Leyes, voluntad y poder

Artículo en Instituto Juan de Mariana.

Los contenidos de las leyes y su cumplimiento dependen de la voluntad y el poder de los individuos y los grupos en un entorno social. La conducta humana está regulada mediante leyes generadas y gestionadas por los propios seres humanos; algunas de sus acciones pueden tener como objetivo intencional o como consecuencia imprevista la determinación del contenido de las reglas sociales; los agentes eligen si respetan las reglas o no, y eligen cómo reaccionar frente a los incumplimientos ajenos, si ignorándolos o denunciándolos e intentando reprimirlos.

Como a la voluntad no le gusta verse restringida u obligada y suele gustarle controlar otras voluntades, los individuos pueden incumplir las leyes, exigir que otros las cumplan o no, e intentar cambiarlas para que reflejen sus propios intereses.

Las leyes son límites o barreras a la conducta: son mecanismos de control que delimitan el ámbito de acción de la voluntad, marcan ciertos terrenos como prohibidos, otros como obligatorios, y otros como opcionales. Las normas prohíben cosas que alguien querría hacer, y obligan a cosas que alguien no quiere hacer: no tiene mucho sentido prohibir lo que nadie desea hacer u obligar a lo que todos hacen voluntariamente.

Las leyes son entidades culturales, ideas producidas, modificadas, aceptadas o rechazadas por los seres humanos: se encuentran en sus mentes y en otras memorias externas (tablas, libros, soportes informáticos). Algunas reglas se consolidan como tradiciones o costumbres cuyo origen quizás se desconoce; otras se atribuyen a héroes de leyenda, a personajes míticos o a la voluntad de dioses imaginarios, probablemente para resaltar su importancia o el poder subyacente a las mismas.

Las leyes vigentes reflejan equilibrios de poderes entre individuos y grupos que pueden ser aliados cooperadores o enemigos competidores. Las normas son las que son, y no otras, y se cumplen o no, como resultado de la interacción de múltiples agentes con distintas capacidades y preferencias: unas personas convencen a otras de la conveniencia de seguir ciertas reglas; los poderosos, bien organizados, pueden expresar su dominio sobre los débiles mediante órdenes concretas o mandatos más genéricos; los colectivos votan qué leyes regulan su convivencia; los legisladores promulgan normas; los agentes pactan reglas mediante contratos.

Los seres humanos actúan con lo que tienen para conseguir lo que quieren: usan su poder, su capacidad de acción, para alcanzar los objetivos deseados. En las relaciones con los demás el poder tiene diversas formas: fuerza (violencia para atacar y dañar o para defender y proteger), riqueza (control sobre bienes y servicios valiosos para regalar, compartir o intercambiar), persuasión (lenguaje y argumentación racional o retórica emocional para influir y convencer), estatus (prestigio, reputación, autoridad, servir como referencia para otros), belleza (atractivo físico o de otro tipo) e inteligencia social para saber cómo usar y organizar todos estos medios y gestionar las interacciones sociales.

Los individuos y grupos con más poder (fuerza, riqueza, capacidad de persuasión, estatus, atractivo e inteligencia social) tienen más influencia sobre los contenidos de las leyes y la gestión de su cumplimiento. Los poderosos inteligentes no suelen usar solamente la violencia para imponerse: también entregan riqueza a sus aliados o compran la voluntad de las masas (pan y circo), y recurren a la persuasión y a la manipulación, intentan presentarse como justos y legítimos según algún criterio moral o ético selectivo.

El hecho de que las normas no sean iguales para todos y que beneficien a unos a costa de otros puede reflejar diferencias de poder en la sociedad. Las leyes pueden servir como defensas protectoras contra las agresiones de otros, pero también pueden utilizarse como armas de ataque, como restricciones para oprimir, parasitar o esclavizar a otros.

Los contenidos de las leyes y sus sistemas de supervisión son realidades diferentes: una cosa es lo que se declara que se debe hacer, y otra cosa distinta es lo que efectivamente se exige que se haga. Algunas culturas tienen pocas leyes pero son muy estrictas con su cumplimiento; otras tienen muchas leyes pero su cumplimiento es laxo.

