Tonterías selectas

Deudas como panes, de Jezabel Goudinoff y Javier Lechón, miembros de la Plataforma Auditoría Ciudadana de la Deuda

La deuda, como el bullying, es simple abuso de poder. Es el mecanismo que permite a los más fuertes de una comunidad mantener y ampliar su posición de dominio a costa de los más débiles. La deuda es el alimento de nuestras sociedades jerárquicas y desiguales.

¿Qué se intenta con los tratados mal llamados de libre comercio?, de Vicenç Navarro

Según este partido neoliberal, los bomberos deberían ser privatizados y sus servicios deberían estar determinados por los mercados. No es difícil predecir qué ocurriría si usted se encontrara con que se incendia su casa y llegaran los bomberos, a los que usted les pagará el servicio. Ni que decir tiene que en una situación desesperada (como ver su casa ardiendo) pagaría lo que le pidieran, porque querría que se salvase su casa. Y, naturalmente, aparecerían cuarteles de bomberos en los barrios más pudientes, y dejarían de haberlos en los barrios más pobres. Es más, los bomberos competirían entre ellos, e intentarían por todos los medios –incluyendo poner obstáculos en las carreteras de acceso – a los otros bomberos, con quienes competirían para apagar incendios. Y, como es lógico, se opondrían por todos los medios a que se hicieran campañas de prevención de incendios, pues a más incendios, más negocio. Y es probable que con el tiempo esta competición desapareciera también, monopolizándose su práctica, estableciéndose una complicidad entre los bomberos que tuvieran mayor capacidad de influenciar a las autoridades públicas y dichas autoridades, recibiendo privilegios como tener carreteras especialmente accesibles para ellos. Es fácil de predecir que el número de incendios crecería como consecuencia de la privatización de los servicios de bomberos.

La sociedad de los más aptos, de Augusto Klappenbach

Europa: en qué manos estamos, de Rosa María Artal

Can Scientists Think?, by Fred Reed

Science enjoys great prestige as it has led to great results, such as iPhones. Perhaps bccause of this scientists, for some reason thought to be smarter than the rest of humanity, are seen as oracles and almost as priests. Yet they have nothing to say, and can have nothing to say, about meaning, purpose, origins, destiny, consciousness, beauty, right and wrong, Good and Evil, death, love or loathing.

These are matters of some importance to normal people whose thinking is not crippled by strict adherence to the Laws of Motion. A scientist, as a scientist, must dismiss them as empty abstractions, simply ignore them, or provide unsatisfactory answers and quickly change the subject.  A physicist may speak solemnly of the Big Bang, but it has no more explanatory power than Genesis. A child of six years will ask, “But where did God come from?” Or the Big Bang.

A man whose thinking has not been shackled by the restrictions of science can say, “This sunset is beautiful.” A scientist cannot not, not if he is thinking as a scientist. Beauty has no physical definition, the only kind allowable in the sciences. (I confess that in my ancient chemistry classes we accepted as the unit of beauty the millihelen, defined as “that amount of beauty necessary to launch one ship.”)

Trouble begins when one tries to stretch a system beyond its premises. Here we come to scientism, as distinct from science. A great many people, some of them scientists, want science to explain everything whatever. This of course is the function of a religion.

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