Basura selecta

Rafapal: Periodismo para mentes galácticas y psicomagia cotidiana

Las enseñanzas de Spiderman, de Gustavo Martín Garzo, escritor

La crisis económica actual hunde sus raíces en una crisis más honda de carácter moral. Hace pocas semanas, uno de los altos cargos de Google declaró sin ningún empacho que “de lo que se trata es que todos ganemos mucho dinero”. Pero hay algo que evitó decir: que somos siete mil millones de habitantes en la Tierra y no es posible que todos seamos ricos, suponiendo que eso sea lo que queremos. Claudio Magris dice que nunca el mundo ha estado más necesitado de política que ahora, y la política debe reivindicar una cultura de la mesura y la solidaridad. El problema de la crisis que sufrimos no está solo en los banqueros, ni en los especuladores, sino en la sociedad en su conjunto. Los paraísos fiscales, los sueldos desmesurados, los contratos blindados, lejos de provocar rechazo suscitan más bien la envidia general, pues hemos interiorizado de tal forma los valores de los poderosos que no sabemos vivir sin mirar por sus ojos y sin anhelar sus lujos. Hemos sustituido el Dios severo de las antiguas religiones, por otro mucho más peligroso: el Dinero.

¿Pero las variaciones en la Bolsa, los oscuros negocios inmobiliarios, los movimientos de la especulación, los paraísos fiscales, qué relación tienen con la vida de los hombres y las mujeres de esa aldea de cien habitantes? Grandes masas de dinero cambian de unas manos a otras, dotadas de una vida tan indescifrable como caprichosa, mientras ese hombre individual y minúsculo repite las mismas acciones en su pequeña aldea: abrir su taller, ir a su oficina, llevar a los niños a la escuela, atender las demandas de sus pacientes. La economía de su país, o la del mundo entero, entra en fase de crecimiento o de recesión sin que en apariencia haya ninguna relación entre lo que ese hombre está haciendo y el que tales cambios se produzcan.

Por ejemplo, ¿cómo es posible que mientras un peón de albañil tenga que trabajar 10 horas al día para ganar un sueldo ridículo, a uno de esos especuladores bursátiles les baste con una llamada telefónica o el simple trasladar los papeles de una mesa a otra para amasar una fortuna que aunque viviera 100 años no podría gastar?

Todos recordamos la forma en que las televisiones del mundo dieron la noticia del atentado de las Torres Gemelas. Las imágenes que mostraban los edificios ardiendo, su derrumbe y su tragedia, se alternaban en las pantallas con compulsivas conexiones con las Bolsas para ver cómo se comportaba el Dinero. Pero ¿el Dinero qué es exactamente, quién decide cómo se comporta? Recuerda al antiguo Dios de las religiones monoteístas, y sus oficiantes se confunden con los viejos teólogos. Así, cuando unos días después del terrible atentado se produjo la reapertura de la Bolsa de Nueva York, a lo que asistimos fue a un acto de clara significación religiosa. El silencio, la música sacra, la sensación de estar en un lugar de fuerza inaudita, tan incomprensible como extraño y vengativo. La Bolsa era el templo y sus sacerdotes trataban de aplacar a su iracunda divinidad. Lo mejor de la cultura política de Occidente ha nacido de su empeño de regirse por la siempre prudente razón y ahora nos descubrimos volviendo al seno de un nuevo sistema religioso en que reina una divinidad no menos caprichosa e implacable que la antigua. La de ese Dinero al que solo unos pocos iniciados son capaces de comprender, y en el que parece estar contenido la posibilidad de nuestra salvación.

No cabe ninguna duda, hay que hablar de una crisis moral, de un mundo sin honor. “El sentimiento de honor perdido, escribe Sánchez Ferlosio, no es un conflicto psicológico. El honor es una relación de lealtad con los demás”. De forma que el deshonor no es tanto “haberse fallado a uno mismo”, sino “haberles fallado a los otros”.

Para evitarlo, también nosotros, los simples habitantes de esa aldea que es el mundo, debemos asumir nuestra parte de responsabilidad en lo que sucede. ¿O es demasiado tarde y en nuestra mirada, como en la de esos nuevos héroes de las tarjetas bancarias, ya no cabe otra cosa que la complacencia y la codicia?

