Igualdad y desigualdad

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Los seres humanos son iguales en algunos aspectos genéricos pero diferentes en detalles concretos: tienen distintas capacidades, preferencias, oportunidades y circunstancias. Igualdad o desigualdad son características relativas resultado de comparar diversos atributos de individuos: riqueza, renta, belleza, inteligencia, simpatía, reputación, poder, fuerza física, capacidad de persuasión. Algunos atributos son objetivos y medibles, otros son subjetivos o difícilmente cuantificables.

A los individuos les preocupa su estatus, su posición social, lo que los demás piensen de ellos, cómo los valoren. El valor no es un atributo intrínseco y objetivo de las personas: los individuos valoran subjetivamente a otros (y a sí mismos según su autoestima) y son valorados subjetivamente por otros. Estas valoraciones pueden ser muy diferentes desde ambos puntos de vista (evaluador y evaluado): algunos individuos tienen mucho éxito social y otros muy poco; los favoritos de unos son odiados por otros. Son comunes las afirmaciones de que todo el mundo es valioso, o incluso que todo el mundo es igualmente valioso. Los que las realizan pueden no entender la realidad, o quizás quieren caer bien a los demás con discursos populistas, bien intencionados y políticamente correctos.

La desigualdad implica que unos tienen (o reciben) más y otros menos de algo, unos son mejores y otros peores, unos están más arriba y otros más abajo. La mayor disponibilidad de recursos económicos o la posesión de características que otros valoran es útil para los individuos, ya que les facilita la supervivencia y el desarrollo al disponer de más poder y medios de acción.

Las posiciones relativas entre dos individuos pueden ser resultado de su propia acción aislada, de interacciones entre ambos o de relaciones con más individuos. Es posible triunfar o fracasar de forma independiente, cooperar con otros, competir contra otros, ayudar a los necesitados, robar para uno mismo o robar para otros. La igualdad y la desigualdad pueden suceder o conseguirse de forma pacífica o violenta, y de forma espontánea o mediante intervención externa: unos nacen más atractivos que otros; unos se entrenan, preparan o esfuerzan más; unos tienen más éxito en su profesión, en el comercio, en los negocios; unos reciben mayores herencias (genéticas o de riqueza) o mejor educación (capital intelectual individual) o contactos (capital social) de sus progenitores. Algunas desigualdades sociales se consiguen de forma violenta: los poderosos oprimen, esclavizan o parasitan a los débiles. Algunas igualdades sociales se consiguen de forma violenta: vagos, incompetentes o improductivos parasitan a los más productivos y eficientes.

La desigualdad es muy común en la naturaleza: dentro de una misma especie existe diversidad, y en los grupos sociales animales existen castas especializadas (insectos sociales) o jerarquías y diferencias de rango o estatus entre individuos (escalas de poder, relaciones de dominación y sumisión o subordinación). La competencia por el estatus social es un fenómeno omnipresente, ya que un estatus más alto implica mejor alimentación y más fácil acceso a oportunidades de reproducción: en algunos casos son posibles alianzas entre individuos para dominar a otros o para evitar ser dominados por otros. La naturaleza presenta un espectro de situaciones de desigualdad dentro de los grupos sociales: desde el macho alfa de los gorilas (único macho adulto con acceso a un harén de hembras) hasta el colectivismo promiscuo de los bonobos. Pero siempre existe el estatus, que suele estar asociado con demostraciones de poder físico y relaciones familiares.

Conforme crece la desigualdad dentro de un grupo los miembros de estatus más bajo pueden perder interés por el mantenimiento del mismo, pero quizás permanecen en él y no lo abandonan porque las alternativas son aún peores: la vida solitaria es muy difícil y en otros grupos podrían no ser admitidos o su estatus no mejoraría. El fomento de la igualdad dentro de un colectivo puede producirse para evitar la opresión por individuos muy dominantes (jerarquías de dominación inversa), o para conseguir que más individuos se involucren y participen activamente en las tareas necesarias para la supervivencia del grupo, especialmente en la lucha de ataque y defensa contra otros grupos.

