Basura selecta

Lo primero que haremos, matar a los ‘quants’, de Michael Lewitt

Los sistemas monetarios alternativos y su dimensión social

Según la doctrina militante de los sistemas monetarios sociales, los bancos centrales crean escasez de dinero, y es precisamente la escasez de dinero la que genera las crisis y paraliza los sistemas económicos locales.

En efecto, “las monedas nacionales convencionales y lo sistemas monetarios han sido programados para generar competencia y mantener la escasez. Si existen otras monedas disponibles, tendrá sentido continuar usando las monedas convencionales para los negocios, adquirir un auto, pagar el combustible o la cuenta del teléfono; pero para comunicarse con los vecinos, ocuparse de las personas mayores o ampliar los horizontes educativos de los niños, tal vez deba contemplarse el uso de una moneda que favorezca la cooperación”. (Lietaer)

Los autores plantean una nueva forma de desarrollo económico regional estimulado por las monedas regionales o monedas complementarias.

Ovejas que no necesitan pastor, de Borja Vilaseca

Nuestra manera de comprender y de relacionarnos con la realidad está en constante evolución. De ahí que no sirva de nada resistirse al cambio. Tan sólo hace falta echar un vistazo a lo que ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad. Todos los sistemas sociales, filosóficos, políticos y económicos han tenido su origen, un punto de máxima expansión, un proceso de decadencia y su consiguiente finalización. No es que hayan desaparecido ni se hayan destruido, sino que se han ido transformando a través de las “crisis sistémicas”.

Esto es lo que le está sucediendo al sistema capitalista. No puede seguir desarrollándose como lo ha venido haciendo desde el crash de 1929. Y no por argumentos morales ni éticos, sino por cuestiones de ineficiencia e insostenibilidad. Mientras no sepamos hacia dónde vamos, crecer por crecer no va a llevarnos a ninguna parte. Es hora de madurar. Sin embargo, a pesar de todas las señales de alarma que estamos recibiendo, parece que no vamos a asumir las riendas de este necesario cambio hasta que nuestras circunstancias personales y laborales devengan insoportables. Y esto pasará cuando nuestra insatisfacción y nuestro sufrimiento superen nuestro profundo miedo al cambio.

Algunos sociólogos afirman que, hoy, la mayoría de seres humanos seguimos pensando y actuando, a grandes rasgos, como en 1990. Y existe una minoría cada vez más numerosa que lo está haciendo tal y como se hará probablemente en 2030. De ahí que, aunque la realidad sea la misma para todos, cada uno la está interpretando según su manera subjetiva de ver el mundo. Y esta visión sesgada está estrechamente relacionada con nuestro “paradigma psicológico”, con el sistema de creencias con el que nos identificamos.

El paradigma económico actual -el “viejo paradigma económico”- parte de la premisa de que tanto la naturaleza de la realidad como nuestra propia naturaleza humana están compuestas solo por una dimensión tangible y material. El materialismo es la filosofía imperante, y el consumismo, la conducta predominante. Desde que nacemos se nos programa para que pensemos que lo más importante es lo que tenemos, una creencia que determina nuestra manera de ganar y de gastar dinero. Al valorar solamente lo que podemos ver con los ojos y tocar con las manos, dejamos en un segundo plano lo que experimentamos en nuestro corazón. Por eso el triunfo económico y material suele ser una máscara que esconde el verdadero fracaso: la infelicidad, el sinsentido vital y el vacío interior.

Muchas de estas creencias, normas e ideas no las hemos escogido. Nos han sido impuestas por la sociedad. Son un legado que va pasando de generación en generación -de forma mecánica e inconsciente- y que obstaculiza y limita nuestro propio descubrimiento de la vida. De ahí que, a menos que nos atrevamos a revisar y cuestionar nuestro sistema de creencias, nos conformemos con llevar una vida de segunda mano, obedeciendo con resignación los dogmas marcados por el statu quo.