Ayuda para el desarrollo en cinco sencillos pasos, de Jeffrey D. Sachs

La fuga hacia la calidad, de J. Bradford DeLong

El fin de una idolatría, de Juan Manuel de Prada

Hubo un momento en que economía dejó de ser una mera «ciencia social» para convertirse en una religión; o, dicho más exactamente, en un sucedáneo de religión, una idolatría. La economía instauró un sistema de creencias, sometió el mundo a sus designios y nos explicó el papel que se nos había encomendado en ese mundo (que no era otro sino el de pobres esclavos a quienes se entretiene con el caramelo del consumismo); y, por supuesto, entronizó un dios omnipotente: el dios del mercado. La caída del comunismo -que, en términos estrictos, no fue sino una herejía del capitalismo- hizo más incontestable la omnipotencia de ese dios que extendía su dominio hasta el último rincón del planeta. Por supuesto, los sacerdotes de la idolatría se esforzaron en que sus crédulos adeptos no percibieran el carácter seudorreligioso del tinglado, pues de lo que se trataba era de que la idolatría siguiese siendo percibida como una «ciencia» tangible y cierta.

Así la economía fue desempeñando el mismo cometido que antaño desempeñó la fe religiosa: el mercado era el dios providente que tenía un plan de salvación para la humanidad; plan que, a simple vista, no se distinguía muy bien, por lo que hubo de crearse una casta de sacerdotes que lo explicaran. O que más bien lo enturbiaran; porque, a medida que la idolatría iba conquistando los corazones de los hombres, esta casta sacerdotal fue desarrollando jergas cada vez más abstrusas que impedían desentrañar el embeleco sobre el que la idolatría se sustentaba; y cuando tal embeleco se tornó por fin impenetrable, la idolatría ingresó en una nueva etapa, que podríamos calificar irónicamente de «escatológica», por lo que tiene de consumación o desenlace, aunque sin la recompensa que las escatologías religiosas reservan a sus fieles. En esta fase escatológica de la idolatría, vivimos en lo que Santayana denominó proféticamente «la niebla de las finanzas», un dominio de naturaleza fantasmagórica, volátil, que los sacerdotes de la idolatría lograron instaurar haciéndonos creer que el dinero podía crecer exponencialmente desligado de la riqueza real, con tan sólo apostarlo en la ruleta bursátil; y nos dijeron que, si participábamos del juego, ingresaríamos en una nueva era de crecimiento perpetuo. De este juego participaron también los Estados; y, engolfados en la niebla de las finanzas, se dedicaron a crecer y crecer y crecer (o sea, a gastar y gastar y gastar), inflados por la levadura de la euforia y el optimismo.

Pero riqueza no hay otra que la riqueza real; el tinglado financiero era tan sólo un invento de la idolatría que, como las chirlatas de los tahúres, mantuvo engañados a sus crédulos adeptos mientras los saqueaban; pues el llamado «capitalismo financiero», cada vez que vende sus valores bursátiles o reparte dividendos -cada vez que hace efectivas sus ganancias-, no hace otra cosa sino vampirizar la riqueza real, hasta dejarla exangüe. Y ahora los sacerdotes de la idolatría, que tienen cogidos por los huevecillos a los Estados que ingenuamente se pusieron a crecer y crecer y crecer (o sea, a gastar y gastar y gastar), confiados en aquel crecimiento exponencial del dinero que enjugaría sus deudas, exigen histéricos que el derrumbamiento de la idolatría se amortigüe saqueando a los pobres esclavos (ayer autónomos y pequeños empresarios, hoy funcionarios y pensionistas, mañana trabajadores). A Zapatero le toca hacer ahora de pobre pelele en manos de los sacerdotes de la idolatría, como una marioneta desvencijada que pronto será arrojada al baúl de los cachivaches insensibles; pero puede consolarse pensando que detrás de él otros muchos irán a parar al mismo baúl.

Porque es el fin de una idolatría; y ya se sabe que las idolatrías siempre acaban muy malamente, provocando la inmolación colectiva de sus crédulos adeptos.

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