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la socialdemocracia no tiene ni idea de cómo generar una economía socialmente justa, o si queremos una etiqueta, de cómo hacer que la economía (y nos solamente la sociedad, o la política) sea, también ella, progresista. Lo único a lo que ha aspirado hasta ahora la socialdemocracia, después de la II Guerra Mundial, ha sido a gestionar los fallos de mercado a través de la acción correctora del Estado. Pero por mucho que nos empeñemos en justificar esta posición en aras del pragmatismo, en realidad lo que ha hecho la socialdemocracia con ello ha sido renunciar a uno de sus principios más básicos, más fundamentales, y por los cuales ganó crédito a principios del siglo XX: el de que la economía, también ella, sería reformada. La socialdemocracia ha aceptado no solamente a los mercados, sino también al capitalismo (cuestiones que a menudo se confunden, pero que son completamente distintas) y lo que ha hecho ha sido intentar corregir sus desmanes como ha podido. Hasta los años ochenta esto más o menos funcionó. Pero desde los años ochenta, dejó de funcionar. La Gran Recesión solamente ha sido el punto final en este proceso de progresiva incapacidad del Estado para embridar al capitalismo, sobre todo, al financiero.

En este contexto, ¿qué propone el líder del laborismo británico, Ed Miliband? Lo que propone es volver a retomar ese tema —hagamos una economía progresista, y no solamente una sociedad progresista— bajo el concepto de “predistribución”. La predistribución trata, precisamente, de que sea la propia economía la que genere resultados socialmente justos, reduciendo por tanto la necesidad de que luego el Estado actúe ex post facto y con resultados que son completamente desalentadores, sobre todo en el contexto de hipertrofia de los mercados financieros y de globalización que tenemos por delante. Hay muchas propuestas en las que esta idea de predistribución se concreta de manera muy específica: desde el establecimiento de una ratio entre sueldo medio y sueldo de los ejecutivos de las entidades financieras, hasta el establecimiento de un máximo de cuota de mercado que los bancos y las entidades financieras puedan acaparar, de tal manera que se evite la tendencia a las concentraciones cuasi monopolísticas que se produce en este ámbito, y con la consiguiente reducción de los riesgos derivados de la existencia de entidades financieras que son too big to fail.

La socialdemocracia europea tiene que mirar, por tanto, hacia el otro lado del estrecho. Al fin y al cabo, fue el Reino Unido uno de los principales lugares en los que, históricamente, la izquierda gestó y desarrolló el principio de que la economía, también ella, debía ser reformada y reorientada hacia resultados mucho más justos.

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