Jordi Sevilla quiere la mitad de todo para las mujeres

Qué majo. Qué forma de hacerse popular entre las mujeres… Así se liga y se gana popularidad. Es un maestro de la seducción.

Decía Ana María Llopis, la única presidenta de una empresa del Ibex 35, que las mujeres no piden mucho: sólo la mitad de todo, ya que son la mitad de la especie humana.

¿Cómo sabe Ana María Llopis lo que piden las mujeres? ¿Acaso conoce a todas las mujeres? ¿Habla en su nombre? ¿Ser ella mujer le da algún conocimiento especial al respecto?

¿Qué tiene que ver ser la mitad de la especie humana con pedir la mitad de todo? ¿Acaso ser la mitad de un grupo da automáticamente derecho a la mitad de lo que todo ese grupo ha producido? ¿Es que todos producen lo mismo y tienen derecho a exactamente la misma parte?

Hay cosas que uno no elige al nacer: la familia (nivel social), la nación o grupo étnico o el sexo. Hacer compatible esto con que todos nacemos iguales en derechos, uno de los principios constitutivos de nuestras sociedades democráticas, exige desarrollar eficaces medidas de igualdad de oportunidades que ayuden a contrarrestar las desigualdades que puedan experimentarse como consecuencia de actos de nacimiento no elegidos.

Esos derechos respecto a los cuales todos nacemos iguales, pueden interpretarse como derechos negativos o positivos, y en abstracto o en concreto. La interpretación liberal es que las normas generales son iguales para todos, y el único derecho que permite esto es el derecho de propiedad o principio de no agresión: todos somos igualmente propietarios de nuestro cuerpo, nuestro trabajo, y de lo que produzcamos e intercambiemos voluntariamente con otros. Pero las posesiones concretas de cada uno son necesariamente diferentes, y según la habilidad al servir a los demás unos serán más ricos que otros: no pueden tener todos los mismos derechos sobre los mismos objetos o el mismo derecho a la misma cantidad de riqueza. Y no tenemos más derechos positivos que los que consigamos contratando con otros y ofreciendo algo a cambio: las exigencias a los demás, simplemente porque sí, son ilegítimas.

Si las personas son desiguales al nacer y esto no les gusta, pueden reclamar a sus progenitores por no haberlo hecho mejor; no tienen ningún derecho a exigir nada al resto de la sociedad, quien no ha sido responsable de su desafortunada llegada al mundo. Que uno no sea responsable de su desventaja inicial no implica que todo el resto del mundo sí lo sea y tenga que remediarlo.

La idea es clara: los individuos tienen derecho a exigir una recompensa por el esfuerzo personal a lo largo de la vida, pero también a que los dejen competir en las mismas condiciones, a que se remuevan aquellos obstáculos sociales que impiden que puedan desarrollar todas sus capacidades por prejuicios, discriminaciones o segregaciones, artificiales.

Yo no tengo derecho a exigir que me dejen competir en las mismas condiciones si esto significa quitarles recursos a otros para dármelos a mí. Que los demás me discriminen o tengan prejuicios contra mí puede no gustarme, pero nada me da derecho a usar la violencia contra ellos para cambiar ese hecho.

Parece que sí hemos eliminado las discriminaciones contra la mujer en el origen, pero todavía estamos muy lejos de conseguirlo a lo largo de toda la carrera. Cuando en la base de la pirámide los resultados se reparten según sexo por mitades, resulta estadísticamente poco creíble que conforme vamos subiendo en niveles de responsabilidad el número de mujeres disminuya hasta el exiguo 10% de la cúpula directiva. Que a partir de los 30/35 años una inmensa mayoría de mujeres prefieran abandonar su carrera profesional hacia la cima porque de forma voluntaria decidan libremente elegir otras opciones vitales como dedicar tiempo a su familia, hijos y mayores dependientes, es en términos de probabilidades, imposible. A menos que incorporemos la existencia de una fuerte presión estructural (parafraseando al ministro Gallardón) sobre ellas para que así sea, en base a una discriminación impuesta, muy favorable para el otro sexo. De eso hablamos cuando decimos machismo.

La imposibilidad es algo muy serio, y Sevilla no parece especialmente cualificado para entenderla: sería altamente improbable que una distribución mostrara un sesgo semejante en la cumbre si los puestos directivos se obtuvieran o asignaran al azar; pero es que no lo hacen, y existen tendencias sistemáticas que explican estas diferencias. Sevilla está seguro de que la regularidad esencial bajo este fenómeno no puede ser que las mujeres prefieren la familia al trabajo; según él debe haber algún machismo discriminador. Asume lo que debe demostrar y lo argumenta mal.

