: el Estado puede surgir como forma de organización de grandes grupos para gestionar sus problemas comunes, y especialmente para defenderse de las agresiones de otros grupos violentos. Es posible e incluso altamente probable abusar de los monopolios de poder, pero no es necesariamente inevitable.

La idea del contrato social es problemática pero no es absurda: en algunos casos las leyes del Estado surgen de contratos entre individuos (Magna Carta); las costumbres sociales de un grupo van convirtiéndose en ley vinculante en la medida en que tienden a ser aceptadas por todos; las constituciones intentan de forma muy imperfecta funcionar como contratos sociales. Un contrato puede ser especial en el sentido de que no exista una instancia superior o externa que lo ejecute, pero eso no implica que dicho contrato no exista. Un contrato firmado por tus antepasados para constituir y regular una unidad política puede ser de obligatorio cumplimiento para ti si quieres formar parte de esa comunidad, la cual existía y funcionaba antes que tú.

La fuerza o violencia no es el único poder que hay: el poder político no es el único que existe. El poder es la capacidad o posibilidad de influir sobre otros, sobre lo que eligen y hacen, y esto puede conseguirse también mediante la belleza, la riqueza y la persuasión verbal. El Estado no tiene sólo poder policial o militar: también tiene recursos económicos, propagandistas y publicistas. El poder político no vence sistemáticamente a los demás poderes: los más fuertes no son siempre los más ricos; tener las armas no garantiza tener la riqueza.

A los Estados les importan los recursos económicos, y estos pueden estar asociados con el territorio (recursos naturales, vías de transporte, posiciones militares estratégicas) o con las personas como trabajadores generadores de riqueza y contribuyentes fiscales.

Las unidades políticas tienden a crecer porque así controlan más recursos y porque la unión hace la fuerza: somos más y además ya no somos enemigos (pero no pueden crecer indefinidamente por problemas de coordinación e intereses). Los Estados suelen dominar territorios compactos y conexos porque son más fáciles de defender: las colonias existen pero tienen consideración especial; las alianzas tienen más sentido y funcionan mejor entre vecinos. Perder territorio implica perder poder, y por eso las secesiones no suelen ser consentidas y por el contrario el Estado tiende a expandirse de forma imperial (hasta desintegrarse, a menudo por descomposición interna).

Frecuentemente para establecerse el Estado debe vencer o someter a otros grupos políticos menores que se le oponen, como por ejemplo las familias extendidas, tribus, clanes o poderes territoriales (ver The Origins of Political Order y Political Order and Political Decay de Francis Fukuyama). La familia puede ser una unidad natural de convivencia y cooperación, pero también puede limitar mucho la libertad individual de sus miembros, sometidos a múltiples lealtades no escogidas voluntariamente.

El crecimiento del territorio y del poder intervencionista del Estado pueden perjudicar la actividad económica (los Estados pacíficos más pequeños y libres funcionan mejor y son más prósperos), pero el poder militar crece con Estados más grandes. Para producir y comerciar apenas hace falta aparato estatal; para hacer la guerra puede ser conveniente un Estado fuerte.

Los Estados a veces permiten la emigración, pero pueden prohibirla si la consideran una pérdida inaceptable: véanse al respecto las diversas dictaduras comunistas (Cuba, Corea del Norte, el bloque soviético con el Telón de Acero). Algunos Estados permiten la emigración pero gravan las rentas obtenidas o las riquezas acumuladas por los ciudadanos residentes en el extranjero.

La relación entre Estado e Iglesia es compleja: en algunos casos pueden ser poderes contrapuestos que se limitan uno a otro, pero también es posible que se alíen y repartan el poder. Ambos son formas de organización de colectivos, el Estado más basado en la fuerza física y la Iglesia más dedicada al engaño sobrenatural.

El Estado es una máquina de depredación, o puede funcionar como tal, pero no es sólo eso. Como muestra Steven Pinker en The Better Angels of Our Nature, el Estado es uno de los factores (no el único) por los cuales la violencia física ha tendido históricamente a caer en términos relativos, ya que al monopolizar la violencia puede resolver conflictos entre partes que en su ausencia podrían llevar a escaladas de agresiones y represalias. Pinker también menciona al mercado y no ignora que el Estado puede él mismo utilizar la violencia de forma masiva; lo que no analiza es que con el Estado se reducen los asesinatos pero se sistematiza e institucionaliza el robo en forma de redistribución coactiva de riqueza, sobre todo en las modernas socialdemocracias.

No es cierto que cada Estado cuente con su propia moneda, ni que toda la ciencia económica aparezca referida al Estado.

La igualdad no es simplemente un concepto matemático no aplicable a las ciencias sociales: los seres humanos se preocupan más o menos por las diferencias entre ellos y suelen valorar el estatus social (ver Igualdad y desigualdad).

El derecho positivo del Estado no es universal, pero no por ello es extraño: no todas las normas son ni deben ser universales.

Referencias:

La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (I)

La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (II)

La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (III)

La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (IV)

La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (V)

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