La dinámica de las relaciones de desigualdad es compleja. La igualdad puede conseguirse si el peor mejora o si el mejor empeora; la desigualdad puede conseguirse si el mejor mejora o el peor empeora. Si se trata de un recurso transferible, como el dinero o diversas formas de riqueza, es posible quitar a uno para dárselo a otro. Sin embargo si se quita riqueza a los productivos se desincentivan la productividad y la generación de esa riqueza; y si se entrega riqueza a los improductivos se incentivan la improductividad y las relaciones de parasitismo y dependencia. En la medida en que se trate a todo el mundo igual independientemente de los resultados, y la obtención de estos resultados implique algún coste o esfuerzo, siendo todo lo demás constante los agentes racionales evitarán esforzarse para obtener mejores logros.

La desigualdad en un grupo puede intentar evitarse redistribuyendo de los ricos a los pobres, pero también es posible fomentar que los pobres dejen de serlo por sí mismos si disponen de suficientes oportunidades de formación y trabajo. Algunos grupos podrían conseguir igualdad expulsando a los pobres, obligándoles a esforzarse para dejar de serlo, o no permitiendo su acceso al colectivo (leyes de inmigración discriminatorias, leyes de salario mínimo).

La redistribución de recursos para fomentar la igualdad suele ser más aceptable cuando el grupo es más pequeño y homogéneo y los individuos lo sienten como una familia extendida (igualdad genética, étnica o cultural). La redistribución puede provocar odios o resentimientos si se percibe como ilegítima, si unos se aprovechan de forma tramposa de otros.

Un individuo puede querer ser más igual a otros en aquellas cosas en las que es peor que ellos, pero también puede querer ser menos igual si es o puede ser mejor que ellos. Cuanto más capaces sean los otros más probable es que puedan ser mejores cooperadores, pero también es posible que sean mejores competidores.

Una mejora puede implicar un incremento de la desigualdad si los que la adoptan no eran inicialmente los más desfavorecidos. La desigualdad podría crecer de forma indefinida si el hecho de ser mejor facilita además la capacidad de mejorar (rendimientos marginales crecientes): esto no es un fenómeno exclusivamente individual sino que tiene una fuerte componente social, incrementándose si existen efectos de red mediante los cuales los individuos quieren e intentan relacionarse con quienes tienen más éxito (afinidades o emparejamientos selectivos, quien más tiene más recibe). La desigualdad puede mitigarse o decrecer si al ser mejor es más difícil mejorar (rendimientos marginales decrecientes).

Desigualdad y pobreza son problemas distintos: es posible ser todos muy iguales y muy pobres y ser todos muy desiguales sin que nadie sea pobre (al menos en términos absolutos). Para resolver la pobreza basta con garantizar algunos mínimos sólo a los auténticamente pobres sin necesidad de realizar redistribuciones masivas de riqueza que afecten a toda la sociedad.

La observación empírica demuestra que en ocasiones los individuos prefieren situaciones peores en valor absoluto para ellos pero mejores en comparación con otros: es posible elegir ser cabeza de ratón antes que cola de león. La insistencia de algunos economistas para que los individuos se fijen solamente en su bienestar absoluto o en su mejora personal en el tiempo y no hagan comparaciones relativas con otras personas es problemática: la economía es una ciencia positiva que describe, explica y predice, y no una actividad moralizante que les dice a las personas lo que deben valorar o no; el que los agentes económicos valoren sus posiciones relativas es un hecho empírico que debe tenerse en cuenta y a ser posible explicarse en una buena teoría económica y psicológica.

El deseo de cierta igualdad o la envidia pueden ser rasgos adaptativos, emociones morales funcionales resultado de la evolución psíquica: la aptitud para la supervivencia y reproducción es un atributo contextual y tanto absoluto como relativo, ya que las diferencias son importantes en la competencia por la vida. Al individuo le importa lo bien que lo está haciendo en múltiples ámbitos (éxito en trabajo, amor, salud, relaciones familiares y sociales), pero esa bondad tiene una importante componente relativa (en comparación con otros), y tal vez el mejor punto de referencia válido para conocerla es el rendimiento o éxito de los otros: uno se compara con los demás para saber qué tal lo está haciendo. Además la felicidad o satisfacción es un sentimiento que se recalibra constantemente ante nuevas situaciones para que el individuo actúe más y mejor: estar mejor que en el pasado no implica necesariamente una mayor sensación de satisfacción que en el pasado.