Podemos asumir que las primitivas divisiones del trabajo entre hombres y mujeres estaban basadas en las habilidades y capacidades de cada uno de los sexos por cuestiones biológicas. Es discutible y hay demasiados contraejemplos, pero aceptémoslo como hipótesis. Lo que ya no es defendible es que aquella realidad se siga imponiendo todavía hoy sobre la evidencia que representa la base del gráfico, en un mundo, el nuestro, muy diferente de aquel de los primeros homosapiens.

No sé si por ineptitud o por habilidad en el engaño (quizás muchos no lo notan), Sevilla deja fuera de su análisis un elemento esencial: las preferencias de las personas. Las divisiones del trabajo no se basan sólo en diferentes capacidades; también cuentan las distintas valoraciones subjetivas y relativas. Aunque seas muy bueno para algo, quizás no lo hagas si no te gusta, o si hay algo que te gusta más y es incompatible con lo primero.

Sus suposiciones de partida están mal por ser fundamentalmente incompletas. Asume que son discutibles pero no se molesta en explicar por qué; y asegura que existen múltiples contraejemplos pero no ofrece ninguno.

Aunque muchas diferencias en habilidades profesionales pueden haberse reducido en el mundo moderno, es posible que los mecanismos psicológicos que explican las diferentes preferencias entre hombre y mujeres no hayan cambiado tanto. Para los seres vivos la reproducción es algo tan esencial y con una división del trabajo tan clara entre sexos, que los cambios en el ámbito laboral pueden ser insuficientes como para compensar la constancia y la intensidad de las preferencias respecto al cuidado del hogar y la familia.

Con ello estaríamos perdiendo, como sociedad, a la mitad de nuestro talento, cuando el discurso hegemónico es que vivimos en una sociedad de conocimiento donde nada es más productivo que el capital humano del que las mujeres representan el 50%. Y lo estaríamos perdiendo por un prejuicio que blinda en una estructura laboral y social pensada para los hombres (es decir, para que haya alguien, casualmente la mujer, en casa ocupándose de otras tareas) pero ligado a la defensa de una cuota masculina mayoritaria hoy en los niveles de dirección y toma de decisiones de las empresas y de la sociedad. El resultado de esta discriminación es que no nos dirigen los mejores, sino sólo los mejores entre los hombres.

El análisis colectivista típico analiza (mal) lo que gana o pierde la sociedad y pretende falazmente hablar en su nombre: no parece importarle lo que ganan o pierden los individuos concretos.

Toda elección económica implica costes de oportunidad: si una mujer quiere dedicar más tiempo a su familia, eso implica dedicar menos al trabajo. El talento no se pierde, se distribuye. Podríamos hacer un análisis semejante en el cual defendiéramos que para igualar la distribución por sexos del trabajo los hombres trabajen menos (sin que las mujeres lo hagan más) y se dediquen más a la familia: así además reducimos la división social del trabajo y volvemos hacia la familia como unidad de producción y consumo.

No hay ninguna cuota masculina obligatoria, ni yo conozco a nadie que defienda que la haya. Es bastante desvergonzado defender la imposición de cuotas femeninas sugiriendo que existen ahora cuotas masculinas obligatorias.

No “nos” dirigen hombres o mujeres. Empresas concretas, con accionistas identificados que no coinciden con todo el mundo, deciden quiénes las dirigen: normalmente los mejor capacitados y dispuestos a los sacrificios necesarios; como estos sacrificios implican un coste familiar importante, las mujeres no suelen querer hacerlo. Simplemente prefieren otra cosa.

Y eso que prefieren es lo que hacen, y además son mejores para ello: tener hijos (es difícil para un hombre quedarse embarazado), criarlos y cuidar del hogar, del cual son referencia esencial.

Resulta gracioso observar cómo quienes a menudo critican el excesivo economicismo del mundo moderno parecen pretender que las mujeres se dediquen más al mundo de los intercambios laborales productivos impersonales en detrimento del ámbito familiar, más personal, emocional y compartido.

La pérdida económica que representa esta mala asignación de recursos humanos es difícil de calcular. Pero debemos ponerla encima de la mesa junto a la defensa de los derechos de igualdad y a una verdadera libertad de elección que, si existiera, llevaría a que estadísticamente, hoy, se repartieran por igual las tareas laborales, políticas y domésticas entre hombre y mujeres, poniendo, de verdad, a los mejores allá donde libremente eligieran estar.

A Jordi Sevilla, que sigue demostrando su ignorancia sobre estadística, no le gusta la asignación de los recursos: pero en ver de decirlo honestamente, nos asegura que es “mala”. Es un hecho objetivo, no puede haber valoraciones diferentes ¿no?

Ya que estamos con la sacrosanta igualdad ¿se garantizará también que los hombres que lo reclamen puedan quedarse embarazados y parir hijos? Tal vez no, porque entonces dejarán de trabajar y de ser “productivos” para la sociedad…

Lo de elegir libremente dónde uno quiere estar ¿implica limitar la libertad de otros para decidir si ellos quieren o no estar contigo? Porque en eso consisten las cuotas. ¿O es que Sevilla no se ha dado cuenta de este hecho? ¿Es la libertad de todos o sólo la de unos cuantos lo que se defiende aquí?

