Basura selecta

Revista Sin Permiso

Aquí hay menos libertad que en Honduras, de Isaac Rosa

¿Recortes en desarrollo humano?, de Adela Cortina

Lo bien cierto es que a cuenta de la crisis se retrasa todavía más el propósito de alcanzar los célebres Objetivos de Desarrollo del Milenio, que proclamó en 2000 la Asamblea General de Naciones Unidas, contando con los líderes mundiales de 189 países, objetivos cuyo cumplimiento se preveía inicialmente en 2015. Realmente, no pueden ser más básicos, calificarlos de modestos es poco: erradicar la pobreza extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad entre géneros y el empoderamiento de la mujer, reducir la mortalidad de los niños menores de cinco años, mejorar la salud materna, combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades, garantizar la sostenibilidad del medio ambiente y fomentar una alianza mundial para el desarrollo.

¿Puede pedirse menos en materia de justicia?

La ayuda al desarrollo humano es vital para los países más pobres de la tierra, para sus gentes la cuestión es de vida o muerte. Sin ayuda externa no pueden ni siquiera poner el pie en el primer peldaño que lleva a salir de la pobreza extrema. No se puede, pues, retroceder un ápice: erradicar el hambre y la pobreza extrema es, en realidad, un “Deber Ya” de la humanidad, y no un simple “Objetivo del Milenio”. No hay recortes que valgan.

¿Estamos preparados para el siglo XXI?, de Francesc Reguant, economista

Los bucles del tiempo platean mi sien, de Jordi Sevilla

Había una vez un sistema económico cuyo objetivo era ganar dinero. Para ello, sólo atendía aquellas necesidades humanas a las que pudiera ponérseles precio y sólo para aquellos ciudadanos que pudieran pagarlos. Como esto dejaba a mucha gente, con derecho al voto, fuera del sistema por no tener recursos suficientes, desarrolló un sector público que atendiera las necesidades básicas de los más pobres. Durante mucho tiempo, la mejor manera de ganar dinero era fabricando productos que luego se vendían por una cantidad de dinero superior a lo que había costado producirlos. Como muy pronto la capacidad de producir creció más que la de consumir, a pesar de ampliar mercados hasta alcanzar todo el planeta, desarrolló un sector financiero capaz de conceder créditos que facilitaran el acceso al consumo, incluso a personas con una capacidad de compra real por debajo de sus compras efectivas.

Aunque en España el origen del problema no puede situarse en la actuación del Estado y, a pesar de que el principal problema de endeudamiento a refinanciar se centra en el sector privado (nuestra deuda pública se sitúa en torno al 60% del PIB y la privada en torno al 160% del PIB, muy concentrada en sector inmobiliario), aquí hemos convertido al sector público en el centro de todas las polémicas y en la esperanza de todas las soluciones.

Mientras Estados Unidos investiga presuntos comportamientos delictivos de gestores privados irresponsables, aquí todas las sospechas recaen sobre los políticos, y cuando en todos los países se imponen medidas para controlar los escandalosos bonos de algunos directivos de empresas salvadas con recursos públicos, entre nosotros predomina rebajar el sueldo a los funcionarios.

Con ello no digo que nuestro sector público no merezca ser sometido a profunda revisión. Pero señalo que estamos equivocando el tiro. Por tres razones. La primera tiene que ver con la moralidad. Al golpear sólo al débil estamos reforzando un mensaje de impunidad respecto a quienes han tenido un comportamiento directamente responsable de nuestra recesión, a la vez que lanzamos señales negativas sobre el sector público cuando, sin él, no tendríamos los niveles de equidad, bienestar, libertad y seguridad de que, a pesar de todo, disfrutamos.

La tercera razón confronta democracia y mercados financieros internacionales. O mejor, autonomía política e intereses económicos. Y me sorprende que algunos, tan preocupados por la constitucionalidad del Estatut de Cataluña, no presten atención a esta limitación efectiva de la soberanía nacional, vía imposición de intereses particulares sobre los generales. El dinero no tiene patria.

Una drástica reducción del gasto público reduce también el crecimiento de la economía, y sin crecimiento, nos haremos viejos, con pensión reducida, escuchando, como en un bucle temporal, una especie de Bolero de Ravel contra lo público. Mientras, siempre habrá quien seguirá ganando dinero. Cosas del sistema, cuando se autonomiza de las personas. O refundamos el capitalismo o el capitalismo nos recortará a su medida.

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