Paradójicamente, la conservación de estas estructuras tan tradicionales es posible, en gran parte, debido a nuestra tendencia de apegarnos ciegamente a las creencias con las que hemos sido condicionados. A este fenómeno se le conoce como “materialismo intelectual”, que podría definirse por medio del refrán “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Por temor al cambio no queremos salir de nuestra zona de comodidad ni siquiera cuando esta nos provoca malestar. Odiamos cambiar porque siempre lo hemos hecho cuando no nos ha quedado más remedio.

Este miedo al cambio nos convierte en cómplices guardianes del orden establecido, actuando como ovejas que no necesitan pastor. Al ridiculizar a quienes se salen de la norma, proponiendo una nueva manera de organizarnos como sociedad, nos encerramos a nuevas formas de crecimiento y aprendizaje. De hecho, los psicólogos definen esta actitud tan arrogante como “la autoestima del sabelotodo”, que nos lleva a ponernos a la defensiva cada vez que escuchamos información diferente y desconocida. Así es como intentamos preservar nuestra identidad rígida y estática.

Por el contrario, podemos optar por “la autoestima del aprendiz”, que se basa en la humildad de no saber y de estar dispuesto a escuchar nuevos puntos de vista que nos permitan cuestionarnos a nosotros mismos y poder evolucionar como seres humanos. Para lograrlo es necesario abandonar la postura victimista y asumir nuestra responsabilidad personal. Y es que, si de verdad queremos que cambien las estructuras y organizaciones sociales y económicas, no nos queda más remedio que empezar por nosotros mismos. Al adentrarnos en esta zona de riesgo empezamos a entrenar nuestra confianza y valentía, dándonos cuenta de que nuestro mayor enemigo es el autoengaño, pues para dejar de ser infelices el cambio es sin duda nuestro mejor aliado.

¿Y ahora, qué?, de Soledad Gallego-Díaz

La crisis no parece que vaya a llevarse por delante los mecanismos del sistema capitalista que han demostrado mayor peligrosidad. Todo lo más, se pretende modificar algunos de los elementos de evidente toxicidad para el correcto funcionamiento del sistema.

Lo que la crisis puede llevarse por delante, lo que, sin que se sepa cómo ni por qué, puede resultar fatalmente dañado en todo este proceso es el concepto de lo público. Ese es el paso atrás que debemos dar para comprender la naturaleza del problema y eso es en lo deberíamos fijarnos.

Tony Judt, el historiador británico, está tan alarmado por esa posibilidad que dedica sus últimos días de vida (padece una cruel enfermedad degenerativa) a hacer un llamamiento para que los ciudadanos no cejen en su compromiso político con lo que ha representado la idea de la socialdemocracia. “La socialdemocracia esta hoy en día a la defensiva, pidiendo perdón. Nadie se enfrenta a los críticos que aseguran que el modelo europeo es muy caro o económicamente ineficiente”, protesta. Porque nadie parece comprometido con la defensa del servicio público, nadie parece prepararse para sostener y preservar el camino andado.

“El Estado de bienestar sigue siendo popular, y en ningún lugar de Europa se predica la abolición de la sanidad publica, la educación gratuita o la necesidad de mantener transportes eficientes”, recuerda Judt, y es cierto. Nadie pone en duda ante los ciudadanos esos avances sociales, pero lo cierto es que todo eso depende también, realmente, de la defensa de lo público. Si se permite que el gasto destinado a objetivos sociales sufra recortes letales, se estará renunciando a la idea misma de lo público como elemento imprescindible para el avance de las sociedades. “Si ha de tomarse todo esto en serio, la izquierda debe encontrar su voz”, mantiene Judt.

Es importante evitar que la inseguridad expanda el miedo, sobre todo el miedo al cambio, porque no hay duda de que se precisan cambios, importantes y urgentes. Por ejemplo, “hay que repensar el papel de los Gobiernos”, afirma el historiador inglés. “Si no lo hace la izquierda, otros lo harán por ella”. Pero lo más importante quizás sea comprender que “el pensamiento económico de los últimos treinta años no es intrínseco a los seres humanos, sino que hubo un tiempo en el que organizábamos nuestra vida de una manera distinta”, afirma Judt.