[…] tendremos que reconocer que si en 1974 una mujer no podía en España abrir una cuenta bancaria sin autorización de un hombre, padre o marido y hoy la realidad es otra, no se debe sólo a un cambio cultural, sino a un cambio drástico en las leyes que lo regulaban.

Pero esos cambios en las leyes han sido para hacer que la ley sea igual para hombres y mujeres, para eliminar discriminaciones legales responsabilidad del Estado, no para privilegiar a algunas mujeres a costa de todos los demás.

Esperar, pues, no parece una solución aceptable. Pero tampoco lo está siendo el dejarlo en manos de los hombres que, de forma voluntaria, deben decidir, de acuerdo con las recomendaciones de los Códigos de Buen Gobierno o de Leyes de Igualdad, ceder parcelas de lo que hoy es su poder a mujeres, aunque estén sobradamente preparadas.

Sevilla está impaciente, no quiere esperar: así que esperar parece “inaceptable”, o sea que nadie puede aceptarlo.

Los consejos de administración tal vez estén dominados por hombres: pero esos plutócratas no es que no quieran ceder cuotas de poder a mujeres, es que quizás no quieren cedérselo tampoco… a otros hombres.

¿Y quién manda sobre esos consejos de administración? ¿También hay discriminación a la hora de hacerse accionista? ¿Las mujeres tienen alguna barrera legal o cultural a la hora de comprar participaciones de empresas? ¿O para montar empresas donde demuestren la gran aportación que pueden hacer al contar con más mujeres?

Llegados a este punto, sólo nos quedan dos reflexiones para la acción: las dichosas cuotas y cambiar las reglas de juego. Respecto a lo primero, que está siendo impulsado por la Comisión Europea en base a una Recomendación aprobada esta misma semana por el Parlamento Europeo, me quedo con lo que dijo una Comisaria: no me gustan las cuotas, pero me gusta lo que se consigue con ellas. Lo segundo es más importante: no creo que debamos incorporar a las mujeres a un edificio laboral y social construido por hombres sobre la base de una vieja división del trabajo por género, hoy insostenible, sino invitarlas a propiciar juntos una verdadera transformación del mismo. Cambiando las reglas con que lo organizamos, introduciendo la conciliación entre vida laboral y personal para que si alguien tiene que escoger, en algún momento de su carrera, entre su trabajo, o su hijo, no esté predeterminado que la respuesta masculina será siempre el trabajo y la femenina, casi siempre el hijo. Lo dicho, la mitad de todo. Es lo justo y lo más productivo.

Por fin algo de sinceridad: esto es en esencia una cuestión de gustos, y hay gente sin demasiados escrúpulos morales dispuesta a imponer sus gustos coactivamente contra los demás. Estos mismos sujetos pretenden determinar, desde su autoproclamda superioridad moral y su postura políticamente correcta, lo que es justo. Y desde su falta de conocimientos de economía, lo que es más productivo.

2 Responses to Jordi Sevilla quiere la mitad de todo para las mujeres

  1. Iván Moreno dice:

    Gran artículo.

    A mí, lo que más me chirría es esta frase:

    Que a partir de los 30/35 años una inmensa mayoría de mujeres prefieran abandonar su carrera profesional hacia la cima porque de forma voluntaria decidan libremente elegir otras opciones vitales como dedicar tiempo a su familia, hijos y mayores dependientes, es en términos de probabilidades, imposible. A menos que incorporemos la existencia de una fuerte presión estructural (parafraseando al ministro Gallardón) sobre ellas para que así sea, en base a una discriminación impuesta, muy favorable para el otro sexo.

    Independientemente de que sea posible o no. ¿Por qué santas narices quedarse en casa con la familia, hijos o mayores dependientes es desfavorable? ¿Por qué trabajar fuera o tener una carrera profesional fuerte es muy favorable?

    Yo no quiero una carrera profesional meteórica. Yo quiero estar con mi familia, educar a mis hijos, cuidar de mis mayores. Yo, hombre. ¿Por qué no va a desearlo una mujer?

    Ese es el tipo de argumentación machista que está detrás de todos esos complejos. Sólo el trabajo fuera de casa y orientado a la carrera personal es dingo. Sólo el trabajo tradicionalmente masculino es digno. El femenino es denigrante. ¡¡Déjenme elegir lo que es digno para mí!! ¡¡Machistas!!

    Para mí, es más, mi trabajo gana dignidad porque se orienta a cuidar de los míos, y no por el puesto que ocupo. Si pudiera cuidar de los míos sin ese trabajo, seguiría siendo igual de digno.

    • Francisco Capella dice:

      Efectivamente, Iván, tienes toda la razón. La pista puede estar en que el trabajo en tu propio hogar no cuenta para el PIB y no paga impuestos…

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