Escuela austriaca, ciencia, filosofía y teología

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

La escuela austriaca de economía (o al menos algunos de sus miembros) tiene ciertos problemas de falta de fundamentación o conexión con otras ciencias naturales y humanas, y de apoyo en ideas filosóficas o teológicas erróneas.

La escuela austriaca se basa en el axioma de acción intencional, y construye y desarrolla su teoría praxeológica mediante inferencias deductivas e hipótesis auxiliares. También enfatiza el carácter empresarial, creativo e innovador de los seres humanos, y la posibilidad e importancia de los órdenes espontáneos que emergen de forma evolutiva sin necesidad ni posibilidad de planificación o diseño.

La acción intencional y la racionalidad se valoran como lo esencial y distintivo de la naturaleza humana, ignorando que otros animales también actúan intencionalmente, que todos los seres vivos procesan información y toman decisiones mediante algún sistema de control cibernético, y que hay otros fenómenos importantes peculiares a los humanos (emociones, sentimientos morales, lenguaje, consciencia, imaginación, pensamiento simbólico, recursivo y analógico).

La acción no intencional (reacciones, hábitos) no se estudia o incluso se desprecia como algo irrelevante o no interesante, como si no fuera algo relevante para la economía, como si no tuviera costes y consecuencias o estos no importaran. El praxeólogo tiene una visión restringida y limitada de la ciencia económica, y esto empobrece y dificulta su comprensión de la realidad individual y social.

Parece que algunos economistas austriacos (o tal vez aspirantes a ello) tienen un sesgo que les lleva a estudiar sólo ciertas cosas que pueden entender con facilidad y sin mucho esfuerzo, que no les obligan a salir de su zona de confort, y que les permiten realizar rotundamente afirmaciones categóricamente ciertas (deducciones a partir de axiomas tautológicos irrefutables) sin notar que son muy imprecisas o vagas. Además muchos creen ser muy hábiles con la lógica cuando en realidad su nivel al respecto es bajo y sus argumentaciones son endebles y fácilmente criticables.

La acción intencional es considerada por algunos como un fenómeno o presupuesto irreductible: no sólo no es necesario investigar sus fundamentos, sino que además es imposible porque presuntamente la mente humana no puede comprenderse a sí misma; las ciencias naturales no tienen nada interesante que decir al respecto (y esto puede afirmarse sin tener conocimientos de ciencias naturales).

La falta de conexión con las ciencias físicas y biológicas y con otras ciencias humanas como la psicología puede deberse a falta de capacidad o voluntad: hay cosas difíciles de aprender (para la gente de letras la ciencia es difícil) o simplemente no interesan (los gustos son subjetivos, uno prefiere enfatizar los argumentos para los cuales tiene un cierto capital intelectual, o es mejor ignorar ideas con consecuencias incómodas o incompatibles con otras creencias).

Esta desconexión puede tener consecuencias nocivas, como intentar fundamentar la praxeología con ideas erróneas, absurdas o falaces que dañan la reputación de la escuela austriaca como ciencia económica. Ciertos errores podrían evitarse con una actitud menos autista y sectaria y más abierta a otros ámbitos del conocimiento.

Algunos pensadores recurren a la filosofía, la teología o la religión como posibles fundamentaciones de la escuela austriaca. La conexión teológica puede hacer a la escuela austriaca más popular entre los creyentes religiosos, pero al precio de destruir su fundamentación científica.

Los problemas con los fundamentos se revelan al tratar el problemático y generalmente mal entendido fenómeno del libre albedrío como si fuera generado por un alma inmaterial. Además se entremezcla el ámbito psicológico o económico con la noción de libertad como ausencia de agresión y respeto al derecho de propiedad (ámbito moral, ético o jurídico). Se confunden la capacidad psicológica, cognitiva y emocional del individuo para decidir, con las circunstancias sociales, jurídicas o políticas de presencia o ausencia de coacción. Parece que sólo podemos justificar ser libres para elegir si previamente somos libres para elegir.

La empresarialidad y la creatividad también pueden tratarse de forma romántica, épica o lírica, o considerarse como algo no natural que requiere algo más, tal vez místico o mágico, quizás una intervención sobrenatural no accesible a la explicación científica.