Los igualitaristas, normalmente colectivistas intervencionistas mal llamados progresistas, insisten en que la igualdad, o al menos más igualdad, es necesariamente mejor y más justa: no expresan que ellos la prefieren a título particular, sino que aseguran que se trata de un hecho objetivo. Para ellos justicia (social o distributiva) es equivalente a igualdad: no ante la ley, sino mediante la ley; promueven la desigualdad ante la ley para fomentar la igualdad de oportunidades, o de resultados, rentas o riqueza. Para esconder su carácter coactivo y liberticida utilizan el término libertad como sinónimo de poder o riqueza y no como ausencia de agresión y respeto al derecho de propiedad. Desprecian la igualdad formal ante la ley y reclaman igualdad material, que todos tengan y puedan lo mismo independientemente de lo que hagan. Algunos pretenden que la ética exige sacrificar algo de eficiencia económica para garantizar más igualdad; otros aseguran que la mayor igualdad obtenida mediante la redistribución inteligente de la renta y la riqueza puede conseguir más eficiencia económica.

El igualitarismo colectivista y estatista puede ser la estrategia política de los peores para hacerse las víctimas, competir violentamente contra los mejores y beneficiarse a su costa. Algunos pensadores defienden políticas redistributivas para garantizar la paz social y el mantenimiento de la democracia: esto parece un eufemismo para recomendar ceder al chantaje de algunos individuos o grupos que amenazan con violencia y desorden, y pagarles a cambio de que no ataquen, roben o maten y acepten el orden establecido; también parece implicar una acusación contra algunos individuos insatisfechos con el sistema, especialmente los más pobres o desfavorecidos, los cuales se convertirán en alborotadores, delincuentes o criminales.

Los igualitaristas protestan porque les parecen injustas las diferencias de partida en la vida, que unos tengan más y mejores oportunidades que otros sin ser responsables por ello: parecen no entender que la vida de las personas no parte de la nada sino que hay una continuidad de padres a hijos. Los responsables del punto de partida no son los hijos sino los progenitores, y quizás sea a ellos a quienes se deba reclamar en lugar de a toda la sociedad. Pretender igualar las oportunidades implica decir a padres y madres que su esfuerzo por sus propios vástagos no sirve para gran cosa.

Con la crisis económica se ha difundido la falacia de que la desigualdad es su causa fundamental. La razón real de los ciclos de auge y depresión es la expansión insostenible del crédito, y esto va a suceder independientemente de por qué se expanda el crédito de forma intervencionista por el Estado, si es para favorecer presuntamente a los pobres, a los ricos o a nadie en particular. Fomentar que los pobres se endeuden para mantener o incrementar su nivel de vida, su renta y su consumo equivale a montar una peligrosa trampa. El crédito en el mercado libre se concede si el prestamista acreedor cree que el prestatario deudor es solvente, que puede devolver el préstamo o pagar lo que debe, y esto depende de su renta futura y de las garantías que pueda proporcionar. Si un individuo tiene pocos ingresos ahora y no va a tener más en el futuro, endeudarse es mala idea. Forzar la concesión de crédito a agentes económicos que no lo merecen (porque no quieren o no pueden devolverlo) tendrá como consecuencia quiebras y bancarrotas que provocan daños económicos importantes a acreedores y a deudores: pérdida de valor de los activos (préstamos de los bancos), pérdida de la propiedad de las garantías de los préstamos (viviendas), asunción de pesadas cargas financieras por largos periodos de tiempo (si las garantías son personales). Además el crédito excesivamente fácil y barato no suele estar sólo al alcance de los desfavorecidos sino que puede extenderse a toda la sociedad: las crisis pueden ser más graves o llamativas para los más pobres, pero los daños que provocan son generalizados.

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