Entrevista a Josep Borrell, presidente del Instituto Universitario Europeo

Hay muchos paradigmas de la ciencia económica que han caído rotos en añicos, aunque algunos todavía no lo quieren reconocer. Por cierto, que George Soros ha lanzado una iniciativa nueva con la creación del Institute New Economic Thinking, que acaba de celebrar su conferencia inaugural en Cambridge, con el propósito de buscar hipótesis más cercanas a la realidad, sobre todo en el mundo financiero. La gran víctima de esta crisis ha sido la creencia supuestamente científica, y en mi opinión, puramente supersticiosa, del funcionamiento eficiente de los mercados. Y hay que reconocer, sin embargo, que la capacidad política de regulación va muy por detrás del problema. Vivimos en un verdadero casino planetario. Un casino que se desarrolla en condiciones de extrema opacidad. Hoy la finanza globalizada está hipertrofiada, ha crecido desmesuradamente. Se intercambian casi 100 veces más activos monetarios que activos reales.

La pérdida de valor del euro tiene muchas ventajas. Es un soplo de aire fresco para una economía que necesita desesperadamente exportar, porque la demanda interna va a estar muy deprimida durante bastante tiempo. ¿Exportar a quién? Exportar fuera de la zona. Porque es difícil exportar al vecino si este está tan deprimido como tú. Eso vale para Alemania, porque un 75% de su superávit exterior lo consigue con los países de la zona euro. Esto me lleva a la consideración de que el euro es una sinfonía inacabada, interpretada por una orquesta sin director.

Falta arbitrar mecanismos de coordinación presupuestaria y fiscal y aceptar el principio de transferencias entre los Estados teniendo en cuenta sus situaciones de debilidad relativa. Hace falta, por supuesto, más disciplina, pero no podemos limitar la solución a reforzar los mecanismos de aplicación de un sistema que ha demostrado sus límites. El mercado único difícilmente sobrevivirá si no hay armonización fiscal y social.

Todos no podemos ser como Alemania. Para que alguien exporte, alguien tiene que importar.

El aumento de la desigualdad no es solo una consecuencia de la crisis, sino una causa de la crisis. Por ejemplo, los salarios de los trabajadores y clases medias estadounidenses no han aumentado con la productividad, y en vez de darles salarios les han dado facilidades de endeudamiento y provocado la burbuja de crédito en Estados Unidos. Si la renta nacional hubiera estado mejor distribuida, seguramente nos hubiésemos ahorrado una buena parte de las crisis.

El ciudadano puede acabar echándole la culpa a la construcción europea, cuando realmente Europa es el único instrumento para hacer frente colectivamente a esta transformación del mundo. No podemos pensar que los problemas de los griegos no son problemas también del conjunto de Europa.

Hay que aceptar la necesidad de buscar reglas que eviten la competencia fiscal que existe. Es legítimo que el trabajador francés se pregunte por qué debe él con sus impuestos asegurar la deuda irlandesa, cuando Irlanda ha mantenido tipos de impuestos sobre sociedades del 12% y, por tanto, ha estado haciendo una competencia fiscal clara e incentivando la deslocalización de la actividad. O por qué las edades de jubilación son tan diferentes de unos países a otros. Esto es como un cesto de cerezas, si usted empieza la integración, es difícil quedarse a mitad de camino. Porque lo que tenemos delante es o convergencia o desintegración.

Los Gobiernos deberían ser los policías de los mercados en vez de que los mercados sean los policías de los Gobiernos. Los Estados siguen sin establecer mecanismos de regulación que impidan esta especulación masiva. Y de cuando en cuando se enfadan y les amenazan, pero no parece que eso les importe mucho. Yo creo que los Gobiernos en la crisis griega han estado jugando al póquer con los mercados y han perdido la partida. Han estado diciendo, cuidado, no te pases en tus exigencias de rentabilidad a los bonos griegos porque, si te pasas, yo voy a intervenir y vas a perder hasta la camisa; pero al mismo tiempo decían, bueno, estas medidas que estamos anunciando, las anunciamos con la esperanza de no tener que aplicarlas, es decir, estamos jugando al póquer, y los mercados saben más de esto que los Gobiernos y les han estado derrotando una y otra vez.

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