Algunas normas están internalizadas en la mente de las personas (seguramente tras algún proceso de enseñanza, socialización o adoctrinamiento), de modo que las sienten íntimamente como suyas, les repugna o ni se plantean violar una determinada ley, saltarse una prohibición, incumplir una obligación (y quizás les indigna que otros lo hagan). Otras reglas están acompañadas de incentivos externos como premios o castigos, que requieren algún sistema social de vigilancia y supervisión de la conducta (testigos, policía, justicia) y algún poder para entregar premios o aplicar castigos: estos sistemas son imperfectos, y el agente puede tener en cuenta su capacidad para esquivarlos y no ser descubierto o penalizado.

Los sistemas sociales de control del comportamiento requieren algún tipo de poder: medios para la vigilancia; riqueza para entregar como recompensa; fuerza para capturar y castigar al infractor; persuasión para convencer a otros de la justicia y conveniencia de un veredicto, y si es necesario conseguir que participen en el mismo (boicoteo, exclusión, repudio, ostracismo).

Las sociedades complejas suelen tener especialistas para estas tareas (gobernantes, legisladores, jueces, policías), que pueden actuar como monopolios o en competencia, y de forma centralizada o descentralizada: los ciudadanos pueden ser más o menos activos en estas funciones.

Los sistemas de producción, vigilancia y control de las leyes pueden ser más o menos competentes y eficientes y estar o no corrompidos: las leyes pueden servir para la convivencia armoniosa y la gestión de lo común o para la promoción de intereses de grupos de presión (que pueden ser los propios gobernantes y sus burócratas). La supervisión de la ley es imperfecta: puede ser muy problemático saber quién ha hecho qué y cómo asignar méritos o responsabilidades.

El infractor de una ley que es descubierto y denunciado puede reconocer su falta, avergonzarse, pedir perdón y ofrecer alguna compensación o restitución: pero también puede negarlo todo, ofenderse, presentarse como víctima o incluso amenazar a los denunciantes.

Algunos individuos insisten en obedecer las normas sin importar las consecuencias (deontología), mientras que otros valoran las normas y su cumplimiento según sus resultados, para ellos (probabilidad de ser descubierto y condenado, intensidad del castigo) o para la sociedad (utilitarismo individual o colectivo). Algunas personas insisten en que la ley es la ley y no hay más que hablar, mientras que otros se plantean por qué esa ley y no otra, o qué la fundamenta, legitima o justifica. El cumplimiento estricto y riguroso de la ley hace a las personas más predecibles y fiables, de modo que puede servir como señal y garantía de lealtad en la cooperación: pero esa ley puede tener aspectos nocivos y su acatamiento entonces causa daños a algunos.

Aunque es posible elegir las leyes, no es posible escoger las consecuencias de intentar cumplir y hacer cumplir esas leyes: las diferentes normas funcionan o no, tienen distintos resultados económicos y sociales; algunas fomentan la armonía y el desarrollo (liberalismo), otras provocan conflictividad y pobreza (socialismo, comunismo, estatismo).

El ámbito del razonamiento ético y moral puede servir para argumentar contra la opresión de los poderosos, para resistirse a su persuasión manipuladora: ellos imponen la ley, pero no deciden acerca de cuestiones de justicia o legitimidad sobre las cuales en principio no tienen control. Sin embargo qué criterio se utiliza para definir la justicia (igualdad ante la ley, igualdad mediante la ley, desigualdad ante la ley por algún motivo) depende de la cultura de un grupo, de cómo se eduque o adoctrine a los ciudadanos: y los poderosos pueden utilizar la capacidad de persuasión propia o de otros a su servicio para controlar el pensamiento y el discurso moral.

Los poderosos mandan, legislan y deciden qué es lo que se considera correcto, bueno, permitido, y qué se considera incorrecto, malo, prohibido: might makes right. Pero también es posible que el hacer lo justo, lo ético, lo moral, sea fuente de poder al conseguir un estatus elevado: right makes might.

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