Recomendaciones

27/01/2014

War: The Gambling Man’s Game

Cultura y economía, de Carlos Rodríguez Braun

Nuestro persistente riesgo de iliquidez, de Juan Ramón Rallo

Liability, Disclaimers, and Adverse Selection, by Bryan Caplan

Deirdre McCloskey on Oxfam’s Calculation of World Wealth ‘Distribution’


Tonterías selectas

27/01/2014

Vivir sin dinero: los mejores ejemplos (y varias buenas ideas)

Entrevista a María Pazos, coordinadora del departamento de Fiscalidad y Género del Instituto de Estudios Fiscales

La guerra del gobierno contra la energía solar, de Antonio Ruiz de Elvira

No diga paro, diga mercado laboral, de Antón Losada

Deep Decarbonization, by Jeffrey Sachs


La libertad sí que entiende de compartimentos

27/01/2014

Respondiendo a Luis I. Gómez:

-¡No soy libre! ¡Mi libertad ha sido violada!

-Vaya, lo lamento. Pero… ¿podrías concretar algo más?

-No, no puedo, porque la libertad es indivisible y no es adjetivable.

-Entonces, cuando llames a la policía y denuncies el crimen, ¿vas a decirles simplemente que se ha cometido una violación de tu libertad, pero no específicamente cuál ha sido el delito? ¿Eres incapaz de precisar o es que la comisión de un crimen es indistinguible de la comisión de todos los crímenes?

Hablar de libertad económica, libertad social, libertad política, libertad cultural, tiene perfecto sentido y no se trata de “un vacuo ejercicio acedemicista que en realidad nos aparta de la verdadera esencia de la libertad”. La verdadera esencia de la libertad es la no agresión y el respeto al derecho de propiedad. Pero la coacción puede ejercerse de forma limitada en muchos ámbitos, sin interferir necesariamente en otros, y la propiedad puede ser invadida o robada de diversas formas. Que me hayan robado no implica que me lo hayan robado todo. Es posible prohibir las drogas sí y el sexo no, o al revés; o ambos, o ninguno.

Queda muy solemne declarar la libertad una e indivisible, pero esto tiene el desgraciado efecto, quizás no deseado, de impedir hablar con precisión. Adjetivar, si se hace bien, no es ningún error asociativo y puede substanciar mejor la esencia de las cosas, representar mejor sus cualidades y calidades.

No defiendo que la libertad es compartimentalizable porque confunda mi imagen de sociedad deseable con la libertad. De hecho no tengo ninguna imagen de sociedad deseable (¿que se pueda desear?) y simplemente entiendo la libertad como la circunstancia social en la cual cada uno persigue sus deseos en la medida de sus posibilidades sin interferencia violenta de otros. Estas interferencias son distinguibles: hay personas, o sociedades, libres para unas cosas y no para otras. Es verdad que puede realizarse una apreciación de conjunto y afirmar que si no eres libre en algún ámbito entonces simplemente no eres libre; pero esto sería como equiparar la violación de la libertad de alguien torturado, violado y esclavizado con la de alguien a quien simplemente le prohíben cantar pasodobles los jueves a las dos de la tarde a la orilla del río.

Que la libertad no sea lo mismo que la igualdad o la equidad o la justicia (aunque tienen mucho que ver según cómo se entiendan más precisamente esos términos) es irrelevante para el hecho de que la libertad pueda dividirse o no.

Otras partes del artículo del buen Luis I. Gómez pueden ser ciertos pero se salen por la tangente.

Saludos, Luis.


Recomendaciones

26/01/2014

11 Rules for Critical Thinking, by Farnam Street

Empleo zombi y el dilema de la Fed, de Daniel Lacalle

‘Socialist’ Swedes Take to Private Health Insurance, by J. D. Tuccille

Los disparates de la ayuda extranjera, de Kenneth Rogoff

Who Wants Standards?, by Robin Hanson


José Ignacio Torreblanca y el varón violento

26/01/2014

José Ignacio Torreblanca ha descubierto el sesgo de género en la violencia y las guerras y escribe sobre el varón como arma de destrucción masiva.

Antes que repuestas, este debate requiere preguntas, en realidad una sola pregunta: ¿son los varones armas de destrucción masiva?

Parece que no ha leído lo que él mismo ha escrito justo un párrafo antes:

Reconozcámoslo: los varones son el mayor arma de destrucción masiva que ha visto la historia de la humanidad, y hay unos 3.500 millones de ellos por ahí sueltos.

Torreblanca no parece discernir que un arma es de destrucción masiva si un solo ejemplar (y no el concepto abstracto) puede causar daños enormes. Un solo varón puede ser destructivo, pero el daño masivo sólo se consigue si se le arma de verdad y si se juntan muchos soldados convenientemente organizados.

