Fernando Savater y la ausencia de ley

Afirma Fernando Savater:

Si todos tuviésemos buena voluntad, nos coordinaríamos sin coacción ni sanción.

No está claro si Savater defiende esta idea o la presenta para criticarla. Es la falacia de que la necesidad de las leyes se debe exclusivamente a la mala voluntad de algunos: bastaría que todos quisieran para que se pudiera alcanzar la convivencia armoniosa. Sin embargo para conseguir algo no basta con quererlo, también es necesario tener la capacidad de alcanzarlo: y es posible que esa capacidad no exista o que sea independiente de la voluntad; podemos querer coordinarnos sin normas sancionadoras, pero tal vez nos resulte imposible por mucho que lo deseemos.

Los conflictos surgen también entre personas de buena voluntad que no consiguen ponerse de acuerdo: el diálogo no garantiza la resolución de los problemas sociales. El problema esencial no es si las normas son necesarias, sino qué contenidos normativos son adecuados. La buena voluntad de todos no es suficiente para la convivencia (y en cierto modo ni siquiera es necesaria si las instituciones sociales consiguen controlar efectivamente a los mal intencionados).

En su crítica a la sociedad sin leyes estatales muestra muy poco rigor histórico:

Cada nuevo horizonte para la actividad humana reaviva el libertario sueño ancestral. Volvemos al origen, al paraíso intacto: ¡desoíremos a la serpiente y no comeremos de la manzana! Rechacemos por aguafiestas a los que quieren organizar lo inédito con instrucciones y prohibiciones. Que todo comience. Como pasó en el Oeste americano, esa tierra de promisión y por tanto sin ley cuya épica romántica tanto hemos disfrutado en el cine. Claro que hubo víctimas: aparte de los apaches y los sioux, padecieron la alegalidad los granjeros, los comerciantes, los hijos de quienes preferían los arados a las pistolas. Y se beneficiaron de ella terratenientes y ganaderos sin escrúpulos, los más rápidos en desenfundar, los propietarios de garitos y los asaltantes de diligencias. No prosperaron los creadores de lo nuevo hasta que viejas leyes y viejas instituciones reinventadas les libraron de los bandoleros.

La ley llegó al lejano Oeste y con ella la prosperidad y la civilización: ejemplo, Las Vegas.

Su relato del lejano Oeste es una sarta de tópicos manidos sin más fundamento que las novelas y películas que no reflejan la realidad histórica sino que cuentan dramas ficticios interesantes. Véase como contrapunto este artículo de José Carlos Rodríguez y otras referencias allí mencionadas.

Mezclar Las Vegas (mediados del siglo XX) con el lejano Oeste es ya una pifia monumental; y ponerla como ejemplo de prosperidad y civilización mediante la ley llegada de fuera haría mucha gracia a las mafias que fueron parte esencial de su desarrollo.

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