Hacia una economía con valores

Juan Francisco Julià, rector de la Universidad Politécnica de Valencia, y Rafael Chaves, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia, defienden avanzar “Hacia una economía con valores”. Suena bien, claro, porque es una frase construida para sonar bien y elevar el estatus moral de quienes la pronuncian. Los valores son lo bueno, y uno queda bien defendiendo lo bueno.

Pero el discurso concreto ya no está tan logrado:

… es necesaria no solo una revisión en profundidad del modelo económico de crecimiento, sino también un cambio en el paradigma dominante del pensamiento económico. La actual crisis requiere un profundo giro, teórico y práctico. Como postulaba el profesor Stiglitz, unos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el fundamentalismo de mercado, la mainstream del pensamiento económico actual, basado en la superioridad de los mercados autorregulables, ha demostrado una doble incapacidad en la práctica, por un lado, para resolver los problemas económicos y sociales más importantes de nuestro tiempo y, por otro, para salir de la crisis que el propio modelo ha generado.

El fundamentalismo de mercado no puede haber causado ninguna crisis porque no ha existido en ningún lado; ni puede fracasar en salir de la crisis porque sigue sin existir en ningún lado. Pero uno queda bien atacando a los “fundamentalistas” de mercado. Ser fundamentalista es malo, sea de lo que sea.

¿Cómo van a autoregularse las personas y sus asociaciones voluntarias en sus intercambios libres?; ¿mediante el respeto a los derechos de propiedad y el cumplimiento de las cláusulas contractuales? Eso no puede ser, hombre: unas personas tienen que imponer coactivamente reglas a otras personas.

En el origen de esta crisis se halla sobre todo una profunda crisis de valores cívicos y económicos que han guiado el modelo de crecimiento. En efecto, un exceso de codicia, un escaso respeto a las prácticas de buen gobierno corporativo y una marcada insensibilidad hacia el medio ambiente y social que nos rodea, así como a las condiciones de vida y de trabajo de la mayor parte de la humanidad, han sido los valores aceptados por las instituciones y los órganos centrales de decisión en las pasadas décadas. Resulta por ello obligada la reivindicación de una economía más equilibrada y con valores sociales y económicos potenciadores del desarrollo humano y de la sostenibilidad. Debe emerger un nuevo paradigma basado en economías más plurales, donde el sector público y los otros modelos de empresas y organizaciones, en especial las cooperativas, las entidades no lucrativas y otras entidades de economía social adquieran roles significativamente más relevantes.

Si no te gustan las preferencias de otros, acúsales de crisis o falta de valores; o concreta con la codicia, que eso funciona siempre; y remata con insensibiliad social o ambiental, que está ahora de moda. Mucha gente es mala: pero siempre son otros…

Cuando reivindiques, di que lo haces “obligado”, o que “resulta obligado”, quitándote de enmedio. Y propón generalidades vacías de contenido pero que suenen bien: desarrollo humano, sostenibilidad…

No te preocupes al dar órdenes con lo que debe ser o hacerse: la gente parece acostumbrada a ese lenguaje y no nota la coacción implícita. No promuevas pacíficamente más cooperativas o entidades no lucrativas: debe haber más de ellas, y más sector público, que parece que nunca es suficiente, y más “economía social”, que suena fenomenal.

Pero ¿alguna economía no es social?; ¿o es antisocial? ¿No será la de libre mercado, verdad?

En este contexto, la economía social, un tercer sector de la economía situado entre la economía pública y las empresas privadas tradicionales capitalistas, adquiere un renovado valor teórico y práctico. Se trata de un sector económico que pone énfasis en las personas más que en el capital, en la satisfacción de las necesidades sociales, el interés social y el interés general más que en el lucro, y en el anclaje a los territorios y sus poblaciones más que en la volatilidad geográfica. Un sector que demuestra en la práctica cómo el interés común y los bienes colectivos pueden ser eficazmente gestionados desde el ámbito privado, como revela Elinor Ostrom, la primera mujer premio Nobel de Economía. Todo ello sin caer en tentaciones intervencionistas, no olvidando las fuerzas del libre mercado, ya que no puede ignorarse que en el marco de la actual economía de mercado también se produjo en las últimas décadas, antes del estallido de la actual crisis, la etapa de mayor crecimiento económico, como bien nos recordaban en un artículo en el Financial Times Becker y Murphy al indicar cómo, desde 1998 a 2007, el PIB mundial se incrementó en un 145%.

Si realmente quieren defender el libre mercado y evitar el intervencionismo e incluso citan a Ostrom, tal vez podrían revisar su lenguaje y su argumentación.

Enfatizar las personas más que el capital suena muy bonito, pero resulta que los capitalistas o ahorradores… también son personas.

Las necesidades sociales suelen ser las necesidades de muchos individuos, que pueden ser incompatibles o conflictivas; lo del interés general o social suena muy bonito pero suele resultar engañoso y tramposo. Y la satisfacción de esas necesidades ¿quién la va a pagar?

El lucro no tiene nada de malo, sobre todo cuando se consigue sirviendo a los demás.

El anclaje a los territorios y a sus poblaciones ¿no significa olvidarse de otros territorios y otras poblaciones que quizás también tienen necesidades y que curiosamente a veces son más competitivas?; ¿no implica que las poblaciones locales pueden acabar viviendo del cuento y haciéndose las víctimas cuando las empresas buscan mejores oportunidades?

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