Al hablar del varón en general, no queda claro si se refiere a todos los varones en particular. Que la inmensa mayoría de los guerreros o maltratadores sean hombres no significa que todos los hombres sean guerreros o maltratadores. Quizás se refiere a los varones como colectivo, como si todos actuaran al unísono contra los que no sean varones.

Los efectos de una cultura patriarcal dominada por varones son tan demoledores que pareciera que en el mundo se libra una guerra (invisible, pero guerra) de varones contra mujeres.

Tal vez las apariencias engañan.

Increíblemente, las mujeres entre 15 y 44 años tienen más probabilidad de ser atacadas por su pareja o asaltadas sexualmente que de sufrir cáncer o tener un accidente de tráfico.

Quizás la probabilidad de sufrir cáncer o tener un accidente de tráfico es muy baja. Tal vez la noción de lo que es un asalto sexual es algo laxa y se confunden violaciones con insinuaciones verbales o acoso laboral. Quizás la sociedad no trata con la suficiente dureza a los violentos.

La violencia sexual contra las mujeres es omnipresente y constituye uno de los capítulos más vergonzosos, y más silenciados, de la historia de los conflictos bélicos.

Totalmente cierto. Pero un subtitular de la noticia asegura que “Las violaciones son el capítulo más vergonzoso de los conflictos bélicos”, como si matar fuera menos vergonzoso que violar.

Algunos describen la violencia que se ejerce contra las mujeres solo por el hecho de serlo como “feminofobia”. ¿Por qué no nos suena nada este término, o alguno similar?

Quizás porque es un término desacertado. Los violadores, los traficantes de mujeres, por lo general no las odian ni les tienen manía o miedo sino que quieren y pueden aprovecharse violentamente de ellas. Los maltratadores no suelen herir a cualquier mujer o a todas las mujeres en general, sino solamente a las suyas (no el sentido de que sean de su propiedad, claro) por motivos pasionales (celos).

Existen muchas posibles, y complejas, explicaciones sobre estos hechos.

Sin embargo Torreblanca no menciona ninguna. Podrían ser la influencia genética, las diferencias biológicas y psicológicas por diferentes estrategias de optimización reproductiva, el dimorfismo sexual, o influencias culturales. Quizás no es políticamente correcto reconocer que, para bien o para mal, hombres y mujeres presentan serias diferencias y que estas no son solo producto de la cultura. Y una de estas diferencias es que los hombres tienden a ser más fuertes y violentos, sí. No es nada nuevo en absoluto.


Mario Vargas Llosa sobre los liberales

26/01/2014

Mario Vargas Llosa ha escrito un interesante y muy recomendable artículo sobre el significado del liberalismo.

Pero algunas de sus afirmaciones son problemáticas o erróneas.

En nuestros días, liberal y liberalismo quieren decir, según las culturas y los países, cosas distintas y a veces contradictorias. El partido del tiranuelo nicaragüense Somoza se llamaba liberal y así se denomina, en Austria, un partido neofascista. La confusión es tan extrema que regímenes dictatoriales como los de Pinochet en Chile y de Fujimori en Perú son llamados a veces “liberales” o “neoliberales” porque privatizaron algunas empresas y abrieron mercados. De esta desnaturalización de lo que es la doctrina liberal no son del todo inocentes algunos liberales convencidos de que el liberalismo es una doctrina esencialmente económica, que gira en torno del mercado como una panacea mágica para la resolución de todos los problemas sociales. Esos logaritmos vivientes llegan a formas extremas de dogmatismo y están dispuestos a hacer tales concesiones en el campo político a la extrema derecha y al neofascismo que han contribuido a desprestigiar las ideas liberales y a que se las vea como una máscara de la reacción y la explotación.

Habría sido muy informativo que Vargas Llosa diera algún ejemplo o nombre de estos “logaritmos vivientes” (¿se refiere a economistas con fuerte componente matemática?), extremistas dogmáticos, defensores de la “panacea mágica” del mercado, si es que en realidad existe alguno.

Menciona Vargas Llosa a

algunos gobiernos socialistas, como el de Felipe González en España o el de José Mujica en Uruguay, que, en la esfera de los derechos humanos, han hecho progresar a sus países reduciendo injusticias inveteradas y creando oportunidades para los ciudadanos de menores ingresos.

Sin embargo no explica qué entiende por derechos humanos, de qué injusticias se trata ni cómo se han creado esas oportunidades: tal vez ha sido a costa de otras oportunidades y de la libertad de los mismos u otros ciudadanos. Los “socialistas” hacen progresar a sus países cuando no son realmente socialistas.

Hay ciertas ideas básicas que definen a un liberal. Que la libertad, valor supremo, es una e indivisible y que ella debe operar en todos los campos para garantizar el verdadero progreso. La libertad política, económica, social, cultural, son una sola y todas ellas hacen avanzar la justicia, la riqueza, los derechos humanos, las oportunidades y la coexistencia pacífica en una sociedad. Si en uno solo de esos campos la libertad se eclipsa, en todos los otros se encuentra amenazada.