En lugar de tener curiosidad e interés por aprender, algunos se ofenden cuando la ciencia les demuestra que están equivocados. Resulta fascinante observar a personas sin apenas formación ni experiencia científica (juristas, por ejemplo) criticando a otros que tal vez sí la tengan de cientificistas (o cientistas, o cientifistas) o positivistas: los abusos o errores del método científico son posibles, y las críticas pueden ser acertadas, pero conviene que las haga alguien con cierto nivel de conocimiento y preparación y sin alergia a la ciencia.

El positivismo surge como sana reacción realista y crítica contra el moralismo religioso y las metafísicas de inspiración teológica o sobrenatural, con escaso o nulo contenido empírico, sin observaciones ni datos, cargadas de lastres ontológicos y epistémicos como el principio de autoridad de las escrituras y los sabios del pasado, el creacionismo, las jerarquías y categorías estáticas e inmutables del ser, los seres necesarios o dioses como creadores y soporte de la realidad contingente, o la obtención de conocimiento mediante revelación divina.

La teología es el intento fallido de racionalizar y solemnizar los absurdos de la fe religiosa (creaciones, milagros, trinidades, virginidades, ascensiones, revelaciones, resurrecciones) sin reconocer que son absurdos: son funcionales en parte porque son falaces, engañosos, arbitrarios, y pueden servir como señales dogmáticas para identificar y cohesionar individuos en grupos poderosos.

La teología fuerza la racionalidad para que diga lo que la fe quiere oír: es proyección de sesgos y abuso de intuiciones (de patronicidad, intencionalidad o comunicación, o sea ver patrones, intenciones o significado donde no los hay). Es humillarse ante un presunto misterio omnipotente e inaccesible en lugar de aceptar que la realidad natural es todo lo que hay y que la muerte es definitiva e irreversible. Es como tomarse un chiste en serio e intentar entenderlo, probablemente por falta de sentido del humor, sin darse cuenta de que es una broma.

Las mentes humanas surgen de la evolución biológica y cultural en un entorno social: la mente se construye en interacción con otras mentes. Una sola mente individual no puede representarse completamente a sí misma, igual que una imagen finita no puede contenerse a sí misma sin simplificaciones: pero la comunidad de mentes científicas sí puede entender, progresivamente con mayor detalle, qué es y qué hace la mente humana, por qué existe, para qué sirve y cómo funciona.

El ser humano es especial, pero no tan especial como para violar o superar las leyes naturales. El libre albedrío como capacidad de elegir entre alternativas no tiene nada de misterioso, mágico o sobrenatural: el cerebro es una máquina cibernética cuya función es obtener y procesar información, conocer y reconocer la realidad, imaginar posibilidades y elegir entre alternativas para así dirigir o controlar la conducta del organismo; funciona según leyes físicas, químicas y neurológicas deterministas (con posibles dosis de aleatoriedad o indeterminismo) sin necesidad de invocar almas o espíritus directores. Los individuos pueden tomar decisiones diferentes porque son diferentes o su estado interno es distinto, o porque las circunstancias externas de la elección no son las mismas.

Que el cerebro sea una máquina determinista no quiere decir que sea predecible o controlable en detalle, pero esto se debe a su complejidad y a la del entorno. Tampoco significa que sea una máquina inmutable, que no puede transformarse, aprender, cambiar de opinión o de preferencias: es un sistema adaptativo que puede evolucionar, modificarse a sí mismo y cambiar sus algoritmos de funcionamiento.

El orden complejo de la realidad natural emerge espontáneamente de forma evolutiva y autoconsistente sin necesidad de entidades sobrenaturales que lo creen o mantengan. El socialismo es imposible porque no existen, ni pueden existir, líderes omniscientes, omnipotentes y benevolentes que generen y sostengan el orden social. El creacionismo es imposible por el mismo motivo.

Un individuo inseguro o ignorante puede reclamar un dictador benevolente que imponga el orden en la sociedad: también puede inventar o creer en un agente divino para explicar el orden universal. No hay gobernantes capaces de generar de forma centralizada órdenes armoniosos mediante la imposición coactiva de leyes prescriptivas; no hay dioses responsables de garantizar las regularidades naturales expresadas mediante leyes descriptivas.

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