Un valor puede entenderse como una preferencia o como una norma. El liberal prefiere la libertad como principio ético y de organización política frente a otras ideas como la igualdad o la solidaridad. Como norma suprema, la libertad significa que solo las agresiones contra la propiedad privada y el incumplimiento de los contratos deben estar prohibidos y sancionados.

Lo de que la libertad es una e indivisible suena muy bonito y grandilocuente. Sin embargo la libertad es perfectamente divisible, y precisamente por eso puede hablarse de libertad política, económica, social, cultural, religiosa, sexual, personal… Es posible no violar ninguna, violar una, algunas o todas. Las leyes liberticidas suelen prohibir cosas más o menos concretas y no todo a bulto. Tal vez la violación de la libertad en un solo campo ponga en peligro a la libertad en todos los demás, pero esto sólo es una posibilidad y no una necesidad.

Los liberales creen que el Estado pequeño es más eficiente que el que crece demasiado, y que, cuando esto último ocurre, no sólo la economía se resiente, también el conjunto de las libertades públicas.

Más que creerlo, los liberales lo saben. Con todas las limitaciones que pueda tener el conocimiento humano, pero no se trata de una mera opinión o creencia sin fundamento teórico o empírico.

La seguridad, el orden público, la legalidad, la educación y la salud competen al Estado, desde luego, pero no de manera monopólica sino en estrecha colaboración con la sociedad civil.

¿La educación y la salud competen al Estado? ¿Por qué esos ámbitos sí y otros no? ¿Las pensiones y la dependencia no competen al Estado?

Forzar reformas liberales de manera abrupta, sin consenso, puede provocar frustración, desórdenes y crisis políticas que pongan en peligro el sistema democrático.

Totalmente cierto. Pero los esclavos y oprimidos podían desear reformas rápidas aunque provocaran todos esos problemas. Tal vez los frustrados y culpables de los desórdenes son parásitos liberticidas temerosos de perder sus privilegios y lo mejor que puede hacerse es reconocerlos como tales, denunciarlos y enfrentarse a ellos.

Tolerancia quiere decir, simplemente, aceptar la posibilidad del error en las convicciones propias y de verdad en las ajenas.

Esta tolerancia epistémica frecuentemente mencionada en realidad tiene poco que ver con la auténtica tolerancia liberal, que consiste en permitir que otros hagan, en el ámbito de su propiedad, cosas que me disgustan y que un liberticida intentaría prohibir.

Es natural, por eso, que haya entre los liberales discrepancias, y a veces muy serias, sobre temas como el aborto, los matrimonios gay, la descriminalización de las drogas y otros. Sobre ninguno de estos temas existe una verdad revelada liberal, porque para los liberales no hay verdades reveladas.

Sobre estos temas a menudo hay discrepancias porque se utilizan argumentaciones erróneas. También las hay porque algunos sólo son presuntamente liberales y su tolerancia flaquea en ciertos ámbitos (drogas, sexo).

Para los liberales no hay verdades reveladas simplemente porque no hay verdades reveladas. Lo que algunos defienden como verdades reveladas en realidad no son reveladas, y probablemente no son verdades (o porque son falsas o porque ni siquiera tiene sentido asignarles un valor de verdad).


Tonterías selectas

26/01/2014

Radicalizar la imaginación democrática, de Antoni Aguiló

El golpismo de ‘The Wall Street Journal’, de Emir Sader

Free Trade and Costly Love, by Robert Skidelsky

Los ricos indignos, de Paul Krugman

La imprescindible reindustrialización de España, de Julián Pavón, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, y José Luis de la Fuente O’Connor, profesor titular de la Universidad Politécnica de Madrid y presidente de la Asociación Española para la Promoción de la Inteligencia Competitiva

Las evidencias de estudios empíricos recientes muy citados de estudiosos y consultoras de alto nivel han puesto de manifiesto que el tan vilipendiado en el imaginario colectivo papel del Estado en las economías occidentales en las últimas décadas no ha sido del todo execrable, y sí fundamental como impulsor, emprendedor y atrevido tomador de decisiones de riesgo en cuanto a inversiones en programas civiles y militares, científicos y tecnológicos de base de éxito —siendo a este respecto el indudable número uno Estados Unidos—. Esos programas nos permiten en la actualidad, globalmente, poder contar con un ecosistema industrial y social con Internet, GPS, trenes de alta velocidad, múltiples desarrollos en medicamentos y tecnologías de la salud, la energía nuclear para producir electricidad y un sinfín de avances que damos como sentados y esenciales actualmente, pero que han requerido esas decisiones audaces, o el caldo de cultivo y masas críticas para poderlas plantear —compendiados en los referidos pilares—, y sus posteriores desarrollos y aplicaciones por empresas competitivas de los diversos tejidos productivos del mundo.